INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
CAPÍTULO I
 

 

Contiene algo de lo que ejecuté en la conversión de los indios y formación del pueblo que formé en el río Putumayo.

 

 

Hasta que vi lo que me costó el domesticar algo los pocos indios bárbaros que junté desde el principio para formar mi pueblo, no habíame persuadido de lo mucho que costaría a los apóstoles y discípulos de Cristo y a aquellos primeros obreros de la mies evangélica la conquista del mundo. Yo lo mejor que hallé es lo peor que allí hay, y es que como ellos viven sin idolatría, no hacen repugnancia a la fe, y con facilidad la abrazan. Esto es lo mejor, porque no hay que batallar contra razones bárbaras; pero como con la misma facilidad que la toman, también con facilidad la dejan, viene a ser lo mejor lo que en realidad es lo peor. Ellos no abrazan la fe por conocer que aquello es la verdad y concentáneo a lo que dicta la luz natural, sino sólo porque así se lo dice y enseña el Padre conversor. Y esto por el interés de los donativos con que los regala de hachas, machetes, chaquiras, eslabones, etc.

Este temporal atractivo juntamente le reconcilia el amor que le tienen, porque aunque brutos, conocen que aquellos instrumentos, que ellos tanto aprecian, sólo los Padres se los dan. Yo a los cinco meses, viendo que ya me sabía explicar en su lengua, habiendo en este tiempo recogido unas doscientas arrobas de cacao, con tres canoas marché río arriba con ánimo de llevarlo afuera, y con su producto aperarme de herramientas y ropa para vestir la gente, y poder fabricar tablas, y con ellas hacer una iglesia más capaz y decente que la que de palma se había hecho. Llegué al pueblo del Amoguaje en diez y ocho días de parte de noche. Oyeron en el pueblo, antes de llegar nosotros, la seña acostumbrada de echar un escopetazo y tocar después los indios la babona, como noto Tomo Primero, capítulo VII, y con todo, recelosos de que no fuesen portugueses que se los quisiesen llevar esclavos al Gran Pará, fueron todos temblando de miedo a su Padre conversor, el Padre Fr. Cristóbal Romero, diciéndole que se fuese con ellos al monte, porque los que veníamos aquella hora seríamos portugueses.

El Padre entonces estaba ya había unos días enfermo de tercianas, y por más que les dijo que no tuvieran miedo, que sin duda era yo el que venía con mi gente, ellos porfiaban a cogerlo con el colchón y todo, y así cargado llevárselo al monte. Y fue preciso levantarse, y cargándolo con gran luminaria de luces, lo bajaron al puerto a gran prisa, para que preguntándome antes de llegar, se certificase con mi voz de que era yo que venía con mi gente. Llegamos al puerto, y al desembarcar, rodeándome más de cincuenta indios, todos armados con sus dardos, todavía para ver si yo era en realidad el Padre conversor de los indios encabellados, o si era portugués disfrazado en aquel hábito, con ánimo de matarme a dardazos. Ellos como traían ya estudiado el lance, y yo desembarqué sin susto, con confianza y desprevenido, luego que me vi rodeado de ellos, con las puntas de los dardos todas hacia mí, con aquella acción con que los soldados representan las armas, me dio un buen susto. Y a voz en grito llamé al Padre Cristóbal. Luego que él me habló, volví en mí y le dije: Deme usted la mano, porque yo no puedo andar paso, y era así, porque las luces me habían encandilado los ojos; apenas pero acabé de hablar, cuando dos indios me cogieron, y entre los dos me subieron al pueblo, y al llegar, como vieron que yo ya les hablaba en su lengua, se alegraron mucho.

