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  Hacia 1870, Colombia entró en la fiebre de los ferrocarriles y perdió casi todo su interés por las carreteras, por un lapso un poco mayor de treinta años. A partir de entonces, la acción del Estado se orientó a construir una red ferroviaria que, como la de carreteras ideada en la década del cincuenta, uniera rápidamente las zonas de mayor actividad económica con los puertos marítimos. Para poder brindar apoyo estatal a proyectos cuyos costos superaban la capacidad de gestión y financiación de los Estados, se definieron los trazos más o menos inconexos de los ferrocarriles propuestos como parte de hipotéticas líneas interoceánicas. Además del ferrocarril de Panamá, terminado en 1856 por una compañía de capital norteamericano, se iniciaron las siguientes líneas:

1.Barranquilla-Sabanilla: concluida en 1870, con una distancia de 27 kilómetros, permitió a Barranquilla desplazar a Cartagena y Santa Marta como el principal puerto del país.

2. Cúcuta-Zulia: iniciada en 1878, se concluyó 10 años después, sobre una distancia de 71 kilómetros.

3. Buenaventura-Cali: iniciada en 1878, había logrado avanzar en 1885, 27 kilómetros en las inmediaciones de Buenaventura; en 1897 tenía 35 kilómetros y sólo logró concluirse en 1914.

4. Medellín-Puerto Berrío: iniciada en 1874, tenía 45 kilómetros en 1885, y para finales de siglo estaba prácticamente terminada, con excepción del tramo de La Quiebra.

5. Bogotá-Girardot: iniciada en 1885, tenía 49 kilómetros en 1900; llegó a la Sabana en 1909.

6. Santa Marta-Ciénaga: iniciada en 1882, con la idea de llegar al Magdalena, se detuvo en Fundación en 1906.

7. Cartagena-Calamar: iniciada en 1891, se concluyó en 1894, y condujo a la recuperación de Cartagena como puerto marítimo.

8. Dorada-Honda: iniciada en 1882, llegó a Honda en 1883; permitía superar los rápidos de Honda, que tanta dificultad planteaban a la navegación a vapor.

9. Bogotá-Facatativá: realizada entre 1882 y 1889; en el siglo XX se extendería hasta Puerto Salgar.

10. El ferrocarril del Norte: esta línea que debía unir a Bogotá con Boyacá y Santander y llegar al Magdalena, fue uno de los proyectos favoritos del liberalismo radical en la década de 1870, y la concentración de los recursos del gobierno central en una obra que parecía localista provocó la resistencia de otras zonas del país. Apenas pudo comenzarse en 1891 y llegó a Zipaquirá en 1898.

Otras líneas en las que se puso mucha esperanza, como la que uniría a Bucaramanga con Puerto Wilches, debieron aplazarse hasta el siglo XX, a pesar de varios comienzos infructuosos; algo similar ocurrió con el proyecto de unir a Ibagué con Girardot.

La apertura de estas vías se hizo en gran parte con capital nacional pero también tuvieron una presencia significativa las compañías inglesas o norteamericanas que se conformaron para abrir algunas líneas. Por ello, para finales de siglo, los ferrocarriles constituían, con la minería de oro y plata, el núcleo de la inversión extranjera en el país. El impacto económico de estas obras fue relativamente lento. Hay que pensar que para 1880 solamente existían unos 100 kilómetros en operación que se convirtieron en unos 550 para 1898. Sin embargo, ya era significativo el tráfico de algunos ferrocarriles, como el de Girardot y el de Puerto Berrío, y la apertura de algunos de ellos había permitido la colonización de ciertas áreas antes improductivas
LA EXPANSIÓN DE LA FRONTERA AGRÍCOLA
Y LA TRANSFORMACIÓN DE LA AGRICULTURA
1. Los procesos de colonización Uno de los procesos centrales de la historia económica del siglo XIX fue la expansión de la frontera agrícola. Una parte importante del aumento de la población se esparció hacia las vertientes y valles interandinos, con lo cual se modificó sustancialmente la distribución de los habitantes en el territorio nacional y se abrieron zonas agrícolas en áreas hasta entonces incultas. El proceso fue impulsado por la saturación demográfica de algunas regiones, por el agotamiento de las tierras y por la existencia de formas de concentración de la propiedad rural que hacían difícil la adquisición de una parcela en las áreas ya pobladas.

