Viéndome ya con mortales angustias, invoqué de todo corazón al
señor don Pedro de Alcántara, y él me ayudó de forma que luego cesó
la fuerza del agua que me daba en el pecho y recobrando el valor,
yo no sé cómo, me vi en la orilla. A lo que me vi ya fuera del
peligro, tomé el volantín en la mano, y comencé a tirar. Pero él
con la fuerza del agua, se hubo roto. Entonces me vi desnudo, ya
sin esperanza de poderme vestir, precisado a comparecer al pueblo
desnudo como estaba. Y lo que más me afligía era estar sin arma
para defenderme si me salía una fiera.
Ya que volví más sobre mi, dije: A mí lo que me importa es pasar
adelante, e irme lo más pronto al pueblo. Me quité el pañuelo de la
cabeza y me lo até a la cintura y me fui a ver si podría subir
arriba de la loma. Mas nunca pude topar con la senda, hasta que me
subí por unos árboles que de arriba se habían derrumbado con unas
peñas, y encontré allí un ranchito. Ahora sí, dije yo, tengo la
senda. Con la maleza del monte, descalzo, me lastimaba mucho, y
procuré varias veces con bejucos atarme hojas de árboles; pero en
menos de veinte pasos ya estaba todo despedazado; hasta que vi que
esto no era más que perder tiempo. Yo con el temor natural, corté
un palo e hice un bordón para defenderme si me salía alguna fiera
así caminé cosa de media legua, cuando de improviso, catay que veo
venir dos indios con sus cerbatanas. A lo que ellos me vieron
pensaron que yo era demonio, y arman sus cerbatanas para flecharme
con flechas envenenadas. Yo empecé a darles voces, pero como ellos
tienen experiencia de que el demonio así les aparece en forma de un
hombre blanco desnudo, proseguían temerosos que el demonio no los
azotase. Yo me resguardé tras de un árbol, y gritando les hacía
señas a la corona. Entonces conocieron que yo era el Padre y se
vinieron donde mí.
Eran dos indios de Pueblo Viejo que venían mandados del alcalde
para ver si el río estaba proporcionado para poder echar la canoa y
venirnos a pasar. A lo que llegaron a mí le quité a uno el camisón
que traía, y me lo puse, y les dije: Si venía o no la gente a
pasarnos. Ellos respondieron que ya venía la gente, y mentían,
porque a breve rato que caminamos hacía el río, me dijo uno: Padre,
¿quiere que yo vaya a decirles que vengan presto? Yo le dije que
sí. Él dejó su cerbatana tras de un árbol, y se fue corriendo al
pueblo a avisar cómo me habían encontrado.
Con esta noticia, al instante vino casi todo el pueblo, grandes
y chicos, hombres y mujeres, y me trujeron yucas cocidas y plátanos
maduros. Yo con el hambre que tenía no me hartaba, hasta que
volviendo sobre mí, temeroso de que no me hiciera daño, me
contenía. Pero a poco rato ya volvía a comer. Llegó la gente y
dijeron que no se podía pasar con la canoa, porque el río estaba
crecido y muy rápido. Fueron y armaron la tarabita, y pasaron mis
cargas y el muchacho, y antes de pasar el otro indio, se rompió la
maroma, y él se quedó de la otra parte del río. Yo mandé que de
encima de un peñón alto le tirasen bastantes plátanos y yucas y que
se volviese a Mocoa, y así se hizo.
Yo a lo que me trujeron mi ropa, me vestí. Ya era ello algo
tarde cuando se hubo todo compuesto, y advertí que mis indios
sibundoyes que yo había mandado, no habían parecido, y pregunté al
alcalde por ellos, y me dijo que estaban durmiendo en el pueblo y
con esto entendí que estaban borrachos, y ésta había sido la causa
de no haber aparecido ni unos ni otros hasta entonces, y era así
verdad, que este es el estilo que tiene esta gente, cuando va a su
pueblo, hombres y mujeres, hasta embriagarse. Cuando llegó el
primero se hizo una bebezón, y cuando fue el segundo se hizo otra,
y todavía no les había dejado a muchos la calentura.
