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2. La agudización
de la crisis cafetera y la Segunda Guerra Mundial A partir
de 1933, la moratoria sobre la deuda externa posibilitó
una recuperación de las importaciones reales y facilitó
el proceso de reactivación de la economía.
En 1935-1939 las importaciones reales subieron 59% en relación
con la primera mitad de la década del treinta, aunque
permanecieron por debajo de los niveles de bonanza de los
años veinte. La inversión directa dirigida
al sector petrolero y la recuperación del crédito
comercial permitieron, además, algunas entradas de
capital. El poder de compra de las exportaciones aumentó
muy poco, por el contrario, y contribuyó apenas en
forma marginal a la recuperación del sector externo.
Este último resultado no puede atribuirse al escaso
dinamismo de los sectores de exportación. Por el
contrario, la producción de café y oro mostraron
hasta fines de los años treinta un gran empuje. En
el primer caso, el país no sólo consolidó
su posición en el mercado norteamericano sino que
logró grandes avances en el alemán, gracias
a un acuerdo de compensación del comercio con dicho
país que se firmó a mediados de la década.
Las cantidades exportadas de café se incrementaron
así en un 62% entre 1925-9 y 1935-9. El dinamismo
del sector aurífero fue aún más impresionante,
del 158% entre estos dos lustros. A pesar del escaso crecimiento
de los otros dos productos de exportación del país,
el petróleo y el banano, las exportaciones reales
crecieron en un 56%, un crecimiento sin duda apreciable
en medio de la peor crisis internacional de la historia.
El problema esencial residía en la creciente debilidad
de los precios del grano. En efecto, según se aprecia
en el cuadro 6.1, los términos de intercambio del
país siguieron disminuyendo a lo largo de la década
del treinta y en 1935-1939 se habían reducido a dos
terceras partes de su nivel de bonanza. En el caso del café,
los términos de intercambio se habían reducido
a la mitad y, en el año más crítico
de nuestro período de estudio, en 1940, a sólo
un 37% de su nivel de 1925-1929.
La dificultad más importante era el enorme peso de
la sobreproducción de café del Brasil, que
alcanzaba una tercera parte de la cosecha anual de dicho
país a comienzos de los años treinta. Aunque
a partir de 1931 empezó a destruir los excedentes,
quemándolos o lanzándolos al mar, y a erradicar
parte de las siembras, los excesos de producción
del Brasil fueron un factor depresivo del mercado a lo largo
de la década. La debilidad del mercado se reflejó
en cortas recuperaciones seguidas de crisis cada vez peores.
El repunte de los precios en 1934 se vio sucedido por una
nueva reducción de las cotizaciones en 1935. En 1936
y 1937 se presentó una nueva recuperación,
gracias en parte al pacto colombo-brasileño suscrito
a fines de 1936, que establecía que ambos países
intervendrían para mantener unos precios mínimos
de café. Sin embargo, con la ruptura del pacto en
noviembre de 1937 se desencadenó una nueva crisis.
Finalmente, la corta recuperación de 1939 fue seguida
de la peor crisis cafetera de la época, en 1940,
generada por la virtual desaparición de la demanda
europea a raíz de la ruptura de las hostilidades
en el viejo continente. En agosto de 1940, las cotizaciones
del café colombiano habían llegado a uno de
los peores niveles de la historia (US7.5 c/lb.).
La magnitud de la crisis cafetera, a más de evidentes
móviles políticos, llevaron a Estados Unidos
a propiciar el Acuerdo Interamericano de Café, que
se firmó en noviembre de 1940. El pacto estableció
un sistema de cuotas para los países exportadores,
garantizado por la participación del principal país
consumidor como parte integral del convenio. En el caso
colombiano, la cuota asignada (3.150.000 sacos) representaba
un 80% de las exportaciones promedio del país en
los cinco años anteriores y cerca del 20% de la cuota
total asignada dentro del Acuerdo para el primer año
cafetero (octubre de 1940 a septiembre de 1941). Los precios
internacionales del grano comenzaron a recobrarse en octubre
de 1940, y ya a mediados del año siguiente habían
llegado a US15.9 ¢/lb., para el café colombiano,
más del doble del nivel alcanzado durante los meses
críticos de agosto y septiembre de 1940. Las sucesivas
ampliaciones de las cuotas finalmente estabilizaron los
precios en junio de 1941. Para evitar que la entrada de
Estados Unidos a la guerra mundial, el 7 de diciembre de
1941, produjera una nueva ola alcista, el 11 de diciembre
el gobierno norteamericano fijó unos precios máximos
tentativos para las compras de Café. El 29 de diciembre
se establecieron los precios definitivos, que en el caso
del café Manizales fueron de US15.9 ¢/lb., un
nivel similar al de mediados del año. Este precio
se mantuvo invariable hasta después de terminado
el conflicto bélico.
