Colombia: estructura industrial e internacionalización 1967-1996
Luis Jorge Garay S

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CAMBIO INSTITUCIONAL

Antes de abordar el papel del Estado en la transición actual conviene hacer una breve mención al tema de la reforma estructural y el cambio institucional. En un modelo de internacionalización de la economía, es evidente que las reformas económicas per se no son suficientes para lograr un mayor nivel de desarrollo; por lo tanto, es necesario considerar el importante papel que juegan el Estado y el arreglo institucional en el desarrollo, planeación y ejecución de las políticas. Según Naim (1995), en los procesos de internacionalización es necesario distinguir dos tipos básicos de reformas. Las denominadas como de primera generación se refieren a la puesta en marcha de ciertas políticas económicas que abarcan la liberalización comercial, la apertura de la cuenta de capitales y la eliminación de los controles de cambios, la liberalización financiera, la desregulación de mercados como el laboral, la reforma del Estado y la privatización de determinadas órbitas de la actividad pública.

El segundo tipo de reformas -las de segunda generación- se refiere a las de carácter institucional, que tienen el fin de crear un sistema socioeconómico eficiente y efectivo. Dentro de las posibles reformas de carácter institucional se encuentran las de sectores como la justicia, el servicio civil, el mercado laboral -incluyendo las relaciones entre los sindicatos, empresas y el gobierno-, la seguridad social y la organización político-administrativa del Estado mediante su descentralización. Asimismo, se abarca el fortalecimiento de la estructura institucional para la provisión de reglas de juego, normas de conducta, códigos de relaciones y procedimientos para la solución de diferencias y cumplimiento de contratos entre individuos y organizaciones, que sean claros, transparentes y previsibles con el propósito de reducir la incertidumbre y los costos de transacción en el sistema.

La denominación primera y segunda generación no debe asociarse con una connotación de secuencialidad: las reformas de política económica son implantadas primero, por razones técnicas y políticas, mientras que las reformas institucionales son pospuestas, para ser incorporadas en etapas posteriores. Razones estrictamente teóricas, además de recientes experiencias, sugieren que la adherencia a esta secuencia temporal puede resultar ampliamente contraproducente, costosa e ineficiente. No debe olvidarse que la problemática de la secuencialidad de reformas en situaciones diferentes alas de competencia perfecta corresponde al campo de la teoría del segundo mejor (second best policy), sin que se pueda llegar a conclusiones genéricas definitivas.

Sin embargo, existe un creciente acuerdo entre especialistas en algunos casos como el de la apertura comercial y de la cuenta de capitales diferentes a la inversión extranjera directa -IED-, en el sentido de proceder gradualmente primero con la cuenta corriente y luego con la de capitales, una vez se haya establecido una rigurosa estabilidad macroeconómica y se hayan implantado una serie de normas de regulación y supervisión financiera (Capítulo 4). Un ejemplo ilustrativo fue el caso de Chile durante los setenta y ochenta, donde la liberalización del sector financiero sin la creación de una   adecuada institucionalidad de vigilancia y control, resultó en una mayor crisis financiera.

Posponer las reformas institucionales no sólo afecta el grado de eficiencia de la economía, sino que también podría reproducir un indeseable efecto distributivo, debido a rentas generadas por la desviación de recursos públicos, a la apropiación de rentas por operadores privados, a la socialización de pérdidas por la privatización de utilidades excesivas en la prestación de ciertos servicios o la adquisición de empresas públicas, y al deterioro de la calidad de la seguridad social, entre otros.

Todo lo anterior sugiere un reconocimiento de la necesidad de contar con un cambio de la organización institucional del Estado para la ejecución de programas de desarrollo. Sin embargo, el conflicto de fondo que enfrentan los programas de reforma se encuentra en la discordancia entre los defensores que aducen que las reformas a la economía per se son suficientes para lograr la estabilidad y el crecimiento económico, y los representantes de grupos privados y de sectores vinculados al Estado con interés en la preservación del statu quo.

Es por estas razones que en la literatura especializada frecuentemente se argumenta que una crisis económica profunda siempre precede aun esfuerzo de implantación de reformas estructurales. Para Bates y Krueger (1993), no hay ningún antecedente de reforma en el que se hubiera presentado un crecimiento económico satisfactorio con niveles estables de precios y situación holgada de balanza de pagos. Según la visión de Williamson ( 1994), es necesaria la percepción pública de crisis para poder crear condiciones políticamente viables para llevar a cabo amplias reformas de carácter estructural.

De otra parte, en un modelo de internacionalización de la economía sustentado en principios de descentralización y mayor participación ciudadana, puede ocurrir en la práctica que el mismo aparato del Estado sea quien ejerza el papel determinante en la orientación y definición de las características de los programas de política económica. Pero la experiencia reciente muestra también que el hecho de que el Estado por definición represente el interés de la comunidad en su conjunto no garantiza necesariamente que sus acciones respondan al bienestar colectivo.

Con esta orientación varios trabajos han abordado el tema de la eficiencia de la burocracia gubernamental como medio para generar la información necesaria para el eficiente logro de las metas asignadas a las políticas públicas. Así, entonces, la posición de los funcionarios en los organismos responsables de las políticas públicas resulta ser en la práctica un factor determinante para su éxito o fracaso. De acuerdo con Haggard y Webb (1994), con frecuencia la mayoría de los oponentes a las reformas no provienen de grupos de interés, legisladores o votantes, sino de funcionarios y burócratas del gobierno. Es así como es común encontrar posiciones conformistas o indiferentes supuestamente justificadas por el escepticismo sobre las posibilidades de cambio efectivo a través de los programas de reforma. En este caso, como lo señala López ( 1997), opera la influencia de los diferentes estamentos interesados en el mantenimiento de prácticas tradicionales en la sociedad, que favorecen el acondicionamiento de funcionarios y burócratas en favor de la preservación del statu quo.

De ahí que durante la fase inicial del proceso, un gobierno reformista necesite construir coaliciones y obtener apoyo de algunos grupos de influencia en la sociedad. En muchos episodios de reformas, bajo diferentes regímenes políticos, el apoyo inicial ha venido usualmente de los sectores más relacionados con el exterior y de agentes vinculados a actividades modernas que esperan beneficiarse de las reformas; sin embargo, la permanencia de los buscadares de renta constituye un factor decisivo para obstaculizar que otros grupos de interés presionen por la implantación de cambios en la organización institucional. En la Tabla 2.2 se ilustran algunos factores determinantes y fallas de coordinación institucional en la planeación y ejecución de programas y políticas de desarrollo.

Tabla 2.2

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