Yo deseoso de comer carne, le dije al alcalde:
Alcalde,
sañuni ayro sayge, que quiere decir: Vamos por el monte al
pueblo aprisa. Él me respondió:
Miato nená, que quiere
decir: mañana iremos. No hay que rogarle, que ya no irá aquel
día.
Con todo le porfié a que nos fuéramos, pero él me dijo: Padre,
tú sí puedes llegar todavía, pero nosotros con las cargas no.
Mañana iremos. Yo dije: Una vez que yo pueda llegar, voy para allá.
Haciendo esta cuenta: En el pueblo hay gallinas; a la primera que
llegue la mataré, y esta noche tomaré siquiera buen caldo y cenaré
bien. Con este pensamiento puse dos manos de plátanos dominicos
maduros dentro del saparo del muchacho, y le dije: Ea, toma esto y
vamos los dos al pueblo. Yo tomé mi machete en la cintura, la
escopeta en el hombro, y un bordón en la mano, y me partí con el
muchacho.
Comenzamos a caminar, y nos cogió la noche media legua antes de
llegar al pueblo dentro de un guadual muy espeso. En un instante se
puso una noche lóbrega y oscura. Yo viendo que a cada paso
tropezaba con las guaduas y que me espinaba las manos con sus
sutiles espinas, viendo que ya era imposible llegar al pueblo,
volví atrás, y eché un silbido al muchacho que se había quedado
algo atrasado, y a lo que llegó le dije: Hijo, ya no podemos
llegar; aquí nos habemos de quedar esta noche. Había allí una
quebradita, que formaba una playita de arenilla mezclada con
cascajo. Estaba una guadua atravesada, caída en tierra. Yo saqué el
machete y corté dos pedazos, y los clavé parados en la arenilla, y
del bordón hice atravesaño, y cobijándolo con el manto que venía
dentro del saparito del muchacho, nos pusimos los dos bajo de este
toldo a aguardar el día. Y entre tanto saqué los plátanos y nos los
comimos en lugar de cena.
Luego que acabó de cerrar bien la noche se armó una tempestad
horrorosa y truenos, rayos y relámpagos con un aguacero continuo de
toda la noche. La fortuna que tuvimos fue que estábamos en un
llano, y la playita estaba en un altito porque si no, el agua que
traía la quebradita nos hubiera llevado. Los dos estuvimos toda la
noche acurrucados rezando y aguantando el agua que nos caía encima
de arriba y la que nos pasaba por abajo, y esto creo que fue
nuestra Ventura, por lo que ya dije: Apenas amaneció el día,
amanecimos nosotros yertos, sin podernos menear, en un grande rato,
adormecidos los miembros, que no nos podíamos poner en pie, como si
en realidad estuviéramos baldados de piernas y brazos. Ya que
salimos del toldito, retorcí el manto para secarle el agua, y
reparé que de la otra parte de la quebrada, cosa de unos ocho pasos
de nosotros, estaba el rastro de un tigre, señaladas allí sus patas
y uñas, que sin duda él había cogido nuestro rastro por el olor y
nos venía buscando; y con el aguacero que llovió debió perder el
rastro. Entonces di gracias a Dios del aguacero y me hice la cuenta
que si no llueve aquella noche, el tigre nos mata y nos come a los
dos.
Partimos llenos de miedo de encontrar con el tigre, y por fin
llegamos al pueblo, en donde encontré a mis dos sibundoyes
sebastianos, que ya habían convalecido de su borrachera. Yo les
hice el cargo de su poco cuidado e impiedad, mas ellos se
disculparon poniéndose a reír y volviéndome la espalda. Yo como ya
estaba curtido a tolerar semejantes rudezas, no me hizo impresión
su ingratitud. Al cabo de un rato, vino la gente y trujeron mis
trastos; pero me entró frío de una terciana. Yo mandé colgar mi
hamaca, y me eché en ella, y me duró la calentura todo el día. Ya
que vino la noche, ni se encontró un huevo, ni quisieron matar una
gallina, y por grande regalo me hicieron una arepa de maíz, y la
comí con un plátano asado.
