CAPÍTULO
III
Contiene lo que me sucedió en la
ciudad de Almaguer hasta llegar a la de
Timaná.
El señor sacristán se alegró muchísimo de verme, y juntamente de
que en lugar de haberme ido a casa del gobernador, me hubiese ido a
hospedar en su casa, y después de haberle contado algo de mis
trabajos, ocultándole lo que no convenía que supiese, y juntamente
el fin de mi venida, me dijo: Esta tarde se fue de aquí un mestizo
con su mujer, que se vinieron a empeñarse conmigo para que yo les
facilitase poder entrar en la misión, a habitar en el pueblo de
algún Padre conversor; y yo le dije cómo tenía con usted mucha
amistad, y que en la primera ocasión que tuviese le escribiría
sobre este particular, y que no dudaba que usted me haría el favor
de tenerlo en su pueblo. Yo le dije que convenía en ello, y que me
sería de grande alivio, y que a él le podría ir muy bien, una vez
que se quisiese aplicar en las cosechas del cacao y de la cera, y
que yo me valdría de él para la conducción de todo cuando lo
remitiese con ello a la ciudad de San Juan de Pasto. La respuesta
le pareció bien al Padre sacristán, y determinó despacharle un
propio, para que revolviese a Almaguer a verse conmigo.
Aquella misma noche partió el indio y lo alcanzó en el pueblo
que llaman La Vega, que cito Tomo Primero, capítulo V. Él dejó a su
mujer, y el otro día al anochecer estuvo ya en Almaguer. Hablamos
sobre del particular, y quedamos convenidos que en volviendo yo a
entrar, entraría conmigo. Él me preguntó si yo tardaría mucho. Yo
le dije que no lo sabía, porque yo quería ir a la ciudad de Timaná
a traer unas novillas para meterlas en la misión y tener allá cría
de ganado vacuno como lo tenía Fr. José Carvo, para tener carne que
comer, y juntamente entrar algunas vacas y novillos mansos cargados
de harina, para tener allá pan.
El señor sacristán, que hasta entonces ignoraba el fin de mi
salida, me dijo: Fray Juan, para este fin más presto hará el viaje
yéndose por el páramo que por Popayán. Yo le pregunté qué páramo
era éste, y me respondió: Es la cordillera, y esta misma es el
Páramo de Guanacas, que cito Tomo Primero, capitulo V, y el páramo
que acababa de pasar en nuestra misión. Sólo que estos dos otros
pasos, como dije en el de Guanacas, en el capítulo citado y diré de
este otro luego, son más rígidos. Hubo, pues, me dijo, antiguamente
un camino que todavía a trechos se conoce desde Almaguer para salir
derechamente a Timaná y es camino sólo de nueve días, por no haber
de ir a rodear por la ciudad de San Sebastián de la Plata y Popayán
para venir a Almaguer.
Este camino al principio de la conquista estaba muy corriente y
frecuentado, porque entonces Almaguer fue ciudad muy rica por los
muchos minerales de oro que tiene y muchísimo comercio que entonces
tenía. Fue con el tiempo descaeciendo la ciudad en uno y otro, y
cesando el comercio, cesó el trajín de la gente, y se perdió el
camino. Pero siempre los timanecos han conservado venir a Almaguer
a pie, por aperarse de sal azúcares y dulces, y conservan algún
comercio, trayendo acá manguillos y botas, hecho a punto de media,
ceñidores y cintas, adornos que usan los indios e indias,
fabricados de lana o algodón.
Yo le pregunté si en Almaguer había quien conociese este camino,
y me respondió que sí, que los almaquereños también iban a Timaná.
A lo que supe esta noticia, me alegré muchísimo, y dije entre mí:
Eh, ahora sí logro sin estorbo ni tropiezo mi intento; porque el
Comisario pensará que yo he ido a Popayán a convalecer, y cuando
sepa que yo he ido a Santa Fe a ver al Virrey, yo ya volveré con mi
negocio compuesto, y no sólo lograré que se entorben las minas de
Mocoa y Caquetá, sino también que se ponga en Pasto un Síndico que
cuide de los Padres conversos, como llevo ya relatado. Y una vez
entablado y corroborado con decreto del señor Virrey, ya será
difícil de quitar, y de este modo lograremos nosotros algún
alivio.
