INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
CAPÍTULO II
 

 

Contiene lo que me sucedió en esta salida desde Caquetá hasta llegar a Almaguer.

 

Con esta determinación, rogando a Dios por el buen éxito y conducta, deseando mucho y esperando por este medio recoger a este indio Andrés con toda su familia, y juntamente la conversión de los aguanungas, volví a hablar al alcalde, y él me respondió que todo el pueblo deseaba que yo me quedase allí para su enseñanza y asistencia. Con esto a la noche, después de haber rezado en la iglesia, les hice una plática para fervorizarles, y después de ella díjele al alcalde que viniese al convento con todos los indios.

Ya que los tuve juntos les dije que en lo interim que de San Diego el Padre Mejía me mandase el cacao que yo traía, había tiempo bastante para pasar a tratar con el cacique de los aguanungas este negocio; pero que yo no me quería fiar de ir solo con el indio aguanunga, y que así que sería preciso que cuatro o seis indios de Caquetá, los mas prácticos del monte, me habían de acompañar. En Caquetá había un indio sibundoy avecindado, llamado Juan, y éste respondió diciendo: Padre, si tu quieres yo te acompañaré y conozco bien todo el monte y he estado varias veces donde los aguanungas viven, y conozco al cacique y a todos, y he ido con algunos de ellos a Timaná. Yo pregunté al indio aguanunga si el también había ido a Timaná, y me respondió que sí; pero que no llegó allá y que se paró en San Agustín, que está dos días antes de llegar a Timaná, porque traía poco oro, y temió que en Timaná lo habían de azotar por esto.

Este indio sibundoy era indio muy racional y también muy ladino de la lengua española, y yo me hice la cuenta que él me podía servir de mucho alivio en este viaje, y juntamente en el transporte de mi cacao para Pasto; y en resolución les dije que si se determinaban a acompañarme cuatro o seis. Entonces el alcalde me dijo: El trabajo está que nosotros no tenemos canoa para pasar el río Orinoco. Yo dije que esto se componía en hacer una balsa y lo pasaríamos con facilidad. Allí se movieron varios pareceres, y se resolvió que, en suposición de haber de emprender esta conquista de los aguanungas, y juntamente para traer al indio Andrés, siempre necesitaría el pueblo de Caquetá algunas canoas, mayormente habiendo de solicitar tener un Padre de asiento, al cual era menester socorrerlo con cacería y pescado, que lo más acertado sería hacer de pronto una canoa en ocho días.

Al instante hubo quien dijo que allí junto al pueblo había un buen cedro a propósito para ello, y se resolvió el otro día ir a cortarlo y hacer una canoa. Ello así se ejecutó, y en once días se tuvo una buena canoa hecha, capaz de cargar más de cincuenta quintales. Ya yo me aseguraba poder con facilidad poner por obra mi proyecto, y cuando el Comisario acatase haber ya dado vuelta de Santa Fe con un despacho y orden del Virrey para entablar con un síndico en la ciudad de Pasto la manutención de todos los Padres conversores.

Mas todo lo que yo quería edificar, en un instante se cayó por tierra por lo que ya digo: Los gamonales de Popayán, habiendo logrado con cédula real que les vino despachada con la misma fragata con que nosotros nos embarcamos, para establecer en la ciudad casa de moneda, al instante lo pusieron corriente, y allí va a dar todo el oro de Barbacoas, como diré a su tiempo, y con esta nueva fábrica se juntaron algunos; y sabiendo que en la Provincia de Mocoa y Caquetá hay muchos minerales de oro, despacharon a un criollo llamado don Manuel de Ibarra, para que viniese a Mocoa a registrar los minerales, ya para ver la cualidad o quilate del oro, y ya también para ver si eran o no abundantes, con ánimo de abrir allí fábrica de minas.

Hay allí en el pueblo de Santa Clara de Mocoa, o habla entonces, un mestizo llamado don Jacinto Portilla, casado y divorciado de su mujer, la cual conocí después en Barbacoas. Este tal es grande minero, y tiene noticia y conocimiento de los minerales que hay por aquellas tierras. A éste pues vino recomendado de Popayán este don Manuel de Ibarra, y juntamente de nuestro Comisario, para que le enseñase los mejores veneros, y para que los catease y remitiese la muestra a Popayán a los principales agentes que lo habían enviado a este efecto.

