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NUEVA
ETICA CIUDADANA FRENTE A LA COMUNIDAD NEGRA NACIONAL
Juan de Dios Mosquera
La
formulación y adopción de una nueva ética ciudadana frente a la Comunidad Negra
Nacional, es uno de los grandes retos que deben afrontar los diversos sectores del Estado
y la sociedad colombiana, manteniendo el desárrollo del espíritu democrático que
motivó la convocatoria y funcionamiento de la Asamblea Nacional Constituyente, y la
coherencia y sistematicidad que exige la materialización, en la ley y la conducta
ciudadana, de los mandatos de la Constitución de 1991. Es esta una de las más
importantes tareas que promueve el Cimarronismo Contemporáneo, conciencia viva de la
lucha y el protagonismo de los pueblos afrocolombianos, por el derecho a la vida con
dignidad, incluyendo el ejercicio y reafirmación de su identidad histórica y
étnico-cultural.
Todos los esfuerzos por
analizar las relaciones entre la nueva ética ciudadana y la realidad afrocolombiana deben
estar orientados hacia la gestación de una conciencia objetiva y propia, sobre las
raíces y fundamentos de nuestra identidad nacional, y de la transcendencia de nuestro
mestizaje, de nuestro sincretismo étnico, cultural e histórico, en la construcción y
consolidación de la sociedad colombiana. La nueva ética debe contener un compromiso de
cada ciudadano y de las instituciones, frente al protagonismo, la visión social, la
participación y los derechos de las Comunidades Negras e Indígenas en la Colombia que
queremos echar a andar. La nueva ética debe generar una visión renovada y justa de las
relaciones entre las etnias que conforman la población nacional.
Las Comunidades Negras
reclaman del resto de la Nación acciones concretas que tiendan a la superación de la
añeja ética ciudadana, heredada y recreada desde la colonia esclavista. Sólo podremos
avanzar en la construcción de nuevos conceptos y espacios éticos entre los ciudad~inos
de una nueva Colombia, si propiciamos el acercamiento comunicativo que facilite el
conocimiento normal y dignificante, el intercambio del conjunto de valores contenidos en
"el ethos" de las Comunidades Negras e Indígenas, históricamente explotadas,
excluidas y marginalizadas por las élites dominantes de la Comunidad "blanca".
Los colombianos somos
conscientes de la existencia dentro del país de dos Colombias bien demarcadas y
definidas: una Colombia real, ostentosa y dominante, y una Colombia posible, empobrecida,
excluida y oprimida. Los protagonistas de cada Colombia están determinados y
diferenciados por fronteras como el color de la piel y la imposibilidad de competir por
oportunidades iguales para acceder al progreso social normal. Forjar la nueva ética
ciudadana exige un intercambio abierto y sincero entre los pueblos que durante estos 500
años han protagonizado el surgimiento de las dos Colombias. Este diálogo, bloqueado e
impedido violentamente durante la esclavización, sigue siendo imposible por los efectos
de los venenos que inocularon en las sociedades americanas, africanas y europeas, las
estructuras materiales y mentales del colonialismo.
La sicología social y la
conciencia que impusieron como ética los europeos, para justificar las injusticias y la
inhumanidad, siguen vivas en nuestras sociedades, traumatizándolas y condenándolas a
soportar el cáncer de la división y el enfrentamiento racial, aparentemente incurables.
Mientras los colombianos y los pueblos americanos, africanos y europeos no logremos,
consciente y activamente, despojarnos del virus del etnocentrismo "blanco",
desintoxicamos del racismo; mientras no liberemos nuestros pueblos de la carga
psicológica inferiorizante contra la persona negra e indígena, no podremos convivir en
paz, percibir la riqueza de nuestra diversidad, y establecer sobre bases sólidas una
nueva percepción de la vida ciudadana.
Durante más de 400 años,
hasta muy entrado el siglo XX, la ética ciudadana dominante en Colombia hizo del racismo
y la discriminación racial uno de sus principales fundamentos. Fue una ética
intolerante, que cosificó y deshumanizó a la persona negra e indígena, y jamás
concibió lo Afrocolombiano como sangre y savia de la nacionalidad. Con los criterios de
esta concepción ética, se justificó que al abolirse la esclavitud en mayo 21 de 1851,
fuesen recompensados los esclavistas por la pérdida de su propiedad, mientras a los
ex-esclavos se les dejaba en la total indigencia y desprotección, y se les excluía del
proyecto de Nación en formación, aunque siguieran viviendo en lo que se tenía como
territorio colombiano. La población afrocolombiana fue despojada y ultrajada como
población no grata a los sentimientos nacionalistas hispanoamericanos que defendían los
llamados "criollos ricos".
Esta vieja ética racista ha
sido la creadora de las ideas que justifican el atraso y la desigualdad económica,
social, cultural y política en que transcurre la vida de las Comunidades Negras, en
"el ser negro" de su población, significando que todo se debe a "su"
manera de pensar y de vivir, y no a la desposesión, la explotación, la deuda histórica
sin pagar, la injusticia social sin reparar y el abandono de los gobiernos desde que se
ilegalizó su esclavización.
El establecimiento de nuevas
relaciones éticas entre las etnias blanca y mestiza y las etnias negra e indígenas, nos
exige la lucha activa contra el racismo en todas las formas, abiertas y sutiles, que
adopta dentro de la sociedad y en la conciencia de los colombianos. Los primeros
compromisos que debemos asumir son: reconocerlo sin peros, desenmascararlo donde se
descubra, y atacarlo con decisión, utilizando todas las armas necesarias.
