APUNTES AUTOBIOGRÁFICOS
A fuerza de ser como todos, y aun de ser majadero, he venido a
ser un personaje enigmático. Quién me tiene sólo por hombre de
negocios, y aun de los más avisados, porque habiendo tenido noticia
de alguno que he hecho y que no ha salido mal, no ha tenido noticia
de los cien mil que he dejado de hacer; quién, viendo que no gasto
lujo, a pesar de mis relaciones con muchos que lo gastan, me
califica de sabido; quién, al ver que suelo rozarme con gentes que
hacen papel, imagina que yo pudiera hacerlo, pero que por una
especie de filosofía, me agacho y me mantengo procul negotiis.
Muchos, conociéndome como conservador viejo y no ignorando que he
escrito cosas que se han impreso, me atribuyen la mitad de lo que
sobre política se escribe. Todos, todos, todos están engañados, y
lo están tanto como los que me tienen por gran literato, los que
quedarían lelos si supieran la estúpida bostezadera con que escucho
las doctas disertaciones de mis amigos doctos sobre Virgilio, sobre
Bryant o sobre Müller.
De mis amigos y conocidos, unos me oyen como a un oráculo,
teniéndome por hombre de consejo, cuerdo y prudente como un
Fernández Madrid, otros que no pienso sino en volverlo todo mecha y
en observar ridiculeces para escribir cosas divertidas. No es
extraño; yo soy inclinado a la frivolidad y me alampo por un buen
chiste o por unos versos chuscos; no leo obra seria sino apremiado
por una necesidad, y he leído siempre novelas y toda suerte de
libros entretenidos.
Pero al mismo tiempo he tenido el hábito de mirar con seriedad
todo lo serio, y por amor propio he procurado ganar y conservar
reputación de sesudo y circunspecto siempre que en ocasiones serias
ha habido quien quiera oír mi dictamen. Asimismo, por amor propio,
he sido cumplido y exacto hasta la extravagancia.
Nada tuve como mío en mi juventud; y aun después de casado hubo
época en que no contaba más que con veinte pesos mensuales que
ganaba haciendo clases. Pero jamás dejé de contar seguramente con
que cuando la necesidad fuera seria y apurada, mi familia vendría
en mi ayuda. He conocido, pues, la pobreza, casi la indigencia; y
sin embargo me he asemejado a los ricos herederos que siempre han
mirado a lo porvenir con serenidad y confianza.
Los principios cristianos se arraigaron en mí tan hondamente,
merced a las enseñanzas, al ejemplo y a la atmósfera moral que, en
lo doméstico, me rodeaba, que las peores amistades en que caí en
una parte de mi juventud, no me hicieron vacilar jamás por un
instante en materia de creencia.
Nunca he tocado, cantado, bailado, remedado, ni he Tenido
ninguna gracia, pero no he hecho mal papel en las reuniones, y aun
ha habido temporada en que he sido mirado como el alma de algunas.
De joven sobresalía en algunos ejercicios corporales y era
excelente jinete. Y al mismo tiempo no podía bajarme sin que me
ayudaran de una ventana a donde me hubiera subido, ni entrar en
agua que me diera arriba de la rodilla.
Creo que forma parte de mi carácter cierto candor o candidez que
muy pocos o ninguno habrán sospechado en mí. He tenido más
propensión a creer en la buena fe de los demás de la que en estos
tiempos conviene tener. He dado mucha importancia a las cosas
pequeñas. Me he creído obligado a seguirles seriamente la
conversación que me entablen, sea la que fuere, a cuantos prójimos
me han escogido por oyente, hasta a los borrachos y a los
jubilados, a quienes todo el mundo vuelve la espalda, a quienes
nadie habla sino en son de mofa. Me he dejado dominar de temores y
aprensiones que no suelen mortificar sino a la gente más vulgar. A
los artesanos y a los ganapanes a quienes he ocupado, aunque no
haya sido sino por un solo día, los he mirado como a los antiguos
arrendatarios de la hacienda de la familia; he supuesto en ellos
cierta fidelidad a mi persona, lo que en verdad me ha ocasionado
buenos chascos.
De mi tío Juan Antonio Marroquín aprendí muchas cosas que no
habría aprendido de ningún otro hombre con quien me hubiera
educado; como aquello de seguirle conversación a todo el mundo, y a
tratar a todo género de personas, en cualesquiera circunstancias,
del modo más propio para que no vayan a quedar descontentas ni a
sentirse humilladas. A entrambos nos ha costado caro algunas veces
el dejarnos llevar demasiado de esa inclinación, que en ambos ha
rayado en pusilanimidad.
Otro, en las situaciones en que me he encontrado, gastando
cierta dosis de lo que llaman filosofía y un poco de egoísmo,
hubiera podido sacar gran partido de las ventajas con que la suerte
me ha brindado y habría sido comparativamente un hombre feliz.
