FRAY JUAN DE
SANTA GERTRUDIS
UN CRONISTA TARDÍO
Mientras la embarcación es
suavemente mecida por las olas, en la cubierta un hombre que porta
los hábitos de San Francisco entrecierra los ojos y por su mente
pasan los recuerdos de tantas cosas que vio —o creyó ver—
en los casi once años en que vivió en las alucinantes tierras del
Nuevo Mundo.
Recuerda que en el canal del Dique
podía leer su breviario a la luz de las luciérnagas y que cerca a
la ciudad de la Plata había unos guayabos que dan una flor blanca,
que cuando cae, a las veinticuatro horas cada pétalo se conviene en
mariposa. En el Magdalena vio las boas que paralizan a sus víctimas
con el aliento y conoció la garra de un águila que en Chiquinquirá
paseó por los aires a un muchacho de catorce años. Cerca de la Mesa
de Juan Díaz supo de las hormigas que en vez de tierra sacaban oro
que en montoncitos arrumaban al pie de su nido. En la laguna de
Guanacas vio dos patos que nunca comen porque son dos demonios que
custodian el tesoro que reposa bajo las aguas. En el Putumayo
conoció a uno de los miembros de la tribu que anda en cuclillas
pero no pudo acercarse a los dos pueblos que cada tres lunas se
turnan la posesión del cuerpo incorrupto de un misionero que
garantiza la abundancia de pesca en los ríos.
Mientras el barco cruza el océano, el franciscano va poniendo
en orden sus recuerdos y decide que algún día escribirá todas
aquellas Maravillas de la Naturaleza
Fray Juan de
Santa Gertrudis Sena
Según datos aportados por el
historiador fray Luis Carlos Mantilla R. ofm, fray Juan de Santa
Gertrudis Serra, debió nacer en Mallorca en el año de 1724 y
recibir la ordenación sacerdotal en 1748/49. De los documentos
encontrados por el padre Mantilla, se desprende que era
“blanco, sonrosado y de pelo negro “y que en enero de
1757 se embarcó en compañía de otros catorce sacerdotes con destino
al colegio de la Virgen de Gracia en Popayán, siendo asignado a las
misiones del Putumayo, donde, en 1758, funda el pueblo de
Agustinillo. Durante los siguientes nueve años su vida transcurre
entre su pueblo en el Putumayo y dos salidas a Santa Fe y a Quito.
Regresó a Cadiz en septiembre de 1768y allí reingresa al colegio de
Arcos de la Frontera donde había estudiado en la juventud y del
cual llegó a ser guardián. Luego vivió en la natal Mallorca hasta
su muerte acaecida el 8 de agosto de 1799.
Fuera de las Maravillas de la Naturaleza,
fray Juan de
Santa Gertrudis escribió una obra titulada Medicina Luliana,
que contiene comentarios a la obra de Raymundo Lulio. También se
conservan los Tomos II, III y IX de la recopilación de sus sermones
bajo el título La virtud en su palacio.
El manuscrito de
Maravillas de la Naturaleza
El manuscrito de Maravillas de la naturaleza
se
encuentra en la Biblioteca Pública de Palma de Mallorca registrado
bajo las signaturas Ms. 401-404, consta de cuatro volúmenes y por
cerca de dos siglos pasó ignorado. A mediados de la década de los
cincuentas del presente siglo, don José Tudela de la Orden, informó
de su existencia a don Guillermo Hernández de Alba, quien logró que
la obra fuera incluida en la Biblioteca de la Presidencia de
Colombia que dirigía Jorge Luis Arango. Esta primera edición se
realizó en 1956, en los tomos 28y 29 de la citada colección y lleva
prólogo de don Jesús García Pastor.
La segunda edición se realizó en 1966 en el tomo 98 de la
Biblioteca Shering de Cultura Colombiana. Contiene sólo el primer
libro de las Maravillas
y el prólogo es una síntesis del
publicado por García Pastor en la primera
edición.
La tercera edición data de 19 7oyfue
realizada en la colección Biblioteca Banco Popular en sus tomos 10,
11, 12y 13, con un magnífico prólogo del historiador Luis Duque
Gómez.