El pensamiento era muy bueno, pero me salió muy mal como diré.
El mestizo que quería entrar conmigo en la misión, traía tres
caballos, y para obsequiarme, me dijo: Padre, las primeras jornadas
se puede ir a caballo; si usted quiere yo lo acompañaré hasta Las
Papas. Yo se lo agradecí, y quedamos con esta resolución. El otro
día de mañana díjele al Padre sacristán: Yo para mis trastos habré
de menester de preciso tres indios que me los lleven; pero para que
tengan algún alivio será mejor, habiendo de pasar el páramo, que se
alquilen cuatro. Pues Padre sacristán, vea usted quién tiene buen
tasajo, y mándeme comprar dos arrobas, y mande también hacerme una
arroba de pan bizcochado para el avío. El Padre sacristán me
diligenció en tres días la carne y el bizcocho, y se aprontaron los
cuatro indios cargueros y al quinto día en dos caballos se cargaron
mis trastos y el avío, y yo iba montado en otro caballo y
acompañado de los indios y el mestizo partí de
Almaguer.
El Padre sacristán tenía en Timaná mucha amistad con el
sacristán de allá, y antes de partir me dio una carta de
recomendación para él, y me sirvió de mucho alivio, como diré
adelante. Caminamos pues todo el día, y al caer la tarde venimos a
arranchar en la casa de un indio rico que vivía en aquel
despoblado.
El indio nos recibió muy obsequioso; él tenía unas sembrerías de
trigo y habichuelas y una huerta de coles, y quiso que yo le
bendijera todos sus sembrados. Como lo tenía todo allí cerca, saqué
el manojito que yo llevaba, y una estola también, y bendiciendo
agua se lo bendije todo a su gusto. Él quedó muy agradecido, y
aquella noche nos regaló con buen carnero que tenía hecho
tasajo.
El otro día de mañana antes de partir, me regaló un pañuelo
lleno de habichuelas viejas del año anterior y un buen carnero
vivo. Partimos después de almorzar, y a poco rato ya nos emboscamos
en el monte de Las Papas. Así caminamos en su fragosidad hasta
después de mediodía. Al caer pues este cerro descubrimos el llano
que llaman Las Papas. Es una llanada toda circuida de serranía, que
tendrá dos leguas de ancho y cuatro de largo. Antiguamente fue este
territorio, una grande hacienda de mucho ganado y bestias. Tenía
alguna tierra cenagosa, y con el tiempo empezó a anegarse de aguas
todo aquel llano, y se volvió casi todo un cenagal. Todavía se
conoce que quien lo poseía sería hombre rico y trabajó mucho la
tierra abriendo hondas zanjas, que se conocen todavía, para dar
vado al agua; pero por último se hubo de desamparar por inútil la
hacienda por tanta ciénaga y anegadizo. En este llano está aquel
tesoro encantado que dije Tomo Primero, capítulo VI.
En este pues llano de Las Papas, cuando se abandonó la hacienda
por inútil, debió quedar algún ganado y bestias que no se podrían
sacar. Ellos han procreado, y hay mucho ganado y bestias. Estas son
de quien las va a coger, pero son ellos tan maliciosos, que siendo
así que viven por las faldas de toda aquella serranía, pero al
sentir que por allí anda alguna gente, se entran por las ciénagas y
se hacen incogibles. Algunas se quedan después allí atascadas y
perecen. Y los indios de aquellas cercanías, a veces se juntan
entre muchos y van allá y cogen lo que pueden.
Nosotros caminamos toda la tarde a la falda del cerro, y al caer
del sol, llegamos a una casa medio caída, que fue de la dicha
hacienda, ya lado todavía se mantenía la barda del corral de
encerrar ganado. A cosa de unos cincuenta pasos delante de la casa
hay una quebradita que pasa, y poco antes de anochecer, estando
armando candela para hacer la cena, vinieron dos patos más grandes
que una gallina de color atabacado, y se pusieron juntos a la
margen de la quebrada. Avisóme un indio, y yo tomé la escopeta, y
de dentro de la casa les tiré y los maté a los dos, y aquella noche
los comimos guisados con habichuelas.
