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   2. La expansión cafetera Sin duda, el hecho decisivo de las primeras décadas del siglo XX fue la expansión de la economía cafetera, sustentada no en el sistema de haciendas, sobre la cual se había desarrollado la producción del grano en los Santanderes, Cundinamarca y en algunas zonas de Antioquia en las últimas décadas del siglo XIX, sino en la pequeña producción parcelaria del occidente del país. Esta expansión representó no sólo un desplazamiento de las zonas de producción sino, ante todo, la presencia de nuevas formas de organización social y productiva, con mayores alcances sobre la estructura global del país que aquéllas que hubieran podido provenir del sistema de haciendas.

De hecho, el sistema hacendario se caracterizaba no sólo por la baja modalidad de la mano de obra y su escasa integración al mercado monetario, sino por una organización de la producción en la que se trataba de disminuir la inversión de capital representado en la incorporación de técnicas y elementos de trabajo que pudiesen elevar la productividad. Por supuesto, el capital incorporado en la organización inicial de las haciendas no debió de ser desdeñable. Diversos estimativos señalan que el montaje de una hacienda hacia 1880 requería $10.000 por cada cien hectáreas. Sin embargo, la compra de herramientas, maquinarias y construcciones de edificios apenas representaban el 10% de dicha inversión y la adquisición de animales y semillas el 12%, mientras que el pago de jornales y salarios el 55%, y la compra de tierra el 23%. Tal estructura de la inversión provocó, en las dos últimas décadas del siglo XIX, dos características en la organización de las haciendas: de un lado, la búsqueda de formas de uso de la mano de obra que disminuyeron el peso de los costos salariales, lo que se resolvió en el desarrollo de formas no monetarias tales como pagos de renta en trabajo o en especie, que acabaron desvinculando al trabajador de la circulación monetaria; de otro, la paulatina disminución del capital necesario para modernizar la producción representada en elementos de trabajo. Por otra parte, la integración de los procesos de producción y comercialización de café (que se manifestaban en la transformación del hacendado en comerciante o de éste en aquél, movido principalmente por la aspiración de exportar directamente el café), unida a los altos costos de transporte, hicieron que la producción cafetera dependiera fuertemente de coyunturas excepcionales en el mercado internacional del grano. Así, el sistema hacendario implicaba, de una parte, un escaso efecto de la producción cafetera sobre el mercado interno global del país y, de otra, una gran inestabilidad de la propia producción cafetera.

Lo que la producción parcelaria del occidente introdujo de nuevo en el cuadro de la economía exportadora nacional fue un mayor impacto del café sobre el mercado interno de bienes agrícolas e industriales y, además, una separación entre los procesos de producción y comercialización del grano. Esta separación permitió, a su vez, una mayor resistencia de la estructura productiva cafetera a las fluctuaciones de los precios internacionales del grano, imprimiendo por lo tanto una mayor estabilidad, no sólo al sector cafetero sino al conjunto de la economía nacional.
CUADRO 5.1
PRODUCCION CAFETERA
POR DEPARTAMENTOS 1874-1932
(Miles de sacos de 60 kgs.)
Departamento 1874 1898 1913 1925 1932
Antioquia 1.2 70 1852 415 617
Viejo Caldas 1.3 20 1992 495 1.004
Valle 0.6 20 50 50 354
Cundinamarca 8.0 204 200 312 405
Tolima 1.03 263 603 156 448
Subtotal 12.1 340 694 1.428 2.828
N. de Santder 94.31 150 200 233 270
Santander 10.7 120 105 98 150
Departamento 1874 1898 1913 1925 1932
Magdalena4 0.2 25 13 21
Otras zonas 1.9 38 445 1846
Subtotal 107.1 270 368 388 625
Total Nacional 119.2 610 1062 1816 3453
Tasa de crecimiento anual 7.2% 3.9% 4.3% 9.6%   
4 Incluye los actuales departamentos de Magdalena, la Guajira y Cesar.
5 De éstos, 18 mil sacos corresponden al departamento del Cauca y otro tanto al departamento del Huila.
6 De éstos, 56 mil sacos corresponden al departamento del Cauca y 51 mil al departamento del Huila.

FUENTE:     Sandro Sideri y Margarita Jiménez, Historia del Desarrollo Regional en Colombia, Bogotá, 1984. Hacia los años treinta, resultaba ya claro no sólo que en la región occidental del país predominaba la producción cafetera, sino que ésta se asentaba fundamentalmente sobre la economía parcelaria. En efecto, en 1932 Antioquia, Caldas y el Valle del Cauca contribuían con el 57% de la producción nacional, a lo cual se agregaba un 13% adicional concentrado en su mayoría en las estribaciones de la Cordillera Central del Tolima (véase el cuadro 5.1). Por otra parte, el 70% de la producción antioqueña y cerca del 90% de la de Caldas y el Valle provenían de explotaciones de menos de 20.000 cafetos (cuadro 5.2). La participación de este tipo de explotaciones era algo inferior (62%) en Tolima, donde se combinaba la pequeña propiedad típica de las zonas de colonización antioqueña situadas al occidente del departamento con la hacienda de la Cordillera Oriental.