El estudio más completo realizado hasta la fecha, es el
titulado “El último cronista franciscano de la época colonial
en el Nuevo Reino de Granada. fray Juan de Santa Gertrudis
Serra “.
Este trabajo fue leído por fray Luis Carlos
Mantilla ofm, al recibirse como miembro de número de la Academia
Colombiana de Historia.
Entre los
cronistas y los viajeros ilustrados
Según García Pastor, las Maravillas de la Naturaleza
debieron ser escritas con posterioridad a 1771, pero la
seguridad del trazo y la calidad de la caligrafía, denotan que el
autor se encontraba en plenas condiciones físicas. También sostiene
que “Fray Juan escribió sus memorias, buceando en el mar de
los recuerdos ya muy trasnochados y necesariamente mezclados. No
faltan constantemente, numerosas contradicciones y errores, incluso
en asuntos de mucho bulto”.
La cronología es casi imposible de
seguir ya que en sólo dos ocasiones el autor da fechas y, como lo
ha demostrado Mantilla, hay razones para desconfiar de las mismas.
El mismo Santa Gertrudis, en el prólogo al primer tomo, confirma
que la obra fue escrita de memoria y sin servirse de apuntes.
“Como no iba con ánimo de volver jamás, ni me pasaba por la
imaginativa que llegase tiempo en que yo habría de escribir tales
especies, no repararía muchas otras cosas, dignas de saberse. Que
si yo con ese intento hubiera ido... soy de sentir que ni en seis
tomos cabría lo singular que yo he visto; pero como no tenía por
entonces tal intento, no las inquirí ni las noté. Y ahora haciendo
acto reflejo, me acuerdo de algunas, no las pongo, porque no me
informé del nombre de ellas...
Según se desprende del texto de la portadilla de cada uno de
los tomos, la obra está dirigida a los “RR.PP. Sacerdotes
Misioneros deseosos de la conversión de los indios bárbaros
gentiles y consejos necesarios para tan santa obra deben observar y
alguna parte de los riesgos y trabajos que para segar en aquella
mies son menester de Dios”.
Más adelante explica que
fue escrita a petición de vahos amigos que lo alentaron para que
“escribiese algo de lo que en once años allá había visto y yo
siempre me hallaba renuente; hasta por fin hallándome algo
desocupado de mis principales obligaciones, a instancias de otro
amigo, determiné escribir parte de mi peregrinación y trabajos, sin
críticas, ni elevado estilo sino sencillamente lo que he visto..,
sin meterme a discurrir filósofo ni metafísica, sino histórico y
natural...”.
En efecto, las Maravillas
son el testimonio asombrado
de un hombre de cultura media del siglo XVIII, que no pretende
moralizar ni cuestionar el sistema político. Demuestra su
obediencia hasta el punto de aceptar hacerse cargo del pueblo
ubicado en el lugar más inhóspito de la Misión y sólo se atreve a
formular críticas a sus superiores cuando las injusticias son
evidentes. Es un hombre de campo para el cual las poblaciones no
ofrecen ningún atractivo. Por ejemplo, Santa Fé, la capital del
virreinato, no le merece la más mínima descripción, mientras se
solaza renglones enteros en describir minuciosamente una planta o
un pájaro.
Se puede afirmar que fray Juan es el último de los cronistas
indianos. En su mentalidad sobreviven muchos de los mitos que
poblaron la imaginación de los conquistadores. En las descripciones
de los primeros cronistas existían monocolos
(hombres de una
sola pierna), astomos
(carentes de boca), esciapodes
(que se cubrían del sol con su propio pie), los pandas
(canosos en la juventud y de pelo negro en la ancianidad), fuera
de las amazonas,
los morrudos,
los deslenguados,
y los desnarigados,
los cinocéfalos
y los
hombres con cola.
Con gran precisión, Fray Juan nos describe
los pilosos
o alabardes,
que eran “monstruos que
de medio cuerpo para arriba eran criatura y de medio cuerpo para
abajo como una fiera y con vello”. El que vio su amigo fray
Juan Mateo, era “todavía una guagua y ya tenía siete cuartas
de largo. Ellos lo despertaron y se fueron saliendo a toda prisa de
aquel paraje, temerosos de que si su madre venia en busca suya, los
podía acometer y dañar”.