En Pueblo Viejo me detuve cuatro días, porque se me alteró la
flema con un ardor acedo en el pecho que me abrasaba, y era preciso
estarme todo el día echado en la hamaca boca abajo con la boca
abierta, y me salía cada tardé medio calabazo de flema viscosa, y
hasta que me había salido, ni sosegaba ni podía comer. Ya que
cesaba, tomaba una tasa de guayusa, y después comía un poco de mono
asado con yuca o plátano asado. Ya que pasaron los cuatro días como
sólo faltaban cuatro jornadas para llegar a Santa Rosa en donde
estaba el Comisario, partí con los cuatro indios, porque el
muchacho no quiso pasar adelante.
A poco rato de haber salido entróme una terciana con un frío muy
vehemente, y porque iba mojado de continuo porque en todo este
camino, y el que reste era preciso pasar las quebradas y
riachuelos, que a veces llegaba el agua hasta la cintura, y de
continuo de pisar lodo hasta media pierna, me gravaba más la
terciana, y sólo del rocío que caía de las ramas, me mojaba la
cabeza hasta los pies. Al
llegar a la ranchería, me ponía
ropa seca, pero cada día de mañana me volvía a poner la mojada y
guardaba la seca para hacer lo mismo cuando
arranchásemos.
La calentura me duró todo el día, porque con ella me atacaba el
agua, porque los indios no querían parar y tenían razón porque iban
cargados, y me decían que caminase aprisa y se me quitaría más
presto. Yo me alentaba cuanto podía, pero podía poco, porque iba
flaco y mal sustentado. La calentura me resecaba, y yo por poder
seguir a los indios, y no quedarme solo, repetía el beber agua y
era añadir leña a la candela.
Esta primer jornada llegué bien fatigado al tambo, y los indios
me dijeron: Padre, mañana nos vamos a Sibundoy. Yo les supliqué
diciendo que si tal intento tenían de dejarme solo en el monte y
volverse, me lo hubieran dicho en Pueblo Viejo, y yo allí hubiera
alquilado indios. Y que ahora no estaba bien dejarme solo y
enfermo. Ellos respondieron: Aquí te dejaremos plátanos y yucas
para comer y diremos al alcalde de Pueblo Viejo que te mande indios
que te acompañen a Santa Rosa. Yo les dije que si tal hacían,
escribiría a su cura y él los castigaría.
Entonces me dijo uno: Padre, nosotros nos queremos ir, porque el
Padre Comisario Barrutieta nos mandará azotar en Santa Rosa. El
alcalde de Pueblo Viejo nos ha dicho que el Comisario Barrutieta no
quiere que los indios de Sibundoy entremos en el territorio de la
misión, porque no quiere que enseñemos el camino a los Padres
chapetones para ir a Pasto. Y dijo también que topando algún indio
sibundoy dentro de la tierra de la misión, lo había de azotar. Yo
les dije que no tuvieran miedo del Comisario, porque yo no había de
permitir que nadie les hiciese daño alguno, habiéndome ellos
acompañado a mí y asistido, yendo yo tan flaco y
enfermo.