En la base de la expansión de la economía parcelaria en el occidente colombiano estuvieron dos procesos hasta cierto punto complementarios, que harían del café el producto privilegiado de estas regiones: la expansión de la frontera agrícola resultante de la colonización antioqueña y el hecho de que el café se adaptaba particularmente bien al tipo de asentamientos surgidos de la colonización. Según vimos en el capítulo anterior, la colonización antioqueña fue parte de un proceso más amplio de expansión de la frontera agrícola, sustentado sobre la ocupación de las tierras públicas durante la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX. Aunque acabó fortaleciendo el latifundio, incluso en la región occidental, en una pequeña pero dispersa franja de las tierras recién incorporadas comenzó a prosperar la economía parcelaria. La mitad de las tierras incorporadas y el 65% de las áreas cafeteras fueron adjudicadas antes del despegue del cultivo. Sin embargo, entre 1906 y 1931 fueron concedidas en Antioquia y Caldas 216.817 hectáreas, de las cuales el 12% a colonos, el 47% a individuos en unidades de menos de mil hectáreas y el 41% en propiedades mayores. Aunque mínima, la proporción ocupada por pequeños productores, después de 1910, sirvió de sustento a la producción cafetera en las zonas de colonización.

En estas áreas, el establecimiento del café parece haberse generalizado sólo después de que los asentamientos campesinos desarrollaron otros cultivos. Parece razonable pensar que en una economía de colonización incipiente el recién llegado no se comprometía con cultivos que, como el café, tienen carácter permanente. Parsons anota, en efecto, que “su adopción por los granjeros antioqueños como un producto agrícola de gran importancia tuvo lugar sólo después de diez años o más de haberse efectuado los primitivos desmontes y cuando los suelos ricos en humus habían dado en abundancia las primeras cosechas de maíz, frijoles o tabaco. Aun en la hoya del Quindío, donde la colonización ha sido relativamente reciente y donde hoy, más que en cualquier otra parte de Colombia, el café es el rey, la mayor parte de los cafetales se establecieron en tierras que anteriormente habían sido pastizales y aunque el cultivo se ajusta admirablemente al patrón de colonización de los pequeños propietarios establecidos, nunca hizo parte del sistema inicial de colonización”.3 El café se acomodaba bien a la economía parcelaria una vez que ésta hubiera logrado estabilizarse, porque no requería grandes inversiones de capital; además, es un producto durable y de fácil procesamiento, de modo que no era necesaria la inversión en maquinaria cara, ni estaba sujeta a economías de escala significativas; finalmente, se combinaba bien con otros cultivos de subsistencia. Así pues, aunque la colonización no se realizó para fundar cafetales, se comprende bien por qué éstos prosperan después del asentamiento estable de los primeros pobladores.

Las consecuencias del desarrollo cafetero del occidente colombiano, con el cual se consolidaría el sector exportador, deben verse en el marco de las limitaciones al desarrollo económico global del país a comienzos del siglo XX. Sin duda una economía como la colombiana del siglo XIX, caracterizada por bajos niveles de ingreso per cápita y acumulación de capital, escasa integración al mercado mundial, exigua incorporación tecnológica a la actividad agrícola y, más aún, escasa mano de obra frente a la disponibilidad de tierras, difícilmente hubiera podido integrar un mercado nacional que permitiera desatar los procesos económicos inherentes a su constitución (desarrollo industrial, agricultura mercantil, etc.), y tampoco hubiera podido eludir las crisis recurrentes propias de una vinculación al mercado mundial mediante productos inestables. Habría que subrayar, entre las consecuencias más notables del desarrollo cafetero, la desvinculación de la producción interna de las fluctuaciones de los precios externos, gracias al divorcio entre los procesos de comercialización y producción, que no quedaban ya en manos de un mismo agente (el hacendado), sino de casas extranjeras, los primeros, y de pequeños propietarios, los segundos. Aunque los precios externos siguieron siendo importantes para la estabilidad interna de la economía, los efectos de una baja ya no ponían en cuestión la totalidad del sector exportador, como antes, lo que por supuesto se traducía en una mayor estabilidad de la vida económica y política del país. Además, aunque los ingresos provenientes de las exportaciones de café se concentraban primordialmente en los circuitos de beneficio, transporte y comercio del grano, era esto precisamente lo que transformaba las condiciones de la acumulación de capital, haciéndola fluir hacia otros sectores que la requerían.
El café se constituyó en el núcleo de la expansión del mercado interno, no tanto por lo que significaba la economía parcelaria en tanto que mercado para los productos agrícolas e industriales de consumo, sino porque creó, mediante el beneficio, el comercio y el transporte del grano, una red de consumidores urbanos, al tiempo que sustentó la constitución de una red de transporte, principalmente ferrocarrilera, lo que naturalmente comportaba enormes efectos sobre la ampliación y diversificación del mercado. De hecho, en 1898 existían en el país 593 kilómetros de ferrocarril, de los cuales el 71.4% eran utilizados básicamente en transporte de café. Para 1914 la red había aumentado a 1.143 kilómetros, de los cuales el 80.4% se utilizaba para transportar el grano y para 1922 estas magnitudes habían aumentado a 1.571 y 89.0% respectivamente. En suma, pues, la emergencia del café en el occidente colombiano no sólo creó una sociedad económica y políticamente más estable, sino que contribuyó a sentar las bases del crecimiento económico con dos de sus condiciones esenciales: la acumulación de capital y la ampliación del mercado.4

Cabría señalar, finalmente, que la expansión cafetera incidió sobre la estabilidad política del país, ya que los grupos interesados en la expansión del grano fueron de naturaleza bipartidista (Santander y Cundinamarca eran departamentos liberales, y Antioquia y Caldas predominantemente conservadores) y, además, gran parte del cuerpo político colombiano se identificó con la economía política sostenida por los intereses importadores-exportadores que controlaron el gobierno después de 1910. En otros términos, los intereses suscitados alrededor del café lograron desplazar, al menos durante algunos decenios, las violentas pugnas doctrinarias, en favor de compromisos pragmáticos y sin duda menos renovadores, pero en todo caso no resueltos por la vía de las guerras civiles.

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