Juntos pues estos dos sujetos, con algunos peones para el trabajo se vinieron a Caquetá en estos días que se estaba acabando de labrar nuestra canoa. A lo que llegaron y supieron que yo estaba en Caquetá, vinieron al convento a yerme. Yo a lo que vi a este don Manuel de Ibarra, hice mal concepto de él, porque lo vi caricortado con una cicatriz horrorosa desde el ojo izquierdo hasta la barba por largo, y como él es hombre alto y fornido de cuerpo, hice juicio entre mí que era algún valentonazo, y que en alguna gresca habría salido con aquella herida, y me engañé, porque preguntándole sobre de el particular, me contó este caso.

Venía en cierta ocasión, me dijo, de la Provincia de los Pastos a caballo, acompañado de un hijo mío chiquillo de diez años. Hay antes de llegar al páramo una hacienda que es del doctor Santa Cruz en unas serranías desviada del camino real cosa de media legua, y junto al camino real hay otra hacienda que llaman El Cebadal. En unos montes que hay entre las dos se había criado un oso muy diforme y voraz, y, ya cebado, había hecho presa de tres o cuatro criaturas, y por ello los pasajeros iban con mucho recelo por, este paraje. Llegando pues este don Manuel de Ibarra a este paraje, encontró un mulato parado, el cual le dijo: Señor, no pase usted adelante, porque ahí esta el oso acechando para hacer presa. Él como es hombrón valeroso, respondió: ¿Qué me ha de hacer el oso? Aquí traigo esta lanza, y le daré yo con ella bien en que entender.

Por más que el mulato le disuadió en que no se fiase y arriesgase con una fiera, no se quiso parar. Llega al paraje, y sale el oso, y pónese sentado en medio del camino. Don Manuel apéase del caballo, y con la lanza en la mano embiste contra el oso. Al irle a dar la primera estocada, el oso de una manotada hácele volar la lanza de la mano, y fajan los dos cuerpo a cuerpo; mas don Manuel, al abrir el oso la boca para morderlo, le clavó la cabeza dentro de la boca, y lo agarró de la pelusa que tiene el oso tras de las orejas, apretando con fuerza a meterle cuanto pudo la cabeza para dentro, para que no pudiese la fiera hacer fuerza de la boca, ni pudiera jugar los colmillos. Así estuvieron los dos bregando media hora, y resbalando dos lomas como pelota.

El muchacho, viendo a su padre en aquel peligro, como chiquillo, temblando de miedo, no hacía más que llorar. Don Manuel llamándolo y esforzándolo a que no tuviese miedo; pero era por demás: Como la contienda duró largo, el chiquillo se acercó, y díjole don Manuel: Sácame el puñal que traigo a la cintura, y méteselo por el ombligo todo, y no hagas miedo, que yo lo tengo bien agarrado. El chiquillo se animó, y metióle al oso el puñal, y por ahí se fue desangrando y murió. Y de esta batalla fue que sacó don Manuel aquella cicatriz que dije.

Y volviendo a mi historia, digo que a la que supe yo el fin de su venida, y que los popayaneses querían allí abrir minas hice juicio que la idea del Comisario en querer abrir camino y poner trajín de bestias en este monte, no era al fin del beneficio para la misión y alivio de los Padres conversores, como decía, sino movido de codicia e influido de los popayaneses para beneficio de las minas que intentaban cavar.

