CAPÍTULO
I
Contiene algo de lo que ejecuté en la conversión de los
indios y formación
del pueblo que formé en el río
Putumayo.
Hasta que vi lo que me costó el domesticar algo los pocos indios
bárbaros que junté desde el principio para formar mi pueblo, no
habíame persuadido de lo mucho que costaría a los apóstoles y
discípulos de Cristo y a aquellos primeros obreros de la mies
evangélica la conquista del mundo. Yo lo mejor que hallé es lo peor
que allí hay, y es que como ellos viven sin idolatría, no hacen
repugnancia a la fe, y con facilidad la abrazan. Esto es lo mejor,
porque no hay que batallar contra razones bárbaras; pero como con
la misma facilidad que la toman, también con facilidad la dejan,
viene a ser lo mejor lo que en realidad es lo peor. Ellos no
abrazan la fe por conocer que aquello es la verdad y concentáneo a
lo que dicta la luz natural, sino sólo porque así se lo dice y
enseña el Padre conversor. Y esto por el interés de los donativos
con que los regala de hachas, machetes, chaquiras, eslabones,
etc.
Este temporal atractivo juntamente le reconcilia el amor que le
tienen, porque aunque brutos, conocen que aquellos instrumentos,
que ellos tanto aprecian, sólo los Padres se los dan. Yo a los
cinco meses, viendo que ya me sabía explicar en su lengua, habiendo
en este tiempo recogido unas doscientas arrobas de cacao, con tres
canoas marché río arriba con ánimo de llevarlo afuera, y con su
producto aperarme de herramientas y ropa para vestir la gente, y
poder fabricar tablas, y con ellas hacer una iglesia más capaz y
decente que la que de palma se había hecho. Llegué al pueblo del
Amoguaje en diez y ocho días de parte de noche. Oyeron en el
pueblo, antes de llegar nosotros, la seña acostumbrada de echar un
escopetazo y tocar después los indios la babona, como noto Tomo
Primero, capítulo VII, y con todo, recelosos de que no fuesen
portugueses que se los quisiesen llevar esclavos al Gran Pará,
fueron todos temblando de miedo a su Padre conversor, el Padre Fr.
Cristóbal Romero, diciéndole que se fuese con ellos al monte,
porque los que veníamos aquella hora seríamos
portugueses.
El Padre entonces estaba ya había unos días enfermo de
tercianas, y por más que les dijo que no tuvieran miedo, que sin
duda era yo el que venía con mi gente, ellos porfiaban a cogerlo
con el colchón y todo, y así cargado llevárselo al monte. Y fue
preciso levantarse, y cargándolo con gran luminaria de luces, lo
bajaron al puerto a gran prisa, para que preguntándome antes de
llegar, se certificase con mi voz de que era yo que venía con mi
gente. Llegamos al puerto, y al desembarcar, rodeándome más de
cincuenta indios, todos armados con sus dardos, todavía para ver si
yo era en realidad el Padre conversor de los indios encabellados, o
si era portugués disfrazado en aquel hábito, con ánimo de matarme a
dardazos. Ellos como traían ya estudiado el lance, y yo desembarqué
sin susto, con confianza y desprevenido, luego que me vi rodeado de
ellos, con las puntas de los dardos todas hacia mí, con aquella
acción con que los soldados representan las armas, me dio un buen
susto. Y a voz en grito llamé al Padre Cristóbal. Luego que él me
habló, volví en mí y le dije: Deme usted la mano, porque yo no
puedo andar paso, y era así, porque las luces me habían encandilado
los ojos; apenas pero acabé de hablar, cuando dos indios me
cogieron, y entre los dos me subieron al pueblo, y al llegar, como
vieron que yo ya les hablaba en su lengua, se alegraron
mucho.
