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  El proceso de expansión de exportaciones de origen agrícola y ganadero iniciado a fines de la Colonia quiso reconstruirse después de la guerra. Los resultados de tales esfuerzos no fueron muy favorables. El principal “fruto” exportado en los primeros años del siglo, el algodón, no pudo sostenerse ante la baja dramática de los precios internacionales generada por la expansión del cultivo en Estados Unidos. Aunque todavía sobrevivía en la década del treinta, desapareció poco después de los registros de exportación. La quina, que también tuvo un corto período de auge a fines de la Colonia, se había eclipsado casi totalmente a comienzos de la República. En cambio, la exportación de cueros y palos de tinte siguió incrementándose. Al lado de estos bienes surgieron, además, nuevos productos. Entre ellos se destaca el tabaco, que comenzó a exportarse desde la década del treinta como resultado del interés conjunto del gobierno y los comerciantes (véase la sección siguiente).

En cualquier caso, antes de mediados de siglo, la apertura al comercio exterior fue muy limitada. Aunque la exportación de frutos creció un poco en relación con los niveles más altos de la Colonia (de $785.000 anuales en 1802-1804 a $849.000 en 1835-39 y $894.000 en 1841-45), la expansión no alcanzó a compensar la caída en la producción y exportación de oro. De esta manera, en la primera mitad del siglo XIX se vivió un estancamiento e incluso un retroceso del comercio de exportación. Como la población aumentó en un 80% aproximadamente, lo anterior indica que, a mediados del siglo, las exportaciones por habitante habían disminuido en más de un 40% en relación con los niveles de fines de la Colonia. El valor de las importaciones se mantuvo también relativamente inalterado. Sin embargo, gracias a la caída dramática de los precios de los textiles en el comercio internacional, las compras reales de estos bienes, que representaban entonces tres cuartas partes de las importaciones colombianas, se elevaron a un ritmo relativamente aceptable (un 3% anual), aun antes de la bonanza exportadora de mediados del siglo. LAS FINANZAS PÚBLICAS Uno de los aspectos más controvertidos durante la constitución y desarrollo del Estado republicano fue el relativo a las rentas. El desorden introducido por la guerra y las medidas adoptadas en los primeros años de la República habían creado traumas en la estructura tributaria. La supresión de algunos impuestos y la desorganización de la administración fiscal abrió un boquete considerable en los recursos del Estado, al tiempo que aumentaban considerablemente las necesidades de gasto.

Las nuevas demandas creadas por la Independencia tenían tres orígenes diferentes. El primero de ellos era la aparición de un ejército nacional, que no solamente debía garantizar el triunfo republicano sino que tuvo que hacer frente a la resistencia irregular que sobrevivió después de 1820. La Nueva Granada tuvo también que financiar los ejércitos que se enviaron al sur de América para luchar por la independencia del Ecuador y el Perú. A esto se unieron los levantamientos, las guerras civiles y las amenazas de reconquista. Se estima que, en 1825-26, cerca de las tres cuartas partes de los egresos del Estado se destinaron a atender gastos militares y, aún en 1826-27, los gastos del ejército y la marina alcanzaron el 62%. Aunque posteriormente dichas erogaciones se redujeron, su proporción volvió a hacerse importante en los años que precedieron a la guerra de los Supremos (1829-42), cuando la hacienda nacional tuvo que disponer de un 44% del presupuesto para guerra y marina. La segunda demanda provenía de la nueva burocracia estatal. A los gastos de los empleados civiles se unían los de la burocracia internacional, que comenzó a recorrer el mundo estableciendo embajadas, consulados y legaciones diplomáticas. Por último, la guerra de independencia y las necesidades generales durante los primeros años de la vida republicana dejaron como legado una deuda externa e interna considerable. En 1839, al ser dividida la deuda de la Gran Colombia, correspondió a nuestro país un 50% del total, que sumaba $31.8 millones con el exterior y $19.9 millones internamente. Ello equivalía a más de veinte veces los ingresos públicos de aquellos años. La imposibilidad de pagar semejante deuda se convirtió desde entonces en una amenaza constante, ya que los intereses no pagados se convertían en nuevo capital, en un permanente círculo vicioso.