Con estas y otras razones los sosegué y animé a que prosiguieran
el camino, pero yo esta noche no dormí, temiendo que al yerme
dormido ellos se habían de ir huyendo. Ya que vino la mañana
volvimos a proseguir nuestro camino, y a breve rato ya me volvió a
repetir la terciana con un frío muy desaforado, y si el día
anterior lo había pasado mal, esta jornada lo pasé peor, porque me
iba más enflaqueciendo. Yo llegué a la tarde al tambo del todo
rematado. Al poco rato de haber llegado sentí en el monte un tiro
de escopeta. Yo al oírle dije entre mi: Tiro de escopeta en este
paraje no es posible sino que algún religioso anda por el monte
perdido, porque sólo nosotros por aquí usamos escopeta. Yo en
Pueblo Viejo había mandado tostar mi pólvora, y ya podía servir, y
entonces fui a toda prisa a cargar la escopeta para responder con
otro tiro al que yo juzgaba perdido en el monte. Los indios viendo
mi afán, se pusieron a reír y me dijeron: Padre, este es el Batach.
Así llaman ellos al demonio, y aquí me contaron que anda el diablo
por aquellos montes haciendo estos traquidos para espantar a los
indios, mayormente cuando acompañan algún Padre conversor, y que en
viéndolos solos les aparece y los azota, como llevo antes relatado.
A la noche me volvieron ellos a sacar la conversación de si el
Comisario los azotaría en llegando a Santa Rosa, y por más que yo
les aseguré que no tuvieran miedo, ellos se cerraron en que se
querían volver de allí para su pueblo de Sibundoy. Por más que les
rogué no hubo remedio: Ellos por la mañana se fueron y me dejaron
solo. Yo viendo que todavía me quedaban dos jornadas, subí por una
escalera de sólo un palo, y en cuyos escalones no podía asentar más
que la punta del pie, con mucho trabajo mis trastos, a una barbacoa
alta que en el tambo había para resguardo de si pasase alguien no
se lo llevase. Estaba ya tan flaco que no me animé a llevar el
manto para cobijarme en la noche, y así lo deje. Y me llevé sólo el
machete y la escopeta y un camotico y un cirse, que fue la
provisión que me dejaron para mantenerme dos días.
Al salir del tambo encontréme una culebra verde oscura que
tendría tres varas de largo. Yo como no había visto culebra de esta
pinta, viendo la ligereza con que ella corría por encima de las
puntas de las ramas, mirándome y sacando la lengua, sospeché si
sería el demonio el que viéndome ahora solo, me quería armar alguna
treta. Yo saqué el machete para darle, y al primer ademán que hice,
ella se huyó y no la volví a ver. Aún no había andado cincuenta
pasos, cuando me entró ya la terciana con frío atroz, y la
calentura me duró hasta la noche. Aún no había andado cien pasos,
cuando se puso a llover, y este fue aguacero de todo el día sin
parar. Este día aunque fue peor que los otros, yo temiendo de
quedarme muerto en el camino, me contuve de beber aunque me
abrasaba la sed y tenía el agua a mano. Llegué a la ranchería cerca
de la noche tan fatigado, que tiré en tierra la escopeta y la
comida y tomé un palo por bordón, y me fui a buscar agua para beber
y morir siquiera harto de agua.
Yo sabía que cuesta arriba había un arroyo cosa de cien pasos
cuesta arriba. Poco a poco me fui subiendo hasta la mitad de donde
descubrí el agua; mas me hallé tan opreso y fatigado, que estimé
más no ir a beber, a ver si llegaba vivo al rancho, que ir a beber.
Y así me resolví, y dentro de una pisada de los que suben por agua,
se había recogido un poco, y bebí dos tragos, y me fui al rancho.
En esta ranchería el tambo se había caído y no habían cuidado de
hacer otro, y así había diez o doce ranchitos que hacían los que
pasaban. Mas como por allá llueve de continuo, en ocho días ya está
podrido el rancho.