La campaña submarina alemana en la Costa Atlántica
de Estados Unidos y el Caribe generó severos problemas
en el transporte marítimo desde comienzos de 1942,
que afectaron especialmente a las exportaciones brasileñas.
Aunque el problema disminuyó un tanto a finales del
mismo año, sólo desapareció a mediados
de 1943. Gracias a su mejor acceso al mercado norteamericano,
Colombia y los países centroamericanos se beneficiaron
de los acontecimientos, ya que los subembarques brasileños
obligaron a decretar varios aumentos de las cuotas. En compensación,
la Corporación de Crédito Comercial de Estados
Unidos compró aquellas partes de las cuotas brasileñas
de los años cafeteros 1941/2 y 1942/3 que no pudieron
transportarse. Los años siguientes fueron menos agitados.
El problema de abastecimiento desapareció gradualmente
y, gracias al dinamismo de la economía norteamericana,
el consumo de dicho país absorbió una proporción
creciente de la producción mundial. Como la cosecha
brasileña había seguido descendiendo, el equilibrio
en el mercado mundial del grano había sido restablecido
por fin en los últimos años del conflicto
bélico.
Pese al alza en los precios del café en 1941, los
términos de intercambio del país permanecieron
relativamente deprimidos durante los años de la guerra.
Aun si se excluye el año 1940, la relación
de precios de intercambio permaneció por debajo,
no sólo de los niveles de la bonanza de los años
veinte sino de los de primera mitad de la década
del treinta. Sin embargo, como la recuperación de
los precios del café coincidió con incrementos
adicionales en las cantidades exportadas, el poder de compra
de las ventas externas del país superó por
primera vez los niveles de los años veinte. En cualquier
caso, es difícil afirmar que los años de la
segunda guerra mundial se hayan caracterizado por los cuantiosos
ingresos de divisas. Más bien, el problema esencial
fue la dificultad para importar, debido al racionamiento
impuesto por Estados Unidos a muchos productos durante los
años críticos de la conflagración bélica,
a la utilización para fines militares de la flota
mercante de dicho país y a la campaña submarina
alemana de 1942-1943. En efecto, a pesar de los mayores
ingresos generados por las exportaciones, las importaciones
reales se redujeron en un 16% entre 1935-1939 y 1940-1944.
Los años 1942 y 1943 fueron particularmente críticos
y obligaron al gobierno colombiano a racionar algunos bienes
importados, en especial hierro y llantas. Además,
la dificultad para importar se reflejó en una considerable
acumulación de reservas internacionales durante estos
años. Las reservas del Banco de la República
pasaron de US$22.5 millones en 1941 a US$176.8 millones
en 1945. Al adquirir estas divisas, el Banco emitía
una cantidad correspondiente en pesos colombianos, generando
así una ampliación considerable de los medios
de pago. Esta expansión monetaria generó grandes
retos a la política económica, según
veremos más adelante.
EL SURGIMIENTO DEL INTERVENCIONISMO MODERNO La intervención
del Estado en la economía no nació súbitamente
en los años treinta. Sin embargo, antes de la crisis
mundial las esferas de acción del gobierno estaban
circunscritas a unos pocos frentes y, ante todo, no existía
la concepción del Estado como el gran regulador de
la actividad económica.
