|
INDICE
|
|
CUADRO 3.2
HACIENDAS EMBARGADAS DURANTE LA RECONQUISTA
(1815-16)
| Propietario |
Hacienda
|
Jurisdicción |
Año |
|
| José Nicolás de
Rivas |
La Chamicera |
Santa Fe |
1816 |
|
| Domingo Bastidas |
La Laguna |
Usme |
1816 |
|
|
Casablanca |
Usme |
1816 |
|
| Josef María López
|
Matarredonda |
Neiva |
1816 |
|
| Francisco López |
Buenavista |
Neiva |
1816 |
|
| Emigdio José Troyano |
Cayundá |
Anolaima |
1816 |
|
| Camilo Torres |
Comerciante |
Santa Fe |
1816 |
|
| Agustín del Valle |
Comerciante |
Barranquilla |
1816 |
|
| Bartolomé Molinares |
Comerciante |
Barranquilla |
1816 |
|
| José G. Gómez |
Cura |
Lorica |
1815 |
|
| José M. Torres |
Cura |
S. Nicolás |
1815 |
|
| Fco. de la Cruz González
|
Hda. Corito |
Serrezuela |
1816 |
|
| Mariano Grillo |
Potr. Garzón |
Serrezuela |
1816 |
|
| Antonio Rumbao |
Minero |
Zaragoza |
1816 |
Gregorio San Germán |
| Minero |
|
Zaragoza |
1816 |
|
| Diego Lobón |
Minero |
Zaragoza |
1816 |
|
|
|
|
|
|
| Propietario |
Hacienda
|
Jurisdicción |
Año |
|
| Manuel Cobo |
Comerciante |
Zaragoza |
1816 |
|
| Francisco Pradilla |
Hda. La Peña |
Suratá |
1816 |
|
| Ignacio Amaya |
Hacendado |
Fontibón
|
1816 |
|
| José Acevedo |
Hacendado |
Santa Fe |
1816 |
|
| José Madrid Domínguez
R |
Hacendado |
Espinal |
1816 |
|
| Nicolás Manuel Tanco |
|
Honda |
1816 |
|
| José María Castillo
|
|
Santa Fe |
1816 |
|
| Manuel García
|
|
Santa Fe |
1816 |
|
| Estanislao Gutiérrez
|
|
Santa Fe |
1816 |
|
| Pantaleón Gutiérrez
|
Techo - La Herrera |
Fontibón |
1816 |
Serrezuela-Zanquino |
| Juan Agustín Torres |
Hda. El Volcán |
Faca-Anolaima |
1816 |
|
| Ignacio Días |
H. Mana Blanca |
Faca |
1816 |
|
| Luis Dionisio Caycedo |
H. Saldaña y Contreras
|
La Mesa |
1816 |
|
| José Sta. María
|
Hacienda |
Fontibón |
1816 |
|
| Pedro Groot |
Bermeo |
Santa Fe |
1816 |
|
| Mariano Grillo |
Potr. Garzón |
Santa Fe |
1816 |
|
| Francisco Díaz |
Las Monjas |
Santa Fe |
1816 |
|
| Pedro Felipe Valencia |
|
Santa Fe |
1816 |
|
| Francisco García Hevia
|
Casas |
Pamplona |
1816 |
|
| Joaquín Sarmiento |
Cura (Hdas.) |
Socorro |
1816 |
|
| Jorge Tadeo Lozano |
Chinauta (Hda.) |
Tibacuy |
1816 |
|
| Jorge Tadeo Lozano |
S. Fortunato (Hda.) |
Soacha |
1816 |
|
FUENTE: A.H.N. (Bogotá), Secuestros. Sería interminable el volumen
de testimonios sobre extracción de ganados, esclavos,
alimentos y, en fin, cuanto pudiera ser utilizado por militares,
saqueadores y herederos, dispuestos a sobrevivir con cuanto
pudieran subrepticiamente vender. La guerra no sólo
se limitó al saqueo de los factores productivos,
sino que también preservó y acrecentó
los bienes de quienes fueron fieles a la causa.
Cuando Pablo Morillo invadió la Nueva Granada recibió
múltiples quejas de muchos españoles que habían
sido perseguidos por los patriotas antes de 1816. Sus bienes,
secuestrados por los gobiernos de la primera república
(1810-1815), se les deberían restituir. Como recompensa
a sus sacrificios, Morillo dispuso que las tierras, bienes
y haciendas de los criollos derrotados les fueran entregadas
para paliar sus dificultades económicas (véase
el cuadro 3.2). Otros españoles o criollos que permanecieron
neutrales durante los años de independencia, cuando
notaron que las tropas del rey avanzaban por los diferentes
costados de nuestras cordilleras, procedieron a entregar
víveres y alimentos, contribuyendo a solidificar
la intendencia de los invasores, quienes luego les premiaron
sus servicios al rey. Los secuestros de bienes no fueron
patrimonio de la reconquista sino de la primera y aún
de la segunda república, ya que después de
1819 muchos españoles y defensores de la causa real
perdieron todo su patrimonio, a más de que muchos
de ellos, en la huida, fueron perseguidos por ciudadanos
corrientes que hacían cacerías de españoles
para fusilarlos después del triunfo de agosto de
1819. En 1819, muchas de las haciendas de los españoles
regresaron a manos de los patriotas, cerrándose el
ciclo de revanchas políticas que afectaron a un gran
número de propietarios. La destrucción de
las haciendas conllevó una ruptura del sistema de
créditos y abastos y de los circuitos comerciales
que tuvieron que buscar nuevas fuentes de vida.