Hice juntamente juicio del daño gravísimo que de ello había de resultar a las conversiones, porque lo natural sería sacar de los pueblos del Putumayo la gente para trabajar las minas, y como la codicia no venera otro dios mas que el oro, atropellarían con la gente de los pueblos ya conversos, y se perdía todo, y que este daño era irremediable, porque los Padres del colegio, entonces estaban queriendo fabricar de nuevo un colegio, y por ello muy dependientes de los gamonales de Popayán, y por este respecto serían los que más acalorarían la fábrica de las minas, mirando que del oro que se sacase, se había de fabricar su colegio. Y por este interés les facilitarían sacar del Putumayo indios, ya fuesen cristianos o gentiles; y una vez que esto cobrase cuerpo, era del todo irremediable. Porque si los Padres, viendo el destrozo y daño que se hacía a las conversiones, lo quisiesen estorbar o oponerse a ello, se conspiraría todo Popayán contra el colegio, cesarían las limosnas, y con ellas la fábrica del colegio y la manutención también. Y se atravesarían también, que como el Rey tira el quinto del oro que de las minas se saca al intentar estorbarlo, los oficiales reales, con la conveniencia de los reales intereses, clamarían contra del colegio, y a esto se añadiría el interés de los interesados en la nueva casa de moneda recién fundada en Popayán, en donde por preciso había de ir a dar todo el oro que en Caquetá se sacase en estas minas. Y como se miraría conveniente a toda la provincia, lo habían de acalorar con todo cuidado.

Todos estos discursos y otros semejantes que formé, me formaron una gran montaña de dificultades insuperables a no atacarse por dos caminos, y los dos caminos muy difíciles de emprender. El primero era propagar una voz, que era imposible abrir este camino y ponerlo corriente para trajinarse con bestias, por lo áspero y fragoso; y juntamente, aunque esto a fuerza de dinero se facilitase, no podía subsistir por ser todo monte, y no haber pasto para mantenerse las bestias, y para ello fuera menester en cada jornada sembrar maizales para ello, lo que fuera muchísimo costo, porque se habían de apotrerar, y de no, se perderían muchas en el monte. Y juntamente había muchas culebras, y matarían muchas bestias y otras se las comerían las fieras, que hay muchas, tigres, osos, y leones. Todo esto era verdad; pero todos estos inconvenientes sabe vencer la codicia, y mayormente viendo parcial a los Padres del colegio y Comisario.

El otro camino era informar al gobernador de Popayán, haciéndole cargo del gravísimo daño espiritual que se haría a las conversiones del Putumayo, porque los indios que se metiesen al trabajo de las minas, darían la culpa a los Padres conversores, y mal impuestos de la razón, y poco firmes en la fe matarían muchos Padres, y los que pudiesen escapar, se huirían al monte y apostatarían, y las naciones que hay dispersas por el río con la noticia, se irían remontando, y que estos inconvenientes y otros peores que no me atrevo a escribir, era contra la corona y leyes del reino, y contra la cristiana piedad. Pero como aquí se atravesaba el grande interés que tienen y logran los gobernadores en las visitas a las minas, con varias inventivas para solapar su rapiña, como diré algo de ello en llegando a Barbacoas, se hacía este medio proporcionado, ineficaz.

Toda esta complicación de estorbos sólo podía cesar dando de ello aviso al señor Virrey de Santa Fe lo más pronto, antes que la materia cobrase cuerno; porque una vez que se entablase, se haría inepto el recurso de que yo tenía una experiencia práctica, y era: A lo que se supo en Santa Fe que con orden del rey se establecía en Popayán casa de moneda, premeditando la pérdida que con ello venía a la Casa de Moneda de Santa Fe, para despicarse y resarcir este daño, dieron a entender al señor Solís, entonces Virrey de allí, que era cosa muy puesta en razón que la mercancía que de España venía pudiendo con facilidad y en muy breve tiempo, con menos costo y flete ponerse en Santa Fe, era cosa congruente y buena que Su Excelencia lo mandase, puesto que así los géneros se abarataban, lo que era provecho común del virreinato.

