INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27

El sexto día de haber salido de La Concepción, llegamos a la tarde al Mamo. El Padre Alfaro se alegró muchísimo, porque con la competencia que había tenido con el Padre Rosales se había quedado algo triste. El caso había pasado, según me contó, así: El Padre Alfaro antes de partir del colegio, obtuvo una carta secreta que le dio el Guardián, mandando al Comisario que lo destinase al pueblo de Santa Cruz de los Mamos, compañero del Padre Rosales, y que juntamente con orden suya mandase al Padre Rosales que el mando del pueblo corriese a disposición del Padre Alfaro, como religioso más antiguo. Con esta orden el Comisario, al partimos de Santa Rosa, escribió al Padre Rosales la orden que tenía del Guardián, y se la mandó con el Padre Alfaro. El Padre Rosales lo tomó a mal, y como ya había algunos años que gobernaba aquel pueblo, y era hijo del colegio y criollo de la tierra, no quiso sujetarse a un Padre chapetón, recién venido de España. Este fue el punto de la dificultad, y como era de natural altivo, y tenía ganada la voluntad de los indios, empezó a tener en poco al Padre Alfaro, y a quererlo llevar supeditado en un todo. El Padre Alfaro, viendo que a buenas no sacaba nada, antes se ponía más altivo, y cada instante se movía contienda, un día se airó y lo reconvino con la orden del superior, y de aquí resultó la salida del Padre Rosales a ver al Comisario. 

El tenía sobre trescientas gallinas y poco menos palomos, y para su viaje hizo tal destrozo, que lo demás se lo llevó asado. Aprontó indios y canoa, y tiró su viaje, y lo peor de todo fue que dejó dicho a los indios del pueblo que hasta que él volviese ni fuesen a pescar ni a cazar para el Padre, ni le trujesen nada de comer, y ellos lo ejecutaron casi al pie de la letra los primeros días, hasta que una india que era de Timbío que servía en el convento, viendo la miseria que pasaba el Padre Alfaro, congració algunos indios, y desde entonces le traían alguna cosa corta.

Yo a lo que oí la relación y vi el gran montón de comida que me vinieron a regalar las indias del pueblo, valiéndome de la ocasión, y de saber ya la lengua, mandé convocar todo el pueblo en la iglesia, y me revestí con alba y estola, y les hice una plática afeándoles la acción, que luego desistieron; y el cacique respondió por todos, que no lo habían hecho por mal que quisiesen al Padre Alfaro, sino por miedo del Padre Rosales, que les dijo que el que trujese algo de comer al Padre Alfaro, en volviendo lo azotaría. Yo les quité el miedo, y desde entonces volvieron a traer lo acostumbrado.

Mis indios, y los que yo traía de La Concepción, habían estado notando todo lo que pasaba, y los del pueblo también lo que había pasado con los dos Padres, y allí por la noche tuvieron su conciliábulo, y de ello resultó que mis indios y los de La Concepción, a la que nosotros nos pusimos a dormir sacaron de mis canoas lo que yo traía, e hicieron un montón junto al convento, y tomando las canoas, aquella noche se fueron huyendo río abajo cada cual a su pueblo. Y de esto tuvo la culpa Fr. José Carvo con la orden secreta que dio al indio Valencia de miedo del Comisario.

Apenas rayó el día, cuando viene el cacique y me despertó diciendo: Payre, pancoa siaqua Concepción, gag Agustinillo ayro sayge, enque yogo siaqua. Que quiere decir: Padre, toda la gente de La Concepción y de Agustinillo se han ido, y se han llevado también todas las canoas grandes con que viniste. Esta noticia me acabó de envenenar el corazón, y entonces acabé de penetrar la malicia de Fr. José Carvo. Yo le pregunté si se habían llevado el cacao, y me dijo que no, y que allí estaba amontonado lo que yo había traído.

El Padre Alfaro que oyó el desavío, se levantó y me dijo: No le dé a usted cuidado; yo le daré canoas e indios, y lo acompañaré hasta San Diego. Con esto me sosegué, y le dije al cacique que aprontase canoas e indios, y que les mandase hacer cocave para avío de la gente, y que en estando todo pronto que avisase, que habíamos los dos Padres de ir a San Diego. El pidió cuatro días de tiempo para el apero, y así se hizo. El cacique se fue y señaló gente proporcionada para el viaje, y juntamente canoas, y a los cuatro días cargó mi carga y nos fuimos para San Diego.