Yo así que me recobré un poco, recogí de estos ranchitos los
carboncitos y tizones que topé para armar candela y conservarla
toda la noche, temeroso, como estaba sin resguardo, que no viniese
algún tigre y me comiese. Y ya sabía que en habiendo candelada, él
no se atreve. Saqué candela con pólvora, y armé mi fogata, y me
desnudé para secar la ropa lo primero. Andando pues deshaciendo las
varas de un rancho para tenderlo junto a la candela, tras del
rancho hube de topar un chipchi parado, que es un calabazo de que
se hace en España aquel dulce que llaman cabello de ángel. Él se
había todo podrido, y sólo conservaba entera la cáscara, y del agua
que llovía se había llenado, y el agua con la podre estaba de color
amarillo, medio acanelado. A lo que lo vi, sin premeditación si me
haría daño o provecho, yo de un tiro me lo bebí todo, y fue esto mi
salud, porque desde entonces se me fueron las tercianas, porque
aunque me perseveró cada día a la misma hora retentarme el frío,
pero duraba poco y no me entraba calentura. Y esto me duró hasta
que llegué a Almaguer.
Yo asé el camote y me lo comí, y resguardé el cirse para
almorzar el otro día. Ya pues que vino el día, amanecí tan sin
fuerza con todo el cuerpo adolorido por haber pasado aquella noche
tendido en el suelo y acurrucado junto a la candela, que me faltaba
totalmente el ánimo de emprender la última jornada. Yo me comí el
cirse e hice resolución de pasar adelante porque de no, veía que
era preciso morir allí. Como me vi tan sin fuerza, dejé el manto,
por no tener fuerza para llevarlo cargado; dejé la escopeta, porque
de llevarla al hombro se me hizo una llaga en él; y así, con un
bordón en la mano y el machete en la cintura me encaminé para Santa
Rosa.
Cerca de las doce sentí ruído de animales por el monte que
corrían. Este fue uno de los mayores sustos que he tenido en mi
vida, porque me hice la cuenta que sería, según el ruído que
llevaba, algún tigre o oso que perseguía otro animal para
comérselo. Y oyendo que por puntos se iba acercando hacia mí el
ruído, como si ya me embistiera, me arrodillé a pedir a Dios perdón
de mis culpas bien de veras. A breve rato oí la voz de un hombre
que alentaba a un perro, y vi a unos monos saltando por los árboles
con que conocí que sería gente de Santa Rosa que cazaba monos por
allí y así fue.
Es el caso que los cuatro indios sibundoyes, por no perder el
flete, determinaron probar fortuna, y así que me dejaron solo por
el monte, revolvieron, y en lugar de irse atrás, se fueron para
Santa Rosa. Antes de entrar se adelantó uno para informarse de
alguien del convento, sin que el Comisario lo viese, si el dicho
Comisario lo azotaría por haber pasado por el territorio de la
misión, fingiendo que iba para Almaguer. Este indio hubo de topar
con Fr. Juan de la Cruz, que es un lego que asiste en Santa Rosa,
como noto Tomo Primero, capítulo VI. Éste le dijo que no tuviese
miedo, y que el Comisario los quería a todos, y que antes hacían
ellos gran beneficio al Comisario, puesto que siempre que los había
de menester para llevar cargas a Pasto, le servían. Y que el
Comisario lo que quería era que no acompañasen, ni enseñasen el
camino de Sibundoy y Pasto, a ninguno de los Padres chapetones que
habían nuevamente entrado a la misión de
conversores.
Asegurado ya el indio con esta respuesta, le dijo cómo estando
en Mocoa para venirse a Almaguer, había llegado yo, y que los había
alquilado para que me acompañasen a Santa Rosa, trayéndome los
trastos. Le contó mis trabajos en el río, y que venía enfermo y muy
flaco, y que de miedo del Comisario, me habían dejado solo y sin
comida dos jornadas atrás. Él fue a llamar a sus compañeros y en
Santa Rosa los encontré. Todo esto me contó el mozo que cazaba los
monos en el monte, el cual a lo que me vio, se vino a mí y me trujo
un pollo asado, y arepas en lugar de pan. Yo me senté sobre un
palo, y todo me lo comí sin acabar el hambre. Le pregunté si
faltaba mucho para Santa Rosa, y me dijo que dos leguas cortas; y
ya algo más alentado, caminamos para allá.
