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Exordio: La
geografía económica en el punto crítico
Aunque la geografía económica se puede
identificar como una subdisciplina desde hace casi un siglo, es apenas desde la Segunda
Guerra Mundial que su historia intelectual ha estado profundamente influida por la ciencia
económica. No obstante, a mediados de los 80s la geografía económica ya se establece
como un campo de esfuerzo académico bien estructurado, organizado alrededor de dos
principales programas de investigación relacionados entre sí, que se enfocan
respectivamente sobre la dinámica de la localización industrial y los procesos del
desarrollo regional desequilibrado, y usan conceptos y teorías que provienen de la
economía neoclásica, de los postulados keynesianos y del marxismo. No es extraño que,
teniendo en cuenta las marcadas diferencias entre estas "visiones del mundo" que
caracterizan a las tres más importantes escuelas del pensamiento económico (ver Wolff y
Resnick, 1987: Cole, Camerún y Edwards, 1991), este trigémino teórico dentro de la
geografía económica haya producido dispares y antagónicos análisis de la economía
espacial.
Sin embargo, apuntalando esos enfoques
disímiles, existen ciertos supuestos, principios y aspiraciones comunes, que, aunque han
sido poco reconocidos, sirven para darle cierta unidad a la geografía económica que se
desarrolló desde la mitad de los años 50s hasta mediados de los 80s.
Sobre todo, la moderna economía
capitalista se ha asumido como un sistema industrial con patrones y trayectorias de
localización industrial y desarrollo regional desigual, ordenados y predictibles. Este
orden percibido garantiza la interpretación esencialista o "lógica profunda"
del paisaje económico, en la que los procesos que forman el espacio se atribuyen a
profundos mecanismos conductuales o a irresistibles fuerzas evolucionistas. Este
esencialismo económico ha estado acompañado de la gran ambición de construir los
principios generales y las leyes universales de la localización industrial y del
desarrollo regional. En esta forma la moderna geografía económica deviene en su
orientación objetivista que privilegia el conocimiento "científico", en
detrimento del conocimiento subjetivo basado en la introspección, la percepción y la
intuición. Y en desarrollo de esos presupuestos y aspiraciones, la geografía económica
tendió a estructurarse a sí misma de acuerdo con los mismos principios
"científicos", con la pretensión de identificarlos en el paisaje económico.
En los últimos años, sin embargo, las
teorías, las premisas y los principios de la geografía económica se han sometido
progresivamente a crítica. Un nuevo sentido de reexamen, incertidumbre y exploración se
ha apoderado de la disciplina, en tanto que sus principales programas de investigación se
están reformulando. Lo que deseo argumentar en este capítulo es que esta transformación
se puede rastrear a partir de tres principales e interrelacionadas fuentes de tensión. La
primera es sustantiva y tiene que ver con la creencia en el advenimiento de una nueva y
cualitativamente diferente fase en el desarrollo económico capitalista, el surgimiento de
"nuevas realidades económicas" (ver, por ejemplo, Hall y Jacques, 1989;
Drucker, 1989; Reich, 1991).
Esos cambios ponen en cuestión nuestras
teorías aceptadas de la economía espacial, y reclaman la reestructuración de la
geografía económica. La segunda es que la economía en sí misma se torna turbulenta,
principalmente por la misma razón. Existe una crisis en y de la economía (Wiles y Routh,
1984; Drucker, 1989). Ninguna de las principales escuelas económicas -neoclásica,
keynesiana o marxista- explica adecuadamente los eventos y cambios ocurridos en las dos
décadas pasadas, y cómo esos paradigmas centrales han sido objeto de numerosas
revisiones, se han planteado reformulaciones y perspectivas alternativas. Pero, en tercer
lugar, como si esos retos no fueran suficientes, algunos de los fundamentos
epistemológicos y ontológicos en que se basa la investigación teórica, tanto de la
economía como de la geografía económica, se están impugnando. Desde el punto de vista
de la llamada crítica "posmoderna", lo que estamos presenciando no es apenas un
movimiento de una fase a otra del desarrollo del capitalismo, sino también un cambio de
una a otra tradición epistemológica. El núcleo de este desafío es el asunto general de
cómo vemos y representamos el mundo, de las relaciones entre nuestros conceptos y la
"realidad", y de cuál es el sentido de ésta.