El cacique se llevó mi gente, y allá les hicieron su recibimiento, y las indias me trujeron un montón de comistrajes de comida. El otro día de mañana, viendo yo al Padre Cristóbal enfermo, lo confesé y me confesé también, y me lo quería llevar a La Concepción a curarse. El dijo que no, que si las tercianas proseguían, dentro de breves días subiría allá a curarse. Yo marché, y en cinco días llegué a La Concepción. Yo hallé también enfermo, y bien malo, al Padre Fr. Antonio Urrea, porque estando con tercianas, se fue con un seglar que había con nosotros entrado, con su mujer también con tercianas, los dos con una canoa a un islote, y allí se lavaron, y de la lavada al otro día murió el seglar, y al Padre Urrea sobre las tercianas le dio frenesia con vómitos y cursos, que estaba hecho un esqueleto. La mujer del seglar había tirado una enfermedad, que había quedado con sólo el pellejo, y tan demudada, que no la conocí, porque siendo mujer moza cuando entró, al cabo de cinco meses parecía ya de sesenta años.

Aquí hay que advertir que el tiempo que yo anduve recogiendo el cacao, viendo que ya cerca del pueblo había poco, señalé a diez y ocho indios, los que me parecieron más a propósito, para irme con ellos río abajo, y estando más que fuera un mes cogiendo cacao, y traerlo ya seco para el intento que dije: y para ello los exhorté con una plática, animándolos, porque con ello tendría yo con qué comprarles herramientas y ropa para todo el pueblo. Húbolo de sentir un indio malévolo que yo tenía, y éste ya era cristiano, llamado Matías. Éste pues los juntó en secreto, y les dijo: No vayan ustedes con el Padre río abajo porque el Padre con la excusa del cacao los llevará al Gran Pará y los venderá como esclavos. Traición fue esta capaz de haberlos amotinado e incautamente haberme quitado la vida. Mi fortuna fue que como ya yo me sabía explicar algo en su lengua, ellos no lo creyeron, diciéndole que según decía el Padre y lo que con el Padre habían notado, no haría yo con ellos esta acción, y que siempre les quedaba tiempo de matarme o huir y dejarme solo en una playa, en viendo que yo tratase de ir al Gran Pará. De todo esto yo no supe por entonces nada, sino que con ellos bajé río abajo, y cogimos nuestro cacao, y nos volvimos contentos al pueblo. Este indio Matías me había hecho a mí malas tretas, y yo nunca me determiné a castigarlo, porque estaba solo y temía alguna rebelión, si lo azotaba; aguardando subir con él a La Concepción, y allí hacerlo castigar, y expelerlo del pueblo, porque era malísimo. Ahora pues en este viaje me lo llevé, y me traía tan rabioso, que no le podía aguantar tantas que me hizo.

Al llegar pues a La Concepción, contéle a Fr. José Carvo lo que pasaba. El cual luego, como ya lo conocía y lo había experimentado le puso un par de grillos con ánimo de mandarlo el otro día de mañana a azotar delante de todo el pueblo, después de rezar y publicar sus delitos, que es la costumbre que allí hay. Y así que lo vi ya preso, me desquité con soltar la voz y decirle lo que me vino a la boca. La demás de mi gente, que estaban en casa del cacique, a lo que me sintieron temerosos de que yo no los acusase de alevosía que él les aconsejó como cómplices, siendo así que yo hasta entonces lo ignoraba, se vinieron luego al convento a disculparse, y declarando a Fr. José Carvo la alevosía que Matías les había dicho, y lo que ellos habían respondido.

Entonces sí me encendí en cólera de veras considerando el peligro en que me había visto, ignorante de la maldad fraguada. Fr. José Carvo entonces sin poderse contener de cólera sacó un látigo y empezó a azotarlo. Pero yo no lo pude aguantar, y me agarré de él y le quite el látigo, y no permití que lo azotase, diciendo que me daba por satisfecho con que lo tuviese preso algún tiempo, y que cuando lo soltase, o que se quedase con él, o que lo destinase a algún pueblo, porque yo de manera alguna no lo quería, ni me convenía tampoco el tenerlo jamás en mi pueblo para la seguridad de mi vida.

