El sexto día de haber salido de La Concepción, llegamos a la
tarde al Mamo. El Padre Alfaro se alegró muchísimo, porque con la
competencia que había tenido con el Padre Rosales se había quedado
algo triste. El caso había pasado, según me contó, así: El Padre
Alfaro antes de partir del colegio, obtuvo una carta secreta que le
dio el Guardián, mandando al Comisario que lo destinase al pueblo
de Santa Cruz de los Mamos, compañero del Padre Rosales, y que
juntamente con orden suya mandase al Padre Rosales que el mando del
pueblo corriese a disposición del Padre Alfaro, como religioso más
antiguo. Con esta orden el Comisario, al partimos de Santa Rosa,
escribió al Padre Rosales la orden que tenía del Guardián, y se la
mandó con el Padre Alfaro. El Padre Rosales lo tomó a mal, y como
ya había algunos años que gobernaba aquel pueblo, y era hijo del
colegio y criollo de la tierra, no quiso sujetarse a un Padre
chapetón, recién venido de España. Este fue el punto de la
dificultad, y como era de natural altivo, y tenía ganada la
voluntad de los indios, empezó a tener en poco al Padre Alfaro, y a
quererlo llevar supeditado en un todo. El Padre Alfaro, viendo que
a buenas no sacaba nada, antes se ponía más altivo, y cada instante
se movía contienda, un día se airó y lo reconvino con la orden del
superior, y de aquí resultó la salida del Padre Rosales a ver al
Comisario.
El tenía sobre trescientas gallinas y poco menos palomos, y para
su viaje hizo tal destrozo, que lo demás se lo llevó asado. Aprontó
indios y canoa, y tiró su viaje, y lo peor de todo fue que dejó
dicho a los indios del pueblo que hasta que él volviese ni fuesen a
pescar ni a cazar para el Padre, ni le trujesen nada de comer, y
ellos lo ejecutaron casi al pie de la letra los primeros días,
hasta que una india que era de Timbío que servía en el convento,
viendo la miseria que pasaba el Padre Alfaro, congració algunos
indios, y desde entonces le traían alguna cosa
corta.
Yo a lo que oí la relación y vi el gran montón de comida que me
vinieron a regalar las indias del pueblo, valiéndome de la ocasión,
y de saber ya la lengua, mandé convocar todo el pueblo en la
iglesia, y me revestí con alba y estola, y les hice una plática
afeándoles la acción, que luego desistieron; y el cacique respondió
por todos, que no lo habían hecho por mal que quisiesen al Padre
Alfaro, sino por miedo del Padre Rosales, que les dijo que el que
trujese algo de comer al Padre Alfaro, en volviendo lo azotaría. Yo
les quité el miedo, y desde entonces volvieron a traer lo
acostumbrado.
Mis indios, y los que yo traía de La Concepción, habían estado
notando todo lo que pasaba, y los del pueblo también lo que había
pasado con los dos Padres, y allí por la noche tuvieron su
conciliábulo, y de ello resultó que mis indios y los de La
Concepción, a la que nosotros nos pusimos a dormir sacaron de mis
canoas lo que yo traía, e hicieron un montón junto al convento, y
tomando las canoas, aquella noche se fueron huyendo río abajo cada
cual a su pueblo. Y de esto tuvo la culpa Fr. José Carvo con la
orden secreta que dio al indio Valencia de miedo del
Comisario.
Apenas rayó el día, cuando viene el cacique y me despertó
diciendo:
Payre, pancoa siaqua Concepción, gag Agustinillo ayro
sayge, enque yogo siaqua. Que quiere decir: Padre, toda la
gente de La Concepción y de Agustinillo se han ido, y se han
llevado también todas las canoas grandes con que viniste. Esta
noticia me acabó de envenenar el corazón, y entonces acabé de
penetrar la malicia de Fr. José Carvo. Yo le pregunté si se habían
llevado el cacao, y me dijo que no, y que allí estaba amontonado lo
que yo había traído.
El Padre Alfaro que oyó el desavío, se levantó y me dijo: No le
dé a usted cuidado; yo le daré canoas e indios, y lo acompañaré
hasta San Diego. Con esto me sosegué, y le dije al cacique que
aprontase canoas e indios, y que les mandase hacer cocave para avío
de la gente, y que en estando todo pronto que avisase, que habíamos
los dos Padres de ir a San Diego. El pidió cuatro días de tiempo
para el apero, y así se hizo. El cacique se fue y señaló gente
proporcionada para el viaje, y juntamente canoas, y a los cuatro
días cargó mi carga y nos fuimos para San Diego.