El impacto de esas tensiones abrió
importantes interrogantes, no sólo sobre el significado y la significancia de los
actuales cambios y tendencias en la economía, sino también acerca de las aproximaciones
teóricas, las metodologías de investigación y las categorías conceptuales que usamos,
y aún sobre nuestro objeto de estudio. En muchas formas, la moderna geografía económica
se encuentra en un decisivo cruce de caminos con respecto a su modo de teorización y a su
contenido empírico. Mi objetivo en el resto de este capítulo es explorar con más
detalle algunos de los perfiles e implicaciones de estas transformaciones, y hacer una
lectura crítica de algunas de sus señales.
La inestable economía.
Existe un amplio acuerdo en que, desde
comienzos de los 70s, están ocurriendo hechos dramáticos en las economías capitalistas
avanzadas, sin decir nada de lo que ocurre en las economías socialistas. Hay menos
consenso, sin embargo, para precisar la naturaleza y significancia de los cambios
ocurridos, y de los que están ocurriendo.
El problema es que en una época de
rápido y trascendental cambio, no existen los medios adecuados para evaluar en qué
estado del proceso estamos, ni para identificar las tendencias del cambio, ni para separar
lo fundamental de lo efímero. Como resultado se tienen muy distintas opiniones sobre
cuáles son los cambios fundamentales, y muy diferentes interpretaciones de los mismos.
Sin duda, uno de los cambios más
profundos es el advenimiento de un nuevo "paradigma tecno-económico" basado en
la información (Schiller, 1986; Dosi, et al., 1988). En tanto que el paradigma de la
posguerra se basó en los bajos costos del petróleo, en la maquinaria eléctrica, en los
materiales de energía intensiva y en la producción masiva y el consumo masivo, las bases
del nuevo paradigma son la información y las tecnologías de la comunicación, la
microelectrónica, la computarización, la producción intensiva de conocimiento, y
patrones de consumo que son mucho más diferenciados e individualizados. Este nuevo
sistema tecnológico está transformando la organización técnica, corporativa y social
de la producción, y los patrones de demanda, consumo y distribución. Un segundo cambio
es la aceleración en la "terciarización" del desarrollo económico. Aunque en
muchos países capitalistas avanzados los servicios sobrepasaron a la manufactura en
términos de producto y empleo a comienzos de 1950s y 1960s, el ritmo de este cambio
estructural fue acelerado dramáticamente desde los 1970s. La producción privada de
servicios personales, de consumo, financieros, culturales y recreativos se ha expandido al
mismo tiempo que la producción manufacturera se ha estancado, o en muchos casos ha habido
desindustrialización (Petit, 186). Como resultado se tiene una reconstrucción de las
estructuras de producción y consumo, y de la división social, de clases, de género y
espacial del trabajo. Un tercer cambio significativo es la tendencia a lo que se ha
llamado el "hiper-consumismo". La cultura del consumo masivo que caracterizó el
período de la posguerra, ha explotado en una nueva cultura del consumo simultáneamente
más individualizado, internacionalizado y multidimensional. La introducción de la
"economía de crédito instantáneo"; el incremento del poder adquisitivo de la
nueva clase media; los cambios en los gustos y estilos de vida; la revolución en la
tecnología de la información, los medios y la publicidad; el incremento en la
diferenciación de los productos y el surgimiento de una "industria de la
cultura" basada en la comercialización de lo visual, lo estético y lo simbólico,
todos esos nuevos patrones y paisajes de consumo ( especialmente el fenómeno de los
centros comerciales) en los que la gratificación instantánea, la posicionalidad y la
imagen son ahora tan importantes como valores de uso (Zukin, 1991). El cuarto cambio más
importante es la globalización. Desde principios de los 70s la internacionalización de
la industria, los servicios y el capital se ha intensificado dramáticamente. En algunos
aspectos la economía del mundo se torna verdaderamente transnacional o global (Simai,
1990). La dinámica y exitosa firma se está convirtiendo en una "cadena
empresarial" globalmente descentralizada de centros financieros, unidades de
negocios, absorción de empresas, licencias y franquicias. De igual forma, más y más
productos ahora son típicamente compuestos internacionales, cuyos propietarios
corporativos y su control se vuelven globalmente difusos. Aunque los hechos más profundos
han sido la emergencia de la banca global, el surgimiento de mercados monetarios
integrados globalmente y la constitución de una economía supranacional
"apátrida" con dinámica propia (Wachter, 1986; Ohmae, 1990; O'Brien, 1992).