Y juntamente de aquí resultaba otro gran provecho para la manutención de víveres a Cartagena, principal puerto del Virreinato, porque la harina y las carnes se llevarían allá con más facilidad, más presto, y con menos flete, y las tendrían más seguras y baratas. Preguntó el señor Virrey el cómo había de ser esto, y tomando la mano dos grandes mercaderes, que eran los principales y hacían cabeza de este enredo, llamados don Juan Guzmán y don Blas de la Terga, respondieron a la dificultad allanándola de esta manera: 

Señor, para trasponer los géneros que vienen de España a Santa Fe ahora, es preciso que suban embarcados con botes de Cartagena a la Barranca por el río de la Magdalena, cuyo fletamiento de cada bote vale sesenta pesos, y se tarda el viaje catorce días. De allí se hace nuevo fletamiento con champanes hasta Mompós con otro tanto flete y tardanza. Y de allí se hace otro flete con canoas hasta Honda con otro tanto costo y tardanza. De Honda hasta Santa Fe cada carga con mulas lo regular son seis o siete pesos y han tardado dos meses en el camino. Aquí se añaden los peligros del río, de mojarse los géneros y perderse también, de que son cotidianas las experiencias.

A más de esto Cartagena toda su manutención le va del llano de Santa Fe. Las harinas y carne principalmente, por la tardanza y distancia, llegan allá corruptas o viciadas, y por los repetidos fletes ya dichos es preciso venderse carísimos, que lo regular en Cartagena una carga de harina vale treinta pesos, a veces treinta y seis, y cuarenta también, en habiendo escasez. Señor, todo esto se subsana abriendo un camino por el monte desde el puente real de Vélez, que salga a Carare, y entonces de Carare en siete días están sin riesgo en Santa Fe; y del llano de Santa Fe los víveres llegaran frescos en siete días a Carare. Como uno y otro llevará poco flete, se abarata todo, y es conveniencia general de todos. Ellos lo pintaron como el boticario la píldora, y le hicieron tragar por dulce lo amargo.

Preguntóles el señor Virrey: ¿Y quien había de pagar el costo para abrir este camino de Vélez a Carare? Ellos respondieron que se ofrecían a abrir el camino y mantener de carne y harina a Cartagena, dando la carga de harina a siete pesos y la de carne a seis; pero que juntamente ellos tendrían siempre mulas prontas para fletar, y que sólo con sus mulas se había de trajinar este camino ofreciéndolas a cinco pesos por carga, mandando al mismo tiempo Su Excelencia que todo género de España, excepto vino, y aguardiente, cera y hierro, hubiese de venir por este camino a Santa Fe, dando por decomiso todo lo que pasase de Carare por el río arriba para Honda.

Al señor Virrey le pareció que era una gran conveniencia común, y un gran subsidio para la plaza de Cartagena, y expidió su decreto real dándoles facultad para ello, concediéndoles lo que pedían y prohibiendo el tráfico y comercio del río arriba de Carare hasta Honda.

Ellos de primera mano compraron trece mil mulas y las apotreraron, poniéndoles a las chúcaras amansadores, ya de silla y ya de carga, para tener apero para la expedición. Atravesaron de un golpe muchísimo trigo en todos los llanos de Santa Fe y en la provincia de Tunja, y almacenaron las harinas. Pusieron peones a la fábrica del camino, y en cada jornada su buen tambo; hicieron rozas para potreros, sembraron maizales para el pasto de las bestias, y en tres meses se puso el camino y comercio corriente. Al principio todo parecía bien, hasta que empezaron a oír las lástimas y suspiros de los pueblos dañados; porque como el trato ya no corría por el río, todos aquellos pueblos gemían con el yugo. Se perdió el comercio de Mompós, Honda, La Plata y Popayán, y la ropa que antes tenían por tres, ya no la compraban con seis. Los trajineros que antes aperaban sus familias con su trajín, ya no encontraban quien les fletase una mula, y maldecían el mal gobierno, y a quien lo había inventado, y las miserias y lágrimas de la gente oprimida llegaba al cielo.

Semejante tragedia me figuraba que había de suceder en las conversiones del Putumayo al llegar a entablarse corte de minas en Mocoa y Caquetá, y así determiné lo más pronto que pudiera atacarlo, dando de ello aviso al señor Virrey de Santa Fe, porque sólo ello podía remediar, atacando tan pernicioso y detestable intento.

