INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
FRAY JUAN DE SANTA GERTRUDIS  
UN CRONISTA TARDÍO 

 

  

 Mientras la embarcación es suavemente mecida por las olas, en la cubierta un hombre que porta los hábitos de San Francisco entrecierra los ojos y por su mente pasan los recuerdos de tantas cosas que vio —o creyó ver— en los casi once años en que vivió en las alucinantes tierras del Nuevo Mundo.

  Recuerda que en el canal del Dique podía leer su breviario a la luz de las luciérnagas y que cerca a la ciudad de la Plata había unos guayabos que dan una flor blanca, que cuando cae, a las veinticuatro horas cada pétalo se conviene en mariposa. En el Magdalena vio las boas que paralizan a sus víctimas con el aliento y conoció la garra de un águila que en Chiquinquirá paseó por los aires a un muchacho de catorce años. Cerca de la Mesa de Juan Díaz supo de las hormigas que en vez de tierra sacaban oro que en montoncitos arrumaban al pie de su nido. En la laguna de Guanacas vio dos patos que nunca comen porque son dos demonios que custodian el tesoro que reposa bajo las aguas. En el Putumayo conoció a uno de los miembros de la tribu que anda en cuclillas pero no pudo acercarse a los dos pueblos que cada tres lunas se turnan la posesión del cuerpo incorrupto de un misionero que garantiza la abundancia de pesca en los ríos.

Mientras el barco cruza el océano, el franciscano va poniendo en orden sus recuerdos y decide que algún día escribirá todas aquellas Maravillas de la Naturaleza 

 

Fray Juan de Santa Gertrudis Sena


 

Según datos aportados por el historiador fray Luis Carlos Mantilla R. ofm, fray Juan de Santa Gertrudis Serra, debió nacer en Mallorca en el año de 1724 y recibir la ordenación sacerdotal en 1748/49. De los documentos encontrados por el padre Mantilla, se desprende que era “blanco, sonrosado y de pelo negro “y que en enero de 1757 se embarcó en compañía de otros catorce sacerdotes con destino al colegio de la Virgen de Gracia en Popayán, siendo asignado a las misiones del Putumayo, donde, en 1758, funda el pueblo de Agustinillo. Durante los siguientes nueve años su vida transcurre entre su pueblo en el Putumayo y dos salidas a Santa Fe y a Quito. Regresó a Cadiz en septiembre de 1768y allí reingresa al colegio de Arcos de la Frontera donde había estudiado en la juventud y del cual llegó a ser guardián. Luego vivió en la natal Mallorca hasta su muerte acaecida el 8 de agosto de 1799.

Fuera de las Maravillas de la Naturaleza, fray Juan de Santa Gertrudis escribió una obra titulada Medicina Luliana, que contiene comentarios a la obra de Raymundo Lulio. También se conservan los Tomos II, III y IX de la recopilación de sus sermones bajo el título La virtud en su palacio.

 

El manuscrito de Maravillas de la Naturaleza


 

El manuscrito de Maravillas de la naturaleza se encuentra en la Biblioteca Pública de Palma de Mallorca registrado bajo las signaturas Ms. 401-404, consta de cuatro volúmenes y por cerca de dos siglos pasó ignorado. A mediados de la década de los cincuentas del presente siglo, don José Tudela de la Orden, informó de su existencia a don Guillermo Hernández de Alba, quien logró que la obra fuera incluida en la Biblioteca de la Presidencia de Colombia que dirigía Jorge Luis Arango. Esta primera edición se realizó en 1956, en los tomos 28y 29 de la citada colección y lleva prólogo de don Jesús García Pastor.

La segunda edición se realizó en 1966 en el tomo 98 de la Biblioteca Shering de Cultura Colombiana. Contiene sólo el primer libro de las Maravillas y el prólogo es una síntesis del publicado por García Pastor en la primera edición.

La tercera edición data de 19 7oyfue realizada en la colección Biblioteca Banco Popular en sus tomos 10, 11, 12y 13, con un magnífico prólogo del historiador Luis Duque Gómez.