El primer día de navegación llegamos a arranchar a la noche en
una playa, y por la noche creció el río y despertamos con los
gritos y el ruido de los indios, ya con el agua que nos alcanzaba a
la cama. Los indios nos cogieron a cuestas, y también cogieron las
camas, y nos echaron en las canoas. Estaban las toldas tan llenas
de mosquitos, que fue imposible volver a tomar el sueño hasta el
día.
A lo que amaneció, nos acercamos a una loma para hacer candela y
almorzar, y en lo interim que se pescaron algunos barbudos, con que
almorzamos, se secó con el sol la ropa y los colchones. Partimos
cerca a las nueve y navegamos aquel día hasta entrada casi la
noche, porque como el río estaba crecido, no topamos en donde
arranchar, porque todo era tierra anegadiza. Ya por fin topamos una
loma algo alta, y allí arranchamos. Yo viendo que el puesto era tan
desacomodado, estimé más ir a dormir dentro de la canoa. Sacudí
bien los mosquitos, y armé bajo la tolda mi toldo, y pensé con ello
pasarlo mejor que en tierra; pero me salió mal, porque los indios
incautamente dejaron la canoa con la proa bajo de una rama gruesa
de un guabo, y por la noche, durmiendo yo, creció el río, y
levantando la canoa la popa entró el agua de golpe por la proa, y
cuando yo desperté, ya fue bajo del agua, porque como era canoa
grande y venía cargada de cacao, con el peso se fue al fondo. Yo
grité y me agarré del guabo; acudieron los indios con candela y
luz, y salté a tierra. Los indios atajaron con bejucos bien la
canoa, para que la fuerza del agua no se la llevase, y así la
dejamos estar sumergida hasta por la mañana. De otra canoa me sacó
el Padre Alfaro una túnica suya, y nos hubimos los dos de componer
en su cama hasta por la mañana. Ya que vino el día, los indios
fueron sacando los saparos del cacao, y cuanto había en la canoa
anegada, y después la sobreaguaron y compusieron.
Allí todo era monte y no había dónde secar lo mojado, y
resolvimos volvernos otra vez al pueblo y secarlo todo, y después
volver a emprender el viaje, y así como lo pensamos, así lo
hicimos. Volvimos a embarcar todo mojado, y nos fuimos río abajo
otra vez al Mamo y como el río iba crecido, llevaba mucha
corriente, y antes de las once estuvimos en el pueblo, y aquella
misma tarde se secó con el sol todo. Pero con todo, para resecar
bien el cacao, que había estado la mitad de la noche bajo el agua,
me detuve cuatro días. Con este fracaso que enfrió al Padre Alfaro,
y ya no quiso volver al viaje. Dióme sí todo lo necesario, y yo con
su gente y canoas, en cinco días subí a San Diego.
Ya dije que el Padre Plata estaba río abajo, y así solo hallé al
Padre Mejía y un donado portugués de que hablé en el Tomo Primero.
Este lo había dejado allí el Comisario con dos chiquillos
murciélagos y dos chiquillas, enseñándolos para pasarlos a su
tiempo a Santa Rosa. Él se descompuso con la mayorcita después de
algún tiempo, y por ello le quitaron el hábito y lo echaron de la
misión.
El Padre Mejía, cuando entendió que yo tenía ánimo de salir para
fuera, me dijo que tenía orden del Comisario de no dar avío a Padre
alguno para salir afuera, sino a Fr. José Carvo, sin orden suya
expresa. Ya esto fue después que los indios mamos y sus canoas se
habían ido a su pueblo. Yo le respondí que no lo reconocía ya por
superior, sino por tirano y engañador; y que quien quisiese ser
superior mío, me había de mantener y vestir; y que en suposición
que él correspondía tan mal a sus promesas y a su empleo, como
publicaba el socorro que enviaba, yo lo quería ir a ver y ajustar
la cuenta de lo que el Rey para mi manutención daba todos los años,
y él este año ya lo había cobrado. El viejo se puso duro a no
quererme dar canoa ni gente; yo me puse más duro y le dije que me
iría por tierra, tomando por la margen del río, y que si me perdía
o me comía una fiera, que él daría a Dios la cuenta. Él no pensaba
que yo lo hiciese, ni yo tenía tampoco ánimo de ejecutar tal
disparate, pero hice el ademán en esta forma.
