CAPÍTULO
II
Contiene lo que me sucedió en esta
salida desde Caquetá hasta llegar a
Almaguer.
Con esta determinación, rogando a Dios por el buen éxito y
conducta, deseando mucho y esperando por este medio recoger a este
indio Andrés con toda su familia, y juntamente la conversión de los
aguanungas, volví a hablar al alcalde, y él me respondió que todo
el pueblo deseaba que yo me quedase allí para su enseñanza y
asistencia. Con esto a la noche, después de haber rezado en la
iglesia, les hice una plática para fervorizarles, y después de ella
díjele al alcalde que viniese al convento con todos los
indios.
Ya que los tuve juntos les dije que en lo interim que de San
Diego el Padre Mejía me mandase el cacao que yo traía, había tiempo
bastante para pasar a tratar con el cacique de los aguanungas este
negocio; pero que yo no me quería fiar de ir solo con el indio
aguanunga, y que así que sería preciso que cuatro o seis indios de
Caquetá, los mas prácticos del monte, me habían de acompañar. En
Caquetá había un indio sibundoy avecindado, llamado Juan, y éste
respondió diciendo: Padre, si tu quieres yo te acompañaré y conozco
bien todo el monte y he estado varias veces donde los aguanungas
viven, y conozco al cacique y a todos, y he ido con algunos de
ellos a Timaná. Yo pregunté al indio aguanunga si el también había
ido a Timaná, y me respondió que sí; pero que no llegó allá y que
se paró en San Agustín, que está dos días antes de llegar a Timaná,
porque traía poco oro, y temió que en Timaná lo habían de azotar
por esto.
Este indio sibundoy era indio muy racional y también muy ladino
de la lengua española, y yo me hice la cuenta que él me podía
servir de mucho alivio en este viaje, y juntamente en el transporte
de mi cacao para Pasto; y en resolución les dije que si se
determinaban a acompañarme cuatro o seis. Entonces el alcalde me
dijo: El trabajo está que nosotros no tenemos canoa para pasar el
río Orinoco. Yo dije que esto se componía en hacer una balsa y lo
pasaríamos con facilidad. Allí se movieron varios pareceres, y se
resolvió que, en suposición de haber de emprender esta conquista de
los aguanungas, y juntamente para traer al indio Andrés, siempre
necesitaría el pueblo de Caquetá algunas canoas, mayormente
habiendo de solicitar tener un Padre de asiento, al cual era
menester socorrerlo con cacería y pescado, que lo más acertado
sería hacer de pronto una canoa en ocho días.
Al instante hubo quien dijo que allí junto al pueblo había un
buen cedro a propósito para ello, y se resolvió el otro día ir a
cortarlo y hacer una canoa. Ello así se ejecutó, y en once días se
tuvo una buena canoa hecha, capaz de cargar más de cincuenta
quintales. Ya yo me aseguraba poder con facilidad poner por obra mi
proyecto, y cuando el Comisario acatase haber ya dado vuelta de
Santa Fe con un despacho y orden del Virrey para entablar con un
síndico en la ciudad de Pasto la manutención de todos los Padres
conversores.
Mas todo lo que yo quería edificar, en un instante se cayó por
tierra por lo que ya digo: Los gamonales de Popayán, habiendo
logrado con cédula real que les vino despachada con la misma
fragata con que nosotros nos embarcamos, para establecer en la
ciudad casa de moneda, al instante lo pusieron corriente, y allí va
a dar todo el oro de Barbacoas, como diré a su tiempo, y con esta
nueva fábrica se juntaron algunos; y sabiendo que en la Provincia
de Mocoa y Caquetá hay muchos minerales de oro, despacharon a un
criollo llamado don Manuel de Ibarra, para que viniese a Mocoa a
registrar los minerales, ya para ver la cualidad o quilate del oro,
y ya también para ver si eran o no abundantes, con ánimo de abrir
allí fábrica de minas.
Hay allí en el pueblo de Santa Clara de Mocoa, o habla entonces,
un mestizo llamado don Jacinto Portilla, casado y divorciado de su
mujer, la cual conocí después en Barbacoas. Este tal es grande
minero, y tiene noticia y conocimiento de los minerales que hay por
aquellas tierras. A éste pues vino recomendado de Popayán este don
Manuel de Ibarra, y juntamente de nuestro Comisario, para que le
enseñase los mejores veneros, y para que los catease y remitiese la
muestra a Popayán a los principales agentes que lo habían enviado a
este efecto.