Sus dudas sobre la existencia de los pilosos las disipa por
el testimonio de fray Juan Mateo y porque en la Biblia, en Isaías
Cap. 13. V. 21 dice “Et habitabunt íbi struth iones: et pilosi
saltabut ibi”:
“Y habitaban allí avestruces y los
pilosos saltarán allí”. La mentalidad misionera de fray Juan
se manifiesta cuando se cuestiona si los pilosi
debían ser
bautizados pues “supuesto que la parte superior tenía forma
humana, bien se podía”.
Fuera de los pilosi,
por las páginas de las
Maravillas
circulan indios que tienen un pie como las cabras,
los miembros de otra tribu tienen la pantorrilla del pie en la
parte de adelante y otros que desde la rodilla para abajo tienen la
pierna al revés, “de suene que el talón es lo que ha de ser la
punta del pie”.
En todas aquellas circunstancias para
las cuales no encuentra una explicación racional, acude a los
dogmas de la Iglesia. Por ejemplo, considera que los indios son la
13a. tribu de Israel y que las inscripciones rupestres de Timaná
debieron ser posteriores a la Torre de Babel, donde nació el latín.
Al llegar a San Agustín, vio en los monolitos “tres obispos de
medio cuerpo hasta la rodilla, de piedra, con su mitra y la mitra
alrededor con un galán labrado, y en medio de las mitras de un lado
y de otro un engaste en donde estarían tal vez engastadas algunas
piedras preciosas como esmeraldas y amatistas. Revestidos están con
su roquete... y en la mano izquierda se le conoce que empuñaba
báculo pastoral y con la mano derecha daba la bendición... En el
dedo índice su sortija sin piedra y en el pecho su venera... De
allí fuimos a otro monumento, son cinco frailes franciscanos
observantes, de las rodillas arriba labrados de la misma piedra de
los obispos...
Al tratar de explicar quién labró
aquellas estatuas, a fray Juan no le queda ninguna duda de que fue
el demonio “y me fundo en que en la India los indios no tenían
fierro y por consiguiente, tampoco instrumentos para poderlos
fabricar”.
Si bien las Maravillas de la Naturaleza
conservan en
buena medida las características de los cronistas de la Conquista,
en gran parte del relato se va insinuando la obsesión por describir
minuciosamente la naturaleza, característica propia de los viajeros
ilustrados del siglo XIX. Por ejemplo, después de cincuenta y seis
días de navegación, llegan a Cartagena y el fraile, antes de hacer
una reseña de la ciudad, se detiene a describir con todo detalle el
casabe, el coco, la piña y el plátano, que intenta comerse con
cáscara. Renglones más adelante trata de hacer una relación de las
fortalezas del puerto pero bien pronto sucumbe ante la tentación de
relacionar todas las aves que lo habitan. En síntesis, es fray Juan
un naturalista aficionado, asombrado ante las “maravillas de
la naturaleza”; pero sin la formación para conocerla más allá
de la intuición. La diferencia más palpable se nota cuando se
lee El Diario de Observaciones
de José Celestino Mutis,
quien viajó a América cuatro años después que nuestro fraile y
quien empieza a observar el Nuevo Mundo desde la óptica de la
ciencia.
Es interesante comparar la
descripción que tanto Mutis como Santa Gertrudis hacen del pez
volador.
El primero, al enterarse de que en cubierta ha caído uno,
subió “al alcázar y hallé el pescado, cuya figura está
representada primorosamente en el dibujo que me franqueó don Luis
Lorezana. Procuré hacer una exacta descripción antes que se
marchitase. Así lo ejecuté, gastando todo el día. Descubiertos sus
caracteres, me pareció que era género distinto y nuevo en la clase
de los abdominales, a que lo reduje... Lo cieno es que no hallo luz
en el Sistema de Linneus, de su décima impresión, que es el único
libro a mano para reducirlo a género conocido
“.