El primer día de navegación llegamos a arranchar a la noche en una playa, y por la noche creció el río y despertamos con los gritos y el ruido de los indios, ya con el agua que nos alcanzaba a la cama. Los indios nos cogieron a cuestas, y también cogieron las camas, y nos echaron en las canoas. Estaban las toldas tan llenas de mosquitos, que fue imposible volver a tomar el sueño hasta el día.

A lo que amaneció, nos acercamos a una loma para hacer candela y almorzar, y en lo interim que se pescaron algunos barbudos, con que almorzamos, se secó con el sol la ropa y los colchones. Partimos cerca a las nueve y navegamos aquel día hasta entrada casi la noche, porque como el río estaba crecido, no topamos en donde arranchar, porque todo era tierra anegadiza. Ya por fin topamos una loma algo alta, y allí arranchamos. Yo viendo que el puesto era tan desacomodado, estimé más ir a dormir dentro de la canoa. Sacudí bien los mosquitos, y armé bajo la tolda mi toldo, y pensé con ello pasarlo mejor que en tierra; pero me salió mal, porque los indios incautamente dejaron la canoa con la proa bajo de una rama gruesa de un guabo, y por la noche, durmiendo yo, creció el río, y levantando la canoa la popa entró el agua de golpe por la proa, y cuando yo desperté, ya fue bajo del agua, porque como era canoa grande y venía cargada de cacao, con el peso se fue al fondo. Yo grité y me agarré del guabo; acudieron los indios con candela y luz, y salté a tierra. Los indios atajaron con bejucos bien la canoa, para que la fuerza del agua no se la llevase, y así la dejamos estar sumergida hasta por la mañana. De otra canoa me sacó el Padre Alfaro una túnica suya, y nos hubimos los dos de componer en su cama hasta por la mañana. Ya que vino el día, los indios fueron sacando los saparos del cacao, y cuanto había en la canoa anegada, y después la sobreaguaron y compusieron.

Allí todo era monte y no había dónde secar lo mojado, y resolvimos volvernos otra vez al pueblo y secarlo todo, y después volver a emprender el viaje, y así como lo pensamos, así lo hicimos. Volvimos a embarcar todo mojado, y nos fuimos río abajo otra vez al Mamo y como el río iba crecido, llevaba mucha corriente, y antes de las once estuvimos en el pueblo, y aquella misma tarde se secó con el sol todo. Pero con todo, para resecar bien el cacao, que había estado la mitad de la noche bajo el agua, me detuve cuatro días. Con este fracaso que enfrió al Padre Alfaro, y ya no quiso volver al viaje. Dióme sí todo lo necesario, y yo con su gente y canoas, en cinco días subí a San Diego.

Ya dije que el Padre Plata estaba río abajo, y así solo hallé al Padre Mejía y un donado portugués de que hablé en el Tomo Primero. Este lo había dejado allí el Comisario con dos chiquillos murciélagos y dos chiquillas, enseñándolos para pasarlos a su tiempo a Santa Rosa. Él se descompuso con la mayorcita después de algún tiempo, y por ello le quitaron el hábito y lo echaron de la misión.

El Padre Mejía, cuando entendió que yo tenía ánimo de salir para fuera, me dijo que tenía orden del Comisario de no dar avío a Padre alguno para salir afuera, sino a Fr. José Carvo, sin orden suya expresa. Ya esto fue después que los indios mamos y sus canoas se habían ido a su pueblo. Yo le respondí que no lo reconocía ya por superior, sino por tirano y engañador; y que quien quisiese ser superior mío, me había de mantener y vestir; y que en suposición que él correspondía tan mal a sus promesas y a su empleo, como publicaba el socorro que enviaba, yo lo quería ir a ver y ajustar la cuenta de lo que el Rey para mi manutención daba todos los años, y él este año ya lo había cobrado. El viejo se puso duro a no quererme dar canoa ni gente; yo me puse más duro y le dije que me iría por tierra, tomando por la margen del río, y que si me perdía o me comía una fiera, que él daría a Dios la cuenta. Él no pensaba que yo lo hiciese, ni yo tenía tampoco ánimo de ejecutar tal disparate, pero hice el ademán en esta forma.