Yo cené bien y dormí mejor. Ya que vino la mañana, después de
almorzar, se despidió el mestizo, y se revolvió con sus caballos, y
nosotros proseguimos nuestro camino. A cosa de una hora se me
aventó de forma la barriga, que parecía mujer preñada de nueve
meses, y a poco rato más empezó a darme crujidos y a doler, que
pensé reventar, y así hubiera sido, si no reviento en ventosidades
tantas, que no tienen número. Así duraba un rato hasta que todo el
viento había salido; pero dentro de un rato ya volvía a estar con
la barriga otra vez más llena que antes; y por fin sucedía lo
mismo, y esto me duró más de 80 veces, y a veces era con tal
violencia y dolor, que era preciso pararnos un rato, porque cada
paso que daba parecía que me arrancaban las entrañas. No sé que en
mi vida haya tenido día tan doloroso. Llegamos a la ranchería, y
los indios, de hojas grandes, me compusieron un buen ranchito. Yo,
luego que llegamos, sospechoso que las habichuelas eran la causa de
mi dolor, las tiré todas dentro de un charco de agua, y cenamos
tasajo con papas que traía, y aquella noche dormí y descansé
bien.
Ya que vino el día me levanté y no hallé a los indios. Busca por
aquí y busca por allá, aún los puedo buscar ahora. Ellos se
hubieron ido huyendo, y lo peor que se llevaron todo el bizcocho
casi y la carne: sólo me dejaron comida para un par de días, y el
carnero vivo que el indio me dio. A lo que lo reconocí de cierto,
viendo que no parecían, me di ya del todo por perdido, porque
volver atrás era imposible, porque ni siquiera rastro había de
camino, y por entre tantas lomitas como el día antes habíamos
pasado, que a trechos había pedazo de loma que la tierra se había
bajado, y caminábamos ratos largos sin tocar tierra por encima de
raicitas, que estaban entre sí tejidas, y al pisar todo aquello
temblaba, y no había otra parte en donde pisar, sino todo ciénaga,
y a veces se entraba el pie hasta el muslo sin tocar
tierra.
Intentar subir a un árbol, a ver si descubriría el llano de Las
Papas, y tirar por en medio a la otra banda a buscar aquella casa
en donde había dormido la noche antes, y por el rastro de los
caballos volverme, era el único medio y remedio, pero tenía el
inconveniente de estar todo lleno de ciénagas, y era exponerme
evidentemente a morir atascado en alguna de ellas. Yo por fin
determiné ver si atinaría a revolver por donde vine. Tomé el
machete en la mano, e iba de trecho en trecho cortando ramas, y
poniéndolas como señales, por si me perdía, poder volver a mi
rancho. Porque me hice la cuenta que estos indios se irían a
Almaguer, y era posible que el Padre sacristán lo llegase a saber,
y discurriendo que los indios me habrían dejado solo en el monte,
luego despacharía gente que me viniese a buscar para que no
pereciese, y lo natural era venirme a buscar en el rancho que me
hicieron los indios, y así gasté todo el día yendo y volviendo del
rancho y para el rancho. Porque en perdiéndome, por las señas de
las ramas cortadas que yo ponía, volvía atrás sin errar a mi rancho
en derechura.
Yo lo que más temía era que no me saliese alguna fiera, oso o
león, o tigre, que con mantenerse allí como llevo notado bestias y
ganado silvestre, hay muchas fieras en aquel monte, que van
rondando la que se descuida para embestirla y comérsela. Ya que vi
que se me hacía tarde, me apliqué a recoger bastante leña para
encender una gran fogata, para el resguardo de la noche, donde está
el mayor peligro, y juntamente para tener leña para asar el
carnero, luego que acabase la comida y aguardar si en lo interim
aparecía por allí alguna criatura que me socorriese.
Al querer cerrar la noche empecé a oír ruido en el monte de cosa
que venía hacia mí. Tomé un susto como se deja ver de las
circunstancias; pero con todo me animé, y tomando la escopeta, que
yo ya había bien aprontado, y el machete en la cintura, me fui
desviando un poco del puesto por donde oía venir el rumor y me puse
con la escopeta pronta tras de un árbol a aguardar, o morir
devastado, o matar la fiera, cualquiera que fuese. Atento estaba yo
al rumor, cuando oigo hablar gente. La alegría que yo tuve en esta
ocasión no sé con qué compararla. Al instante desmonté la escopeta
y salí al rancho, y veo asomar a unos indios andaquíes, que son los
que devastaron la ciudad de La Plata como noto Tomo Primero,
capítulo IV.
