NARCOTRÁFICO Y DEMOCRACIA: LA EXPERIENCIA COLOMBIANA
Jorge Orlando Melo
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CONFRONTACIÓN Y GUERRA

Durante el periodo de 1980/84 comenzó la confrontación del narcotráfico con la sociedad y el estado. Por un lado, las gentes de la droga consolidaron sus fortunas, adquirieren poder político y lograron comprar su propia impunidad judicial o imponerla por la fuerza. Ni el gobierno de Turbay ni el de Betancur parecen haber considerado como un peligro serio el surgimiento de las figuras del narcotráfico: Ochoas, Escobar, Lehder, Santacruz, Rodríguez. Algunos de estos traficantes pretendieron legitimarse u obtener impunidad adicional ingresando al parlamento. En la campaña electoral de 1982 el único sector que se enfrentó a los capos fue el del disidente liberal Luis Carlos Galán. En el caso de Betancur, sus inclinaciones nacionalistas y la búsqueda de una política más independiente frente a los Estados Unidos lo llevaron a rechazar, por razones ideológicas, la extradición. Al rechazarla, se vio obligado a intensificar los esfuerzos de control internos. La captura del inmenso laboratorio de Tranquilandia, en un momento en el que la lucha policial y judicial contra la droga la encarnaba el ministro de justicia galanista Rodrigo Lara, constituyó la declaración implícita de guerra. Los jefes de la droga asesinaron al ministro de justicia y el gobierno de Betancur abrió entonces la puerta a la extradición de colombianos a los Estados Unidos. Lo que estaba en juego era, para los jefes de los carteles, mucho más serio. Comenzó entonces un ritual que acompañaría la lucha contra el narcotráfico en los próximos años: la retaliación estatal, tan pronto se producía el asesinato de figuras públicas importantes o de gran significación, expresada en miles de capturas de sospechosos en unas cuantas horas, la confiscación de vehículos y aviones, la ocupación de propiedades y haciendas, la mayoría de las cuales volvían a sus dueños - a veces después de procesos judiciales que confirmaban su legítima propiedad- a los pocos meses o años. Después de estos períodos de actividad febril volvía la calma y se reemplazaban por épocas de indiferencia y tranquilidad, en el que los jefes de la droga reaparecían desempeñando sus papeles de dirigentes del fútbol o consumidores conspicuos, mientras la acción estatal se concentraba en la búsqueda de laboratorios o la captura de cargamentos, cuando no desaparecía casi por completo.

 Los niveles de violencia que se habían comenzado a subir sobre todo desde 1985 siguieron aumentando rápidamente hasta 1991, cuando comenzaron a ceder lentamente. Son los 7 años de que podrían llamarse de la guerra de la coca. Una acción vigorosa, así fuera algo discontinua, del gobierno contra el tráfico, mediante operativos amplios y la destrucción de grandes laboratorios, sujetó a los traficantes a una gran presión, a la que respondieron con violencia creciente contra los funcionarios públicos. En particular el tema de la extradiciones se convirtió en el motivo central de la guerra, como antes de 1984 lo había sido la destrucción de laboratorios. El conflicto se convirtió en guerra abierta por el esfuerzo de los narcotraficantes, orientados por Escobar y Rodríguez Gacha de demostrar que podían forzar al gobierno a acomodarse a sus reglas mediante una campaña de terrorismo generalizado. Son muy complejos los procesos de escalamiento bilateral que se produjeron entre 1984 y 1990, y no puedo por ello entrar en ningún detalle: baste decir que entre 1987 y 1990, durante el gobierno de Virgilio barco (1986-1990). u en especial después del asesinato del procurador general de la Nación Carlos Mauro Hoyos en 1987, estuvo caracterizado por la adopción del terrorismo como estrategia de los principales jefes de los carteles, y desde agosto de 1989, por una nueva ola de activismo estatal que incluyó esta vez una campaña muy amplia para confiscar los activos de los traficantes.[3]

Los narcotraficantes respondieron usualmente a las medidas cada vez más drásticas del estado con un ejercicio simultaneo de acciones terroristas y con el lanzamiento de propuestas de negociación.[4] El terrorismo, más que un arma de realización, comenzó a funcionar como mecanismo de presión para negociar. Sin embargo, lo que los traficantes del grupo que se denominó de los extraditables proponían -y que muchos colombianos prominentes, como el ex presidente Alfonso López Michelsen o el escritor Gabriel García Márquez consideraron una propuesta razonable- era en esencia que se les garantizara que no serían extraditados para ser juzgados en los Estados Unidos, que sus fortunas serían respetadas y que recibirían una total amnistía judicial. A cambio de esto ofrecían retirarse del negocio e incluso ejercer presión sobre los grupos relativamente independientes (que en todo caso representaban y siguen representando una proporción muy alta del negocio colombiano[5]) para obligarlos a disminuir su acción comercial.