Es importante anotar que, pese a que la contabilidad mostró un superávit en algunos años, éste no era más que un espejismo, que ocultaba la postergación de los pagos de la deuda pública y los gastos irrisorios en nuevos proyectos de desarrollo económico. Teniendo en cuenta la población del país, los gastos públicos por habitante, una vez deducidos los costos de recaudación de las rentas, oscilaban en los años treinta en torno a $1 y tendieron a disminuir en la siguiente década. Esta es una señal inequívoca de la absoluta indigencia en que se debatía la sociedad republicana en sus primeros años.

Durante los años de la primera república, varias juntas de gobierno habían procedido a eliminar algunas de las rentas más odiadas, entre ellas el tributo de indios, el impuesto a los mazamorreros y el monopolio de aguardiente. Dichas medidas, unidas a la desorganización general de la administración fiscal, generaron faltantes cuantiosos, que se cubrieron apelando a los saldos de las cajas reales, a la expropiación de los bienes de los realistas, al uso del papel moneda, en Cartagena, y a las emisiones de moneda de baja ley.

Después de la reorganización del sistema rentístico que emprendieron las autoridades españolas durante la Reconquista, los primeros gobiernos y congresos republicanos adoptaron una actitud más cautelosa. En 1821, el Congreso de Cúcuta abolió algunas rentas menores que eran consideradas particularmente opresivas, entre ellas nuevamente el tributo de indios y el impuesto a los mazamorreros, la alcabala para ventas internas (aunque se mantuvo, con una tasa reducida, para las operaciones de propiedad raíz), el impuesto sobre las ventas de víveres o sisa y la venta de cargos públicos15. Sin embargo, por razones estrictamente rentísticas, se mantuvieron los monopolios estatales sobre el tabaco y la sal, pese a la oposición que existía contra el primero, y se sustituyó el del aguardiente por un gravamen diferente. Además, los diezmos y el quinto también se preservaron, pese a que eran considerados como verdaderos frenos al desarrollo de la agricultura y la minería nacional.

Aunque la renta del tabaco fue reorganizada con bastante éxito en la década del treinta, el interés del gobierno y de los comerciantes en desarrollar nuevas fuentes de exportación y las propias necesidades fiscales del Estado, impulsaron diversos mecanismos mediante los cuales los intereses privados penetraron en el negocio e hicieron finalmente inatajable su privatización. El primero de ellos fue una forma de conciliar los intereses de los comerciantes y del monopolio. Después de un primer ensayo de exportación por cuenta del gobierno, este último decidió realizar subastas periódicas de tabaco entre algunas firmas interesadas en venderlo en el mercado internacional. Además el gobierno contrató algunos empréstitos cuya garantía se estipuló en tabaco; algunos de ellos estaban todavía vigentes al momento de la abolición del monopolio. Debido a la falta de recursos, el gobierno se vio también obligado en diversas ocasiones, en particular durante la guerra de los Supremos, a utilizar los fondos de caja del estanco para pagar sus gastos ordinarios. De esta manera, a la hora de hacer los pagos a los cosecheros, el estanco se encontraba sin fondos. Este hecho obligó al gobierno a contratar las siembras con aquellos hacendados que tuvieran acceso al crédito, permitiendo que éstos se iniciaran en el cultivo, que hasta entonces se reservaba a los pequeños propietarios.