A lo que ellos, que son ladinos de la lengua española, me
vieron, me dijo uno de ellos, llamado Patricio, y hacían entre
ellos cabeza: Padre, estos indios ya no los aguardes. Ellos se van
a Almaguer, y según la prisa que llevaban, ya están ahora más allá
de Las Papas. Si tú, Padre, quieres venir con nosotros, nosotros te
sacaremos a Timaná. Ellos eran este Patricio con su mujer y una
niña de diez años y un chiquillo de unos tres meses, el padre y la
madre de esta mujer, ya viejos, un mozo de veinte años, una moza de
casi la misma edad, y un muchacho de unos doce años.
Al ofrecimiento que me hizo Patricio de llevarme con ellos a
Timaná, se lo agradecí, y le dije: Los indios que aquí me dejaron
se llevaron la carne y el bizcocho, y no ha quedado más que este
poquito, y ya no alcanza sino para mañana, y este carnero vivo.
Patricio me dijo: Padre, llevaremos el carnero vivo, y adelante lo
mataremos, y tú comerás de nuestra comida. Esta es una gente que
toda su provisión, cuando van de camino, es un talego de harina de
maíz tostado, mezclada con azúcar molido. Yo acepté el partido,
pero le dije que mis trastos yo no los podía dejar allí. Entonces
se resolvió que si les daba siete pesos, ellos se lo repartirían
entre sí todo, excepto la cama, y que me lo llevarían hasta Timaná;
pero que la cama, como cada cual llevaba su carguita, no la podía
llevar; que la dejase allí bajo del rancho, y que en llegando a
Timaná mandase alguien por ella. Ellos tenían razón porque iban
cargados, pero me pidieron caro. Yo hube de condescender, porque me
vi precisado a ello.
Ya que quedamos acordes, que allí mismo arrancharon ellos
después de cenar díjome esto Patricio: Padre, mañana pasamos el
páramo, y hay una piedra grande en la mitad que tiene letras, y
nadie las sabe leer, porque están en latín. Yo le respondí: Si
están en latín, presto sabremos lo que dicen. Ya que vino el día,
salimos a nuestra jornada, ellos cargaron partidos mis trastos, y
la cama la dejé liada y colgada bajo del rancho. Comenzamos a
caminar, y a cosa de dos leguas topamos tres indios timanejos, que
iban para Almaguer. Yo les dije dónde toparían mi cama, que no la
tocasen, que yo de Timaná mandaría por ella, y que si faltaba algo,
que avisaría al cura de Timaná y los castigaría. Y les hice encargo
para el Padre sacristán de Almaguer de la bribonada que me hicieron
los cuatro indios que me dio de compañeros, para que los mandase
castigar.
Ellos se pararon a conversar sus conversaciones, y yo me
adelanté con la china, o moza grande, que caminaba bien alentada. Y
a cosa de media legua, llegamos al pie del páramo. Tomamos cuesta
arriba, y hacía un día felicísimo, todo el cielo claro, con un sol
que convidaba a caminar, templando lo rígido del páramo. Llegamos
arriba en donde están los trabajos, porque es todo una maleza
enmarañada de diversidades de matas entretejidas con otras yerbas y
bejucos, y muchas matas de cortadera. Hay también en este páramo
frailejón, que es como noté en el Páramo de Guanacas, Tomo Primero.
Pero lo que lo hace peor es que todo el llano de arriba es de lodo
blando y negro, y como es raro el día del año que allí no llueva,
es preciso uno caminar siempre atascado hasta más arriba de la
pantorrilla, y a ratos hasta sobre la rodilla, y o ya por no
resbalar, o por poder salir del lodo, se hace preciso agarrar de
las matas, y en agarrando de la cortadera, ya la mano queda
lastimada. Yo que todavía no estaba bien sano de ello, como llevo
relatado, en el Páramo de Santa Rosa quedé con ello todo
ensangrentado.