El cacique se llevó mi gente, y allá les hicieron su
recibimiento, y las indias me trujeron un montón de comistrajes de
comida. El otro día de mañana, viendo yo al Padre Cristóbal
enfermo, lo confesé y me confesé también, y me lo quería llevar a
La Concepción a curarse. El dijo que no, que si las tercianas
proseguían, dentro de breves días subiría allá a curarse. Yo
marché, y en cinco días llegué a La Concepción. Yo hallé también
enfermo, y bien malo, al Padre Fr. Antonio Urrea, porque estando
con tercianas, se fue con un seglar que había con nosotros entrado,
con su mujer también con tercianas, los dos con una canoa a un
islote, y allí se lavaron, y de la lavada al otro día murió el
seglar, y al Padre Urrea sobre las tercianas le dio frenesia con
vómitos y cursos, que estaba hecho un esqueleto. La mujer del
seglar había tirado una enfermedad, que había quedado con sólo el
pellejo, y tan demudada, que no la conocí, porque siendo mujer moza
cuando entró, al cabo de cinco meses parecía ya de sesenta
años.
Aquí hay que advertir que el tiempo que yo anduve recogiendo el
cacao, viendo que ya cerca del pueblo había poco, señalé a diez y
ocho indios, los que me parecieron más a propósito, para irme con
ellos río abajo, y estando más que fuera un mes cogiendo cacao, y
traerlo ya seco para el intento que dije: y para ello los exhorté
con una plática, animándolos, porque con ello tendría yo con qué
comprarles herramientas y ropa para todo el pueblo. Húbolo de
sentir un indio malévolo que yo tenía, y éste ya era cristiano,
llamado Matías. Éste pues los juntó en secreto, y les dijo: No
vayan ustedes con el Padre río abajo porque el Padre con la excusa
del cacao los llevará al Gran Pará y los venderá como esclavos.
Traición fue esta capaz de haberlos amotinado e incautamente
haberme quitado la vida. Mi fortuna fue que como ya yo me sabía
explicar algo en su lengua, ellos no lo creyeron, diciéndole que
según decía el Padre y lo que con el Padre habían notado, no haría
yo con ellos esta acción, y que siempre les quedaba tiempo de
matarme o huir y dejarme solo en una playa, en viendo que yo
tratase de ir al Gran Pará. De todo esto yo no supe por entonces
nada, sino que con ellos bajé río abajo, y cogimos nuestro cacao, y
nos volvimos contentos al pueblo. Este indio Matías me había hecho
a mí malas tretas, y yo nunca me determiné a castigarlo, porque
estaba solo y temía alguna rebelión, si lo azotaba; aguardando
subir con él a La Concepción, y allí hacerlo castigar, y expelerlo
del pueblo, porque era malísimo. Ahora pues en este viaje me lo
llevé, y me traía tan rabioso, que no le podía aguantar tantas que
me hizo.
Al llegar pues a La Concepción, contéle a Fr. José Carvo lo que
pasaba. El cual luego, como ya lo conocía y lo había experimentado
le puso un par de grillos con ánimo de mandarlo el otro día de
mañana a azotar delante de todo el pueblo, después de rezar y
publicar sus delitos, que es la costumbre que allí hay. Y así que
lo vi ya preso, me desquité con soltar la voz y decirle lo que me
vino a la boca. La demás de mi gente, que estaban en casa del
cacique, a lo que me sintieron temerosos de que yo no los acusase
de alevosía que él les aconsejó como cómplices, siendo así que yo
hasta entonces lo ignoraba, se vinieron luego al convento a
disculparse, y declarando a Fr. José Carvo la alevosía que Matías
les había dicho, y lo que ellos habían respondido.
Entonces sí me encendí en cólera de veras considerando el
peligro en que me había visto, ignorante de la maldad fraguada. Fr.
José Carvo entonces sin poderse contener de cólera sacó un látigo y
empezó a azotarlo. Pero yo no lo pude aguantar, y me agarré de él y
le quite el látigo, y no permití que lo azotase, diciendo que me
daba por satisfecho con que lo tuviese preso algún tiempo, y que
cuando lo soltase, o que se quedase con él, o que lo destinase a
algún pueblo, porque yo de manera alguna no lo quería, ni me
convenía tampoco el tenerlo jamás en mi pueblo para la seguridad de
mi vida.