A lo que llegué, vino el Comisario a darme la bienvenida, y me
dijo que ¿por qué había amedrentado a los indios, y me había
quedado solo a peligro de que me devastara una fiera en el monte?
Yo le respondí: Padre, yo no estoy ahora para desenredar este
embuste nacido de su tiranía, codicia e impiedad, sino para que me
compusieran una cama hasta que me trujesen la mía, porque venía
bien malo. Con el desabrimiento con que yo le solté la proposición,
él conoció que yo le tiraba al vivo, y que si me instaba, yo podría
descomponerme sobrado, y así se bebió el golpe y me mandó componer
una cama. Vinieron mis indios y me dijeron que el Comisario los
despachaba a traerme los trastos. Yo les dije dónde los
encontrarían y dónde hallarían mi manto y la escopeta. Al cabo de
tres días lo trujeron todo.
El otro día de mañana vino el Padre Baquero, él que con sus
mulas lo habían agregado a la misión, y me dijo: Anoche me dijo el
Padre Comisario: Vea usted al Padre Fr. Juan bien de mañana, no sea
cosa que se vaya a decir misa, porque como viene apóstata, está
descomulgado.
Apenas soltó la proposición, ya yo hube saltado de la cama me
vestí a toda prisa y me fui a su cuarto y le dije: Padre Comisario
fingido, porque usted no es Comisario, sino un puro presidente
indigno de las conversiones. ¿Usted me manda decir que yo he venido
apóstata, y que estoy descomulgado? Respondió alterado que sí,
porque no había aguardado en San Diego su licencia. Yo le dije: No
la aguardé, porque no la tengo de menester. Usted, le dije, es el
apóstata, y
ex ore tuo te iudico, serve nequam. Vil, tirano
e impío, usted no es superior, sino comitre de galeras, ni yo lo
reconozco por tal. Y el que en adelante quisiere ser mi superior,
advierta que me ha de mantener y vestir. Y supuesto que el rey me
da para ello, esto es lo que pido. Él me replicó que no había
cobrado nada de las cajas reales. Yo le dije: Esto es mentira,
porque usted, a poco tiempo que nosotros entramos, cobró de las
cajas reales el primer tercio que importó mil setecientos y
cuarenta pesos. Y esto en La Concepción me lo dijo el Padre Urrea y
era verdad. Él no se atrevió a negarlo, y dijo que esta plata había
de servir para abrir el camino y comprar mulas, y que mucha parte
se había gastado para el socorro que nos había mandado. Yo dije:
¿Qué socorro es este? Dos cajetas de mazamorra de maíz, éstas valen
un peso; catorce varas de tocuyo, valen siete pesos; dos libras de
tabaco valen ocho pesos. Suma diez y seis pesos. Digo: ¿Y de mil
setecientos y cuarenta pesos, repartidos entre once conversores, me
toca a mí diez y seis pesos? Él volvió a decir del camino y de las
mulas, y yo le repliqué: Todo esto es falso; usted quiere abrir
camino y comprar mulas para que los señores de Popayán abran minas
de oro en Mocoa y Caquetá. Él me dijo que no había tal cosa. ¿Cómo
no, repliqué yo, cuando han mandado a don Manuel de Ibarra allá a
este efecto con peones para buscarlas? Me dijo que era falso, que
don Manuel era entrado sólo a ver si podría catear algún oro para
sí. Entonces saqué yo de la capilla un pliego de cartas que dicho
don Manuel me había dado para los señores de Popayán, en que les
daba noticia de las minas que había encontrado, y el oro que
rendían, y le dije: Este pliego que él me dio para los señores de
Popayán abonan las palabras que yo digo, y estos indios que han
venido conmigo, han andado con él por Mocoa buscando minerales. Y
advierte usted que yo ahora le ajustaré bien la cuenta, y haré
cuanto pueda para atacar que no se abran tales
minas.