Por la noche, después de cenar, le dije: Padre Mejía, mañana en amaneciendo, me voy. Yo con un gajo de plátanos que llevé y la escopeta tengo bastante para el camino. El todo era darme consejos que el río estaba crecido, que me aguardase, que en estando el río bajo me avisaría. Y su idea era ésta: Él desde el primer día que yo llegué, despachó un propio por tierra, que él tenía camino hecho, para Caquetá desde San Diego, al Comisario con un indio, avisándolo sobre si me daría o no avío para salir. Y aguardaba que yo hiciera demora con sus excusas, hasta tener respuesta. Mas yo que no estaba para aguardar cincuenta y cuatro días que era menester de ida y vuelta, le dije por última resolución que en amaneciendo me iba.

El otro día, apenas amaneció me levanté y salí afuera y cargué la escopeta con bala. El donado portugués que él tenía avisado para ver si yo me iría o ¿o, luego que me sintió, se vino, y, viendo que yo metía bala en la escopeta, me dijo: Padre, para matar los monos no ha de menester bala, basta la munición. Yo le dije: Esto no es para monos, sino para si me sale algún tigre o león en el monte. Acabé de cargar y entré en el cuarto y saqué un poco de carne seca y dos manos de plátanos, y, atándomelo a la cintura, tomo la escopeta y el machete, y tomando la escalera, dije al donado: En levantándose el Padre Mejía, dígale que se quede con Dios.

El donado al instante fue y le dijo que yo era partido. El Padre, viendo que yo me iba a perder por el monte o que me despedazase una fiera, porque en realidad pensó que yo me iría, como sabía que no había más camino que saber los indios de tal loma que va a tal cerro, y de tal cerro se va a tal paraje, y esto sólo ellos lo conocen, ¿qué hizo? Me despachó al donado corriendo a que volviese, que al instante me aviaría.

Esto era lo que yo quería, y lo conseguí con este ademán de figurar que me iba; porque el intento que yo en realidad tenía era que si el Padre era tan desalmado que me dejase ir, como yo bien sabía que era imposible, volver, y tomar una canoíta pequeña, y con una palanca en la mano, que yo esto bien lo sabía hacer, irme por el río, y así, en cuatro y cinco días, sin riesgo de fieras ni de perderme, irme a Caquetá.

Aún yo no había salido del pueblo y ya el donado me alcanzó, gritando y corriendo, y me dio el recado. Yo volví, y, al llegar encontré al viejo, y le dije: Padre, yo sólo venerando sus canas, no he hecho un disparate de echarle fuego al convento, que quien es tan cruel con un religioso, bien lo merece. Ya le he dicho que aquí yo no reconozco más superior que a Dios. Y el Padre Burrutieta, que me manda poner solo entre bárbaros y sin ministrarme con qué mantenerme, yo en llegando a Santa Rosa, cortaré las piernas a las mulas que él ha comprado con la plata que el Rey me da para mi manutención, y si él lo toma a mal, también le cortaré la suyas. Primera es mi alma que la suya; que yo para ir al infierno, no tenía que venir a la India. Y Vuestra Paternidad advierta que yo no volveré a entrar a la misión sin que me den un compañero sacerdote con quien me pueda confesar cuando quiera o tenga necesidad; porque si yo salvo a todos los indios del Putumayo, y voy al infierno, ninguno me sacará de allí.

A ninguna de estas razones tuvo el Padre que responder, porque conoció que yo tenía sobrada razón, y me dijo: Padre, el río está muy alto; aguarde hasta pasado mañana, y lo despacharé por tierra con unos indios hasta Caquetá.

