Colombia: estructura industrial e internacionalización 1967-1996
Luis Jorge Garay S

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EL PAPEL DEL ESTADO EN UN PROCESO DE TRANSICIÓN BAJO EL ACTUAL CONTEXTO ECONÓMICO

La corriente que considera al modelo de internacionalización de la economía necesario para la transformación de la actividad productiva, plantea la necesidad de adecuar la estructura organizacional del Estado al nuevo marco de política (Garay, 1994). En este sentido existe un consenso sobre la necesidad de ampliar los espacios económicos regionales e internacionales, no sólo de eliminar barreras para la movilización del capital -productivo y financiero-, de la mano de obra y de bienes y servicios entre naciones, sino además de reducir la interferencia de la acción de los Estados nacionales sobre la libre iniciativa de los agentes económicos privados, cualquiera que sea su origen o sede nacional. Podría pensarse, como afirma Curbelo (1986), que

"la reestructuración del orden económico corriera paralela al proceso de pérdida de confianza y funcionalidad del Estado tanto en su papel de productor de bienes y servicios como de agente que posibilita la reproducción del sistema económico".

En contraste con el papel decisivo que desempeñó el fortalecimiento del Estado nacional en la expansión de las sociedades capitalistas, a esta altura de la evolución del sistema capitalista mundial parece apropiado realzar el potencial perturbador que la intervención del Estado podría representar para los procesos de acumulación y reproducción del capital a escala internacional.

Así, podría parecer que la reforma del Estado se presenta como un imperativo. Tanto el diagnóstico como la concepción e implantación de la reforma suscita las más diversas posiciones teóricas y programáticas. La más radical y extrema apunta hacia una reducción del Estado nacional y la búsqueda de una organización social flexible en escala ampliada internacionalmente: el Estado nacional como institución social y como ente jurisdiccional geográfico debería prácticamente desmontarse para darle paso a una organización de carácter más internacional, mundial (Curbelo, 1986).

Postura a la que, a esta altura del desarrollo capitalista, se le contrapone en la práctica la ineludible presencia de algún tipo de Estado nacional socialmente necesario en cuanto institución social marco del mismo régimen de mercado y en su carácter de ente social racionalizador del interés colectivo, cuyo esquema institucional, político, económico y jurisdiccional para la conducción de asuntos públicos es consagrado por la misma Constitución Nacional.

Cualquiera que sea su tamaño, el Estado habría de funcionar bajo una cierta lógica en un nuevo régimen capitalista de competencia abierta con miras a contribuir a que el nuevo modelo de desarrollo no sólo brinde mayor eficiencia y competitividad a la economía doméstica, sino que, además, le permita al mismo Estado asegurar la estabilidad económica y social, propugnar por una adecuada distribución del ingreso y facilitar directa o indirectamente el suministro y la prestación oportuna y eficaz de bienes públicos prioritarios considerados legítimamente como una necesidad colectiva de amplios espectros de la sociedad. En ese sentido habría que subdividir las funciones del Estado en dos áreas básicas:

La primera función se relaciona con el perfeccionamiento del régimen de competencia capitalista abierta mediante la instauración y aplicación del marco genérico indispensable de regulaciones, normas, provisiones y penalidades de orden jurídico, económico y procedimental para la observancia de relaciones competitivas creativas y la reproducción de las condiciones propicias aun crecimiento económico sostenido. Claramente, apenas una de sus funciones en esta área podría consistir en la búsqueda de la eliminaciÓn de toda falla, imperfección y distorsión de mercado que obstaculice la libre iniciativa privada, que genere ineficiencias en la localización de recursos productivos o que reproduzca impactos distributivos perversos u otros efectos nocivos de cualquier índole.

Resulta primordial, especialmente durante un período como el de transición y consolidación de una nueva estrategia de desarrollo -en este caso la regida bajo un régimen de competencia abierta en el escenario internacional-, que el Estado en los países no desarrollados asuma la responsabilidad de adelantar una decidida gestión orientada a promover el progreso tecnológico y la competitividad internacional de la economía doméstica. En estrecha cooperación con los actores protagónicos del sector privado, el Estado ha de propugnar por la conformación de una adecuada infraestructura social, física y tecnológica que le permita al aparato productivo interno afrontar creativamente las nuevas condiciones de la competencia a escala internacional (Garay, 1982).