Los otros que vieron que yo forcejeaba en quitar el látigo a Fr.
José Carvo, discurrieron que yo los quería azotar a ellos, y todos
se pusieron a llorar con un murmullo triste, allegando cada uno su
descargo, que era cosa de enternecer las piedras. Yo les dije con
rostro alegre que no temiesen nada porque ya yo conocía que no
tenían culpa alguna, y que a todos ellos los quería mucho por los
grandes beneficios que me habían hecho, y así los fui abrazando a
todos de uno a uno, y ellos entonces quedaron contentos y
satisfechos.
Sólo el capitán quedó muy receloso, y es la razón porque de
antemano un día en mi pueblo yo lo había de menester, y díjele a un
cholo que se llamaba Ramón:
Ramón, capitán choyme, que
quiere decir: “Llámame al capitán”. Fue allá el cholo y
lo halló tendido en la hamaca, y le respondió que no quería venir.
Yo se lo volví a enviar para que viniese, y respondió lo mismo. Ya
por tercera vez le envié un cholo grande, y volvió diciendo: dice
este capitán que no quiere venir. Entonces yo impacienté, tiré para
allá a su casa y lo encontré así como estaba tendido en su hamáca.
A lo que me vio se echo a reír. Yo le dije:
¿Acta deoqui?
Payre ricacgi ê mueni besaraygi. Con que, está esto cosa
buena, ¿que el Padre te llama y tú no quieres venir?
Besarayge
ructaquemi. Vente conmigo a casa. El se levantó y se vino
conmigo, y en el camino levanta un cuchillo de palmo y medio de
foca que yo le había dado, con ánimo de darme con él o sobre la
espalda, o a las espaldas. Yo que iba a su lado, con la sombra que
hizo el brazo cuando lo levantó lo reparé, y al mismo ademán lo
agarré del brazo y lo contuve, y quitándole la cuchilla, lo agarré
de la melena, y de un tirón lo tumbé en tierra de espaldas.
Desde mi rancho los cholos lo vieron, y empiezan a gritar, y al
instante acudieron indios, y lo cogieron de los brazos, y lo
trujeron al rancho. Se convocó todo el pueblo, y yo les conté todo
el caso y les dije: que ellos mismos dijesen qué había yo de hacer
entonces. Todos fueron de parecer que lo mandase azotar duro,
duro.
Dada por ellos mismos esta sentencia, dije yo entre mí: ahora es
tiempo de ganarles a todos la voluntad. Eché mi proyecto, y al
instante lo mandé atar contra un estantillo, y díjele al fiscal:
Nact idgirit quin rostich mana rum. Que quiere decir:
“Con toda tu fuerza y cólera dale látigo, hasta que corra
mucha sangre". Él iba a ejecutarlo, pero yo sólo permití
que le diera tres latigazos, y le quité el látigo de la mano.
Desaté el capitán y lo abracé con amor y le dije que le perdonaba,
y que no quería que lo azotasen, antes había de ser siempre mi muy
grande amigo.
Todos quedaron muy contentos y de esta acción logré mucha
seguridad, porque supe algo después, que cuando ellos estaban en
sus conversaciones, siempre sacaban esta especie y decían: nosotros
tenemos mejor Padre que el Padre de La Concepción, porque aquél
siempre manda azotar a los indios, y nuestro Padre no quiere
azotarnos. Yo desde entonces le reconocí más afecto, y aun más
sujeción a lo que yo mandaba.
De este lance que me había pasado era que el capitán había
quedado muy receloso de que yo no lo dijera también a Fr. José
Carvo y lo mandase engrillonar como a Matías. Yo dos días después
lo supe y lo comuniqué a Fr. José Carvo y le dije: Que lo fuera a
hablar, y que como que saliera de él le dijese que la Virgen de la
iglesia se lo había revelado, y que a mí no me podían ellos matar
nunca, porque el santo Cristo que yo llevaba siempre al cuello no
lo quería, y que si me querían matar, él antes me avisaría para que
me resguardase. El hizo la diligencia y el capitán se lo creyó, y
esto se propagó en voz común entre todos los del pueblo, y tal vez
me resguardó muchas veces la vida.