Juntos pues estos dos sujetos, con algunos peones para el
trabajo se vinieron a Caquetá en estos días que se estaba acabando
de labrar nuestra canoa. A lo que llegaron y supieron que yo estaba
en Caquetá, vinieron al convento a yerme. Yo a lo que vi a este don
Manuel de Ibarra, hice mal concepto de él, porque lo vi caricortado
con una cicatriz horrorosa desde el ojo izquierdo hasta la barba
por largo, y como él es hombre alto y fornido de cuerpo, hice
juicio entre mí que era algún valentonazo, y que en alguna gresca
habría salido con aquella herida, y me engañé, porque preguntándole
sobre de el particular, me contó este caso.
Venía en cierta ocasión, me dijo, de la Provincia de los Pastos
a caballo, acompañado de un hijo mío chiquillo de diez años. Hay
antes de llegar al páramo una hacienda que es del doctor Santa Cruz
en unas serranías desviada del camino real cosa de media legua, y
junto al camino real hay otra hacienda que llaman El Cebadal. En
unos montes que hay entre las dos se había criado un oso muy
diforme y voraz, y, ya cebado, había hecho presa de tres o cuatro
criaturas, y por ello los pasajeros iban con mucho recelo por, este
paraje. Llegando pues este don Manuel de Ibarra a este paraje,
encontró un mulato parado, el cual le dijo: Señor, no pase usted
adelante, porque ahí esta el oso acechando para hacer presa. Él
como es hombrón valeroso, respondió: ¿Qué me ha de hacer el oso?
Aquí traigo esta lanza, y le daré yo con ella bien en que
entender.
Por más que el mulato le disuadió en que no se fiase y
arriesgase con una fiera, no se quiso parar. Llega al paraje, y
sale el oso, y pónese sentado en medio del camino. Don Manuel
apéase del caballo, y con la lanza en la mano embiste contra el
oso. Al irle a dar la primera estocada, el oso de una manotada
hácele volar la lanza de la mano, y fajan los dos cuerpo a cuerpo;
mas don Manuel, al abrir el oso la boca para morderlo, le clavó la
cabeza dentro de la boca, y lo agarró de la pelusa que tiene el oso
tras de las orejas, apretando con fuerza a meterle cuanto pudo la
cabeza para dentro, para que no pudiese la fiera hacer fuerza de la
boca, ni pudiera jugar los colmillos. Así estuvieron los dos
bregando media hora, y resbalando dos lomas como
pelota.
El muchacho, viendo a su padre en aquel peligro, como chiquillo,
temblando de miedo, no hacía más que llorar. Don Manuel llamándolo
y esforzándolo a que no tuviese miedo; pero era por demás: Como la
contienda duró largo, el chiquillo se acercó, y díjole don Manuel:
Sácame el puñal que traigo a la cintura, y méteselo por el ombligo
todo, y no hagas miedo, que yo lo tengo bien agarrado. El chiquillo
se animó, y metióle al oso el puñal, y por ahí se fue desangrando y
murió. Y de esta batalla fue que sacó don Manuel aquella cicatriz
que dije.
Y volviendo a mi historia, digo que a la que supe yo el fin de
su venida, y que los popayaneses querían allí abrir minas hice
juicio que la idea del Comisario en querer abrir camino y poner
trajín de bestias en este monte, no era al fin del beneficio para
la misión y alivio de los Padres conversores, como decía, sino
movido de codicia e influido de los popayaneses para beneficio de
las minas que intentaban cavar.