Ya estaba entonces tan alterado, que me subintró un calenturón,
que me duró veinte y cuatro horas, y así lo dejé y me fui a recoger
a la cama. El Padre Baquero y el lego Fr. Juan de la Cruz, que
habían estado oyendo el debate vinieron a mi cuarto, y con razones
me querían afear el haberme desbocado contra el Comisario, porque a
más de lo dicho, le dije cuanto me vino a la boca. El lego quiso
tomar la delantera, que por qué le había dicho que él era el
apóstata. Yo de nuevo me volví a airar, y le dije que se lo había
dicho, y que me ratificaba en ello, porque él en nuestra entrada
cuando nos topó en Santa Rosa, como noto en el Tomo Primero,
capítulo VI, nos contó que siendo corista, se había huido de la
casa grande dejando los estudios, y que anduvo tres años tierra
arriba, y no volvió hasta que con letras patentes hechas de propia
mano, se hubo ordenado en Trujillo de sacerdote.
A la que el lego soltó la proposición, le dije: Es un pícaro, y
usted tan pícaro como él, porque cuando nos fuimos de aquí, todas
las ollas, sartenes y peroles que nosotros trujimos de España,
usted se quedó aquí con ello, y nos avió con una olla de barro que
se quebró en la primera jornada, y hasta Pueblo Viejo no se pudo
cocinar. El alegó que el Comisario se lo había dicho, y yo
respondí: Pues por esto digo que uno y otro son unos pícaros. El
Padre Baquero se quiso meter de su parte, y le di un respingazo,
que no es decente escribirlo, y los dos se fueron, y no me
volvieron a hablar hasta que me fui.
Cinco días estuve en Santa Rosa, y el quinto día vino el
Comisario y me dijo: Padre Juan usted está flaco; si quiere salir a
Almaguer a convalecer se le aprontará avío. Yo le dije que sí, y
que el otro día partiría. Él me dijo: También le daré carta para el
señor Gobernador de las misiones que allí está para que lo conduzca
a Popayán, si quiere bajar allá a convalecer. Yo le respondí que
estaba bien, y que en amaneciendo el día me iría. Había entonces en
Santa Rosa entre bueyes mansos, mulas y caballos sobre setenta
cabalgaduras; y cuando fue la hora de partir, me dijo que era
preciso irme a pie, porque las bestias estaban cansadas y no podían
emprender por entonces el camino del páramo, y así que mis cuatro
indios sibundoyes que me habían acompañado, supuesto que iban a
Almaguer, me acompañarían llevando mis trastos.
A lo que me hizo la propuesta, al instante conocí que él tiraba
a que yo viéndome tan flaco temiese a pasar a pie el páramo, y que
me quedase en Santa Rosa, a ver si me componía con él y me allanada
a volverme para dentro a mi pueblo. Porque aquellos días las
mujeres mestizas que asisten en el convento me dijeron que el
Comisario había despachado a Almaguer a traer azúcar y harina para
darme un buen avío cuando yo convalecido me volviese a mi pueblo, y
que tanto había sentido mis trabajos del camino, por mi poca
asistencia. A la propuesta que él me hizo de salir a pie por el
páramo, yo no le hice repugnancia alguna, antes dije que gustoso
iría. Yo partí con los cuatro indios sibundoyes, con la escopeta al
hombro y el machete a la cintura, y sólo dejé en Santa Rosa mis
ornamentos de decir misa, para cuando volviese. Yo había almorzado
un pedazo de pollo asado, y no volví a comer hasta la tarde cuando
llegamos al tambo.
Yo aunque oí la propuesta del Comisado de que me había de ir a
pie, nunca creí que lo permitiese, sino que era emboscada para
atacarme el paso; pero cuando vi que en realidad me dejaba ir a pie
tan flaco como estaba, y por un páramo tan rígido y fragoso, dije
entre mí: o este hombre se hace la cuenta que yo así me quedaré
muerto en el páramo, o éste carece de piedad. Ya que reposamos un
rato, sacamos candela, y cuando yo aguardaba que los indios
trujeran un grande avio para los cuatro días de camino les hubieron
sólo dado para mí un trozo de mono asado y nueve arepas de maíz, y
para ellos un envoltorio de yucas y camotes. Ahora es de advertir
que en Santa Rosa había cría de más de cuarenta ovejas y cameros, y
había cría de cuyes y un gallinero de más de doscientas gallinas.