Fr. José Carvo me persuadió a que dejase allí mi cacao, y que me
volviese a mi pueblo, y que él, cuando sacase el suyo, sacaría
también el mío, y del producto me mandaría traer lo que yo le
ordenase y para ello daban varios motivos, ya que de pura fuerza lo
había de dejar en Caquetá, porque no convenía que mis indios
saliesen a la ciudad de San Juan de Pasto en donde sólo se podía
llevar a vender, porque se tiene por experiencia que los indios, o
sea con el mudar del clima, o sea por la mutación de los víveres, y
esto es lo más cierto, luego se empachan y suelen enfermar, y
algunos morir, y después dicen que los Padres fueron causa de su
muerte de que hay bastantes experiencias, y en realidad es así
verdad.
Mas como supe después, él tenía otros recelos, y eran estos:
Viendo que yo me informaba muy por menudo cómo y por dónde él había
facilitado entrar el ganado vacuno que tenía, temió que yo quería,
como se lo dije, traer también una partida, y que para ello era
preciso gastar mucho tiempo afuera para la conducción y transporte.
Viendo él lo que yo había trabajado y adelantado en la conversión y
aumento del pueblo en tan poco tiempo, y que casi estaba ya del
todo expedito en la lengua, temió que no se malograse este fruto, y
por esto me puso cuantos inconvenientes pudo para estorbar mi
salida.
Mas viendo que yo estaba del todo resuelto a salir, usó esta
estratagema, para ver si lo estorbaba. Él habló a todos mis indios
y, les dijo que en siendo fuera de La Concepción, una noche, en
viéndome dormido, que tomasen las canoas, y dejándome solo en la
playa, se fuesen río abajo a su pueblo, o que una canoíta chica que
yo llevaba con la comida de todos que la echasen río abajo, para
que, viendo que no teníamos que comer, me viese yo precisado a
volverme atrás. Ellos respondieron que no me podían dejar solo en
la playa e irse a su pueblo, porque Manuel Chica, el herrero de La
Concepción, estaba río abajo con una canoa de indios de La
Concepción, y que al verlos que se huían, dirían: estos han muerto
al Padre Fr. Juan en el camino, y ahora se huyen, y que los cogería
y los azotaría. Fr. José Carvo les respondió que al pasar por La
Concepción les daría un papel para Manuel Chica, para que no les
dijera nada, lo que él cumpliría en viendo su
escrito.
Esta otra alevosía maquinó este lego contra mi vida, temeroso
del comisario Fr. José Barrutieta, el cual con nosotros le despachó
una carta mandándole que a ninguno de los Padres chapetones que de
nuevo habíamos entrado, nos dejase de manera alguna salir sin orden
expresa suya. El caso no sucedió, pero si hubiera sucedido,
dejándome solo sin comida ni canoa en una playa, era preciso o que
una fiera me hubiera comido, o morir de hambre o yerme precisado a
echarme al río encima de algún palo para volver a La
Concepción.
Fr. José Carvo, viendo que mis indios estaban perplejos en su
determinación, usó otro proyecto peor que éste, y fue, para que yo
quedase del todo deslucido de todas estas maldades, de que yo por
entonces estaba totalmente ignorante, me dijo: Padre Fr. Juan,
supuesto que usted mira por mejor llevar con su gente el cacao
hasta Caquetá, y de allí despacharlos a su pueblo, y proseguir su
viaje a Pasto con indios sibundoyes, que son los que cito en el
Tomo Primero, capítulo VI, a mí no me parece mal, y para que vea mi
deseo, yo le daré una canoa de las mías con indios que lo acompañen
hasta ponerlo en Caquetá, y que ayuden a sus indios a trasponer
allá su cacao. Y para que vea más clara mi fidelidad, llamaré a
Valencia, que es un indio de albera, tejedor, que vive en La
Concepción y es ladino de la lengua española, y delante de usted
mismo le daré la orden. Yo por entonces lo creí así, y habiéndome
detenido en La Concepción diez días, por no desamparar al Padre
Urrea, viendo que ya iba por bueno de la enfermedad, me despedí, y
delante de mí se llamó este indio Valencia, y se le dio la orden
que me acompañase. Pero esto fue lo peor, porque a espaldas mías le
dio orden contraria, para que me dejasen solo en una playa de noche
durmiéndome.