Hice juntamente juicio del daño gravísimo que de ello había de
resultar a las conversiones, porque lo natural sería sacar de los
pueblos del Putumayo la gente para trabajar las minas, y como la
codicia no venera otro dios mas que el oro, atropellarían con la
gente de los pueblos ya conversos, y se perdía todo, y que este
daño era irremediable, porque los Padres del colegio, entonces
estaban queriendo fabricar de nuevo un colegio, y por ello muy
dependientes de los gamonales de Popayán, y por este respecto
serían los que más acalorarían la fábrica de las minas, mirando que
del oro que se sacase, se había de fabricar su colegio. Y por este
interés les facilitarían sacar del Putumayo indios, ya fuesen
cristianos o gentiles; y una vez que esto cobrase cuerpo, era del
todo irremediable. Porque si los Padres, viendo el destrozo y daño
que se hacía a las conversiones, lo quisiesen estorbar o oponerse a
ello, se conspiraría todo Popayán contra el colegio, cesarían las
limosnas, y con ellas la fábrica del colegio y la manutención
también. Y se atravesarían también, que como el Rey tira el quinto
del oro que de las minas se saca al intentar estorbarlo, los
oficiales reales, con la conveniencia de los reales intereses,
clamarían contra del colegio, y a esto se añadiría el interés de
los interesados en la nueva casa de moneda recién fundada en
Popayán, en donde por preciso había de ir a dar todo el oro que en
Caquetá se sacase en estas minas. Y como se miraría conveniente a
toda la provincia, lo habían de acalorar con todo
cuidado.
Todos estos discursos y otros semejantes que formé, me formaron
una gran montaña de dificultades insuperables a no atacarse por dos
caminos, y los dos caminos muy difíciles de emprender. El primero
era propagar una voz, que era imposible abrir este camino y ponerlo
corriente para trajinarse con bestias, por lo áspero y fragoso; y
juntamente, aunque esto a fuerza de dinero se facilitase, no podía
subsistir por ser todo monte, y no haber pasto para mantenerse las
bestias, y para ello fuera menester en cada jornada sembrar
maizales para ello, lo que fuera muchísimo costo, porque se habían
de apotrerar, y de no, se perderían muchas en el monte. Y
juntamente había muchas culebras, y matarían muchas bestias y otras
se las comerían las fieras, que hay muchas, tigres, osos, y leones.
Todo esto era verdad; pero todos estos inconvenientes sabe vencer
la codicia, y mayormente viendo parcial a los Padres del colegio y
Comisario.
El otro camino era informar al gobernador de Popayán, haciéndole
cargo del gravísimo daño espiritual que se haría a las conversiones
del Putumayo, porque los indios que se metiesen al trabajo de las
minas, darían la culpa a los Padres conversores, y mal impuestos de
la razón, y poco firmes en la fe matarían muchos Padres, y los que
pudiesen escapar, se huirían al monte y apostatarían, y las
naciones que hay dispersas por el río con la noticia, se irían
remontando, y que estos inconvenientes y otros peores que no me
atrevo a escribir, era contra la corona y leyes del reino, y contra
la cristiana piedad. Pero como aquí se atravesaba el grande interés
que tienen y logran los gobernadores en las visitas a las minas,
con varias inventivas para solapar su rapiña, como diré algo de
ello en llegando a Barbacoas, se hacía este medio proporcionado,
ineficaz.
Toda esta complicación de estorbos sólo podía cesar dando de
ello aviso al señor Virrey de Santa Fe lo más pronto, antes que la
materia cobrase cuerno; porque una vez que se entablase, se haría
inepto el recurso de que yo tenía una experiencia práctica, y era:
A lo que se supo en Santa Fe que con orden del rey se establecía en
Popayán casa de moneda, premeditando la pérdida que con ello venía
a la Casa de Moneda de Santa Fe, para despicarse y resarcir este
daño, dieron a entender al señor Solís, entonces Virrey de allí,
que era cosa muy puesta en razón que la mercancía que de España
venía pudiendo con facilidad y en muy breve tiempo, con menos costo
y flete ponerse en Santa Fe, era cosa congruente y buena que Su
Excelencia lo mandase, puesto que así los géneros se abarataban, lo
que era provecho común del virreinato.