A mediados de la década del cuarenta era creciente el interés de los comerciantes y de algunos hacendados en el negocio del tabaco. Por tal motivo, cuando la administración de Tomás Cipriano de Mosquera decidió entregar al sector privado las factorías de Ambalema, Palmira y Girón y crear algunas destinadas exclusivamente a la exportación, no tuvo dificultad para arrendar ninguna de ellas. La producción y exportación de tabaco se incrementó rápidamente bajo el nuevo sistema. Por eso, la presión para abolir el monopolio se hizo frontal. En 1848 el Congreso —en contra de la opinión del Ejecutivo— decretó la libertad del cultivo, estableciendo al mismo tiempo un impuesto de exportación. Al año siguiente se redujo este gravamen pero se creó un impuesto a las siembras de la hoja. La oposición a los nuevos tributos fue rápida y efectiva y en mayo de 1850 la producción y comercio del tabaco quedaron completamente libres de todo gravamen.

En el caso del aguardiente, las medidas de libertad fueron más tempranas. A ello contribuyó, sin duda, la mayor dispersión de su producción en todo el territorio nacional y la decisión de varias juntas revolucionarias de eliminarlo durante la primera república. La Reconquista consideró, además, que era peligroso en este caso revivir el monopolio y optó por imponer un gravamen de $2 por cántara de aguardiente producido. El Congreso de Cúcuta decretó igualmente la libertad de producción de aguardiente, pero creó un gravamen sobre la destilación y sobre la patente de venta al detal de dicho licor. Aunque en 1828 fue restablecido el monopolio, nuevamente se le sustituyó en 1834 por un sistema de patentes.

El ensayo más interesante en el terreno fiscal en los primeros años de la república fue el establecimiento de un impuesto a la renta. Este nuevo gravamen, creado en 1821 en el Congreso de Cúcuta, tenía dos modalidades. En el caso de los salarios, se trataba de un gravamen levemente progresivo: nulo para rentas inferiores a $150 anuales, del 2% para ingresos de entre $150 y $1.000, y de 3% para rentas superiores. Para los ingresos de capital, el gravamen era de un 10%, sobre una base que era en la práctica una renta presuntiva, pues equivalía al 5% de los capitales invertidos en la agricultura, la minería y la manufactura (incluidos los terrenos), y al 6% de los invertidos en el comercio. El gravamen funcionó en forma muy deficiente en ausencia de un catastro que sirviera para determinar, siquiera imperfectamente, el valor de las propiedades. Su producido resultó ser apenas una ínfima porción de lo estimado inicialmente. Fue suspendido temporalmente en 1823 y, después de una tentativa de mejorarlo, quedó abolido definitivamente en 1826. Sólo revivió como renta provincial a mediados del siglo, según veremos en el capítulo siguiente de este libro. Bibliografía de referencia La literatura histórica para los años de 1810 y 1850 es masiva pero orientada a resaltar acontecimientos políticos y vidas de héroes. Los aportes en los campos de la economía y de la sociedad han sido menos sistemáticos, pero se han convertido en una preocupación incipiente de los investigadores llegados a la vida universitaria. Entre las colecciones de documentos para la época merecen consultarse, en particular, Sergio Elías Ortiz et al., Papeletas bibliográficas para el estudio de la historia de Colombia; separata del Boletín Cultural Bibliográfico, 1961, y Javier Ocampo López, Historiografía y bibliografía de la emancipación del Nuevo Reino de Granada, Tunja, 1969. El mejor estudio sobre la independencia sigue siendo el de José Manuel Restrepo, Historia de la revolución de Colombia, Bogotá 1942-1950, que debe ser complementado con David Bushnell, El régimen de Santander en la Gran Colombia, Bogotá, 1966; José Escorcia, Desarrollo político, social y económico 1800-1854, Bogotá, 1983; Zamira Díaz de Zuluaga, Guerra y economía en las haciendas, Popayán 1780-1830, Bogotá, 1983; Hermes Tovar P., “Guerras de opinión y represión en Colombia durante la independencia, 1810-1820”, en Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, No. 11, 1983; y Germán Colmenares et al., La independencia, ensayos de historia, Bogotá, 1986.

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