|
|
|
|
Esta edificación, primera en su género en el territorio hispanoamericano, fue concebida
por el sabio José Celestino Mutis (1737-1808), quien se apoyó en los conocimientos
constructivos del fraile capuchino fray Domingo de Petrés (1759-1811), y materializa una
de las últimas iniciativas emprendidas por Mutis dentro de la Expedición Botánica.
A pesar de ser una obra modesta en tamaño y costo, el Observatorio Astronómico se
consideró una de las obras más singulares que se hicieron en América del Sur durante la
dominación española, por cuanto su construcción está vinculada al proceso ideológico
de la ilustración,
reflejado en la Expedición Botánica, y adicionalmente se realizó al margen de los
estamentos académicos establecidos por la corona para supervizar el desarrollo
científico, técnico y estético. Para el diseño del Observatorio Astronómico no se
pidió autorización ni del Real Cuerpo de Ingenieros Militares o de Marina, ni tampoco de
la Real Academia de San Fernando en Madrid, que era la instancia previa a la iniciación
de cualquier proyecto arquitectónico importante de la época y que usualmente dilataba o
simplemente no aprobaba los diseños provenientes de América, por considerar que sus
autores no tenían la preparación académica suficiente.
En este caso, así era; Petrés no había estudiado arquitectura y había adquirido sus
conocimientos de constructor trabajando como albañil en España, antes de zarpar hacia el
Nuevo Mundo.
El observatorio tiene una planta en forma octogonal, con un cuadrado adosado en uno de los
lados, posee dos niveles y una azotea. El más bajo, servía como habitación para el
astrónomo. El nivel siguiente fue concebido para que desde allí se realizaran las
observaciones a través de siete ventanas verticales y alargadas. Posee una torre dentro
de la cual se desarrolla la escalera, que originalmente remataba en una azotea, pero que
luego fue cubierta.
Se escogió para su construcción el jardín de la casa donde funcionaba la Expedición
Botánica. Los trabajos se iniciaron el 24 de mayo de 1802, finalmente se concluyeron el
20 de agosto de 1803. Dos años después, en diciembre de 1805, llegó a trabajar en él
uno de sus habitantes más ilustres: Francisco José de Caldas, quien a propósito
escribiría después: "Yo me hallo con mediana salud, sepultado en el observatorio y
entregado a la contemplación de los cielos de esa bóveda que publica en todos los
momentos la gloria de su autor. Yo soy feliz en esta soledad, nada turba un reposo fundado
en unos conocimientos sublimes y virtuosos". Caldas murió tiempo después fusilado
por los españoles y el observatorio permaneció saqueado y abandonado por muchos años;
sirvió luego como bodega para una señora que fabricaba helados y como prisión para el
expresidente Tomás Cipriano de Mosquera.
A finales del siglo XIX fue ocupado por Julio Garavito (1865-1920), quien desde allí
ideó un método especial para precisar la latitud de un lugar con un simple teodolito,
determinó el clima de Bogotá y estableció el empleo de la hora oficial. Garavito se
haría célebre también por disipar la alarma que reinaba en el público bogotano, que
temía una catástrofe en la noche de 18 de mayo de 1910 cuando pasó cerca de la Tierra
la cola del cometa Halley; él explicó que la cola de éste no era gas ni materia
arrastrada por el núcleo, sino una simple ráfaga luminosa absolutamente inofensiva.
En los años cincuenta del siglo XX, la manzana del observatorio fue demolida,
desapareciendo con ella la casa de la Expedición Botánica y el teatro Municipal; en su
lugar fue construida la Casa de Nariño, en cuyos jardines ha quedado medio olvidada esta
célebre edificación, a la sombra de cuyos muros ha transcurrido buena parte de la
historia de la ciencia del país.
|