El estudio más completo realizado hasta la fecha, es el titulado “El último cronista franciscano de la época colonial en el Nuevo Reino de Granada. fray Juan de Santa Gertrudis Serra “. Este trabajo fue leído por fray Luis Carlos Mantilla ofm, al recibirse como miembro de número de la Academia Colombiana de Historia.

 

Entre los cronistas y los viajeros ilustrados

 

Según García Pastor, las Maravillas de la Naturaleza debieron ser escritas con posterioridad a 1771, pero la seguridad del trazo y la calidad de la caligrafía, denotan que el autor se encontraba en plenas condiciones físicas. También sostiene que “Fray Juan escribió sus memorias, buceando en el mar de los recuerdos ya muy trasnochados y necesariamente mezclados. No faltan constantemente, numerosas contradicciones y errores, incluso en asuntos de mucho bulto”.

La cronología es casi imposible de seguir ya que en sólo dos ocasiones el autor da fechas y, como lo ha demostrado Mantilla, hay razones para desconfiar de las mismas. El mismo Santa Gertrudis, en el prólogo al primer tomo, confirma que la obra fue escrita de memoria y sin servirse de apuntes. “Como no iba con ánimo de volver jamás, ni me pasaba por la imaginativa que llegase tiempo en que yo habría de escribir tales especies, no repararía muchas otras cosas, dignas de saberse. Que si yo con ese intento hubiera ido... soy de sentir que ni en seis tomos cabría lo singular que yo he visto; pero como no tenía por entonces tal intento, no las inquirí ni las noté. Y ahora haciendo acto reflejo, me acuerdo de algunas, no las pongo, porque no me informé del nombre de ellas...

Según se desprende del texto de la portadilla de cada uno de los tomos, la obra está dirigida a los “RR.PP. Sacerdotes Misioneros deseosos de la conversión de los indios bárbaros gentiles y consejos necesarios para tan santa obra deben observar y alguna parte de los riesgos y trabajos que para segar en aquella mies son menester de Dios”. Más adelante explica que fue escrita a petición de vahos amigos que lo alentaron para que “escribiese algo de lo que en once años allá había visto y yo siempre me hallaba renuente; hasta por fin hallándome algo desocupado de mis principales obligaciones, a instancias de otro amigo, determiné escribir parte de mi peregrinación y trabajos, sin críticas, ni elevado estilo sino sencillamente lo que he visto.., sin meterme a discurrir filósofo ni metafísica, sino histórico y natural...”.

En efecto, las Maravillas son el testimonio asombrado de un hombre de cultura media del siglo XVIII, que no pretende moralizar ni cuestionar el sistema político. Demuestra su obediencia hasta el punto de aceptar hacerse cargo del pueblo ubicado en el lugar más inhóspito de la Misión y sólo se atreve a formular críticas a sus superiores cuando las injusticias son evidentes. Es un hombre de campo para el cual las poblaciones no ofrecen ningún atractivo. Por ejemplo, Santa Fé, la capital del virreinato, no le merece la más mínima descripción, mientras se solaza renglones enteros en describir minuciosamente una planta o un pájaro.

Se puede afirmar que fray Juan es el último de los cronistas indianos. En su mentalidad sobreviven muchos de los mitos que poblaron la imaginación de los conquistadores. En las descripciones de los primeros cronistas existían monocolos (hombres de una sola pierna), astomos (carentes de boca), esciapodes (que se cubrían del sol con su propio pie), los pandas (canosos en la juventud y de pelo negro en la ancianidad), fuera de las amazonas, los morrudos, los deslenguados, y los desnarigados, los cinocéfalos y los hombres con cola. Con gran precisión, Fray Juan nos describe los pilosos o alabardes, que eran “monstruos que de medio cuerpo para arriba eran criatura y de medio cuerpo para abajo como una fiera y con vello”. El que vio su amigo fray Juan Mateo, era “todavía una guagua y ya tenía siete cuartas de largo. Ellos lo despertaron y se fueron saliendo a toda prisa de aquel paraje, temerosos de que si su madre venia en busca suya, los podía acometer y dañar”.