Pero, en parte por timidez, en parte por lo bueno que hubo en mi
educación, en parte por haberme habituado a no pensar con mi cabeza
acerca de mis propias cosas, y en parte por pereza, no he sabido
sacar tal partido.
Los reveses y las tribulaciones que a mi me han afligido no han
sido mayores ni más numerosos que los que caen sobre casi todos los
que se hallan en circunstancias semejantes a las mías; pero mi
temperamento nervioso, migran propensión a la melancolía y sobre
todo el haber sido criado como niño mimado, me han hecho sentirme
en la mitad de mi vida como un hombre desgraciadísimo. Hoy miro
como cosa casual y como la menos natural el que salga bien
cualquier cosa que me interese, y aun me inclino a admirarme de que
dejen de venir sobre mí los reveses que he llegado a mirar como
posibles.
Apenas habrá habido quien sienta más dificultad que yo para
echar nones, sea a lo que fuere. Todo proyectista entusiasta que me
ha escogido para colaborador en sus empresas ha hallado en mí por
lo menos un oyente que ha hecho lo posible por manifestar que
participa de las ideas y del entusiasmo ajenos. No pocas veces me
he dejado arrastrar, contra toda mi inclinación, a tomar parte
activa en la ejecución de proyectos notoriamente descabellados, y
muchísimas he prometido cooperar a la realización de otros sabiendo
muy bien que no había de tener después ni ánimo ni resolución para
cumplir lo ofrecido. Esto me ha sucedido principalmente en empresas
literarias y filantrópicas. Pero no ha dejado de acaecerme
tratándose de negocios y de intereses. A menudo he sido dupa de
pillastres de mayor o de menor cuantía, y lo he sido y lo sigo
siendo a ojos abiertos, merced a esa mi dificultad para decir que
no. Debo esta recomendable prenda en parte a mi debilidad de
carácter y en parte al amor propio, que acierta a pintarme siempre
como más halagüena la situación en que he de quedar condescendiendo
que la en que quedaría echando nones.
Nada puedo emprender sin vencer primero gran repugnancia y
desaliento y una especie de sueño que no es del que sirve para
dormir.
Aquella misma necesidad de movimiento de ha inducido siempre a
ocuparme en asuntos ajenos que me han valido para con muchos la
fama de muy servicial y caritativo, y que me han ocasionado
numerosas inquietudes y muchos de aquellos pequeños sinsabores que,
sin alcanzar a hacer desgraciada la vida, sí la enturbian y la
hacen pesada.
A esa disposición a prestar servicios, a mi dificultad para
echar nones de cualquier linaje y a otras circunstancias habría yo
podido deber el tener muchos y muy adictos amigos; pero la pereza y
cierto encogimiento que debo a las dificultades en que me pone la
excesiva miopía, han hecho de mí el hombre menos cumplido y puntual
en materia de visitas, cartas y demás atenciones sociales, que
alimentan los diversos afectos y relaciones que son conocidos con
el nombre de amistad.
En cuanto a la amistad propiamente dicha, me juzgaría yo
bastante desfavorablemente, pues no he dejado de ser olvidadizo;
pero nunca me he abstenido de defender con calor, hasta a aquellos
de quienes apenas sospecho que me tienen por amigo, en toda ocasión
en que delante de mí se ha hablado contra ellos. Buena tarea he
tenido defendiendo siempre en conversaciones sobre política a
Herrera, a Vergara, a Samper y hasta a Santiago Pérez.
Si me he calificado de poco puntual en cuanto a atenciones de
mero cumplimiento, debo declarar que siempre que se atraviesa cosa
formal, como cita o promesa de desempeñar encargos, soy, aunque
creo que por pura vanidad, nimiamente exacto y escrupuloso. Me
precio, particularmente en casa, de que a mi nada se me olvida; y a
fin de no quedar mal, me valgo de arbitrios para que, aunque la
memoria me sea infiel no falte algo que en los días o a las horas
que sea menester me recuerde lo que debo hacer o lo que he
prometido.
Lo bueno que yo haya hecho, habrá sido resultado de una
intuición, de un primer movimiento. Si tengo que pensar, o que
reflexionar o que comparar las ventajas de una cosa con sus
inconvenientes, necesito escribir o conversar.
Con este defecto se armoniza el de mi suma irresolución. Cuando
yo tomo un partido, lo tomo o porque ya llega la última hora en que
tengo que resolverme, o porque hay influencia extraña que me
determine.