El proceso de colonización había venido adquiriendo un dinamismo cada vez mayor desde finales del siglo XVIII, y para mediados del siglo XIX había avanzado ya bastante la ocupación de nuevas zonas del sur de Antioquia, hasta Manizales, y de Santander. Una comparación de los censos de 1843 y 1870 muestra que los principales focos de atracción para los colonos estuvieron entonces en el norte de Antioquia (Remedios, Yarumal), donde revivió una actividad minera que se había abandonado, en el sur de Antioquia (Andes, Concordia, Jericó, Bolívar, Támesis, Valparaíso), el actual departamento de Caldas (Manizales, Aranzazu), la región tabacalera de Bolívar (Carmen), las llanuras del Sinú (Sincelejo, San Onofre, Lorica, Cereté), las áreas tabacaleras de Palmira y Ambalema y las zonas de Lebrija, Cúcuta y Salazar. Entre 1870 y finales de siglo continuó la expansión de las tierras templadas de la Cordillera Central (Jardín, Pensilvania, Filadelfia) y Occidental (Urrao, Cañasgordas). Fuera de ello, la colonización antioqueña ocupó las vertientes de la Cordillera Central hacia el Magdalena (Fresno, Líbano) y las del río Cauca en el norte del Valle y el actual departamento del Quindío (Armenia, Sevilla, Caicedonia). El ritmo de colonización alrededor de Cúcuta se mantuvo, así como en las planicies del San Jorge y el Sinú. En Cundinamarca, desde mediados de siglo hasta finales avanzó la ocupación de los valles del río Bogotá y se inició la ocupación del valle del Rionegro y de las tierras del Meta y San Martín.

El poblamiento se llevó a cabo en medio de contradictorias políticas oficiales y estuvo afectado por una gran variedad de estructuras geográficas, sociales y culturales locales, por las condiciones de las tierras ocupadas, la cercanía a centros comerciales y la posibilidad de desarrollar cosechas comerciales. Tales factores condujeron a que las formas de la colonización fueran muy diferentes en las diversas regiones, y a que los resultados variaran entre zona y zona. Esos mismos factores operaron dentro del contexto de un conflicto entre quienes impulsaban una colonización familiar y quienes buscaban la apertura de grandes haciendas. Por una parte, decenas de miles de colonos en busca de mejores oportunidades de vida trataron de establecer una economía de pequeños productores independientes. Mientras tanto, grupos de empresarios urbanos o rurales se hicieron a amplias concesiones territoriales, con la esperanza de convertirlas en haciendas ganaderas o productoras de bienes de exportación.

Las tierras ocupadas por los colonos fueron esencialmente de baldíos: tierras que no habían salido del dominio del Estado durante la época colonial o los comienzos de la República. Sin embargo, en algunas zonas tropezaron con títulos de propiedad de origen colonial, que habían dado lugar a “concesiones” más o menos extensas que no habían sido ocupadas, o se enfrentaron con títulos que fueron asignados después de que la tierra ya había sido ocupada por los primeros pobladores. Estos hechos condujeron a frecuentes conflictos que se expresaron en solicitudes al gobierno, pleitos y actos diversos de violencia. Mientras los propietarios destruían las construcciones y cosechas de los colonos, éstos se enfrentaban a aquéllos, incluso apelando al asesinato. En algunas regiones, y en particular en las zonas de colonización antioqueña, los colonos desarrollaron una habilidad creciente para utilizar los recursos legales y, apoyados por funcionarios y comerciantes locales, por tinterillos o por propietarios envueltos en disputas con terceros, lograron con frecuencia resultados favorables a sus pretensiones sobre la propiedad. En otras, no encontraron apoyo y ante los altos costos para formalizar las escrituras (era necesario pagar un agrimensor para poder pretender la titulación, pero el costo se hallaba fuera del alcance de la mayoría de los colonos e incluso valía más que las pocas hectáreas abiertas), la ausencia de linderos claros y la deficiente legislación sobre títulos, los propietarios pudieron justificar con éxito sus alegatos de propiedad sobre tierras ya ocupadas. En tales ocasiones, muchos de los pobladores acabaron aceptando permanecer en la tierra en calidad de arrendatarios, ante la alternativa de perder ocho o diez años de esfuerzo y comenzar de nuevo en otra tierra igualmente incierta.

En la primera mitad del siglo XIX la colonización antioqueña de la región situada entre Sonsón y Manizales tuvo algunas características peculiares pero también algunos elementos en común con las actividades acometidas en otras regiones del país. En este caso, la ocupación de la frontera fue en gran parte el resultado de esfuerzos de grupo, que condujeron a la formación de pueblos organizados con una amplia participación de los primeros pobladores. Los pueblos se levantaron en tierras baldías o en zonas donde existían pretensiones de propiedad privada, como en el caso de la Concesión Aranzazu. El conflicto entre los titulares de la concesión y los colonos condujo a una transacción legal después del asesinato del principal representante de aquélla, en 1853. En dicha transacción, como en muchas otras del mismo tipo, los colonos recibieron títulos de propiedad sobre unidades medianas (50-100 hectáreas), el Estado se reservó el 25% de las tierras y las nuevas poblaciones recibieron títulos por 10.000 a 12.000 hectáreas cada una. Mientras tanto, se reconocían los derechos de los concesionarios sobre las áreas vecinas, mucho más extensas.