Este periodo terminó, desde el punto de vista de la confrontación, en una especie de empate: quedó claro que el grupo de Escobar y los que estaban asociado con el no podían intimidar seriamente al gobierno y que frente al terrorismo la respuesta estatal era de un endurecimiento cada vez mayor. Esto fue lo que ocurrió en 1989 cuando los traficantes asesinaron al candidato liberal Luis Carlos Galán ( y a otros dos candidatos presidenciales de la izquierda a comienzos de 1990)[6], volaron un avión comercial en pleno vuelo y destruyeron, con docenas de víctimas civiles, el edificio del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS). Era ya evidente que los barones de la droga no aceptarían ningún acuerdo que no incluyera garantías completas de impunidad. Y por otra parte, el gobierno no podía, por razones legales, éticas y políticas, justificar una negociación con quienes estaban poniendo bombas contra la población civil o asesinando a sus propios funcionarios.

Mientras tanto, las acciones propias del estado para enfrentar el narcotráfico seguían mostrando su ineficacia: el tráfico seguía y los terroristas se encontraban libres. El único éxito notable fue la muerte, a fines de 1989, de Gonzalo Rodríguez, el "mejicano". La opinión publica, fatigada por la violencia, le retiraba cada vez más su simpatía a los traficantes, antes populares, pero atribuía al gobierno buena parte de la responsabilidad de la violencia, por no hacer las concesiones solicitadas por los empresarios de la droga.

Por otro lado, la violencia de la guerra hizo imposible una solución que tuvo siempre bastantes partidarios: mantener el diagnóstico de que la droga es un problema de los países consumidores, generado por la demanda, y que debía por ello combatirse en las escuelas, hospitales, prisiones y centros de rehabilitación de los países desarrollados[7], sin que haya razones sólidas para combatirla en los países productores. El gobierno de Barco, al impulsar una guerra total contra el tráfico de droga en 1989, cavo una fosa infranqueable entre el narcotráfico y los principales sectores de la sociedad colombiana, convirtió por muchos años en impensable hacer a los traficantes las amplias concesiones que proponían, creó barreras basadas en el espíritu de cuerpo en el ejercito y la policía que eliminaron la tolerancia, antes frecuente, con quienes trabajaban en llave con los jefes de los carteles, en especial los de Medellín. Y con la aplicación de extradiciones, el embargo masivo de propiedades, la detención de miles de personas (aunque esto nunca fue ni sistemático ni jurídicamente muy sólido) puso a los narcotraficantes a la defensiva e hizo que para ellos comenzara a parecer conveniente un acuerdo con el estado, incluso si tenían que estar dispuestos a hacer algunas concesiones significativas. Por último, el gobierno de Barco, que encabezó este radical enfrentamiento, se apoyó conceptualmente, para el diseño de sus políticas, en la distinción entre lo que se llamo narcoterrorismo y el narcotráfico. Aunque la distinción no se aplico con la coherencia que habría sido conveniente, permitió distinguir entre una actitud de enfrentamiento total, considerado por la opinión como absolutamente legítimo, hacia el terrorismo, y unas políticas más flexibles en relación con el tráfico mismo.

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[3] Par un análisis más detallado de la confrontación entre los traficantes y el estado en estos años, ver Melo y Bermúdez (1994). Hay un inmenso cuerpo de literatura sobre las drogas en Colombia, pero síntesis generales pueden buscarse en Arrieta et. al.- (1990), Bagley y Tokatlián (1990) y Vargas (1994).

[4] Las primeras propuestas de negociación provinieron de los narcotraficantes Lehder y Escobar en 1993 y fueron hechas al procurador general Carlos Jiménez Gómez. En 1984 tuvieron lugar las primeras conversaciones.

[5] La cifra convencional de que el Cartel de Cali controla el 80% del trafico de cocaína colombiana no es más que retórica pública de la DEA.

[6] Las circunstancias que rodearon el asesinato de los dos candidatos presidenciales Carlos Pizarro, antiguo dirigente guerrillero del M.-19, y de Bernardo Jaramillo, de la coalición izquierdista Unión Patriótica siguen confusas. Escobar fue acusado por los asesinatos pero declaró su inocencia con mayor énfasis al usual. (Strong, 1995, p. 236.). Debe considerarse razonable la hipótesis de que los asesinatos hayan sido planeados por servicios secretos opuestos a las políticas del gobierno, o que fueran realizados por grupos con vínculos simultáneos a los servicios secretos y a las organizaciones antiguerrilleras privadas ("paramilitares") manejadas por narcotraficantes.

[7] La mayoría de los colombianos comparte esta opinión, y en generar consideran muy reducidos los esfuerzos (represivos o educativos) hechos por los países consumidores para reducir el consumo de droga. Para ello, usualmente ignoran la absurda dureza del sistema penal norteamericano contra los consumidores, aplicada con mucha selectividad social y étnica, así como la inocuidad de los esfuerzos educativos. Pero en la medida en que Colombia no puede influir la demanda de droga en los Estados Unidos, es necesario que el país considere el impacto que el aumento del tráfico de la droga tiene sobre todos los aspectos de la vida nacional: en sus instituciones, sus estructuras y valores sociales y los niveles de violencia. Si el gobierno no se hubiera enfrentado con decisión al tráfico de drogas, los traficantes eventualmente habrían puesto casi completamente al país bajo su control.