Acabó el demonio de meter su rabo en ello, porque los indios de Caquetá con la venida de este don Manuel de Ibarra acompañado de Portilla, buscando todo el día minerales de oro y cateando los cortes, se informaron del intento, y, temerosos de que si se ponía por obra, los habían de esclavizar para trabajar en las minas, luego discurrieron que yo era cómplice del intento, y que a este fin quería estar con ellos para contenerlos y que no se huyeran al monte, y que para este mismo fin había mandado fabricar la canoa y quería traer a Andrés con su familia y a la nación de los aguanungas.

La sospecha de los indios tan bien fundada, aunque falsa, me sacó, que desde aquel día, que fue el mismo en que se echó la canoa al agua, me volvieron las espaldas, no oyendo nada de cuanto yo les decía, y ya a la cara me dijeron, que no querían pasar conmigo el río Orinoco ni acompañarme a los aguanungas. Los dos que antes se me habían ofrecido prácticos y baqueanos, ya decían que no podían ir, porque no sabían bien el camino y temían perderse en el monte; y los cuatro ríos que antes me habían dicho que eran chicos, ya ahora los ponían intransitables y de mucho peligro y riesgo.

Poníame yo a ratos a considerar la tropelía de tanto enredo en lugar de resfriarme y dejarlo todo, volviéndome para dentro a mi pueblo, y pasarlo de cualquier modo por incómodo que fuese; al contrario, más me animaba a atropellarlo todo, sin saber el modo ni por dónde. Por fin yo tomé por firme y última resolución pasar siempre mi intento adelante del mejor modo que fuese posible; y viendo que ya los indios no querían de modo alguno acompañarme a los aguanungas, por donde podía yo salir a Timaná y de allí pasar a Santa Fe a yerme con el señor Virrey, con muchas rogativas hube de conseguir que me acompañasen hasta Mocoa. Yo el segundo día que había llegado al Caquetá, había despachado tres indios por el río con una balsa para San Diego, al Padre Mejía, con una frasquerita de tres frascos que hallé en el convento, para que me trujeran dos de ellos llenos de manteca de tortuga, y el otro lleno de sal, y juntamente dos arrobas de cacao para mi viaje y un saparito de hoja de canela, y otro de guayusa, cuyas bebidas usaba para sosegar las flemas del estómago, que de continuo con las comidas agrestes llevaba malo e indigesto con mucha opresión. Fueron y volvieron por tierra, porque el río crecido se mantuvo tenaz, y yo había mandado moler el cacao sin azúcar, por no tenerlo, y con este avío y mi cama, me partí para Mocoa con cinco indios, catorce días después de haber llegado.

Don Manuel de Ibarra y don Jacinto Portilla, con los peones, se volvieron conmigo para Mocoa, en donde no estuve más de dos días, porque allí hube de encontrar unos indios sibundoyes, y alquilé cuatro de ellos y un muchacho de unos doce años, para que me llevasen los trastos hasta Santa Rosa, pagándoles a tres pesos a cada uno. Llegamos al pueblo de San José, y no hallamos mas que una india en una casa, la cual dijo que la gente estaba en el monte cazando, y pescando en el río de la otra banda. Yo en lo interim que mi gente fue a una chácara a traer yucas, camotes, circes y plátanos para aviarnos y marchar al otro día, entré en una casa y encontré un indio, echado boca abajo. Yo pensé que estaría durmiendo, o que estaba talvez enfermo, y así no le dije nada. Mi gente se aperó de comidas, y el otro día partimos para Pueblo Viejo.