Y juntamente de aquí resultaba otro gran provecho para la
manutención de víveres a Cartagena, principal puerto del
Virreinato, porque la harina y las carnes se llevarían allá con más
facilidad, más presto, y con menos flete, y las tendrían más
seguras y baratas. Preguntó el señor Virrey el cómo había de ser
esto, y tomando la mano dos grandes mercaderes, que eran los
principales y hacían cabeza de este enredo, llamados don Juan
Guzmán y don Blas de la Terga, respondieron a la dificultad
allanándola de esta manera:
Señor, para trasponer los géneros que vienen de España a Santa
Fe ahora, es preciso que suban embarcados con botes de Cartagena a
la Barranca por el río de la Magdalena, cuyo fletamiento de cada
bote vale sesenta pesos, y se tarda el viaje catorce días. De allí
se hace nuevo fletamiento con champanes hasta Mompós con otro tanto
flete y tardanza. Y de allí se hace otro flete con canoas hasta
Honda con otro tanto costo y tardanza. De Honda hasta Santa Fe cada
carga con mulas lo regular son seis o siete pesos y han tardado dos
meses en el camino. Aquí se añaden los peligros del río, de mojarse
los géneros y perderse también, de que son cotidianas las
experiencias.
A más de esto Cartagena toda su manutención le va del llano de
Santa Fe. Las harinas y carne principalmente, por la tardanza y
distancia, llegan allá corruptas o viciadas, y por los repetidos
fletes ya dichos es preciso venderse carísimos, que lo regular en
Cartagena una carga de harina vale treinta pesos, a veces treinta y
seis, y cuarenta también, en habiendo escasez. Señor, todo esto se
subsana abriendo un camino por el monte desde el puente real de
Vélez, que salga a Carare, y entonces de Carare en siete días están
sin riesgo en Santa Fe; y del llano de Santa Fe los víveres
llegaran frescos en siete días a Carare. Como uno y otro llevará
poco flete, se abarata todo, y es conveniencia general de todos.
Ellos lo pintaron como el boticario la píldora, y le hicieron
tragar por dulce lo amargo.
Preguntóles el señor Virrey: ¿Y quien había de pagar el costo
para abrir este camino de Vélez a Carare? Ellos respondieron que se
ofrecían a abrir el camino y mantener de carne y harina a
Cartagena, dando la carga de harina a siete pesos y la de carne a
seis; pero que juntamente ellos tendrían siempre mulas prontas para
fletar, y que sólo con sus mulas se había de trajinar este camino
ofreciéndolas a cinco pesos por carga, mandando al mismo tiempo Su
Excelencia que todo género de España, excepto vino, y aguardiente,
cera y hierro, hubiese de venir por este camino a Santa Fe, dando
por decomiso todo lo que pasase de Carare por el río arriba para
Honda.
Al señor Virrey le pareció que era una gran conveniencia común,
y un gran subsidio para la plaza de Cartagena, y expidió su decreto
real dándoles facultad para ello, concediéndoles lo que pedían y
prohibiendo el tráfico y comercio del río arriba de Carare hasta
Honda.
Ellos de primera mano compraron trece mil mulas y las
apotreraron, poniéndoles a las chúcaras amansadores, ya de silla y
ya de carga, para tener apero para la expedición. Atravesaron de un
golpe muchísimo trigo en todos los llanos de Santa Fe y en la
provincia de Tunja, y almacenaron las harinas. Pusieron peones a la
fábrica del camino, y en cada jornada su buen tambo; hicieron rozas
para potreros, sembraron maizales para el pasto de las bestias, y
en tres meses se puso el camino y comercio corriente. Al principio
todo parecía bien, hasta que empezaron a oír las lástimas y
suspiros de los pueblos dañados; porque como el trato ya no corría
por el río, todos aquellos pueblos gemían con el yugo. Se perdió el
comercio de Mompós, Honda, La Plata y Popayán, y la ropa que antes
tenían por tres, ya no la compraban con seis. Los trajineros que
antes aperaban sus familias con su trajín, ya no encontraban quien
les fletase una mula, y maldecían el mal gobierno, y a quien lo
había inventado, y las miserias y lágrimas de la gente oprimida
llegaba al cielo.
Semejante tragedia me figuraba que había de suceder en las
conversiones del Putumayo al llegar a entablarse corte de minas en
Mocoa y Caquetá, y así determiné lo más pronto que pudiera
atacarlo, dando de ello aviso al señor Virrey de Santa Fe, porque
sólo ello podía remediar, atacando tan pernicioso y detestable
intento.