Sus dudas sobre la existencia de los pilosos las disipa por el testimonio de fray Juan Mateo y porque en la Biblia, en Isaías Cap. 13. V. 21 dice “Et habitabunt íbi struth iones: et pilosi saltabut ibi”: “Y habitaban allí avestruces y los pilosos saltarán allí”. La mentalidad misionera de fray Juan se manifiesta cuando se cuestiona si los pilosi debían ser bautizados pues “supuesto que la parte superior tenía forma humana, bien se podía”.

Fuera de los pilosi, por las páginas de las Maravillas circulan indios que tienen un pie como las cabras, los miembros de otra tribu tienen la pantorrilla del pie en la parte de adelante y otros que desde la rodilla para abajo tienen la pierna al revés, “de suene que el talón es lo que ha de ser la punta del pie”.

En todas aquellas circunstancias para las cuales no encuentra una explicación racional, acude a los dogmas de la Iglesia. Por ejemplo, considera que los indios son la 13a. tribu de Israel y que las inscripciones rupestres de Timaná debieron ser posteriores a la Torre de Babel, donde nació el latín. Al llegar a San Agustín, vio en los monolitos “tres obispos de medio cuerpo hasta la rodilla, de piedra, con su mitra y la mitra alrededor con un galán labrado, y en medio de las mitras de un lado y de otro un engaste en donde estarían tal vez engastadas algunas piedras preciosas como esmeraldas y amatistas. Revestidos están con su roquete... y en la mano izquierda se le conoce que empuñaba báculo pastoral y con la mano derecha daba la bendición... En el dedo índice su sortija sin piedra y en el pecho su venera... De allí fuimos a otro monumento, son cinco frailes franciscanos observantes, de las rodillas arriba labrados de la misma piedra de los obispos...

Al tratar de explicar quién labró aquellas estatuas, a fray Juan no le queda ninguna duda de que fue el demonio “y me fundo en que en la India los indios no tenían fierro y por consiguiente, tampoco instrumentos para poderlos fabricar”.

Si bien las Maravillas de la Naturaleza conservan en buena medida las características de los cronistas de la Conquista, en gran parte del relato se va insinuando la obsesión por describir minuciosamente la naturaleza, característica propia de los viajeros ilustrados del siglo XIX. Por ejemplo, después de cincuenta y seis días de navegación, llegan a Cartagena y el fraile, antes de hacer una reseña de la ciudad, se detiene a describir con todo detalle el casabe, el coco, la piña y el plátano, que intenta comerse con cáscara. Renglones más adelante trata de hacer una relación de las fortalezas del puerto pero bien pronto sucumbe ante la tentación de relacionar todas las aves que lo habitan. En síntesis, es fray Juan un naturalista aficionado, asombrado ante las “maravillas de la naturaleza”; pero sin la formación para conocerla más allá de la intuición. La diferencia más palpable se nota cuando se lee El Diario de Observaciones de José Celestino Mutis, quien viajó a América cuatro años después que nuestro fraile y quien empieza a observar el Nuevo Mundo desde la óptica de la ciencia.

Es interesante comparar la descripción que tanto Mutis como Santa Gertrudis hacen del pez volador.

El primero, al enterarse de que en cubierta ha caído uno, subió “al alcázar y hallé el pescado, cuya figura está representada primorosamente en el dibujo que me franqueó don Luis Lorezana. Procuré hacer una exacta descripción antes que se marchitase. Así lo ejecuté, gastando todo el día. Descubiertos sus caracteres, me pareció que era género distinto y nuevo en la clase de los abdominales, a que lo reduje... Lo cieno es que no hallo luz en el Sistema de Linneus, de su décima impresión, que es el único libro a mano para reducirlo a género conocido “.