Todo esto lo supe yo después por una carta que le encontró el
Padre Urrea, que él escribió al Padre Comisario, y entre otras cosas le decía, que ya
que no me había podido aturar
(1)
el viaje habiéndome puesto muchos
inconvenientes a la vista, había tomado por última resolución
mandar a mis indios y a los suyos que me dejasen solo en una playa
en viéndome dormido, lo que no pudieron ejecutar, porque el Padre
dormía siempre junto a las canoas con la escopeta en una mano y con
la otra el machete. Y en esto decía verdad. Y añade lo que
ejecutaron luego que llegaron en Santa Cruz de los Mamos.
Yo partí de La Concepción todo satisfecho porque ignoraba el
lazo que me tenían maquinado; pero como yo jamás me fiaba de indio
ninguno, siempre estaba con recelo especialmente de parte de noche,
y más ahora, como dejaba a Matías castigado en La Concepción iba
más sobre aviso, y al arranchar de parte de noche, delante de las
canoas mandaba componer mi ranchito para dormir, y dormía con las
armas en la mano, y delante de todos, antes de echarme, cargaba la
escopeta con bala, y les decía que si sentían algún tigre, que me
avisasen y yo lo mataría de un balazo.
Llegamos pues a arranchar la primer noche, y ellos se dieron
maña a ir a atar la canoíta de la comida algo retirada de las
otras, y por la noche la desataron y se la llevo el río. Esto
hicieron por precisarme, viendo que no teníamos ya comida, a
revolverme río abajo a La Concepción. Ya vino la mañana y me dieron
noticia de ello. Al instante formé juicio que esto había sido
consejo de Fr. José Carvo para atajarme el viaje. Ellos empezaron a
persuadirme que volviéramos atrás a La Concepción a traer qué
comer, porque sin ello no podíamos pasar adelante. Yo fui a la
canoa de Valencia y hallé todos los masatos de plátanos y
chontaduros que ellos habían embarcado para su bebezón, y con ello
me confirmé que la soltura de la canoa huida, había sido
premeditada con malicia. Y les dije con toda resolución que no
quería de manera alguna volver atrás; que en mi canoa traía
anzuelos para pescar, que con mi escopeta mataría monos y que con
ello no nos faltaría qué comer. Y que cuando no cogiésemos nada,
hartas frutas había en el monte para comer, y de no encontrar les
dije que en mi petaca traía carne seca, que era la que me dieron
cuando entré, y todavía la guardaba, y que juntamente en mi canoa
traía un saparo de maíz desgranado, y que con ello teníamos sobrada
comida para llegar a Santa Cruz de los Mamos, y que allí nos
aperaríamos de comida. Como ellos sabían que yo en mi canoa traía
esta provisión, no tuvieron que repugnar, y pasamos
adelante.
Nos echamos río arriba, y yo ya con el recelo que llevaba doblé
la vigilancia para que no me sucediese algún fracaso no fiándome de
ninguno de cuantos venían en mi compañía. El tercer día de
navegación, habiéndonos parado a pescar unas gallofas, vi allí en
un guadual una partida de monitos chiquillos que llaman titíes,
como noto en el Tomo Primero, capítulo II. Salté a tierra con la
escopeta, y mandé poner bajo de ellos media docena de indios para
que me cogiesen uno, que son ellos muy graciosos. Eché un
escopetazo, y ellos los más se cayeron, y los indios me agarraron
uno, y al cabo de media hora ya estaba manso. Pero como son muy
delicados, en breves días se me murió.