Acabó el demonio de meter su rabo en ello, porque los indios de
Caquetá con la venida de este don Manuel de Ibarra acompañado de
Portilla, buscando todo el día minerales de oro y cateando los
cortes, se informaron del intento, y, temerosos de que si se ponía
por obra, los habían de esclavizar para trabajar en las minas,
luego discurrieron que yo era cómplice del intento, y que a este
fin quería estar con ellos para contenerlos y que no se huyeran al
monte, y que para este mismo fin había mandado fabricar la canoa y
quería traer a Andrés con su familia y a la nación de los
aguanungas.
La sospecha de los indios tan bien fundada, aunque falsa, me
sacó, que desde aquel día, que fue el mismo en que se echó la canoa
al agua, me volvieron las espaldas, no oyendo nada de cuanto yo les
decía, y ya a la cara me dijeron, que no querían pasar conmigo el
río Orinoco ni acompañarme a los aguanungas. Los dos que antes se
me habían ofrecido prácticos y baqueanos, ya decían que no podían
ir, porque no sabían bien el camino y temían perderse en el monte;
y los cuatro ríos que antes me habían dicho que eran chicos, ya
ahora los ponían intransitables y de mucho peligro y
riesgo.
Poníame yo a ratos a considerar la tropelía de tanto enredo en
lugar de resfriarme y dejarlo todo, volviéndome para dentro a mi
pueblo, y pasarlo de cualquier modo por incómodo que fuese; al
contrario, más me animaba a atropellarlo todo, sin saber el modo ni
por dónde. Por fin yo tomé por firme y última resolución pasar
siempre mi intento adelante del mejor modo que fuese posible; y
viendo que ya los indios no querían de modo alguno acompañarme a
los aguanungas, por donde podía yo salir a Timaná y de allí pasar a
Santa Fe a yerme con el señor Virrey, con muchas rogativas hube de
conseguir que me acompañasen hasta Mocoa. Yo el segundo día que
había llegado al Caquetá, había despachado tres indios por el río
con una balsa para San Diego, al Padre Mejía, con una frasquerita
de tres frascos que hallé en el convento, para que me trujeran dos
de ellos llenos de manteca de tortuga, y el otro lleno de sal, y
juntamente dos arrobas de cacao para mi viaje y un saparito de hoja
de canela, y otro de guayusa, cuyas bebidas usaba para sosegar las
flemas del estómago, que de continuo con las comidas agrestes
llevaba malo e indigesto con mucha opresión. Fueron y volvieron por
tierra, porque el río crecido se mantuvo tenaz, y yo había mandado
moler el cacao sin azúcar, por no tenerlo, y con este avío y mi
cama, me partí para Mocoa con cinco indios, catorce días después de
haber llegado.
Don Manuel de Ibarra y don Jacinto Portilla, con los peones, se
volvieron conmigo para Mocoa, en donde no estuve más de dos días,
porque allí hube de encontrar unos indios sibundoyes, y alquilé
cuatro de ellos y un muchacho de unos doce años, para que me
llevasen los trastos hasta Santa Rosa, pagándoles a tres pesos a
cada uno. Llegamos al pueblo de San José, y no hallamos mas que una
india en una casa, la cual dijo que la gente estaba en el monte
cazando, y pescando en el río de la otra banda. Yo en lo interim
que mi gente fue a una chácara a traer yucas, camotes, circes y
plátanos para aviarnos y marchar al otro día, entré en una casa y
encontré un indio, echado boca abajo. Yo pensé que estaría
durmiendo, o que estaba talvez enfermo, y así no le dije nada. Mi
gente se aperó de comidas, y el otro día partimos para Pueblo
Viejo.