Para Fray Juan, el pez volador es
“una especie de sardina, que tiene una cuarta y media de
largo, y las alas que tiene junto a las agallas son tan largas como
el cuerpo, y la proporción de ancho. Así lo proveyó la naturaleza
para poder escapar de los taurones. Su volar es como las
golondrinas cuando menean las alas a toda prisa”.
En la ingenuidad, casi en el candor
con el cual describe la naturaleza, reside el atractivo de este
libro. Reconstruyo la imagen y veo al fraile montado en una mula,
vistiendo el sayalete azul que vestían los franciscanos de las
tierras calientes, con ancho sombrero y la guacamaya que le
regalaron en Mariquita posada en el hombro. Va recorriendo las
sabanas del gran Tolima y su cara debe tener la misma sensación de
asombro que tendría la de Adán al otro día de la Creación.
Rezagos de la
picaresca
En sus Horas de Literatura Colombiana,
Javier Arango
Ferrer sostiene que “hay obras claves que señalan nuevos
caminos a la literatura. Las Maravillas
de fray Juan tienen
ese valor por selvas y caseríos de Colombia en el estilo de la
picaresca española. Hay allí lazarillos y guazmanes, clérigos
tahúres, falsos curas que engañan y desmonjan clarisas y falsos
médicos que engañan a enfermos imaginarios para vaciarles el
bolsillo. En el segundo volumen —se refiere a la primera
edición— nos sale al encuentro una típica novela picaresca. El
protagonista fray Judas armado de
marrullas”.
En efecto, el capitulo II del libro
tercero que “contiene lo que me pasó en Pasto hasta que llegué
al pueblo de Taminango”, comprende dos historias que pueden
hacer parte de la mejor antología de la picaresca
española.
La primera es la historia de Antonio
Flórez, natural de Latacunga y quien tenía “una labia capaz de
engañar a Lucifer”. Huyendo de la mujer, viajó a Lima y luego
a Charcas donde ingresó al noviciado de los franciscanos. Con
conocimientos de la orden seráfica y ya como fray Judas se trasladó
a Tucumán donde fundó un convento de clarisas a las cuales arrebató
la dote y “dejándolas sin ser monjas, ni poderlo ser, se pasó
a Buenos Aires’; donde vivió fingiéndose médico. Al terminarse
la dote de las clarisas viajó a Portobelo, Caracas y Cartagena,
unas veces como médico y otras como franciscano. Falsificó luego
los sellos del General de los hijos de San Francisco y haciéndose
pasar por Fiscal del Definitorio de Cuzco se hizo atender como gran
autoridad en los conventos de la Nueva Granada. Tenía gran afición
por la comunidad hermana de las clarisas. Por desgracia, en Quito
fue reconocido por su propia madre y al ser procesado por la
Inquisición, lo “mandaron azotar en público, lo penaron en un
perpetuo sambenito y lo despacharon a Latacunga a hacer vida con su
mujer”.
La segunda historia hace referencia a un hombre que llamaban
“el doctor” y que tenía fama de astrólogo con
especialidad en conjuros para hacer queridas las mujeres. En Ibarra
realizó un aquelarre en el cual reunió gran cantidad de mujeres que
hizo colocar alrededor de una fogata “con las faldas
levantadas, diciéndoles que la que recibiera más humo por entre las
piernas de unos polvos que él echaría en la candela, sería las más
querida. Pusiéronse todas a punto y saca él un cartucho con dos
libras de pólvora, y tirándolo de golpe a la candela, las chamuscó
a todas y salió huyendo “.
En Sapuyes fue sorprendido
con una niña de ocho años pero él demostró hábilmente su impotencia
para estar con ella; en Pasto timó en dos mil pesos a una viuda
rica con un falso entierro de monedas de
oro.
Constituye pues las Maravillas de la Naturaleza,
un
libro divertido y ameno, que describe de manera ingenua y a veces
fantástica al inmenso y casi desierto Virreinato de la Nueva
Granada, y por sobre todo revela la tozudez de aquellos hombres que
arriesgaban todo con tal de poder bautizar un niño, una vieja
agonizante e incluso un piloso.
Juan Luis Mejía
Arango
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Nota del editor: Para la
presente edición se han conservado las normas de trascripción
empleadas en la edición de la biblioteca del Banco Popular de
1970.
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