Los otros que vieron que yo forcejeaba en quitar el látigo a Fr. José Carvo, discurrieron que yo los quería azotar a ellos, y todos se pusieron a llorar con un murmullo triste, allegando cada uno su descargo, que era cosa de enternecer las piedras. Yo les dije con rostro alegre que no temiesen nada porque ya yo conocía que no tenían culpa alguna, y que a todos ellos los quería mucho por los grandes beneficios que me habían hecho, y así los fui abrazando a todos de uno a uno, y ellos entonces quedaron contentos y satisfechos.

Sólo el capitán quedó muy receloso, y es la razón porque de antemano un día en mi pueblo yo lo había de menester, y díjele a un cholo que se llamaba Ramón: Ramón, capitán choyme, que quiere decir: “Llámame al capitán”. Fue allá el cholo y lo halló tendido en la hamaca, y le respondió que no quería venir. Yo se lo volví a enviar para que viniese, y respondió lo mismo. Ya por tercera vez le envié un cholo grande, y volvió diciendo: dice este capitán que no quiere venir. Entonces yo impacienté, tiré para allá a su casa y lo encontré así como estaba tendido en su hamáca. A lo que me vio se echo a reír. Yo le dije: ¿Acta deoqui? Payre ricacgi ê mueni besaraygi. Con que, está esto cosa buena, ¿que el Padre te llama y tú no quieres venir? Besarayge ructaquemi. Vente conmigo a casa. El se levantó y se vino conmigo, y en el camino levanta un cuchillo de palmo y medio de foca que yo le había dado, con ánimo de darme con él o sobre la espalda, o a las espaldas. Yo que iba a su lado, con la sombra que hizo el brazo cuando lo levantó lo reparé, y al mismo ademán lo agarré del brazo y lo contuve, y quitándole la cuchilla, lo agarré de la melena, y de un tirón lo tumbé en tierra de espaldas.

Desde mi rancho los cholos lo vieron, y empiezan a gritar, y al instante acudieron indios, y lo cogieron de los brazos, y lo trujeron al rancho. Se convocó todo el pueblo, y yo les conté todo el caso y les dije: que ellos mismos dijesen qué había yo de hacer entonces. Todos fueron de parecer que lo mandase azotar duro, duro.

Dada por ellos mismos esta sentencia, dije yo entre mí: ahora es tiempo de ganarles a todos la voluntad. Eché mi proyecto, y al instante lo mandé atar contra un estantillo, y díjele al fiscal: Nact idgirit quin rostich mana rum. Que quiere decir: “Con toda tu fuerza y cólera dale látigo, hasta que corra mucha sangre". Él iba a ejecutarlo, pero yo sólo permití que le diera tres latigazos, y le quité el látigo de la mano. Desaté el capitán y lo abracé con amor y le dije que le perdonaba, y que no quería que lo azotasen, antes había de ser siempre mi muy grande amigo.

Todos quedaron muy contentos y de esta acción logré mucha seguridad, porque supe algo después, que cuando ellos estaban en sus conversaciones, siempre sacaban esta especie y decían: nosotros tenemos mejor Padre que el Padre de La Concepción, porque aquél siempre manda azotar a los indios, y nuestro Padre no quiere azotarnos. Yo desde entonces le reconocí más afecto, y aun más sujeción a lo que yo mandaba.

De este lance que me había pasado era que el capitán había quedado muy receloso de que yo no lo dijera también a Fr. José Carvo y lo mandase engrillonar como a Matías. Yo dos días después lo supe y lo comuniqué a Fr. José Carvo y le dije: Que lo fuera a hablar, y que como que saliera de él le dijese que la Virgen de la iglesia se lo había revelado, y que a mí no me podían ellos matar nunca, porque el santo Cristo que yo llevaba siempre al cuello no lo quería, y que si me querían matar, él antes me avisaría para que me resguardase. El hizo la diligencia y el capitán se lo creyó, y esto se propagó en voz común entre todos los del pueblo, y tal vez me resguardó muchas veces la vida.