En el camino díjome uno de estos indios: Padre, ¿qué no viste en
San José aquel indio de San Diego? Yo le respondí: Yo no vi más que
un indio durmiendo boca abajo. No dormía él, Padre, sino que él se
puso así para que tu no le conocieses. Este indio es de San Diego y
viene de Santa Rosa con una carta del Padre Comisario, para que tu
vayas a Santa Rosa. Él temiendo que tú lo habías de azotar, porque
se ha tardado, no quiso que tú lo conocieses. Esta madrugada ya se
fue para Mocoa. Él va ahora con toda prisa al Caquetá, por ver cómo
el alcalde te ha dejado salir sin ver primero otra carta que le
manda el Comisario, que no tiene nada escrito. Yo le dije que no
podía ser, y el indio me respondió: El Comisario cuando manda carta
al alcalde, no tiene la carta letras, sino rayas. Si quiere lo que
le dicen, señala siete rayas en el papel, y si no quiere, no señala
nada. Esta carta que lleva ahora este indio tiene siete rayas, y yo
las vi anoche. Yo con esta especie, a lo que llegué a Pueblo Viejo,
me informé de raíz con el alcalde, que era un buen indio, el cual
me dijo: El Padre grande (así llaman al Comisario) tiene orden dada
a todos los alcaldes, que a no ver una carta suya con siete rayas,
que no den avío ni acompañen, ni enseñen el camino a ninguno de los
Padres chapetones, sí sólo a Fr. José Carvo. Y ahora días ha que
salió el Padre Rosales, y traía una carta así que me
enseñó.
Con esta noticia acabé de penetrar la doblada malicia de este
hombre, mirando las astucias que usaba contra nosotros para
tenernos con una tirana esclavitud. A los Padres conversores
criollos les dio la seña de una carta con siete rayas, para que con
ello, en queriendo salir, los alcaldes les diesen avío y todo lo
necesario para su transporte; y a nosotros nos calló esta seña para
que sin ella, por vejados y necesitados que estuviésemos, ni
encontrásemos avío, ni conducción, sino ingratitud y tiranía. De
aquí de preciso había de resultar tenernos los indios en desprecio
y poco respeto. Y no mandándonos por otra parte socorrer, era
agravar más allá de la tiranía nuestra esclavitud dejándonos
totalmente sin el alivio de podemos siquiera desahogar con el
suspiro y la queja.
Hay antes de llegar a Pueblo Viejo un río grande que se pasa con
canoa, y tiene también tarabita para cuando está crecido y no puede
pasarse con la canoa. Este es el río que refiero en el Tomo
Primero, capítulo VI. Tiene pues una peña grande y alta, adonde va
a dar con mucha fuerza la mayor fuerza del golpe del agua, y de
ello resulta salir desprendida el agua con mucha fuerza, formando
un remolino que rueda como una piedra voladora de un molino, y lo
que cae en ello lo tritura como harina. Llegamos pues al margen de
este río y lo hallamos muy crecido, y la canoa estaba de la otra
parte del río varada en tierra, y este río en creciendo se lleva
diez y doce días creciendo.
En estos caminos, como lo que se ha de comer se lleva cargado a
la espalda, no se lleva más que lo preciso de un pueblo a otro. El
otro día acabamos la comida y fuimos a ver si podíamos pasar por la
tarabita. Tarabita se llama un palo ten clavado en cada parte del
río, y de uno a otro bien tirada una maroma de muchos rejos o
cuerdas hechas de cuero de vaca o toro estirado y retorcido. A la
maroma le meten un garabato bien doblado, y éste se lleva de un
lado a otro, tirando con otros dos cabestros que tienen atados,
cuyos extremos se tiran de un lado u otro. Lo que se ha de pasar se
cuelga y ata a este garabato, y tirando del lado contrario, pasa
así atada la carga, o la persona que han de pasar.
Llegamos pues al puesto, y no tenía la tarabita más de un rejo,
y éste mojado de lo que había llovido. La maroma y los otros
cabestros o rejos estaban de la otra parte del río. El único
remedio que había para poder armar la tarabita, y poder pasar por
ella, que uno agarrado de manos y pies del cabestro que estaba
puesto, pasase a la otra parte del río, y con ello, atando allá la
maroma al cabestro, nosotros de acá tirándola, la armaríamos y se
facilitaba el pasar nosotros y las cargas también. Mas ningún indio
se quiso atrever a ello, temiendo que el solo cabestro que había
puesto, podía estar podrido y caerse al río, y tener una desgracia.
Yo premeditando este peligro no les porfié en ello, por no hacerme
cómplice de una muerte.