Aun estábamos nosotros pescando gallofas, y catay que vemos
bajar una canoa grande. La llamé y hubo de ser de San Diego, y en
ella venía un donado que servía a la misión, compañero del
Comisario, que aquellos días había dejado el hábito y se había
casado en Santa Rosa con una mestiza, llamado el hermano Luis, como
noté en el Tomo Primero, capítulo VI. Este venía con su mujer, que
la llevaba a pasear, y juntamente traía el socorro que mandaba el
Padre Comisario a todos los Padres conversores para subsidio de
aquel año de lo que el Rey da para cada cual de los Padres
conversores, que son trescientos y cuarenta pesos cada año, para
vestirse y todo lo demás que necesite, que con este anual socorro
había sobrado para poder tener abasto de pan vino, carne y cuanto
adentro necesitasen, si cayera el dinero en buena mano.
El trabajo está que quien lo manosea se unta las manos, y al
pobre Padre conversor apenas le llega nada. Unos dicen que los
Comisarios lo gastan en comprar herramientas y ropas para apero de
los pueblos conversos, y para regalos en las conquistas de los
indios bárbaros. Así me lo dijo un Comisario de otro colegio antes
de partir para volverme a España. A este colegio le estaba el Rey
debiendo, del tiempo del Rey Felipe V, muchos miles, y por orden de
Fernando VI les daban anualmente sobre el salario anual, otros
cinco mil pesos de la deuda atrasada. Me dijo, pues, que hablando
dicho Comisario con el señor Virrey, le dijo éste: Padre Comisario,
ahora que ya en las misiones no hay tantos Padres conversores,
porque aquellos días los indios gentiles habían muerto una partida,
ahora pues, ya no les daremos tanta plata; pero yo, me dijo, le
respondí: Señor, ¿qué piensa Vuestra Excelencia que le llega a los
Padres conversores cada año de lo que da el Rey? Cuando mucho un
par de latas de tabaco y un poco de bizcocho. Y él, dijo, se calló
la boca. Y como yo sabía que era así verdad, dije entre mí: Si yo
me hubiera hallado presente le hubiera dicho: Señor, el Padre dice
verdad, pero Vuestra Excelencia que puede debe estorbar esta
picardía, por no decir latrocinio; porque el Rey no lo da para los
Comisarios, sino para los Padres conversores que trabajan en
aumento de su real corona. Y así mande Vuestra Excelencia que en
cada conversión se ponga un Síndico que reciba la moneda, y que no
se entregue a Comisario alguno y este Síndico la gaste en lo que
cada Padre conversor le señale según su necesidad, y lo que de
todos sobrase, esto sí, con ello gástelo el Padre Comisario en
conquistas y herramientas para apero de los pueblos; que es cosa
muy para sentir que los Comisarios gasten largo en regalarse y
regalar, y que los Padres conversores que lo sudan, no vean jamás
pan ni vino y hayan de mantenerse de carne de monos.
El Padre Comisario de nuestra misión ahora había dado en un
delirio, que no se le ve el fin: Había maquinado y quería poner por
obra abrir camino desde Santa Rosa hasta el puerto del embarcadero
del río Putumayo en donde está la conversión, para que pudieran
entrar bestias para la conducción de los Padres conversores, decía,
para que con facilidad se les pudiese meter todo lo necesario para
su manutención.
Yo que he visto la fragosidad de aquel camino, y lo he andado,
tengo para mí que aplicando diez mil hombres, en espacio de diez
años no había bastante para tal fábrica: y ésta sólo un Rey la
pudiera emprender. La ciudad de Barbacoas, de que hablaré a su
tiempo, daba sesenta mil pesos a cualquiera que quisiese facilitar
el camino desde la Provincia de los Pastos hasta Barbacoas, que son
catorce días de camino, y no es tan fragoso, porque yo le he andado
y visto; sólo facilitando que de los Pastos pudiesen entrar bestias
cargadas con manutención, y no se halló sujeto que se atreviese a
admitir la fábrica dando para ello una suma de dinero tan
grande.