Serian las tres y media de la tarde cuando llegamos a la piedra
con letras. Es una peña labrada en plano la cara a pico, como se
conoce, tendrá de alto diez o doce varas, y unas diez y seis de
largo. Tiene en medio un rótulo de letras de realce, de más de a
palmo de largas, muy bien formadas, que dice
Fortitudo. Y al
verlo me quedé parado, pensando quién pudo haber ido a labrar allí
aquella piedra en un lugar tan rígido. Pensé también qué querría
decir aquel enigma del Fortitudo, porque esta es obra de los
antiguos, y talvez labrada y puesta allá del diluvio a esta parte.
No pudo ser antes, porque el rótulo es latín, cuya lengua nació en
Babel. Cuando se conquistó el Perú, allí se halló esta piedra, como
las que cito Tomo Primero, capítulo IV
. Y de otras daré
noticia en adelante. Y por la tradición se sabe que allí se
hallaron.
Vínome al pensamiento qué querrá decir el mote
Fortitudo.
Si querrá decir que para pasar el páramo, por ser tan rígido
paraje, se necesita de mucha fortaleza; o si querrá decir que para
revolver aquella piedra se necesita mucha fortaleza Y talvez puede
haber bajo de ella algún buen tesoro escondido. Porque por todo
aquel paraje no hay piedra ninguna, grande ni chica, sino lodo de
tierra negra como tinta. Y para llevar esta peña en el puesto donde
está, mucho tiempo y mucha gente seria menester, y por
consecuencia, quien la mandó labrar y poner allá, grave negocio lo
había de remover a ello. A no ser puesta allí por arte del
diablo.
Y me fundo en lo que ya digo. Reparé que al pie de la piedra y
por todo allí delante habían muchos canasticos llenos de
piedrecitas como los que noto Tomó Primero, capítulo V. Yo dije:
Este es feudo que con ello hacen estos bárbaros al demonio, para
tener buen páramo, y es así, y como ven que les sale bien, no hay
remedio de sacarlos de esta superstición. Y con el cayado que
llevaba comencé a desmontar y trastornar canastitos, y con el mismo
báculo hice en la peña una cruz, diciendo al mismo tiempo: Alabado
sea Jesucristo por todo el mundo. Aquí hay que advertir que cuando
lo comencé a decir, estaba el día claro con un sol muy despejado,
sin nubes el cielo, y todo el aire sereno. Mas al acabar de decir
la última palabra, todo a un tiempo se mudó, y me hallé rodeado de
niebla espesa, con un torbellino horroroso de viento desaforado,
truenos, rayos, relámpagos, aguacero y granizada. Y todo esto junto
en un instante y momento.
A lo que la comitiva de los indios que venía detrás vieron la
repentina mudanza, dijeron: Ya el Padre alabó a Dios en la piedra
escrita, y por esto se ha movido esta tempestad; mal páramo
tendremos hoy. Así me lo dijeron cuando nos juntamos. Yo con la
repentina mudanza quedé azorado, sin saber qué me había sucedido, y
al mismo tiempo temeroso, viendo cuánto le pesaba al demonio la
alabanza que di a Jesucristo en el puesto que Él logra aquel
obsequio de unos bárbaros ignorantes. Temí en realidad que no me
armase alguna treta espantosa; y aunque por delante de mí
reventaron muchos rayos con truenos espantosos, y llamas de fuego
verde, azul y negro, de esto no me temía nada, antes repetía muchas
veces lo mismo: Alabado sea Jesucristo por todo el mundo. Y añadía:
Brama, brama, perro atado, que tú no puedes hacer otra cosa que
bramar. Yo sí tomé en la mano el Santo Cristo que traía al pecho, y
lo traía quebrado, porque el día que llegué a Pueblo Viejo, en un
guadual que hay antes de llegar, se habían caído algunas, y habían
atajado el paso; y yo por abrir el camino daba machetazos a las
guaduas, y se resbaló el Santo Cristo, e incautamente de un
machetazo lo partí por medio, y lo traía atado con
hilos.