Fr. José Carvo me persuadió a que dejase allí mi cacao, y que me volviese a mi pueblo, y que él, cuando sacase el suyo, sacaría también el mío, y del producto me mandaría traer lo que yo le ordenase y para ello daban varios motivos, ya que de pura fuerza lo había de dejar en Caquetá, porque no convenía que mis indios saliesen a la ciudad de San Juan de Pasto en donde sólo se podía llevar a vender, porque se tiene por experiencia que los indios, o sea con el mudar del clima, o sea por la mutación de los víveres, y esto es lo más cierto, luego se empachan y suelen enfermar, y algunos morir, y después dicen que los Padres fueron causa de su muerte de que hay bastantes experiencias, y en realidad es así verdad.

Mas como supe después, él tenía otros recelos, y eran estos: Viendo que yo me informaba muy por menudo cómo y por dónde él había facilitado entrar el ganado vacuno que tenía, temió que yo quería, como se lo dije, traer también una partida, y que para ello era preciso gastar mucho tiempo afuera para la conducción y transporte. Viendo él lo que yo había trabajado y adelantado en la conversión y aumento del pueblo en tan poco tiempo, y que casi estaba ya del todo expedito en la lengua, temió que no se malograse este fruto, y por esto me puso cuantos inconvenientes pudo para estorbar mi salida.

Mas viendo que yo estaba del todo resuelto a salir, usó esta estratagema, para ver si lo estorbaba. Él habló a todos mis indios y, les dijo que en siendo fuera de La Concepción, una noche, en viéndome dormido, que tomasen las canoas, y dejándome solo en la playa, se fuesen río abajo a su pueblo, o que una canoíta chica que yo llevaba con la comida de todos que la echasen río abajo, para que, viendo que no teníamos que comer, me viese yo precisado a volverme atrás. Ellos respondieron que no me podían dejar solo en la playa e irse a su pueblo, porque Manuel Chica, el herrero de La Concepción, estaba río abajo con una canoa de indios de La Concepción, y que al verlos que se huían, dirían: estos han muerto al Padre Fr. Juan en el camino, y ahora se huyen, y que los cogería y los azotaría. Fr. José Carvo les respondió que al pasar por La Concepción les daría un papel para Manuel Chica, para que no les dijera nada, lo que él cumpliría en viendo su escrito. 

Esta otra alevosía maquinó este lego contra mi vida, temeroso del comisario Fr. José Barrutieta, el cual con nosotros le despachó una carta mandándole que a ninguno de los Padres chapetones que de nuevo habíamos entrado, nos dejase de manera alguna salir sin orden expresa suya. El caso no sucedió, pero si hubiera sucedido, dejándome solo sin comida ni canoa en una playa, era preciso o que una fiera me hubiera comido, o morir de hambre o yerme precisado a echarme al río encima de algún palo para volver a La Concepción.

Fr. José Carvo, viendo que mis indios estaban perplejos en su determinación, usó otro proyecto peor que éste, y fue, para que yo quedase del todo deslucido de todas estas maldades, de que yo por entonces estaba totalmente ignorante, me dijo: Padre Fr. Juan, supuesto que usted mira por mejor llevar con su gente el cacao hasta Caquetá, y de allí despacharlos a su pueblo, y proseguir su viaje a Pasto con indios sibundoyes, que son los que cito en el Tomo Primero, capítulo VI, a mí no me parece mal, y para que vea mi deseo, yo le daré una canoa de las mías con indios que lo acompañen hasta ponerlo en Caquetá, y que ayuden a sus indios a trasponer allá su cacao. Y para que vea más clara mi fidelidad, llamaré a Valencia, que es un indio de albera, tejedor, que vive en La Concepción y es ladino de la lengua española, y delante de usted mismo le daré la orden. Yo por entonces lo creí así, y habiéndome detenido en La Concepción diez días, por no desamparar al Padre Urrea, viendo que ya iba por bueno de la enfermedad, me despedí, y delante de mí se llamó este indio Valencia, y se le dio la orden que me acompañase. Pero esto fue lo peor, porque a espaldas mías le dio orden contraria, para que me dejasen solo en una playa de noche durmiéndome.