Nuestro Comisario, para principio de su proyecto a la sazón
había engañado a los Padres del colegio con su proyecto, y con ello
alcanzó afiliar al colegio, al Padre José Baquero, guardián o
presidente del convento de la ciudad de Almaguer, de quien hablé en
el Tomo Primero, capítulo VI. Este religioso, como vive allí solo,
y el convento no tiene más que diez y siete reales de fundo, él
para vivir, porque allí es una tierra en donde no se pide limosna
más que de papas, y aunque puede ir a pedir limosna a la provincia
de Patía y Taminango, para aperarse de carnes, porque dan becerros
y novillas de que abunda mucho; pero como dista cuatro y ocho días
de camino, y por otra parte son estas provincias en clima de los
más ardientes del Perú, rara vez va el Guardián de Almaguer a pedir
tales limosnas.
El tomó por mejor aperarse de una partida de yeguas, y meterlas
a cría en un buen potrero con un burro lechón, y del producto
buscar para mantenerse. El no lo pasaba mal, porque a su tiempo
hacía amansar las mulas y los machos, y entonces se vendían a buen
precio y de ello vivía. A la sazón tenía el más de sesenta bestias
mulares, y el Comisario, por el interés de tener estas bestias para
el trajín de su pensado proyecto le solicitó que se agregase a la
misión. Él logró su intento, aunque le salió mal, porque al saber
la Provincia de Quito la noticia, ocurrió al Comisario General del
Perú el Provincial, y con orden suya lo destinó morador del
convento de San Juan de Pasto y él, volviendo a recobrar sus
bestias y la cría, que ya tenía en Santa Rosa, primer pueblo de la
misión, como noto en el Tomo Primero, capítulo VI, y se fue
expedido de la misión por inhábil, y lo trasladó a Pasto, donde lo
encontré de conventual, como diré a su tiempo.
El camino acertado y conveniente era poner un hospicio en el
convento de Pasto, que con facilidad lo permitiría la provincia, o
pedirlo al Comisario General del Perú, y que con orden suya se
erigiese en Pasto, y entonces se lograba el alivio de los Padres
conversores, y se hacía un gran beneficio a las conversiones. Y es
la razón: De Caquetá hasta Sibundoy tomando el camino por Santa
Clara de Mocoa hay sólo seis días de camino, y de estos seis, los
dos que hay de Mocoa a Caquetá es tierra llana como noto en el Tomo
Primero capítulo VI. Los cuatro días que hay de Mocoa a Sibundoy
era toda la dificultad componer y abrir el camino para que entrasen
bestias. Y es cosa natural que más presto, con más facilidad, y con
menos costo se habían de poner corriente estos cuatro días,
mayormente estando ya camino hecho de todos los días, que lo tienen
trillado los indios sibundoyes entrando y saliendo a Mocoa todo el
año, que no querer el Comisario, sólo por su capricho, emprender
abrir camino por Almaguer, habiendo veinte y dos días de Almaguer a
Caquetá, camino más fragoso y doblado.
Y la conveniencia que daba el camino por Pasto era mejor que por
Almaguer, porque de Sibundoy a Pasto hay cuatro días de camino que
lo andan bestias; Pasto es tierra abundante de trigo y carne, así
vacuna como ovejuna; hay mucho paño, bayeta y tocuyo todo barato,
que se fabrica en Quito; y por Guayaquil viene a Pasto de Lima
embarcado vino de Chile y fierro de España, y todo esto es más
barato en Pasto que en Popayán. Y teniendo la conducción por
Sibundoy más cerca y más fácil, era una gran conveniencia para los
Padres conversores, y se excusaba el viaje anual al Gran Pará de
Portugal, en que se gastan cinco meses y se tenían de Pasto lo
mismo que allí se compra para apero de los pueblos de la
conversión.