Nosotros apretábamos el paso cuanto podíamos, y la china que
venía conmigo, al cabo de un rato largo, dio un tropezón contra de
una raíz de un árbol, y se descalabró un pie. Ella comenzó a
quejarse de veras y a no poder caminar. Yo la procuraba alentar con
palabras y razones; pero por puntos crecía el dolor, y los gemidos,
y con razón, porque la misma noche se le inchó el pie y toda la
pierna, y por fin hubimos de dejarla acompañada de la hija de
Patricio, como diré adelante. Yo viendo que ya no podía adelantarme
solo, de preciso hube de caminar a su paso, hasta que sobrevino el
muchacho que dije de doce años. Este se había adelantado a los
demás, y a lo que llegó dejé a la china, y me fui adelantando con
él. Así caminamos cosa de una hora los dos, cuando ya, al empezar a
trastornar el páramo cuesta abajo, llegamos a una peña tendida e
inclinada abajo lisa y toda limpia, que tendrá treinta varas de
largo y unas veinte de ancho, toda de una pieza con una quiebra en
medio. De lo interior del páramo viene a dar allí una chorrera de
agua cristalina, y pasa cuesta abajo por medio de esta peña, y va a
dar a una quebrada que hay abajo, y de la otra parte a poca
distancia hay una cuevecita que llaman Peña Chiquita, y aquí
venimos a arranchar esta noche como diré adelante.
A lo que llegamos los dos a esta peña, el rastro que llevábamos
nos conducía a ver de bajar por la misma peña, y yo dije: Esto es
imposible, porque iba a mano de resbalarse uno, e ir a dar sin
poder parar hasta abajo. Yo por otra parte no descubría por ningún
lado otro rastro, y díjele al muchacho: Hijo, por aquí no hay
rastro alguno; por esta peña no podemos bajar. ¿Por dónde estará el
camino? Él me respondió: Padre, yo no se ni lo conozco, porque es
la primera vez que he venido. Yo le dije: ¿Y cuando viniste,
pasaste por esta peña o la viste? Él dijo que no se acordaba, y de
ello inferí que íbamos extraviados y perdidos; porque una cosa tan
notoria como era aquella gran peña y la chorrera, no era cosa de
olvidarla.
Ya entonces era tarde, y con la niebla, que todavía duraba,
aunque ya iba sosegando la tempestad, parecía ya más tarde, y así
le dije: ¿Traes algo qué comer? Él dijo que sí. Él traía un
zurroncito, y dentro traía mi manto, un talego de maíz tostado
hecho harina mezclado con azúcar, y una frazadita. Yo le dije: Sin
duda vamos perdidos; el único remedio que tenemos es quedarnos aquí
lo dos, porque ya viene la noche, y mañana, si Dios es servido,
volveremos atrás y buscaremos el rastro de los otros, y por él los
alcanzaremos, porque ellos no pueden estar muy lejos. Él respondió:
Padre, lo que tú quisieres. Fui rodeando por un canto de la peña, y
en breve hallé dos altitos de tierra juntos, que me pareció que era
vestigio del camino antiguo, conforme había visto otros pedazos.
Díjele al muchacho: Recoge una partida de unas hojas grandes, que
por allí se crían por encima de los troncos de los árboles con la
mucha lama y baba que tienen. Yo saqué el machete y corté unas
ramas, y con la escopeta, mi báculo y las ramas, armé sobretodo,
cobijándolo con estas hojas grandes, y las demás las puse en el
suelo por donde pasaba un chorro de agua, y encima de las hojas
planté mi manto por cama, resguardando la frazadita para
cobija.
Ya que tuve nuestro rancho compuesto díjele al muchacho: Hijo,
el único remedio que tenemos para no morirnos esta noche enredados
de frío, es
(1)
. Estábamos los dos con
toda la ropa chorreando todavía de la pasada tempestad, y así le
dije: Quítate la ropa, y yo me quitaré la mía y nos arroparemos con
la frazada, abrazados uno con otro, y así sólo podremos escapar con
vida. Así lo hicimos. Ello metimos el talego de la comida adentro,
y después que comimos de ello, no según la hambre sino tasada
ración, para beber teníamos el agua que nos pasaba por bajo de la
espalda; y así, sin haber de desarroparnos, y con sólo sacar la
cabeza de la frazada, bebimos.