Pocas personas, en especial,
de la Comunidad "blanca" dominante, e incluyendo a muchas personas negras e
indígenas, se dan por enteradas o aceptan la existencia del racismo; otras lo reconocen
pero en los demás, y la gran mayoría considera que todas las personas negras se parecen
entre sí y tienen los mismos comportamientos grupales y reafirman, además, que sus
condiciones de vida, se deben a su idiosincracia, a sus costumbres, a su manera de ser, en
otros términos "al ser negro". Es innegable que se sigue recreando en la
conciencia de los colombianos la carga psicológica y alienatoria que impuso el
colonialismo que impide el reconocimiento de la valoración personal y el respeto a las
diferencias étnicas y culturales de los pueblos afrocolombianos e indígenas.
Hoy como ayer, uno de los
fundamentos de esa ética colonialista que sigue afectando a los colombianos es la visión
de persona negra igual a esclavo. Las Comunidades "blancas" siguen considerando
a la persona afrocolombiana como "pobres negros", denotando el lugar que le
corresponde frente a las categorías, clase y raza donde permanece la Comunidad Negra
Nacional. La herencia racista que nos viene con fuerza del pasado aún reciente, debemos
eliminarla haciendo un gran esfuerzo colectivo. Seguir manteniendo, en la cabeza y en la
realidad nacional, la división de la sociedad en dos mundos cada vez más antagónicos
por la desigualdad e injusticia en las condiciones de vida: "lo negro" y
"lo blanco", equivale a seguir mintiéndonos, seguir siendo indiferentes ante la
realidad y acrecentando un poderoso conflicto social y racial que las políticas
desarrollistas de las próximas décadas harán estallar.
Las actitudes valorativas y
las prácticas que generan los dos mundos sobreviven sin cambios importantes. Las
Comunidades y la persona negra son apreciadas por las personas "blancas" como
serviles ignorantes, poseedores de la fuerza bruta, feos, perezosos, incapaces de
gobernar, salvajes, sucios, hijos del diablo. Estereotipos cotidianos como "negro que
no la hace de entrada la hace de salida" y el adjetivo "negro" como
sinónimo de tragedia, suciedad, ilegalidad y desprecio, con la personificación de lo
diabólico en la cosmovisión religiosa, se interponen con fuerza evitando la
comunicación y la armonía entre las comunidades raciales que protagonizan la realidad
colombiana.
El etnocentrismo que
conlleva la herencia racista es visible en la valoración que hace de sí misma la
Comunidad "blanca", una valoración que se reclama para sí y se siembra en la
conciencia de las Comunidades Negras e Indígenas. La persona y la Comunidad
"blanca" se ve y es vista como bonita, trabajadora, inteligente, civilizada,
gobernante, poseedora de riqueza, depositaria de lo divino y lo bondadoso, hija de Dios.
El mundo de "lo blanco" se instituye como un ideal superior para alcanzar o por
lo menos para imitar, no sólo como valoración ética sino también como comportamiento
condicionado por los medios de información, las revistas y tiras cómicas, las
propagandas, el sistema educativo y cultural, y la religiosidad eclesial y popular.
Los efectos de estos dos
mundos en la conciencia individual y nacional son desastrosos; en las Comunidades Negras
subyace el complejo de subvaloración e inferiorización de su negritud, y en su
conciencia es notorio el conflicto, la angustia del "ser o no ser", del quererse
y despreciarse a la vez. En las Comunidades "blancas" se alimenta celosamente el
complejo de la superioridad natural y la actitud colonizadora, se estimula la valoración
positiva de "lo blanco" y la seguridad en el éxito que le garantiza "la
blancura". Para las personas "blancas", a los Pueblos Negros se va a
conseguir dinero, a colonizar. Los pueblos afrocolombianos siguen siendo frentes de
colonización.
Un derecho y reivindicación
de las etnias afrocolombianas e indígenas, y un deber solidario en pro de la paz y la
convivencia nacional que deben reconocer las Comunidades "blancas", es el
aceptar, como un valor ético fundamental y crear mecanismos prácticos para su ejercicio,
el pluralismo racial, cultural y político en todas las esferas de la sociedad colombiana.
Una verdadera revolución sería inducir el pluralismo racial y cultural en los contenidos
educativos, los medios de comunicación, la vida política y gubernamental, y en las
competencias por las oportunidades de empleo en la administración estatal. Las acciones
en pro del pluralismo exigen también fortalecer los procesos organizativos que puedan
orientar la reflexión, la movilización y la conquista de poder para la Comunidad Negra
Nacional.
Quinientos años de
presencia afrocolombiana, con la extraordinaria perseverancia de los Pueblos Negros en su
lucha por la libertad, la adaptación y la creatividad social, nos convocan a reclamar el
sitial de honor e igualdad que les corresponde en la vida nacional, y en la nueva
conciencia ética de los colombianos del siglo XXI.
Conmemorando los primeros
500 años de los inicios de la invasión europea al continente de los Mayas, Incas y
Muiscas, nos corresponde trabajar por un proyecto ético nacional que conquiste,
progresiva pero rápidamente, la conciencia de los colombianos, induciéndolos a aceptar
el pluralismo como forma de vida y a eliminar el etnocentrismo y el racismo como un
respeto a la diversidad que nos enriquece y a la dignidad humana. Cinco siglos son un buen
motivo para seguir pregonando el mandato cristiano del amor: "amáos los unos a los
otros como yo os he amado", como fundamento básico para aclimatar la justicia y la
dignidad en la nueva Colombia que a diario sueñan las grandes mayorías excluidas.
CONTINUAR
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