Yo convine con el proyecto, y al instante llamó al cacique, le mandó avisar la gente que me había de acompañar. Venido el día partí con tres indios con sus mujeres y una muchacha y un muchacho, y no me llevé más que el breviario, la cama, el machete y la escopeta. Todo lo demás quedó con el cuidado de remitírmelo a Caquetá en bajando el río. Tardamos nueve días hasta llegar al embarcadero. En las tardes, cuando arranchábamos, en aquellas quebraditas y charcos había muchísimo pescado. Nosotros lo encorralábamos, y secando el agua, lo cogíamos todo, y toda la noche comíamos pescado asado. Con la escopeta cogíamos monos, y no nos faltó carne. Ya pero los últimos dos días faltaron los plátanos, yucas y demás raíces. Estábamos esperanzados que en el embarcadero habíamos de encontrar plátanos, que hay allí un platanarcito; pero cuando llegamos, no hallamos plátano ninguno que se pudiera comer. Llegamos al tambo ya tarde y muertos de hambre y sin tener nada qué comer. Y de allí a Caquetá todavía hay tres leguas. En medio del tambo había un bulto de tierra apilado. Uno de los indios fue a escarbar y me dijo: Padre, entierro. Yo dije: ¿Y a quién habrán enterrado aquí? Él me replicó y dijo: Plátanos. Yo le dije: Pues sácalos. Abrió la tierra y encontramos diez y ocho plátanos maduros, que con su fragancia provocaban. Nosotros que estábamos hambrientos, empezamos de pronto a comer y sacamos candela y asamos también. Pero ellos eran tan gruesos y hermosos, que no los pudimos acabar, y el otro día todavía dejamos cinco para su dueño, que estos los había allí dejado enterrados para la vuelta, como acostumbran, el indio propio que el Padre Mejía había despachado con carta a Santa Rosa al Comisario.

Partimos del tambo y llegamos a Caquetá, y yo di a entender al alcalde como iba para Sibundoy a traer gente para sacar a Pasto una partida de cacao, y comprar ropa para mis indios; porque yo entonces ya tenía otro intento como diré adelante. Allí me estuve en el convento, y a ratos conversando con el alcalde, lo iba tanteando a ver si, sin que lo entendiese, si tenía alguna orden secreta del Comisario sobre los Padres chapetones. Entre otras cosas le dije que en suposición de estar el pueblo de Caquetá en buen paraje, que fuera bueno pedir al Comisario que les sacase gente del río y tendrían un buen pueblo, y pedirme juntamente que les diese un Padre que los enseñase, puesto que todos eran ya cristianos, y que con el comercio de Pasto y Sibundoy lo pasarían muy mejor, y que yo estimaría mas estar allí con ellos que en el río en mi pueblo.

A esta propuesta, como le cayó muy al gusto y conoció que yo tenía razón, me respondió que no era menester sacar gente del río Putumayo para poblar a Caquetá, porque en el río Orinoco, que cae allí junto a tiro de escopeta, cuatro días de río abajo, vivía un tal Andrés con una grande familia, y que muchos de ellos ya eran cristianos, y que en sabiendo que en Caquetá había Padre de asiento, vendrían a vivir ahí. Y que Andrés sabría también qué gente vivía por allí cerca en el Orinoco, y se podría traer mucha gente. Juntamente me dijo: Aquí hay un indio aguanunga, que es de la nación de los que nunca se levantan en pie, sino que andan gateando, como noté en el Tomo Primero, capítulo VI. La nación de estos indios vive no más que cuatro días monte adentro de la otra parte del Orinoco, y es nación grande, y con ellos solos se haría Caquetá un gran pueblo.

Yo mandé venir a este indio aguanunga, y lo examiné y supe que su nación era crecida, y que algunos a veces salían a comprar con oro herramientas a Timaná, que sólo dista cinco días de allí, y que todo era tierra llana, pero todo monte, y que sólo había cuatro ríos pequeños que pasar, como noto en el Tomo Primero en la cita anterior.

Todo cuanto yo hablé con el alcalde y con este indio, al instante se divulgó entre todo el pueblo, y a todos les parecía bien. Yo viendo que irme por Santa Rosa era exponerme a tener un gran topetón con el Comisario, y juntamente con todo el colegio, porque todos mamaban la leche que era de los Padres conversores, y que aunque se remediase alguna cosa, sería muy poco, y que nunca podía ir recto a no poner un síndico en la ciudad de Pasto, conforme ya llevo relatado, y que esto sólo dependía de quien informase al señor Virrey de Santa Fe, determiné ver si yo lo pondría por obra con toda mi diligencia y cuidado.

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