Todo esto lo supe yo después por una carta que le encontró el Padre Urrea, que él escribió al Padre Comisario, y entre otras cosas le decía, que ya que no me había podido aturar (1) el viaje habiéndome puesto muchos inconvenientes a la vista, había tomado por última resolución mandar a mis indios y a los suyos que me dejasen solo en una playa en viéndome dormido, lo que no pudieron ejecutar, porque el Padre dormía siempre junto a las canoas con la escopeta en una mano y con la otra el machete. Y en esto decía verdad. Y añade lo que ejecutaron luego que llegaron en Santa Cruz de los Mamos.  

Yo partí de La Concepción todo satisfecho porque ignoraba el lazo que me tenían maquinado; pero como yo jamás me fiaba de indio ninguno, siempre estaba con recelo especialmente de parte de noche, y más ahora, como dejaba a Matías castigado en La Concepción iba más sobre aviso, y al arranchar de parte de noche, delante de las canoas mandaba componer mi ranchito para dormir, y dormía con las armas en la mano, y delante de todos, antes de echarme, cargaba la escopeta con bala, y les decía que si sentían algún tigre, que me avisasen y yo lo mataría de un balazo.

Llegamos pues a arranchar la primer noche, y ellos se dieron maña a ir a atar la canoíta de la comida algo retirada de las otras, y por la noche la desataron y se la llevo el río. Esto hicieron por precisarme, viendo que no teníamos ya comida, a revolverme río abajo a La Concepción. Ya vino la mañana y me dieron noticia de ello. Al instante formé juicio que esto había sido consejo de Fr. José Carvo para atajarme el viaje. Ellos empezaron a persuadirme que volviéramos atrás a La Concepción a traer qué comer, porque sin ello no podíamos pasar adelante. Yo fui a la canoa de Valencia y hallé todos los masatos de plátanos y chontaduros que ellos habían embarcado para su bebezón, y con ello me confirmé que la soltura de la canoa huida, había sido premeditada con malicia. Y les dije con toda resolución que no quería de manera alguna volver atrás; que en mi canoa traía anzuelos para pescar, que con mi escopeta mataría monos y que con ello no nos faltaría qué comer. Y que cuando no cogiésemos nada, hartas frutas había en el monte para comer, y de no encontrar les dije que en mi petaca traía carne seca, que era la que me dieron cuando entré, y todavía la guardaba, y que juntamente en mi canoa traía un saparo de maíz desgranado, y que con ello teníamos sobrada comida para llegar a Santa Cruz de los Mamos, y que allí nos aperaríamos de comida. Como ellos sabían que yo en mi canoa traía esta provisión, no tuvieron que repugnar, y pasamos adelante.

Nos echamos río arriba, y yo ya con el recelo que llevaba doblé la vigilancia para que no me sucediese algún fracaso no fiándome de ninguno de cuantos venían en mi compañía. El tercer día de navegación, habiéndonos parado a pescar unas gallofas, vi allí en un guadual una partida de monitos chiquillos que llaman titíes, como noto en el Tomo Primero, capítulo II. Salté a tierra con la escopeta, y mandé poner bajo de ellos media docena de indios para que me cogiesen uno, que son ellos muy graciosos. Eché un escopetazo, y ellos los más se cayeron, y los indios me agarraron uno, y al cabo de media hora ya estaba manso. Pero como son muy delicados, en breves días se me murió.