Ello nos hallamos el otro día seis criaturas sin tener nada qué
comer, y el río creciendo, sin poderse pasar. Yo aunque traía la
escopeta, incautamente pasando una quebrada antes de llegar al
Caquetá, como traía agua hasta el pecho, se me mojó el cacho de la
pólvora y le entró agua dentro, se puso inservible para cazar monos
o pájaros. El río como tiene mucha corriente, no se aguanta por
allí pescado alguno. Y así aquel día hubimos de comer bombón, que
es el cogollo de una palma llamada así, como noto en el Tomo
Primero, capítulo III. Este día lo empleé cortando guaduas para ver
si atadas unas a otras con bejucos, podría armar a modo de una viga
para que siquiera uno pudiese pasar a la otra parte para armar la
tarabita; pero toda mi máquina paró en que al dejar caer en el río
las guaduas, con la fuerza de la corriente, se llevó
todo.
Los indios que me acompañaban todos sabían nadar, y el muchacho
también; pero viendo el río tan crecido y rápido, no se atrevían a
pasar nadando, ni yo tampoco. El uno llamado Sebastián, me dijo:
Que en bajando el río, él pasaría nadando, y con esta esperanza
pasaron cuatro días que no comimos más que bombón. Viendo pues la
tenacidad del río, díjome este Sebastián: Padre, si quieres,
nosotros tres volveremos a San José, y traeremos cocave. Para ello
habían de retroceder cinco días; pero él me dijo que apretarían el
paso y que en cinco días habrían vuelto. Yo convine en ello, y le
dije que si acaso en lo interim bajaba el río y nosotros pasábamos,
que les dejaríamos o la canoa de esta parte, para que en viniendo
pasasen ellos también, o si no, armada la tarabita y que en Pueblo
Viejo los aguardaríamos.
Ellos se fueron y yo me quedé con sólo un indio y el muchacho
comiendo bombón. El cuarto día que estos se fueron amaneció el río
bajo, casi natural. Yo díjele al indio: Sebastián, mira que ya el
río ha bajado, y bien se puede sin riesgo pasar nadando. Él dijo:
Pues Padre, si quieres, yo pasaré, pero yo solo no puedo echar la
canoa al agua. Yo le dije: Tú pasa, y vete al pueblo, y avisa al
alcalde, y dile que yo estoy aquí, que luego él dará providencia
mandando gente que nos pase. El arrolló unos calzones que traía y
una camiseta, que esto sólo es el vestido de esta gente, y con un
ceñidor que usan se lo ató sobre la cabeza y se echó al agua. De la
otra banda a lo último del peñón donde dije que bate con su mayor
fuerza el río, hace un recodo y forma una playeta de cosa de quince
pasos de largo, y sólo aquí es que puede salir el que pasa nadando,
porque de allí por abajo hay muchas piedras grandes donde se bate
el río, y es imposible salir.
El pasó y salió a la playa, y se fue para Pueblo Viejo. Yo
contento ya le decía al muchacho con quien quedé: Ea, que a
mediodía ya estaremos en el pueblo y comeremos buenos plátanos y
yucas asadas. Pero aguarda que aguarda, haciéndoseme cada hora un
siglo, se pasó el día y nadie pareció. Nosotros comer bombón. Viene
el otro día, y tampoco pareció el indio, ni los que habían ido a
San José a traer cocave parecieron tampoco. Viendo yo que ya
cerraba la noche y que nadie parecía, me afligí bastante. Por fin
pasamos la noche, y el otro día cerca de las diez parecieron los
tres indios que habían ido a San José, y lo que trujeron fue un
circe, dos camotes y cinco plátanos; porque ellos haciéndose cuenta
que ya nosotros habríamos pasado, todo lo que traían en el camino
se lo habían comido.
Con el hambre que tenía yo y el muchacho nos lo comimos todo al
instante. Yo le dije a Sebastián: Mira que tu compañero ya hace
tres días que pasó nadando y se fue al pueblo, y no ha parecido. No
fuera malo que tú pasases y fueras al pueblo, y avises al alcalde
que venga con gente para que pasemos. El dijo que iría, y como el
otro pasó con la ropa atada sobre la cabeza y se fue al pueblo.