En otras regiones, como en el suroeste antioqueño, la colonización se vio impulsada por el interés de los grupos dirigentes de los centros comerciales de la región, que consideraron viable invertir y especular con este proceso. Algunos comerciantes acumularon bonos territoriales y papeles de deuda con base en los cuales recibieron concesiones amplísimas de baldíos, como la de Nueva Caramanta, obtenida por Gabriel Echeverri. Para los inversionistas resultaba atractivo promover la ocupación de parte de las tierras recibidas, para valorizar las restantes. De este modo, otorgaron facilidades para la conformación de los núcleos iniciales de pobladores, donando usualmente las tierras para la cabecera y vendiendo a bajo precio pequeños lotes agrícolas.

En uno y otro caso se generó un sistema de colonización en el cual se establecían núcleos de pequeños y medianos propietarios y, entre ellos propiedades mucho más extensas, que inicialmente permanecían sin utilización económica. El crecimiento demográfico y la llegada de nuevos colonos modificaba esta situación. Mientras los primeros colonizadores trabajaban sus propiedades con mano de obra familiar y a veces con algunos agregados, los que llegaban posteriormente encontraban agotadas las posibilidades de distribución de tierras o debían aceptar lotes menores y menos productivos. De este modo, se iba conformando una población pobre sin tierras o con lotes muy pequeños, la cual eventualmente podía obtener títulos en las tierras de los grandes propietarios, cuando se ponían en venta, o vincularse a las actividades de éstos como agregados o arrendatarios. En consecuencia, el propietario comenzaba a subordinar mano de obra que le permitía iniciar la explotación de sus propiedades. Así se formaron, entre otras, las grandes haciendas ganaderas en las vegas del Cauca en las últimas décadas del siglo.

En ciertas regiones del país el vínculo creciente con la economía mundial a partir de 1850 y la expansión del mercado interno de algunos bienes agropecuarios reforzaron las razones para la ocupación de nuevas tierras. Las áreas de producción de tabaco habían sido zonas de cosecheros pobres, que raras veces recibían títulos territoriales. El auge tabacalero de 1850 a 1875 se tradujo en la titulación de las tierras por parte de grandes inversionistas, que establecieron extensas propiedades cultivadas por arrendatarios en la región de Ambalema y en menor escala en Palmira y Carmen de Bolívar. En otras regiones, como la Costa Atlántica, el crecimiento de los mercados para productos agrícolas, en particular de carne, estimulado por la apertura de un camino a Antioquia, creó incentivos para la colonización de las áreas del San Jorge y el Sinú. Procesos similares tuvieron lugar en las partes templadas de Santander del Norte, donde se abrieron tierras que se dedicarían al cacao y al café, y en las laderas de Cundinamarca, donde se crearon propiedades ganaderas dedicadas parcialmente a la caña de azúcar y al café. En Santander, Antioquia, Tolima y otras zonas también se concedieron grandes extensiones para explotar la quina y otros recursos naturales. De esta manera, fuera de Antioquia, el proceso de colonización estuvo en buena parte conformado por trabajadores contratados por los propietarios o por campesinos que se vincularon como arrendatarios a las nuevas haciendas. No obstante, en regiones como Santander la colonización individual también condujo a la formación de economías campesinas, pero este proceso ha sido poco estudiado hasta el momento.
2. La política de tierras Para mediados del siglo, la tierra de propiedad privada representaba una proporción muy pequeña del territorio nacional, aun contando dentro de ella las concesiones que permanecían vacantes. La propiedad privada se originaba ante todo en las “mercedes de tierras” hechas por las autoridades españolas, y en las “composiciones”, que eran pagos hechos por los usurpadores de tierras públicas para legitimar su propiedad. A tales títulos podrían añadirse los de los resguardos indígenas, considerados como propiedad comunal. Quedaba en manos del Estado una inmensa reserva de tierras públicas, que podía abarcar más del 80% de la extensión territorial del país. Entre la década de 1820 y finales de siglo, los dirigentes colombianos vieron en estos baldíos una inmensa riqueza que podía servir para estimular el desarrollo económico del país; podían ofrecerse como señuelo a grupos de colonos europeos, brindarse como incentivo para la construcción de vías de comunicación y otras obras de progreso, entregrase a los campesinos que carecieran de tierra, o venderse para obtener recursos para el fisco.