Finalmente, en la pasada década y media surgió un nuevo modo de regulación económica,
tanto en los países desarrollados como en los países en desarrollo, que tiene que ver
con una renegociación de las relaciones y los límites entre estados y mercados, y entre
las esferas pública y privada de la economía. Países de todas las condiciones de
desarrollo económico han buscado liberalizar y privatizar sus economías, en un intento
por incrementar su competitividad y flexibilidad en el nuevo mercado global (Letwin, 1988;
Rosow, 1988).
Estos y otros desarrollos no aparecieron,
por supuesto, de la noche a la mañana y han evolucionado simultáneamente. El punto, sin
embargo, es que tales tendencias se aceleraron fuertemente en las dos décadas pasadas,
ocasionando en el proceso la transformación del paisaje económico. Aunque estos cambios
han sido, en parte, inducidos por la crisis y estimulados por la recesión de la economía
desde principios de los 70s, también las nuevas realidades son en sí mismas
desestabilizadoras de las viejas estructuras de acumulación y regulación económica, y
están desplazando lo viejo por lo nuevo. Puede ocurrir que esta inestabilidad no sea un
simple fenómeno transitorio asociado con la reestructuración, sino que se trate de una
característica central de la nueva era; que el desorden, el cambio rápido y la
incertidumbre sean ahora los sellos distintivos del desarrollo capitalista avanzado, y
claro está, de la economía global como un todo. Geográficamente, el paisaje económico
ha venido cambiando en forma dramática. Los viejos espacios industriales han declinado y
se están reestructurando, y los nuevos espacios industriales han tomado el liderazgo como
centros de crecimiento económico (ver, por ejemplo, Martin y Rowthorn, 1986; Henderson y
Castells, 1987; Peet, 1987; Massey y Allen, 1988; Scott, 1988; Harvey, 1989a; Rodwin y
Sazanami, 1989, 1991). Mientras algunas industrias y servicios tienen ocurrencia espacial
dispersa y son locacionalmente descentralizadas, otras tienden a concentrarse o a
reconcentrarse geográficamente. En forma similar, en muchas ciudades grandes y antiguas,
al mismo tiempo que ciertas áreas económicamente abandonadas han sido reconstruidas y
transformadas en nuevos espacios de consumo, de espectáculos y de comercio, otras áreas
industriales han entrado en franco deterioro funcional. Es más, en la medida en que las
economías nacionales, regionales y locales son cada vez más internacionalizadas e
integradas en redes transnacionales y globales de producción, competencia e inversión,
dichas economías están, al mismo tiempo, en un proceso de desarticulación funcional
interna (Castells, 1989). Si bien es cierto que el espacio económico del capitalismo de
la posguerra fue relativamente estable y pronosticable, el de ahora es mucho más
inestable, impredecible y políticamente más difícil de manejar.