Así estuvimos poco menos de media hora, cuando oímos hablar a
nuestros compañeros que venían, y así no nos hubimos perdido. Ellos
hubieron de topar sola a la china del pie descalabrado, y por no
dejarla sola en el monte, la habían venido acompañando, caminando a
su paso. A lo que oí el murmureo que traían, se me alegró todo el
corazón, y es cierto que era ocasión para ello. Al instante nos
levantamos los dos, y nos volvimos a vestir nuestra ropa mojada, y
dejando el rancho, les fuimos a salir al encuentro. Llegaron ellos,
y por junto a nuestro ranchito bajamos a la quebrada que llevo
dicha, y pasando por dentro de ella, que llevaba no más de media
vara de agua, de la otra banda a cosa de quinientos pasos llegamos
a Peña Chiquita, y allí arranchamos a pasar aquella
noche.
Con la pasada refriega el guagüita de pechos, que tendría unos
tres meses, como llevo de antemano apuntado, por más que su madre
le procuró a resguardar, con todo la criaturita llegó tiritando de
frío. Ya que se prendió candela y todos nos calentamos, procurando
cada cual como podía, y podía poco, secar la ropa, porque la leña
estaba chorreando agua y no quería arder; pero por fin yo me
calenté, y algo sequé mi túnica, especialmente lo que tocaba al
cuerpo medio para arriba y los paños menores, que los hube de
torcer.
Pues la criaturita quedó bien mala, sin querer tomar pecho.
Patricio, que era su padre, me dijo: Padre, tú habrías de bautizar
el guagua. Yo repliqué diciendo ¿Qué, no está bautizado? Él me
respondió: Él nació cerca del pueblo de Santa Cruz, pueblo de
indios que cuida el cura de Almaguer, en casa de un indio en
despoblado, y un indio lo bautizó, y no sabia bien las palabras, y
me dijo: Que en encontrando quien lo supiese bien, que lo volviese
a bautizar. Yo le respondí: Como el indio se atrevió, él sabría lo
que hacia. El bautismo no se puede dar dos veces, y le expliqué el
por qué, y así no lo quise bautizar. Yo bien sé que podía, y aún
estando el chiquillo malo debía bautizarlo, bajo de condición; pero
por más que porfiaban que no estaba bien bautizado, me cerré y no
lo quise bautizar.
Pasamos allí la noche, y al otro día volvimos a dar nuestra
jornada, toda por tierra doblada, áspera y fragosa, y con lluvia
casi todo el día. Al doblar la tarde llegamos a una quebrada donde
había muchos árboles galanes como el que noto Tomo Primero,
capítulo VI. Antes de pasar a la otra banda hubo una partida de
monos. Yo al instante cebé la escopeta y tumbé uno, y lo herí bien,
y se cayó. Luego pasó un mozo a cogerlo, y al alargarle la mano, el
mono se volvió a subir por los bejucos goteando sangre, y no lo
pudimos coger. Lo singular fue que en lo interim que esto pasaba,
los otros monos desde arriba nos armaron pelea, quebrando ramitas y
tirándonos, y al mismo enseñándonos los colmillos, rechinando y
haciendo gestos, y a lo que subió el herido, se lo llevaron a mano
y nos desaparecieron todos.
Pasamos pues la quebrada, y de la otra parte ya casi todo fue
tierra llana, y aunque encontramos dos ríos, llevaban poca agua, y
tenían pasaderas de piedras grandes. Y a la margen de uno de ellos,
a mano derecha, vi dos o tres matas de lentisco como el de España,
y en todo el Perú no lo he visto en otra parte. Y extrañándolo lo
fui a probar para certificarme, y fue lentisco. Cosa de una legua
antes de llegar a la ranchería hay una loma que remata con peña
grande, y toda está poblada de yerbahuena del alto de una vara, sin
que se críe en todo aquel distrito otra yerba alguna. Quién lo fue
a sembrar allí, y para qué, sólo Dios lo sabrá. Lo cierto es que
más de una legua en largo, y en ancho casi otro tanto, no hay otra
cosa, y todo alrededor rodeado de monte alto y silvestre, de donde
se colige que aquella loma la cultivaron a mano, y desarraigando el
monte, la sembraron a propósito y de intento con la
yerbabuena.