Entonces acabé de conocer la ruindad y tiranía de este
hombre.
El segundo día fue el peor, porque a poco rato de haber salido
del tambo, comenzó a llover y fue lluvia de todo el día, y así que
el agua me llegó a penetrar la ropa y mojar el cuerpo. Como ya
entrábamos en lo más helado y rígido del páramo, entróme el frío
tan desmedido, que me hacía rechinar los dientes, y me duró hasta
lo última de la tarde. Varias veces nos hubimos de parar, porque ya
me faltaba el ánimo para pasar adelante, y por esta causa no
pudimos alcanzar el tambo, y nos cogió la noche en medio del páramo
sin abrigo ninguno. El indio que me llevaba la cama, ya con el
llover y ya con un tropezón que dio en un pedazo de lodo claro,
toda se enlodó; y por peor el puesto donde nos paramos a pasar la
noche era un cenagal que tenía una lama de cuatro dedos que sobre
él había tejídose, todo esponjoso, que al pasar, como una sartén
que fríe, despedía el agua que abajo y adentro
tenía.
En lugar pues tan sin abrigo y desacomodado nos cerró la noche,
y nos arranchamos entre dos árboles, y esta noche no se pudo
prender candela por falta de leña, porque, aunque la habla, era
verde, y así el frío nos entró también en la barriga, porque
pasamos sin cenar la noche. Yo, viendo la cama llena de lodo, y
chorreando todo, ni siquiera abrí el colchón, sino que desnudándome
del todo, pasé la noche velando encurrucado y abrigado con el
manto. El único consuelo que tuvimos fue que una de aquellas
mujeres de Santa Rosa, antes de partir me dio dos libras de
cigarritos de tabaco bueno, y toda la noche la pasamos
chupando.
Ya que vino el día comenzamos a caminar aprisa, y a cosa de
media legua llegamos al tambo que llaman San Cristóbal, como noto
Tomo Primero, capítulo VI. Aquí nos paramos a hacer candela y comer
lo que llevábamos, caliente. Yo me volví a desnudar la ropa mojada
para secarla, y estuvimos cerca de dos horas parados, y confiados
que aquella tercer jornada no tiene sino cuatro leguas. Yo después
que comí un trozo de mono que me había quedado, y dos arepas, me
bebí una ollita de agua cocida con hoja de canela, que me dio mucho
vigor y aliento. Volvimos a partir, y todo el día lo pasé bien.
Llegamos temprano al tambo, y se hizo buena candela, y pude secar
el colchón para dormir. El otro día también tuvimos buena jornada,
sólo sí, que como es la que tiene más lodo, llegué al Pongo, que es
el principio de nuestra misión, como noto Libro Primero, capítulo
VI, todo enlodado hasta la cintura, y las manos todas
ensangrentadas y cortadas de cortadera.
Al llegar al pueblo nos recibió el alcalde en su casa, y al
instante mató un gallo para cenar aquella noche. Yo de pronto hice
mi cama, y su mujer me calentó agua para lavarme, y ya limpio me
acosté, y ella aquella noche lavó toda mi ropa y la secó a la
candela. A buena hora cenamos todos bien con pan que hubo, y yo ya
había siete meses que no lo había probado. Y después dormí toda la
noche con mucho alivio y descanso. Por la mañana me dio bien de
almorzar, y después me tuvo prevenido un caballo y un peón que me
acompañase a Almaguer, en donde llegué a las cuatro de la tarde, y
me fui a hospedar a casa del sacristán clérigo, con quien yo a la
entrada había contraído amistad, y allí hallé ya mis trastos que
mis indios con ellos se me habían adelantado.