Todo lo anterior genera retos importantes
para la economía y para la geografía económica. En los años precedentes se ha
producido abundante literatura sobre estos temas, y ambas disciplinas le han dedicado un
gran esfuerzo a los estudios empíricos. Por ejemplo, la geografía económica ha
estudiado con cierto detalle asuntos relacionados con la reestructuración industrial, el
desarrollo de pequeñas y nuevas industrias, la organización corporativa, la
multinacionalización, las actividades de alta tecnología, el crecimiento del sector de
los servicios y la nueva división social y espacial del trabajo. Pero el desafío va
mucho más allá, pues no se trata simplemente de documentar y describir el nuevo paisaje
económico, labor ésta de por sí importante. La tarea clave consiste en encontrar la
forma de explicar y dar cuenta de las nuevas realidades.
Mi argumento es que los cambios y
transformaciones que están sucediendo están cambiando el significado y la operación de
la economía capitalista. Así, la convergencia de tecnologías discretas, especialmente
la computación, las telecomunicaciones y el procesamiento de la información, están
incrementando la flexibilidad organizacional y productiva de los negocios de todo tipo y
tamaño. Las tecnologías de la información y la comunicación son ahora el común
denominador de una porción cada vez más grande de la producción de bienes y servicios,
y como consecuencia se están redefiniendo las bases sociales, culturales e
institucionales de la economía. Además, la producción de los medios de comunicación ha
tomado una nueva significancia con relación a la producción en general y por
consiguiente afecta todo el proceso de desarrollo desigual. Al mismo tiempo, el
crecimiento de los servicios ha alterado las normas de consumo y por lo tanto se han
modificado las relaciones entre producción y consumo. Y dado que la productividad de los
servicios es generalmente baja, la terciarización tiene grandes implicaciones para el
crecimiento económico nacional y para la relación productividad-salario-consumo, así
como para la distribución social de las ganancias. No se trata de que ahora los servicios
tengan más peso que la manufactura en la economía; lo que pasa también es que en
algunos casos los límites entre estos dos sectores son cada vez menos claros, en tanto
que otros servicios se han erigido como fuentes autónomas de crecimiento, demanda,
acumulación de capital y regulación económica, con su propia dinámica que no depende
simplemente del crecimiento industrial. El concepto de economía industrial, que por largo
tiempo permeó la economía y la geografía económica, ya no es adecuado para explicar la
realidad actual. El nuevo capitalismo se caracteriza, entre otras cosas, porque el
"símbolo" del dinero y el crédito dominan ahora la economía real de bienes y
servicios. El dinero y las finanzas han sido "asegurados", comercializados y
sometidos a especulación en su propio beneficio, sin tener relaciones con la producción
de bienes y servicios, pero ejerciendo una influencia fundamental sobre estos últimos.
Este nuevo sistema de "capitalismo financiero" (Minsky, 1989) es tal vez la
fuerza más importante en la naturaleza y estructuración del desarrollo desigual. Y como
los factores de producción -tecnología, dinero, inversión, información- se mueven más
rápidamente sobrepasando las fronteras, esto significa que el papel de la economía
"nacional", por no decir nada de la "regional" y la "local",
está siendo redefinido.
Esta no es la primera vez que el
capitalismo causa conmoción. Periódicamente la realidad supera las teorías, creando
confusión y estimulando el debate y las reformulaciones. El problema es entonces de
reconstrucción. Puede ser que los programas de investigación resulten ser
"progresivos" y respondan con nuevas teorías y conceptos más apropiados para
la explicación de los cambios y las nuevas situaciones, o que, en un intento por salvar y
revivir los programas en proceso "degenerativo", éstos sean enmendados,
revisados y extendidos para la ocasión. En economía esta circunstancia crítica ha
ocurrido ya (por lo menos) dos veces. Las "revoluciones económicas" de los
años 1870s (de la economía clásica a la neoclásica) y la de los 1930s (de la economía
neoclásica a la keynesiana), ambas fueron, en parte, respuestas "progresivas" a
la emergencia de nuevas condiciones y circunstancias que agotaron la ortodoxia obsoleta.