Este proyecto bien lo conocen los Padres del colegio que fuera
el más acertado, pero como todos entonces eran criollos de la
tierra, no lo consentían, porque entonces se les quitaba a los
Padres del colegio el poder quitar al Padre Comisario grandes
partidas de lo que es de los Padres conversores, con la excusa de
que el colegio es pobre y tiene necesidad. Y no es así, porque el
colegio anualmente envía dos religiosos al Chocó, que es provincia
de minerales de oro, y en cosa de cuatro o cinco meses que se gasta
de ida, estada y vuelta, lo regular es traer cuatro mil pesos de
limosna. Después tiene la provincia de Cali, de donde se provee de
carne vacuna y ovejuna con mucha abundancia. Después tiene la
provincia de Antioquia, también toda de minerales de oro, y de
donde no fuera menor la limosna que la del Chocó, y no van allá a
pedir la limosna. Ellos decían: Porque somos pocos. Y yo digo que
la verdad es porque la necesidad no los apretaba. Y era así verdad,
porque con lo que se recogía sólo en Popayán siempre había
sobrado.
Y volviendo a mi historia, digo que con esta canoa en que venía
este hermano Luis bajaba también del pueblo de San Diego el Padre
Fr. Juan Plata, que después murió en Caquetá sin sacramentos,
habiendo allá dos sacerdotes, que eran el Padre Fr. Manuel Navarro,
que fue nuestro Presidente cuando nos partimos de España, y
entonces lo había el colegio despachado a las conversiones, y se
halló presente, y el Padre Fr. Antonio Urrea, que después murió
perdido en el monte. Por la desidia del Comisario no hubo en
Caquetá con qué administrar los sacramentos.
Este pues Padre Fr. Juan Plata bajaba con esta canoa, para ir a
visitar al Padre Fr. Cristóbal Romero, el conversor de los
Amoguajes, que llevo ya apuntado, y eran grandes amigos. Yo le di
noticia de cómo lo dejaba enfermo con tercianas, y que era posible
que lo hallase en La Concepción, según me había él dicho; y que en
La Concepción hallaría también al Padre Urrea convaleciente y le
conté la enfermedad que había tenido. Preguntéle por el Padre Fr.
Antonio Alfaro, de los Mamos, y me dijo: Allí lo hallará, que está
solo en el pueblo, porque el Padre Rosales se ha salido a ver el
Comisario sobre no sé qué diferencia que han tenido los dos. Allá
él se lo contará de raíz.
A este tiempo, el hermano Luis desenvolvió un fardito, y sacó un
lío, y me dijo: Padre Fr. Juan, esto le manda el Padre Comisario.
¿Y qué es esto?, díjele yo. El Padre Plata soltó la carcajada y me
dijo: Hombre, este es el socorro de este año. Aquí envía a cada uno
dos libras de tabaco, dos cajetas de mazamorra de maíz, y catorce
varas de tocuyo gordo. Esto lo decía con tal risa, que apenas lo
pudo acabar de decir. Mas a lo que yo lo vi, dije: ¿Y esto vale
trescientos cuarenta pesos que me da el Rey para mi manutención? ¿Y
yo habré ahora de comer todo este año rabos de mono, y sin ver pan
ni vino? Aquí han parado aquellas largas promesas que nos hizo en
Santa Rosa. Ahora lo veré yo y le ajustaré las cuentas. Llévese,
llévese, hermano Luis, esto, que yo no lo quiero ni lo necesito
tampoco.
Entonces me contó la idea que traía de abrir el camino que llevo
relatada, y el ingreso del Padre Baquero con sus mulas. Con esta
especie me acabé de airar del todo, y de pronto ya maquiné lo que
después hice, como diré adelante.
Con ello nos despedimos, y se fueron ellos río abajo, y yo pasé
río arriba. El otro día, cerca las tres de la tarde, topamos en una
playa una canoita de indios mamos que pescaban, y una india me
regaló un pájaro muy hermoso. El dos veces mayor que un tordo, todo
lleno de pintas de todos colores. La fachada de su cuerpo era de
loro, sólo el pico tenía largo, y los pies altos. Su canto es una
melodía muy sonora, porque forma un tono de guitarra muy acorde,
echando interpuesta varias quiebras muy sonoras. Yo no supe su
nombre, porque a la noche hizo un grande aguacero, y me lo
estropeó, y antes de llegar al Mamo se murió.