Por la noche, después de cenar, le dije: Padre Mejía, mañana en
amaneciendo, me voy. Yo con un gajo de plátanos que llevé y la
escopeta tengo bastante para el camino. El todo era darme consejos
que el río estaba crecido, que me aguardase, que en estando el río
bajo me avisaría. Y su idea era ésta: Él desde el primer día que yo
llegué, despachó un propio por tierra, que él tenía camino hecho,
para Caquetá desde San Diego, al Comisario con un indio, avisándolo
sobre si me daría o no avío para salir. Y aguardaba que yo hiciera
demora con sus excusas, hasta tener respuesta. Mas yo que no estaba
para aguardar cincuenta y cuatro días que era menester de ida y
vuelta, le dije por última resolución que en amaneciendo me
iba.
El otro día, apenas amaneció me levanté y salí afuera y cargué
la escopeta con bala. El donado portugués que él tenía avisado para
ver si yo me iría o ¿o, luego que me sintió, se vino, y, viendo que
yo metía bala en la escopeta, me dijo: Padre, para matar los monos
no ha de menester bala, basta la munición. Yo le dije: Esto no es
para monos, sino para si me sale algún tigre o león en el monte.
Acabé de cargar y entré en el cuarto y saqué un poco de carne seca
y dos manos de plátanos, y, atándomelo a la cintura, tomo la
escopeta y el machete, y tomando la escalera, dije al donado: En
levantándose el Padre Mejía, dígale que se quede con
Dios.
El donado al instante fue y le dijo que yo era partido. El
Padre, viendo que yo me iba a perder por el monte o que me
despedazase una fiera, porque en realidad pensó que yo me iría,
como sabía que no había más camino que saber los indios de tal loma
que va a tal cerro, y de tal cerro se va a tal paraje, y esto sólo
ellos lo conocen, ¿qué hizo? Me despachó al donado corriendo a que
volviese, que al instante me aviaría.
Esto era lo que yo quería, y lo conseguí con este ademán de
figurar que me iba; porque el intento que yo en realidad tenía era
que si el Padre era tan desalmado que me dejase ir, como yo bien
sabía que era imposible, volver, y tomar una canoíta pequeña, y con
una palanca en la mano, que yo esto bien lo sabía hacer, irme por
el río, y así, en cuatro y cinco días, sin riesgo de fieras ni de
perderme, irme a Caquetá.
Aún yo no había salido del pueblo y ya el donado me alcanzó,
gritando y corriendo, y me dio el recado. Yo volví, y, al llegar
encontré al viejo, y le dije: Padre, yo sólo venerando sus canas,
no he hecho un disparate de echarle fuego al convento, que quien es
tan cruel con un religioso, bien lo merece. Ya le he dicho que aquí
yo no reconozco más superior que a Dios. Y el Padre Burrutieta, que
me manda poner solo entre bárbaros y sin ministrarme con qué
mantenerme, yo en llegando a Santa Rosa, cortaré las piernas a las
mulas que él ha comprado con la plata que el Rey me da para mi
manutención, y si él lo toma a mal, también le cortaré la suyas.
Primera es mi alma que la suya; que yo para ir al infierno, no
tenía que venir a la India. Y Vuestra Paternidad advierta que yo no
volveré a entrar a la misión sin que me den un compañero sacerdote
con quien me pueda confesar cuando quiera o tenga necesidad; porque
si yo salvo a todos los indios del Putumayo, y voy al infierno,
ninguno me sacará de allí.
A ninguna de estas razones tuvo el Padre que responder, porque
conoció que yo tenía sobrada razón, y me dijo: Padre, el río está
muy alto; aguarde hasta pasado mañana, y lo despacharé por tierra
con unos indios hasta Caquetá.