Para Fray Juan, el pez volador es “una especie de sardina, que tiene una cuarta y media de largo, y las alas que tiene junto a las agallas son tan largas como el cuerpo, y la proporción de ancho. Así lo proveyó la naturaleza para poder escapar de los taurones. Su volar es como las golondrinas cuando menean las alas a toda prisa”.

En la ingenuidad, casi en el candor con el cual describe la naturaleza, reside el atractivo de este libro. Reconstruyo la imagen y veo al fraile montado en una mula, vistiendo el sayalete azul que vestían los franciscanos de las tierras calien­tes, con ancho sombrero y la guacamaya que le regalaron en Mariquita posada en el hombro. Va recorriendo las sabanas del gran Tolima y su cara debe tener la misma sensación de asombro que tendría la de Adán al otro día de la Creación.

 

Rezagos de la picaresca


 

En sus Horas de Literatura Colombiana, Javier Arango Ferrer sostiene que “hay obras claves que señalan nuevos caminos a la literatura. Las Maravillas de fray Juan tienen ese valor por selvas y caseríos de Colombia en el estilo de la picaresca española. Hay allí lazarillos y guazmanes, clérigos tahúres, falsos curas que engañan y desmonjan clarisas y falsos médicos que engañan a enfermos imaginarios para vaciarles el bolsillo. En el segundo volumen —se refiere a la primera edición— nos sale al encuentro una típica novela picaresca. El protagonista fray Judas armado de marrullas”.

En efecto, el capitulo II del libro tercero que “contiene lo que me pasó en Pasto hasta que llegué al pueblo de Taminango”, comprende dos historias que pueden hacer parte de la mejor antología de la picaresca española.

La primera es la historia de Antonio Flórez, natural de Latacunga y quien tenía “una labia capaz de engañar a Lucifer”. Huyendo de la mujer, viajó a Lima y luego a Charcas donde ingresó al noviciado de los franciscanos. Con conocimientos de la orden seráfica y ya como fray Judas se trasladó a Tucumán donde fundó un convento de clarisas a las cuales arrebató la dote y “dejándolas sin ser monjas, ni poderlo ser, se pasó a Buenos Aires’; donde vivió fingiéndose médico. Al terminarse la dote de las clarisas viajó a Portobelo, Caracas y Cartagena, unas veces como médico y otras como franciscano. Falsificó luego los sellos del General de los hijos de San Francisco y haciéndose pasar por Fiscal del Definitorio de Cuzco se hizo atender como gran autoridad en los conventos de la Nueva Granada. Tenía gran afición por la comunidad hermana de las clarisas. Por desgracia, en Quito fue reconocido por su propia madre y al ser procesado por la Inquisición, lo “mandaron azotar en público, lo penaron en un perpetuo sambenito y lo despacharon a Latacunga a hacer vida con su mujer”.

La segunda historia hace referencia a un hombre que llamaban “el doctor” y que tenía fama de astrólogo con especialidad en conjuros para hacer queridas las mujeres. En Ibarra realizó un aquelarre en el cual reunió gran cantidad de mujeres que hizo colocar alrededor de una fogata “con las faldas levantadas, diciéndoles que la que recibiera más humo por entre las piernas de unos polvos que él echaría en la candela, sería las más querida. Pusiéronse todas a punto y saca él un cartucho con dos libras de pólvora, y tirándolo de golpe a la candela, las chamuscó a todas y salió huyendo “. En Sapuyes fue sorprendido con una niña de ocho años pero él demostró hábilmente su impotencia para estar con ella; en Pasto timó en dos mil pesos a una viuda rica con un falso entierro de monedas de oro.

Constituye pues las Maravillas de la Naturaleza, un libro divertido y ameno, que describe de manera ingenua y a veces fantástica al inmenso y casi desierto Virreinato de la Nueva Granada, y por sobre todo revela la tozudez de aquellos hombres que arriesgaban todo con tal de poder bautizar un niño, una vieja agonizante e incluso un piloso.

Juan Luis Mejía Arango

 

Nota del editor: Para la presente edición se han conservado las normas de trascripción empleadas en la edición de la biblioteca del Banco Popular de 1970.  

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