En el camino díjome uno de estos indios: Padre, ¿qué no viste en San José aquel indio de San Diego? Yo le respondí: Yo no vi más que un indio durmiendo boca abajo. No dormía él, Padre, sino que él se puso así para que tu no le conocieses. Este indio es de San Diego y viene de Santa Rosa con una carta del Padre Comisario, para que tu vayas a Santa Rosa. Él temiendo que tú lo habías de azotar, porque se ha tardado, no quiso que tú lo conocieses. Esta madrugada ya se fue para Mocoa. Él va ahora con toda prisa al Caquetá, por ver cómo el alcalde te ha dejado salir sin ver primero otra carta que le manda el Comisario, que no tiene nada escrito. Yo le dije que no podía ser, y el indio me respondió: El Comisario cuando manda carta al alcalde, no tiene la carta letras, sino rayas. Si quiere lo que le dicen, señala siete rayas en el papel, y si no quiere, no señala nada. Esta carta que lleva ahora este indio tiene siete rayas, y yo las vi anoche. Yo con esta especie, a lo que llegué a Pueblo Viejo, me informé de raíz con el alcalde, que era un buen indio, el cual me dijo: El Padre grande (así llaman al Comisario) tiene orden dada a todos los alcaldes, que a no ver una carta suya con siete rayas, que no den avío ni acompañen, ni enseñen el camino a ninguno de los Padres chapetones, sí sólo a Fr. José Carvo. Y ahora días ha que salió el Padre Rosales, y traía una carta así que me enseñó.

Con esta noticia acabé de penetrar la doblada malicia de este hombre, mirando las astucias que usaba contra nosotros para tenernos con una tirana esclavitud. A los Padres conversores criollos les dio la seña de una carta con siete rayas, para que con ello, en queriendo salir, los alcaldes les diesen avío y todo lo necesario para su transporte; y a nosotros nos calló esta seña para que sin ella, por vejados y necesitados que estuviésemos, ni encontrásemos avío, ni conducción, sino ingratitud y tiranía. De aquí de preciso había de resultar tenernos los indios en desprecio y poco respeto. Y no mandándonos por otra parte socorrer, era agravar más allá de la tiranía nuestra esclavitud dejándonos totalmente sin el alivio de podemos siquiera desahogar con el suspiro y la queja.

Hay antes de llegar a Pueblo Viejo un río grande que se pasa con canoa, y tiene también tarabita para cuando está crecido y no puede pasarse con la canoa. Este es el río que refiero en el Tomo Primero, capítulo VI. Tiene pues una peña grande y alta, adonde va a dar con mucha fuerza la mayor fuerza del golpe del agua, y de ello resulta salir desprendida el agua con mucha fuerza, formando un remolino que rueda como una piedra voladora de un molino, y lo que cae en ello lo tritura como harina. Llegamos pues al margen de este río y lo hallamos muy crecido, y la canoa estaba de la otra parte del río varada en tierra, y este río en creciendo se lleva diez y doce días creciendo.

En estos caminos, como lo que se ha de comer se lleva cargado a la espalda, no se lleva más que lo preciso de un pueblo a otro. El otro día acabamos la comida y fuimos a ver si podíamos pasar por la tarabita. Tarabita se llama un palo ten clavado en cada parte del río, y de uno a otro bien tirada una maroma de muchos rejos o cuerdas hechas de cuero de vaca o toro estirado y retorcido. A la maroma le meten un garabato bien doblado, y éste se lleva de un lado a otro, tirando con otros dos cabestros que tienen atados, cuyos extremos se tiran de un lado u otro. Lo que se ha de pasar se cuelga y ata a este garabato, y tirando del lado contrario, pasa así atada la carga, o la persona que han de pasar.

Llegamos pues al puesto, y no tenía la tarabita más de un rejo, y éste mojado de lo que había llovido. La maroma y los otros cabestros o rejos estaban de la otra parte del río. El único remedio que había para poder armar la tarabita, y poder pasar por ella, que uno agarrado de manos y pies del cabestro que estaba puesto, pasase a la otra parte del río, y con ello, atando allá la maroma al cabestro, nosotros de acá tirándola, la armaríamos y se facilitaba el pasar nosotros y las cargas también. Mas ningún indio se quiso atrever a ello, temiendo que el solo cabestro que había puesto, podía estar podrido y caerse al río, y tener una desgracia. Yo premeditando este peligro no les porfié en ello, por no hacerme cómplice de una muerte.