Aun estábamos nosotros pescando gallofas, y catay que vemos bajar una canoa grande. La llamé y hubo de ser de San Diego, y en ella venía un donado que servía a la misión, compañero del Comisario, que aquellos días había dejado el hábito y se había casado en Santa Rosa con una mestiza, llamado el hermano Luis, como noté en el Tomo Primero, capítulo VI. Este venía con su mujer, que la llevaba a pasear, y juntamente traía el socorro que mandaba el Padre Comisario a todos los Padres conversores para subsidio de aquel año de lo que el Rey da para cada cual de los Padres conversores, que son trescientos y cuarenta pesos cada año, para vestirse y todo lo demás que necesite, que con este anual socorro había sobrado para poder tener abasto de pan vino, carne y cuanto adentro necesitasen, si cayera el dinero en buena mano.

El trabajo está que quien lo manosea se unta las manos, y al pobre Padre conversor apenas le llega nada. Unos dicen que los Comisarios lo gastan en comprar herramientas y ropas para apero de los pueblos conversos, y para regalos en las conquistas de los indios bárbaros. Así me lo dijo un Comisario de otro colegio antes de partir para volverme a España. A este colegio le estaba el Rey debiendo, del tiempo del Rey Felipe V, muchos miles, y por orden de Fernando VI les daban anualmente sobre el salario anual, otros cinco mil pesos de la deuda atrasada. Me dijo, pues, que hablando dicho Comisario con el señor Virrey, le dijo éste: Padre Comisario, ahora que ya en las misiones no hay tantos Padres conversores, porque aquellos días los indios gentiles habían muerto una partida, ahora pues, ya no les daremos tanta plata; pero yo, me dijo, le respondí: Señor, ¿qué piensa Vuestra Excelencia que le llega a los Padres conversores cada año de lo que da el Rey? Cuando mucho un par de latas de tabaco y un poco de bizcocho. Y él, dijo, se calló la boca. Y como yo sabía que era así verdad, dije entre mí: Si yo me hubiera hallado presente le hubiera dicho: Señor, el Padre dice verdad, pero Vuestra Excelencia que puede debe estorbar esta picardía, por no decir latrocinio; porque el Rey no lo da para los Comisarios, sino para los Padres conversores que trabajan en aumento de su real corona. Y así mande Vuestra Excelencia que en cada conversión se ponga un Síndico que reciba la moneda, y que no se entregue a Comisario alguno y este Síndico la gaste en lo que cada Padre conversor le señale según su necesidad, y lo que de todos sobrase, esto sí, con ello gástelo el Padre Comisario en conquistas y herramientas para apero de los pueblos; que es cosa muy para sentir que los Comisarios gasten largo en regalarse y regalar, y que los Padres conversores que lo sudan, no vean jamás pan ni vino y hayan de mantenerse de carne de monos.

El Padre Comisario de nuestra misión ahora había dado en un delirio, que no se le ve el fin: Había maquinado y quería poner por obra abrir camino desde Santa Rosa hasta el puerto del embarcadero del río Putumayo en donde está la conversión, para que pudieran entrar bestias para la conducción de los Padres conversores, decía, para que con facilidad se les pudiese meter todo lo necesario para su manutención.

Yo que he visto la fragosidad de aquel camino, y lo he andado, tengo para mí que aplicando diez mil hombres, en espacio de diez años no había bastante para tal fábrica: y ésta sólo un Rey la pudiera emprender. La ciudad de Barbacoas, de que hablaré a su tiempo, daba sesenta mil pesos a cualquiera que quisiese facilitar el camino desde la Provincia de los Pastos hasta Barbacoas, que son catorce días de camino, y no es tan fragoso, porque yo le he andado y visto; sólo facilitando que de los Pastos pudiesen entrar bestias cargadas con manutención, y no se halló sujeto que se atreviese a admitir la fábrica dando para ello una suma de dinero tan grande.