Yo convine con el proyecto, y al instante llamó al cacique, le
mandó avisar la gente que me había de acompañar. Venido el día
partí con tres indios con sus mujeres y una muchacha y un muchacho,
y no me llevé más que el breviario, la cama, el machete y la
escopeta. Todo lo demás quedó con el cuidado de remitírmelo a
Caquetá en bajando el río. Tardamos nueve días hasta llegar al
embarcadero. En las tardes, cuando arranchábamos, en aquellas
quebraditas y charcos había muchísimo pescado. Nosotros lo
encorralábamos, y secando el agua, lo cogíamos todo, y toda la
noche comíamos pescado asado. Con la escopeta cogíamos monos, y no
nos faltó carne. Ya pero los últimos dos días faltaron los
plátanos, yucas y demás raíces. Estábamos esperanzados que en el
embarcadero habíamos de encontrar plátanos, que hay allí un
platanarcito; pero cuando llegamos, no hallamos plátano ninguno que
se pudiera comer. Llegamos al tambo ya tarde y muertos de hambre y
sin tener nada qué comer. Y de allí a Caquetá todavía hay tres
leguas. En medio del tambo había un bulto de tierra apilado. Uno de
los indios fue a escarbar y me dijo: Padre, entierro. Yo dije: ¿Y a
quién habrán enterrado aquí? Él me replicó y dijo: Plátanos. Yo le
dije: Pues sácalos. Abrió la tierra y encontramos diez y ocho
plátanos maduros, que con su fragancia provocaban. Nosotros que
estábamos hambrientos, empezamos de pronto a comer y sacamos
candela y asamos también. Pero ellos eran tan gruesos y hermosos,
que no los pudimos acabar, y el otro día todavía dejamos cinco para
su dueño, que estos los había allí dejado enterrados para la
vuelta, como acostumbran, el indio propio que el Padre Mejía había
despachado con carta a Santa Rosa al Comisario.
Partimos del tambo y llegamos a Caquetá, y yo di a entender al
alcalde como iba para Sibundoy a traer gente para sacar a Pasto una
partida de cacao, y comprar ropa para mis indios; porque yo
entonces ya tenía otro intento como diré adelante. Allí me estuve
en el convento, y a ratos conversando con el alcalde, lo iba
tanteando a ver si, sin que lo entendiese, si tenía alguna orden
secreta del Comisario sobre los Padres chapetones. Entre otras
cosas le dije que en suposición de estar el pueblo de Caquetá en
buen paraje, que fuera bueno pedir al Comisario que les sacase
gente del río y tendrían un buen pueblo, y pedirme juntamente que
les diese un Padre que los enseñase, puesto que todos eran ya
cristianos, y que con el comercio de Pasto y Sibundoy lo pasarían
muy mejor, y que yo estimaría mas estar allí con ellos que en el
río en mi pueblo.
A esta propuesta, como le cayó muy al gusto y conoció que yo
tenía razón, me respondió que no era menester sacar gente del río
Putumayo para poblar a Caquetá, porque en el río Orinoco, que cae
allí junto a tiro de escopeta, cuatro días de río abajo, vivía un
tal Andrés con una grande familia, y que muchos de ellos ya eran
cristianos, y que en sabiendo que en Caquetá había Padre de
asiento, vendrían a vivir ahí. Y que Andrés sabría también qué
gente vivía por allí cerca en el Orinoco, y se podría traer mucha
gente. Juntamente me dijo: Aquí hay un indio aguanunga, que es de
la nación de los que nunca se levantan en pie, sino que andan
gateando, como noté en el Tomo Primero, capítulo VI. La nación de
estos indios vive no más que cuatro días monte adentro de la otra
parte del Orinoco, y es nación grande, y con ellos solos se haría
Caquetá un gran pueblo.
Yo mandé venir a este indio aguanunga, y lo examiné y supe que
su nación era crecida, y que algunos a veces salían a comprar con
oro herramientas a Timaná, que sólo dista cinco días de allí, y que
todo era tierra llana, pero todo monte, y que sólo había cuatro
ríos pequeños que pasar, como noto en el Tomo Primero en la cita
anterior.
Todo cuanto yo hablé con el alcalde y con este indio, al
instante se divulgó entre todo el pueblo, y a todos les parecía
bien. Yo viendo que irme por Santa Rosa era exponerme a tener un
gran topetón con el Comisario, y juntamente con todo el colegio,
porque todos mamaban la leche que era de los Padres conversores, y
que aunque se remediase alguna cosa, sería muy poco, y que nunca
podía ir recto a no poner un síndico en la ciudad de Pasto,
conforme ya llevo relatado, y que esto sólo dependía de quien
informase al señor Virrey de Santa Fe, determiné ver si yo lo
pondría por obra con toda mi diligencia y cuidado.