Ello nos hallamos el otro día seis criaturas sin tener nada qué comer, y el río creciendo, sin poderse pasar. Yo aunque traía la escopeta, incautamente pasando una quebrada antes de llegar al Caquetá, como traía agua hasta el pecho, se me mojó el cacho de la pólvora y le entró agua dentro, se puso inservible para cazar monos o pájaros. El río como tiene mucha corriente, no se aguanta por allí pescado alguno. Y así aquel día hubimos de comer bombón, que es el cogollo de una palma llamada así, como noto en el Tomo Primero, capítulo III. Este día lo empleé cortando guaduas para ver si atadas unas a otras con bejucos, podría armar a modo de una viga para que siquiera uno pudiese pasar a la otra parte para armar la tarabita; pero toda mi máquina paró en que al dejar caer en el río las guaduas, con la fuerza de la corriente, se llevó todo.

Los indios que me acompañaban todos sabían nadar, y el muchacho también; pero viendo el río tan crecido y rápido, no se atrevían a pasar nadando, ni yo tampoco. El uno llamado Sebastián, me dijo: Que en bajando el río, él pasaría nadando, y con esta esperanza pasaron cuatro días que no comimos más que bombón. Viendo pues la tenacidad del río, díjome este Sebastián: Padre, si quieres, nosotros tres volveremos a San José, y traeremos cocave. Para ello habían de retroceder cinco días; pero él me dijo que apretarían el paso y que en cinco días habrían vuelto. Yo convine en ello, y le dije que si acaso en lo interim bajaba el río y nosotros pasábamos, que les dejaríamos o la canoa de esta parte, para que en viniendo pasasen ellos también, o si no, armada la tarabita y que en Pueblo Viejo los aguardaríamos.

Ellos se fueron y yo me quedé con sólo un indio y el muchacho comiendo bombón. El cuarto día que estos se fueron amaneció el río bajo, casi natural. Yo díjele al indio: Sebastián, mira que ya el río ha bajado, y bien se puede sin riesgo pasar nadando. Él dijo: Pues Padre, si quieres, yo pasaré, pero yo solo no puedo echar la canoa al agua. Yo le dije: Tú pasa, y vete al pueblo, y avisa al alcalde, y dile que yo estoy aquí, que luego él dará providencia mandando gente que nos pase. El arrolló unos calzones que traía y una camiseta, que esto sólo es el vestido de esta gente, y con un ceñidor que usan se lo ató sobre la cabeza y se echó al agua. De la otra banda a lo último del peñón donde dije que bate con su mayor fuerza el río, hace un recodo y forma una playeta de cosa de quince pasos de largo, y sólo aquí es que puede salir el que pasa nadando, porque de allí por abajo hay muchas piedras grandes donde se bate el río, y es imposible salir.

El pasó y salió a la playa, y se fue para Pueblo Viejo. Yo contento ya le decía al muchacho con quien quedé: Ea, que a mediodía ya estaremos en el pueblo y comeremos buenos plátanos y yucas asadas. Pero aguarda que aguarda, haciéndoseme cada hora un siglo, se pasó el día y nadie pareció. Nosotros comer bombón. Viene el otro día, y tampoco pareció el indio, ni los que habían ido a San José a traer cocave parecieron tampoco. Viendo yo que ya cerraba la noche y que nadie parecía, me afligí bastante. Por fin pasamos la noche, y el otro día cerca de las diez parecieron los tres indios que habían ido a San José, y lo que trujeron fue un circe, dos camotes y cinco plátanos; porque ellos haciéndose cuenta que ya nosotros habríamos pasado, todo lo que traían en el camino se lo habían comido.

Con el hambre que tenía yo y el muchacho nos lo comimos todo al instante. Yo le dije a Sebastián: Mira que tu compañero ya hace tres días que pasó nadando y se fue al pueblo, y no ha parecido. No fuera malo que tú pasases y fueras al pueblo, y avises al alcalde que venga con gente para que pasemos. El dijo que iría, y como el otro pasó con la ropa atada sobre la cabeza y se fue al pueblo. Nosotros aguarda que aguardando, hasta ahora lo puedo aguardar: él no volvió. Yo me hacía cuenta así: De aquí al pueblo no hay más de dos leguas. A no ser que toda la gente del pueblo haya muerto, y hayan acudido a Santa Rosa a traer gente; pero no pueden haber todos muerto. No es otra cosa, decía yo entre mí, sino que a la otra parte hay algún tigre o oso, y se los ha comido a los dos. Ya pasamos la noche, y el otro día a comer bombón. Uno de los indios, viendo que ya eran las diez del día y que nadie parecía, me dijo que nos volviésemos todos a San José, y de allí traeríamos gente buenos nadadores, y que en pasando tres o cuatro, pondrían la canoa para pasar. Yo le dije que no me animaba a ello, porque el estómago con el bombón se me había relajado, y ya yo me hallaba flaco y veía que si volvía atrás a San José, no había de llegar allá vivo, porque había de morir de hambre en el camino, porque ya mi estómago no quería mas bombón. 