Nuestro Comisario, para principio de su proyecto a la sazón había engañado a los Padres del colegio con su proyecto, y con ello alcanzó afiliar al colegio, al Padre José Baquero, guardián o presidente del convento de la ciudad de Almaguer, de quien hablé en el Tomo Primero, capítulo VI. Este religioso, como vive allí solo, y el convento no tiene más que diez y siete reales de fundo, él para vivir, porque allí es una tierra en donde no se pide limosna más que de papas, y aunque puede ir a pedir limosna a la provincia de Patía y Taminango, para aperarse de carnes, porque dan becerros y novillas de que abunda mucho; pero como dista cuatro y ocho días de camino, y por otra parte son estas provincias en clima de los más ardientes del Perú, rara vez va el Guardián de Almaguer a pedir tales limosnas.

El tomó por mejor aperarse de una partida de yeguas, y meterlas a cría en un buen potrero con un burro lechón, y del producto buscar para mantenerse. El no lo pasaba mal, porque a su tiempo hacía amansar las mulas y los machos, y entonces se vendían a buen precio y de ello vivía. A la sazón tenía el más de sesenta bestias mulares, y el Comisario, por el interés de tener estas bestias para el trajín de su pensado proyecto le solicitó que se agregase a la misión. Él logró su intento, aunque le salió mal, porque al saber la Provincia de Quito la noticia, ocurrió al Comisario General del Perú el Provincial, y con orden suya lo destinó morador del convento de San Juan de Pasto y él, volviendo a recobrar sus bestias y la cría, que ya tenía en Santa Rosa, primer pueblo de la misión, como noto en el Tomo Primero, capítulo VI, y se fue expedido de la misión por inhábil, y lo trasladó a Pasto, donde lo encontré de conventual, como diré a su tiempo.

El camino acertado y conveniente era poner un hospicio en el convento de Pasto, que con facilidad lo permitiría la provincia, o pedirlo al Comisario General del Perú, y que con orden suya se erigiese en Pasto, y entonces se lograba el alivio de los Padres conversores, y se hacía un gran beneficio a las conversiones. Y es la razón: De Caquetá hasta Sibundoy tomando el camino por Santa Clara de Mocoa hay sólo seis días de camino, y de estos seis, los dos que hay de Mocoa a Caquetá es tierra llana como noto en el Tomo Primero capítulo VI. Los cuatro días que hay de Mocoa a Sibundoy era toda la dificultad componer y abrir el camino para que entrasen bestias. Y es cosa natural que más presto, con más facilidad, y con menos costo se habían de poner corriente estos cuatro días, mayormente estando ya camino hecho de todos los días, que lo tienen trillado los indios sibundoyes entrando y saliendo a Mocoa todo el año, que no querer el Comisario, sólo por su capricho, emprender abrir camino por Almaguer, habiendo veinte y dos días de Almaguer a Caquetá, camino más fragoso y doblado.

Y la conveniencia que daba el camino por Pasto era mejor que por Almaguer, porque de Sibundoy a Pasto hay cuatro días de camino que lo andan bestias; Pasto es tierra abundante de trigo y carne, así vacuna como ovejuna; hay mucho paño, bayeta y tocuyo todo barato, que se fabrica en Quito; y por Guayaquil viene a Pasto de Lima embarcado vino de Chile y fierro de España, y todo esto es más barato en Pasto que en Popayán. Y teniendo la conducción por Sibundoy más cerca y más fácil, era una gran conveniencia para los Padres conversores, y se excusaba el viaje anual al Gran Pará de Portugal, en que se gastan cinco meses y se tenían de Pasto lo mismo que allí se compra para apero de los pueblos de la conversión.