Como ya lo dije, he pasado mucha parte de mi vida ocupado en
cosas ajenas y en cosas menudas, menudísimas. Vivo siempre lleno de
afán pensando que lo que estoy haciendo hubiera debido dejar lugar
a otra cosa más urgente. Llevo a todas horas conmigo un largo
memorándum. Lo que está apuntado en él tiene, por el hecho de
estarlo, la misma importancia que tendría para mí el salvar la vida
a todos mis hilos. Cada día me apuro a despachar el memorándum
desde temprano, y empiezo a dar los pasos necesarios aunque sepa a
ciencia cierta que todavía no he de encontrar a las personas con
quienes haya de tocar o que aún no están abiertas las tiendas,
oficinas, etc., donde tengo que hacer algo.
He gastado mucha parte de mi tiempo en corregir pruebas de
imprenta, por complacer a cualquier quídam o porque salgan sin
errores cosas que no me importan un bledo; en redactar avisos,
convites, solicitudes y majaderías ajenas, de toda especie; y, lo
que ha sido peor, en corregir ensayos en prosa y en verso de malos
aspirantes a la literatura, ya porque no he tenido cara para
rehusarles el servicio, ya porque he creído cándidamente que podía
serles de verdadera utilidad. Tanto en tales correcciones como en
la censura de escritos de mis amigos y de otras personas hábiles,
he procedido siempre con conciencia, rigor y sinceridad; y jamás me
ha llevado a mal mi franqueza.
He tenido invencible afición a maniobras. y me he preciado de
diestro en muchas, siéndome más sensible que me censuren el modo
como he puesto cerradura a una puerta, que el que lo hagan con una
producción literaria. ¿Soy realmente cobarde como me lo he figurado
siempre?
He evitado las ocasiones de experimentarlo, con tanto esmero y
tanta previsión que no puedo asegurar que lo sea, ni tampoco lo
contrario. Tres veces, sin embargo, he podido probar que en caso
serio e importante no me acobardo ni vuelvo la espalda al
peligro.
En cuanto al valor para resistir la desgracia, puedo decir que
lo poseo para lo grande y que me falta para lo pequeño. Creo que
esto es lo que sucede a casi todo el mundo. Aquel mi candor de que
he hablado es rasgo tan característico de mi fisonomía moral, que
no puedo omitir otros pormenores relativos a eso. Si hago que un
comerciante me muestre un articulo, ya me creo obligado a
comprárselo; y si pregunto a un menestral cuánto mc llevaría por
hacerme una obra y le hago perder tiempo en explicaciones, ya no me
atrevo, sin hacerme mucha violencia, a dejar de hacer el trato con
él.
Me siento obligado a conocer por sus nombres a todos los hijos e
hijas de mis parientes y amigos, y me veo en penosísimo embarazo
cuando me tengo que rozar con ellos y no los conozco. Tengo acá
para mí la pretensión de pasar por el patriarca de la tribu, y esto
no por orgullo ni presunción. Esta manía me pone en apuros que
conozco son ridiculísimos, y me hace dejar de tratar a muchas
familias con quienes debería cultivar relaciones.
Y no obstante ese candor, creo que no habrá nadie que esté más
libre que yo de ilusiones de otro linaje. En todas las cosas veo la
parte real y positiva; sobre todo la parte que pueda tener la
flaqueza humana. La parte ridícula de las acciones humanas se me
presenta tan pronto que, si yo fuera escritor o poeta satírico, o
si tuviera lengua maldiciente, sería un azote de la sociedad. Por
fortuna no solo carezco de dotes que hagan temibles mi ingenio y mi
lengua, sino que a esa fácil percepción de lo ridículo se uncen mi
un sentimiento mezclado de lástima y de vergüenza por los demás,
que me hace mirar como una indignidad aun formular para mi solo la
sátira o la zumba. Lo que puede calificarse de satírico entre lo
que yo he escrito, va siempre dirigido contra clases numerosas y
jamás contra personas determinadas.
De tal modo me domina el respeto y el amor a mis mayores, que
creo sentir que ellos son los que viven en mi o que yo soy un ser
en quienes ellos se han transfundido. No me hallo en mi centro sino
viviendo donde ellos vivieron y usando de las cosas que ellos
usaron. Quisiera que en mi casa todo fuera reproducción o copia
fiel de lo que era la casa de mis abuelos. Nada es para mi más
disonante que los usos nuevos que por inevitable necesidad de la
época se introducen en casa.
Cuando en algún rato me siento bien desocupado, bien dueño de mi
tiempo y de mi persona, lo que me pide el cuerpo y lo que realmente
me pongo a hacer muchas veces, es repasar papeles antiguos de la
familia, sobre todo las cartas que se han conservado. Con ese
entretenimiento me harto de la melancolía a que soy tan inclinado y
satisfago ese deseo de sentirme como si viviera con mis
antepasados.
JOSÉ MANUEL MARROQUÍN