Entonces díjome el indio: Pues Padre, si tú nos vuelves a enviar a San José a traer cocave nosotros nos iremos y no volveremos más. En este paso fue suma mi aflicción, y temiendo que ellos no lo ejecutasen y yo me quedase allí solo, aquí sí que salían de corazón las peticiones a Dios. Yo dije entre mi: Estos que se fueron no parecen; yo aquí me muero de hambre; lo mejor es ir a probar la fortuna. Yo sé nadar; vale más que me arriesgue a pasar hadando y irme al pueblo, que morir aquí de hambre con cobardía. Y si de la otra parte hay tigre u otra fiera, yo procuraré defenderme, o me defenderá Dios con un milagro, puesto que yo trabajo en causa de su mayor servicio.

Con este pensamiento díjeles a los indios: Ea, entremos al monte a sacar bejucos, que puedan alcanzar dos veces de parte a parte el río, y yo pasaré nadando y me iré al pueblo que confió en Dios que esta noche habremos todos juntos de estar allá, y habremos de cenar muy bien. Entramos al monte y sacamos bejucos y yo até unos con otros, gruesos y delgados. De seis pedazos de guadua formé una balsita, y en medio le até un chachamate, que es un medio calabazo que se usa para beber en lugar de bernegal o taza, y lo até a cuatro vientos. Dentro puse mi capilla, santo Cristo, cordón y zapatos, y encima puse mis calzones y el hábito y la túnica y todo bien atado. Y sobre todo até mi machete. Ya que tuve mi barca armada, yo me quedé con los solos paños de la honestidad y un pañuelo blanco atado en la cabeza. De una hamaca que llevaba le desaté un volantín que tiene de un lado, capaz de atravesar el río, y lo até a la punta de los bejucos delgados. Ya todo compuesto díjeles a todos los indios: Yo me llevaré en la boca la punta de este volantín, ténganlo ustedes levantado, que no friegue el agua y lo rompa con su fuerza. Al llegar a la otra parte con el volantín tiraré estos bejucos delgados, con los delgados tiraré los gruesos, y entonces echen ustedes la balsa al agua, y yo la tiraré a la otra banda, y teniendo allá mi ropa me vestiré y me iré al pueblo, y luego les despacharé comida y quien ponga la canoa y los pase a todos.

El pensamiento estaba bien ordenado, pero me salió mal; porque yo con la punta del cordelito en la boca me eché al agua. Con el ánimo con que yo apreté a pasar, en un instante llegué a la otra banda, pero por aquella peña que hay era imposible salir, y aquí comencé a sentir que el remolino que allí cerca hace el agua, ya me empezaba a atraer para sorberme. Entonces con toda mi fuerza procuré zafarme, y con el sobresalto me aparté más de lo que yo quería, y me tomó la fuerza de la corriente, y me llevó volando. El volantín lo tomó el agua, y hacía una grande bolsa, y no me dejaba avanzar nada. Yo apretando los dientes por no largarlo, y con lo que tiraba me rompió la boca a la parte derecha, y lo peor fue que cuando quise ir a aportar a la playita que tengo dicho, ya fue tarde, y la corriente del río me llevó entre los burbuleos de las piedras grandes, golpeándome como pelota de una en otra hasta que encajé un pie entre dos peñas y pude pararme. Pero delante tenía la punta de una peña y el agua que allí se rebalsaba, me venía con violencia dando al pecho. Aquí batallando con el agua, acabé las fuerzas.

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