Este proyecto bien lo conocen los Padres del colegio que fuera el más acertado, pero como todos entonces eran criollos de la tierra, no lo consentían, porque entonces se les quitaba a los Padres del colegio el poder quitar al Padre Comisario grandes partidas de lo que es de los Padres conversores, con la excusa de que el colegio es pobre y tiene necesidad. Y no es así, porque el colegio anualmente envía dos religiosos al Chocó, que es provincia de minerales de oro, y en cosa de cuatro o cinco meses que se gasta de ida, estada y vuelta, lo regular es traer cuatro mil pesos de limosna. Después tiene la provincia de Cali, de donde se provee de carne vacuna y ovejuna con mucha abundancia. Después tiene la provincia de Antioquia, también toda de minerales de oro, y de donde no fuera menor la limosna que la del Chocó, y no van allá a pedir la limosna. Ellos decían: Porque somos pocos. Y yo digo que la verdad es porque la necesidad no los apretaba. Y era así verdad, porque con lo que se recogía sólo en Popayán siempre había sobrado.

Y volviendo a mi historia, digo que con esta canoa en que venía este hermano Luis bajaba también del pueblo de San Diego el Padre Fr. Juan Plata, que después murió en Caquetá sin sacramentos, habiendo allá dos sacerdotes, que eran el Padre Fr. Manuel Navarro, que fue nuestro Presidente cuando nos partimos de España, y entonces lo había el colegio despachado a las conversiones, y se halló presente, y el Padre Fr. Antonio Urrea, que después murió perdido en el monte. Por la desidia del Comisario no hubo en Caquetá con qué administrar los sacramentos. 

Este pues Padre Fr. Juan Plata bajaba con esta canoa, para ir a visitar al Padre Fr. Cristóbal Romero, el conversor de los Amoguajes, que llevo ya apuntado, y eran grandes amigos. Yo le di noticia de cómo lo dejaba enfermo con tercianas, y que era posible que lo hallase en La Concepción, según me había él dicho; y que en La Concepción hallaría también al Padre Urrea convaleciente y le conté la enfermedad que había tenido. Preguntéle por el Padre Fr. Antonio Alfaro, de los Mamos, y me dijo: Allí lo hallará, que está solo en el pueblo, porque el Padre Rosales se ha salido a ver el Comisario sobre no sé qué diferencia que han tenido los dos. Allá él se lo contará de raíz.

A este tiempo, el hermano Luis desenvolvió un fardito, y sacó un lío, y me dijo: Padre Fr. Juan, esto le manda el Padre Comisario. ¿Y qué es esto?, díjele yo. El Padre Plata soltó la carcajada y me dijo: Hombre, este es el socorro de este año. Aquí envía a cada uno dos libras de tabaco, dos cajetas de mazamorra de maíz, y catorce varas de tocuyo gordo. Esto lo decía con tal risa, que apenas lo pudo acabar de decir. Mas a lo que yo lo vi, dije: ¿Y esto vale trescientos cuarenta pesos que me da el Rey para mi manutención? ¿Y yo habré ahora de comer todo este año rabos de mono, y sin ver pan ni vino? Aquí han parado aquellas largas promesas que nos hizo en Santa Rosa. Ahora lo veré yo y le ajustaré las cuentas. Llévese, llévese, hermano Luis, esto, que yo no lo quiero ni lo necesito tampoco.

Entonces me contó la idea que traía de abrir el camino que llevo relatada, y el ingreso del Padre Baquero con sus mulas. Con esta especie me acabé de airar del todo, y de pronto ya maquiné lo que después hice, como diré adelante.

Con ello nos despedimos, y se fueron ellos río abajo, y yo pasé río arriba. El otro día, cerca las tres de la tarde, topamos en una playa una canoita de indios mamos que pescaban, y una india me regaló un pájaro muy hermoso. El dos veces mayor que un tordo, todo lleno de pintas de todos colores. La fachada de su cuerpo era de loro, sólo el pico tenía largo, y los pies altos. Su canto es una melodía muy sonora, porque forma un tono de guitarra muy acorde, echando interpuesta varias quiebras muy sonoras. Yo no supe su nombre, porque a la noche hizo un grande aguacero, y me lo estropeó, y antes de llegar al Mamo se murió. 

(1)   Aturas palabra mallorquina que significa detener.(Regresar a 1)

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