Desde épocas coloniales una de las principales esferas
de acción del Estado en la economía había
sido el desarrollo de las comunicaciones. Los gobiernos
participaban directamente como inversionistas u otorgaban
monopolios y subsidios al sector privado para desarrollar
caminos y ferrocarriles o para introducir la navegación
a vapor. También desde tiempos coloniales, el Estado
controló la asignación de tierras baldías,
la explotación de las minas, y la producción
y distribución de ciertos bienes que eran considerados
como importantes arbitrios rentísticos (la sal, el
aguardiente y el tabaco). La imposición de aranceles
a las importaciones constituyó la principal fuente
de recursos fiscales de los gobiernos republicanos hasta
los años veinte, permitiendo diferentes ensayos de
protección a la industria y a la agricultura nacional.
Algunos gobiernos otorgaron, además, subsidios o
monopolios para el fomento de ciertas industrias o cultivos
comerciales. El desarrollo de los servicios públicos
modernos (telégrafo, electricidad, acueductos, etc.)
aportó nuevos elementos para la intervención
del gobierno desde fines del siglo XIX, que actuaba como
regulador de estos servicios o como inversionista directo.
La regulación monetaria fue también una función
estatal desde épocas coloniales, aunque se restringió
por mucho tiempo a definir el contenido metálico
de la moneda y a fugaces experimentos con la circulación
de billetes de tesorería. Los gobiernos de la Regeneración
adoptaron, sin embargo, un régimen de papel moneda
de curso forzoso, según vimos en el Capítulo
IV de esta historia. El experimento terminó en la
única inflación galopante de la historia colombiana
durante la guerra de los Mil Días, que dejó
un profundo sello conservador en las costumbres monetarias
del país y una norma constitucional de 1910, que
prohibía dicho régimen monetario. Finalmente,
con la creación del Banco de la República,
en 1923, se estableció un sistema bancario moderno,
firmemente anclado en los principios del patrón oro.
Simultáneamente se expidió la ley bancaria
que todavía rige en el país. La promoción
y regulación de esta actividad, obviamente, tenían
raíces en el siglo XIX, cuando el gobierno utilizó
en ciertos momentos el privilegio de depósito de
los caudales públicos como mecanismo para facilitar
la fundación de ciertas entidades financieras.
Los años treinta fueron, sin embargo, inmensamente
prolijos en nuevas formas de intervención, al tiempo
que se desarrollaba toda una nueva concepción del
Estado como regulador de la vida económica y social.
Las nuevas formas y concepciones no surgieron como producto
de la aplicación de teorías económicas
abstractas, algunas de las cuales (el keynesianismo y la
escuela cepalina) eran desconocidas en el momento en que
se adoptaron muchas de las políticas que más
tarde se les atribuyeron. Aunque ciertas escuelas jurídicas
y políticas, y desarrollos anteriores o simultáneos
en otros países influyeron sin duda, en algunas decisiones,
ello sólo fue posible porque las circunstancias objetivas
permitieron estas acciones y promovieron, además,
la coalición de fuerzas políticas necesarias
para implantarlas. Más aún, a pesar de algunos
cambios de contenido, muy acentuados en el caso de la política
social, la nueva concepción del Estado intervencionista
perduró por mucho tiempo, en medio de enormes cambios
políticos y sociales, señalando así
el peso de las nuevas realidades en las cuales se apoyaba.
De hecho, sólo en la década del setenta vino
a plantearse seriamente la necesidad de revertir procesos
de consolidación estatal que habían ganado
fuerza por cerca de medio siglo.
Aunque son considerables los mecanismos de regulación1,
en esta parte del capítulo los dividiremos en dos
grandes grupos. Al primero lo denominaremos instrumentos
de regulación macroeconómica. Bajo este título
incluiremos el desarrollo de las políticas monetaria,
crediticia, fiscal, cambiaria, comercial e industrial. También
incluiremos aquí las entidades paraestatales creadas
para operar en dichos frentes. El segundo grupo está
compuesto por los instrumentos de regulación de la
actividad cafetera. Esa forma de intervención difiere
de la primera por la importancia que adquirió en
su manejo un gremio privado, la Federación Nacional
de Cafeteros. Esta parte del capítulo concluye con
unas cortas referencias a la consolidación de la
nueva concepción del Estado en las normas constitucionales.
En la parte siguiente se analizan los mecanismos de intervención
en el sector agrario y en las relaciones obrero-patronales.
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