Nosotros aguarda que aguardando, hasta ahora lo puedo aguardar: él
no volvió. Yo me hacía cuenta así: De aquí al pueblo no hay más de
dos leguas. A no ser que toda la gente del pueblo haya muerto, y
hayan acudido a Santa Rosa a traer gente; pero no pueden haber
todos muerto. No es otra cosa, decía yo entre mí, sino que a la
otra parte hay algún tigre o oso, y se los ha comido a los dos. Ya
pasamos la noche, y el otro día a comer bombón. Uno de los indios,
viendo que ya eran las diez del día y que nadie parecía, me dijo
que nos volviésemos todos a San José, y de allí traeríamos gente
buenos nadadores, y que en pasando tres o cuatro, pondrían la canoa
para pasar. Yo le dije que no me animaba a ello, porque el estómago
con el bombón se me había relajado, y ya yo me hallaba flaco y veía
que si volvía atrás a San José, no había de llegar allá vivo,
porque había de morir de hambre en el camino, porque ya mi estómago
no quería mas bombón.
Entonces díjome el indio: Pues Padre, si tú nos vuelves a enviar
a San José a traer cocave nosotros nos iremos y no volveremos más.
En este paso fue suma mi aflicción, y temiendo que ellos no lo
ejecutasen y yo me quedase allí solo, aquí sí que salían de corazón
las peticiones a Dios. Yo dije entre mi: Estos que se fueron no
parecen; yo aquí me muero de hambre; lo mejor es ir a probar la
fortuna. Yo sé nadar; vale más que me arriesgue a pasar hadando y
irme al pueblo, que morir aquí de hambre con cobardía. Y si de la
otra parte hay tigre u otra fiera, yo procuraré defenderme, o me
defenderá Dios con un milagro, puesto que yo trabajo en causa de su
mayor servicio.
Con este pensamiento díjeles a los indios: Ea, entremos al monte
a sacar bejucos, que puedan alcanzar dos veces de parte a parte el
río, y yo pasaré nadando y me iré al pueblo que confió en Dios que
esta noche habremos todos juntos de estar allá, y habremos de cenar
muy bien. Entramos al monte y sacamos bejucos y yo até unos con
otros, gruesos y delgados. De seis pedazos de guadua formé una
balsita, y en medio le até un chachamate, que es un medio calabazo
que se usa para beber en lugar de bernegal o taza, y lo até a
cuatro vientos. Dentro puse mi capilla, santo Cristo, cordón y
zapatos, y encima puse mis calzones y el hábito y la túnica y todo
bien atado. Y sobre todo até mi machete. Ya que tuve mi barca
armada, yo me quedé con los solos paños de la honestidad y un
pañuelo blanco atado en la cabeza. De una hamaca que llevaba le
desaté un volantín que tiene de un lado, capaz de atravesar el río,
y lo até a la punta de los bejucos delgados. Ya todo compuesto
díjeles a todos los indios: Yo me llevaré en la boca la punta de
este volantín, ténganlo ustedes levantado, que no friegue el agua y
lo rompa con su fuerza. Al llegar a la otra parte con el volantín
tiraré estos bejucos delgados, con los delgados tiraré los gruesos,
y entonces echen ustedes la balsa al agua, y yo la tiraré a la otra
banda, y teniendo allá mi ropa me vestiré y me iré al pueblo, y
luego les despacharé comida y quien ponga la canoa y los pase a
todos.
El pensamiento estaba bien ordenado, pero me salió mal; porque
yo con la punta del cordelito en la boca me eché al agua. Con el
ánimo con que yo apreté a pasar, en un instante llegué a la otra
banda, pero por aquella peña que hay era imposible salir, y aquí
comencé a sentir que el remolino que allí cerca hace el agua, ya me
empezaba a atraer para sorberme. Entonces con toda mi fuerza
procuré zafarme, y con el sobresalto me aparté más de lo que yo
quería, y me tomó la fuerza de la corriente, y me llevó volando. El
volantín lo tomó el agua, y hacía una grande bolsa, y no me dejaba
avanzar nada. Yo apretando los dientes por no largarlo, y con lo
que tiraba me rompió la boca a la parte derecha, y lo peor fue que
cuando quise ir a aportar a la playita que tengo dicho, ya fue
tarde, y la corriente del río me llevó entre los burbuleos de las
piedras grandes, golpeándome como pelota de una en otra hasta que
encajé un pie entre dos peñas y pude pararme. Pero delante tenía la
punta de una peña y el agua que allí se rebalsaba, me venía con
violencia dando al pecho. Aquí batallando con el agua, acabé las
fuerzas.