La geografía económica era por entonces subdesarrollada y resultó por consiguiente poco
afectada. La coyuntura actual ha puesto en crisis a la economía y, por consiguiente, a la
geografía económica.
Las tres más importantes escuelas de
teoría económica han reconocido que la realidad ha cambiado, aunque no coinciden ni
sobre la naturaleza específica del cambio, ni sobre su significación, ni sobre su
importancia para el futuro del capitalismo. Todas las escuelas han reformulado la
pertinencia de sus planteamientos tradicionales y cada una, a través de su propio prisma
ideológico, está buscando una explicación para la nueva economía.
Por supuesto, y no es extraño, hay
quienes rechazan la idea de que las nuevas circunstancias demandan nuevas teorías. Los
principales exponentes del uso de la economía política marxista en geografía son un
buen ejemplo de esta reacción. Si bien son absolutamente conscientes de que su
perspectiva teórica está siendo retada por el nuevo capitalismo, estos teóricos han
hecho esfuerzos para contener la ofensiva. Ellos reconocen que el capitalismo está
cambiando en formas no esperadas ni predichas por la teoría marxista, pero al mismo
tiempo insisten en que a pesar de los cambios, la validez de la teoría permanece
inmutable. Así, David Harvey ha planteado que los cambios ocurridos están confinados a
una "superficie aparente" del capitalismo, y que no se pueden confundir con
alteraciones básicas de sus subyacentes "leyes estructurales del movimiento",
que "continúan operando como verdades inmutables dentro de la confusa fragmentación
y las perplejas marañas de la coyuntura presente" (Harvey, 1989a; ver también
Harvey, 1989b). El argumento es que las nuevas realidades representan otro de los intentos
periódicos del capitalismo para asegurarse una nueva "estructura" espacial y
tecnológica, y que en el mundo capitalista en que vivimos - de hecho, un mundo que está
testimoniando la afirmación y la extensión del "imperativo capitalista"
(Storper y Walker, 1989)- los principios de la economía política marxista, no han sido
negados ni debilitados por los cambios y transformaciones "superficiales" que
están ocurriendo.
Pero la resurgencia y extensión del
capitalismo no son en sí mismas suficientes para garantizar la permanencia y superioridad
de las principales perspectivas económicas, ya sean la marxista, la neoclásica, la
keynesiana o cualquier otra. Como geógrafos económicos estamos enfrentados a un problema
complicado. Por una parte es de nuestro interés formular teorías del desarrollo regional
desigual, de orientación explícitamente histórica, que permitan descubrir los
mecanismos y procesos envueltos en la evolución del espacio económico a través del
tiempo histórico. Pero por otra, como la economía misma cambia históricamente su modo
de funcionamiento, tenemos serias dudas sobre la bondad de construir teorías de eterna
validez. En otras palabras, nos referimos a la "historicidad de los conceptos"
(Sayer, 1987). Como la naturaleza y la organización del capitalismo son mutantes, lo
mismo ocurre con el contenido de conceptos como "mercados", "capital",
"trabajo", "empresa", "competencia", "demanda",
"dinero", "desarrollo regional", entre otros. La pretensión de que
conceptos y teorías inmutables sean aplicados a diferentes épocas del desarrollo
capitalista, nos lleva a movernos en un círculo vicioso de abstracciones que dificultan
la comprensión de la realidad. Nuestros conceptos y teorías son medios que nos ayudan a
comprender. El nuevo capitalismo no puede ser adecuadamente representado y explicado
mediante las categorías conceptuales y las estructuras teóricas existentes. Las nuevas
realidades han dejado al descubierto serias grietas y brechas en nuestras teorías y nos
obligan a repensarlas sustancialmente.
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