No debe olvidarse que si bien el mercado es una institución característica de la esfera económica, también constituye una categoría esencial en las esferas política y cultural, en la medida en que manifiesta ya su vez determina, en buena medida, la estructura de una sociedad cada vez más globalizada. Siguiendo el razonamiento clásico de Polanyi (1994):

"la conformación del Mercado en un sistema autoregulatorio de gran poder no fue el resultado de una tendencia natural (...1, sino del efecto de estimulantes artificiales administrados al cuerpo social para afrontar una situación creada por el fenómeno no menos artificial de la máquina".

La segunda función es el cabal desempeño de su rol como "ente racionalizador del interés colectivo y servidor social de última instancia". En esta área sobresalen, entre otras, las siguientes funciones: el logro de una adecuada distribución del ingreso entre los grupos de la sociedad, la provisión de servicios sociales indispensables con legítimo carácter público, la prestación tanto de bienes y servicios públicos diferentes a los anteriores como el suministro de bienes colectivos, ya sea directamente o mediante algún tipo de asociación de los mismos particulares.

Aunque en diversos círculos se presume que la globalización favorecería la reducción del Estado, paradójicamente la progresiva integración tiende a agudizar la exposición a riesgos externos y, en consecuencia, a aumentar las demandas de programas gubernamentales para atenuar las vicisitudes enfrentadas por los grupos menos móviles y más vulnerables a la competencia externa. Con el agravante de que la globalización también afecta nocivamente la eficacia y habilidad de los Estados nacionales para ejercer dicho papel compensador y redistributivo (Garay, 1997). En palabras de Rodrik (1997):

"con el avance de la globalización puede erosionarse el consenso social requerido para mantener abiertos los mercados domésticos a la competencia externa, incluso hasta el punto en que se torne posible el retorno al viejo estilo de proteccionismo".

Por consiguiente, contrario a lo postulado por ópticas radicales voluntaristas, para poder desempeñar con propiedad su papel social a esta altura del proceso de globalización, el Estado debe erigirse como institución sociallegítima, representativa, sólida, eficaz y funcional bajo una nueva lógica política y económica, sujeta a un activo escrutinio por parte de la sociedad: "rendición pública de cuentas" (accountability). Es por ello, precisamente, que:

"El debate sobre el Estado (en los países en desarrollo) no debe enmarcarse en la falsa dicotomía Estado versus no Estado. Ha de concentrarse primero, en redefinir el mismo Estado (a la luz del desarrollo capitalista mundial, de la posición de estas naciones en la nueva división internacional del trabajo y de las particularidades tanto del patrón de acumulación de capital y de reproducción de la fuerza de trabajo como de la evolución de la organización social a nivel nacional); y luego, en especificar las normas y los patrones de racionalidad política, institucional, económica y administrativa que han de regir su funcionamiento para propugnar por el cabal cumplimiento de sus funciones sociales prioritarias. La liberación, la desregulación y la privatización de la economía no son ni mucho menos óbice para justificar ni abogar por el desmantelamiento del Estado (en los países en desarrollo)" (Garay, 1992).

La reflexión fundamental no debe girar alrededor de cosa distinta a cómo hacer -y bajo qué procedimiento- para validar y dar plena vigencia a una nueva lógica política y económica en la conducción del Estado, de frente a un profundo reordenamiento social, en medio de una crisis del modelo tradicional de desarrollo y ante la necesidad de transformación del aparato económico de estos países para poder enfrentar creativamente la reconfiguración del escenario mundial.

Si bien esta postura sobre la transformación y el adecuamiento del ente Estado-nación a la luz de la neva división internacional del trabajo en proceso de consolidación puede enmarcarse en una perspectiva teórica y programática de corte liberal reformista, modernizante, debe conceptualizársela con las debidas precauciones y cautelas, Esto para al menos evitar incurrir en las falencias, debilidades y vacíos característicos de la óptica neoliberal radicaI, y eludir caer en posiciones voluntaristas, irreales, sobre la autonomía y capacidad de acción y regulación de los Estados nacionales periféricos para su autodeterminación plena al margen de las necesidades del capital a escala mundial

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