Durante el período de 1820 a 1870 se puso el acento en la utilización fiscal de los baldíos, y pronto se regularizó un sistema por el cual se emitían bonos territoriales que podían redimirse por baldíos: los bonos se entregaban a los acreedores del Estado, y podían también obtenerse a cambio de otros documentos de deuda pública. Por tanto, durante esos años la mayor cantidad de tierras fue adquirida por especuladores que habían acumulado títulos de baldíos originados en documentos de deuda pública o en retribuciones a los soldados de la Independencia, y que se negociaban con elevadísimos descuentos. Al lado de estas concesiones, y de las obtenidas como incentivo para la realización de caminos, puentes y otras obras similares, se encontraban durante aquella época las dotaciones colectivas en la zona de colonización antioqueña: unas 20 municipalidades recibieron entonces entre 8.000 y 12.000 hectáreas cada una.

A partir de 1870 el contexto económico de la apropiación de baldíos se modificó: disminuyeron las concesiones a los colonos antioqueños y se reforzó el interés de los grandes empresarios por hacerse a extensas áreas para su explotación directa. Curiosamente, la nueva fase de la asignación de baldíos, que condujo a la consolidación de grandes propiedades, se llevó a cabo a pesar de la aprobación de un conjunto de leyes que pretendían atender mejor a las necesidades del pequeño cultivador y evitar la concentración de las tierras en unos pocos especuladores. En efecto, desde 1863 se había dado reconocimiento legal a los “colonos”, al indicar que no se podían vender baldíos ni hacer adjudicaciones por bonos en áreas ya ocupadas por colonos, los cuales tendrían prioridad para la asignación de un lote hasta de 6.4 hectáreas. En 1870 la Ley 14 reguló las asignaciones colectivas a poblaciones, de las cuales se harían muy pocas más en el resto de siglo, señalando para ellas un tope de 12.000 hectáreas y determinando que cada colono recibiría un lote de 32 hectáreas.

La Ley 48 de 1882, impulsada por Aníbal Galindo, trató de proteger aún más a los colonos, al determinar que sólo podrían ser expulsados del área que ocupaban si se demostraba un título previo legítimo y que, incluso en ese caso, si el colono había entrado en la tierra de buena fe, era preciso pagar las mejoras. Esta ley determinó además que la propiedad de los baldíos se adquiría ante todo por su explotación económica y fijó un tope de 5.000 hectáreas para las concesiones individuales. Hasta entonces, mientras que el cultivador pobre tenía un límite de 6.4 hectáreas y una colonización colectiva un máximo de 12.000, un empresario podía obtener una concesión ilimitada. Por último, la ley estipuló que las tierras baldías asignadas que no se cultivaran durante diez años revertirían a la nación, medida nunca puesta en práctica, aunque fue reiterada, con igual inocuidad, en 1936 y 1945.

Sin embargo, independientemente la intención de los legisladores, la asignación de baldíos fue durante el siglo pasado, y en forma creciente a finales de éste, un medio para el traspaso casi gratuito de la propiedad pública a un número reducido de empresarios y para la consolidación de la gran propiedad, con excepción del área de colonización antioqueña, donde la situación fue algo menos unilateral. En efecto, según Catherine Legrand4, entre 1827 y 1936 se concedieron tierras baldías por 3.2 millones de hectáreas. Tan sólo unas 400.000 fueron entregadas antes de 1869, de las cuales dos concesionarios recibieron en total más de 150.000. El período estuvo marcado por concesiones en Antioquia y Caldas (muchas de ellas a poblaciones), en las vertientes orientales de Cundinamarca y en el Tolima. Durante el resto del siglo (1872-1899) se entregaron 1.500.000 hectáreas, aproximadamente, buena parte de las cuales fueron otorgadas a empresarios de la quina y a especuladores ferroviarios. Se hicieron además concesiones en los Llanos, Bolívar, Magdalena y Tolima, pero en esta época casi todas las áreas de vertientes fueron escenario de procesos de colonización o especulación con baldíos.

De acuerdo con la misma autora, de los casi dos millones de hectáreas entregadas en el siglo XIX, una cuarta parte pudo haber ido a poblamientos en la zona antioqueña. Estas 250.000 hectáreas habrían generado, si se hubieran distribuido según las normas legales (32 hectáreas por cultivador), unos 7.700 pequeños propietarios. El resto de los títulos fueron a configurar grandes propiedades: el estimativo global de Legrand es que el 73% de la tierra quedó en manos de beneficiarios de concesiones de más de 1.000 hectáreas. Los títulos de menos de 100 hectáreas representaron apenas el 11% de las tierras concedidas, y las repartidas en parcelas de 100 y 1.000 hectáreas el 16% del total.

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