Llegamos a arranchar al pie de Peña Grande. Es un tajo de peña
muy alto, y sólo lo puedo comparar con el de la ciudad de Ronda en
Andalucía, o como otro que hay en Mallorca antes de llegar a la
Virgen de Lluch, llamado el Salto de la Bella Dona. Así me pareció
éste en altura. Abajo y al pie de esta peña, que estaba todo seco
arranchamos. Ello había llovido lo más del día, y allí no había
caído una gota de agua, y cosa de cuarenta pasos antes de llegar, y
otros cuarenta más allá de la peña estaba todo llovido. Me dijeron
los indios que al pie de la peña nunca llovía, porque el aire
fresco que salía de aquella peña aventaba el agua y se la llevaba.
Yo pensé si tendrían en ello alguna superstición o vana
observancia; pero allí no había canastillos como los del páramo, y
a breve tiempo vi que era efecto natural, porque empezó a llover, y
el agua que bajaba por delante de la peña, al bajar recta menos de
la mitad, veía que se volaba para fuera, y se la llevaba el viento,
sin caer allí donde arranchamos, ni una gota.
A lo que cenamos, Patricio, viendo que su guagua se había
empeorado, me volvió a decir que lo bautizase, que parecía que se
quería morir. Yo me estuve tan duro en no quererlo bautizar como la
noche anterior, sin prevenir razón alguna. Y después por lo que
sucedió conocí que fue alta disposición, para que brillase más la
Divina Providencia, que quería aquella alma para el cielo. Ello se
pasó la noche, y a lo que vino el día amaneció la china del pie
quebrado con toda la pierna hinchada como un tambor. Ella se
resolvía más y más a quedarse sola allí y morir de hambre, que
pasar adelante. Ellos no llevaban tanta abundancia que se
determinasen a dejarle algo qué comer para algunos días. A todos
nos precisaba pasar adelante, por tener poca provisión, y no haber
por allí de dónde podernos proveer. Sólo teníamos el carnero a que
apelar, y éste lo guardábamos para comerlo en las últimas jornadas.
Sólo Patricio podía sacarla cargándola entre dos o tres, pero sobre
ser ella una mocetona muy gruesa y fornida, era esto gravarse unos
con el peso y carga de los otros, y a todos se les hacia muy
gravoso.
Yo, viendo la necesidad, les dije que si le lavaban el pie y la
pierna con meados calientes, antes de medio día se le había de
bajar la hinchazón, y había de poder andar el otro día la jornada.
Ellos así lo hicieron, se la llevaron a un canto, y de rato a rato
le echaba cada cual sus meados dentro de un pilche, y ella se
lavaba, y en verdad que antes de mediodía apenas se le conocía
hinchazón alguna. Entonces Patricio la animó a que andásemos una
jornadita de unas dos leguas hasta pasar otro río llamado
Barandilla, y arranchar siquiera de la otra parte del río, y así se
hizo.
Comenzamos a caminar a buen paso. El día estaba sereno y lo más
del camino fue llano; pero con todo, como el humor todavía no
estaba reconcentrado en su lugar, poco a poco volvió a acudir al
pie dañado, y cuando llegamos al no Barandilla, ya tenía el pie y
la pierna tan chinchados como antes. Este río de esta parte tiene
una peña que lo ciñe a media loma, y de la otra parte es tierra
baja. El puesto donde está el paso del otro lado tiene una grande
peña, y en medio hace un grande charco que tendrá diez varas de
agua. De la peña de este lado está unas quince varas más baja, y el
puente que tiene son dos palos tirados de arriba abajo, y en el
remate de abajo sobre la peña están fortificados con algunas
piedras que tienen arrimadas. De uno a otro tienen algunos
travesaños atados con bejucos que forman a modo de una escalera muy
mal hecha; porque de un palo al otro habrá tres varas, y de escalón
a escalón habrá cinco o seis cuartas; y como viene casi colgada la
escalera, y tiene aquel gran charco abajo, es horroroso paso.
Entonces le faltaban tres escalones, y la hacían más temible y
difícil de pasar, y no hay otra parte por donde se pueda
pasar.
|
(1)
|
De esta forma queda inacabado el pensamiento en el
original, sin que falte ninguna palabra (Nota del
Transcriptor).(Regresar a
1)
|