2. La hacienda colonial en la primera mitad del siglo XIX
Es indudable que muchas haciendas entraron en decadencia,
ya sea porque sus dueños tuvieron que dejar definitivamente
el país o porque estaban ubicadas en aquellas regiones
donde la guerra fue permanente. Otras lograron defenderse
del conflicto o lo superaron manteniendo su vocación
productiva hasta bien avanzado el siglo XIX. Así,
algunas de las viejas familias coloniales se proyectaron
sobre el siglo XIX como legítimos herederos de viejos
sistemas de organización económica, mientras
que otras tierras fueron adquiridas por modernos comerciantes
deseosos de convertirlas en renovadas unidades de producción.
Paralelamente, el Estado promovió la ocupación
de tierras nuevas, aprovechando tierras públicas
inexplotadas, medida que de todas formas pretendía
resolver en forma marginal la demanda de los nuevos sectores
de trabajadores liberados por la guerra.
Un caso que nos ayuda a ilustrar los esfuerzos de conservación,
reordenación y readaptación de la hacienda
colonial en la primera mitad del siglo XIX lo presenta la
hacienda de Coconuco, que durante el siglo XVIII fue propiedad
de la Compañía de Jesús y, después
de 1767, pasó a manos de dos de las familias más
ilustres de Popayán, los Arboleda y los Mosquera.
Coconuco logró proyectarse hasta el siglo XX como
una importante hacienda que fue capaz de adaptarse a las
vicisitudes de los tiempos de agitación social y
política que siguieron a 18202.
Como en otras haciendas de origen colonial, se introdujeron
algunos cambios importantes en la producción y en
los sistemas de trabajo. De un lado, el general Tomás
Cipriano de Mosquera mostró un gran interés
por la adquisición de semillas especializadas, tanto
de trigo como de maíz. En sus instrucciones de 1842
decía: “Voy a remitir de Chile una cantidad de trigo
para semilla siempre que calcule que puede estar en un potrero
en Popayán y al efecto debe tenerse preparado un
buen terreno. Si no llegare debe aprovecharse con otros
trigos de los mejores de la hacienda”. La instrucción
dada en 1842 por Mosquera refleja una gran preocupación
por la organización productiva de la hacienda, no
sólo en el aspecto de la agricultura sino de los
ganados, especialmente en la preservación de las
ovejas merinas y bogotanas.
Al mismo tiempo surgía también el problema
de las relaciones con los indios y los esclavos convertidos
ahora en terrajeros o peones. Se advertía que “los
negros de Coconuco quizás será conveniente
cambiarlos por otros dejando solamente a Miguel por viejo”.
Igualmente se pedía que “los manumitidos que se quieran
contratar los contratará particularmente en las minas
y les dará algún aliciente por tener peones
de mina en cambio de los esclavos cuando falten y de modo
que queden utilidades”. Mientras Mosquera pensaba en la
transición del esclavo al liberto, instruía
con precisión a su administrador sobre las formas
de pago dentro de la hacienda y sobre la política
general que debería primar en la entrega de tierras
en arrendamiento. Sobre los indios, a más de pedir
que se les cancelaran las cuentas, establecía que:
“Hay que cargar a los indios el arrendamiento de las tierras
conforme al cobro, a saber: Por cada res dos reales al año.
Por cada oveja un real y tres pesos por la casa y sementeras.
A aquellos más pobres que siembran, peso menos.”
Es decir, que los terrajes no sólo dependían
del área cultivada por los indios sino del número
de ganados que tuvieran en ellas. Aunque no conocemos detalles
de esta relación contractual con los indígenas
de la hacienda, es posible que muchas de las normas establecidas
en los arrendamientos de los esclavos estuvieran también
en vigencia para los indios. Lo cierto del caso es que era
tradición de la hacienda, según se constata
en la instrucción de Mosquera, en 1823, dar a los
esclavos el día sábado “para que con él
trabajen para vestirse y también el primer viernes
cuando no haya ración de carne”. Esta costumbre de
dejar los sábados y domingos a los esclavos era una
tradición del siglo XVIII y fue común en las
haciendas de los jesuitas. Con ello los esclavos generaban
sus propios alientos y, de paso, contribuían a que
el hacendado pudiera disminuir los costos de manutención.
Dicha actitud, por tanto, no provenía sólo
de la presión que la Iglesia podía ejercer
sobre los amos para que sus esclavos santificaran domingos
y días festivos, sino que respondía a fines
propiamente económicos.
Frente a la irremediable liberación de los esclavos,
las disposiciones que restringían las áreas
de cultivo y los productos que se permitía cosechar
fueron delimitados así por el mismo Mosquera en 1842:
“Ningún esclavo puede sembrar trigo, ni hacer rocería
en los montes de la hacienda que son todos los de Hispala,
los del Rincón de Sachaquio, San Andrés y
los montes de enfrente de la casa hasta el Sachaquio y los
rastrojos del Vinagre y en el potrero de Usiquitra entre
el Vinagre y Cauca y los rastrojos de Chiliglo, y la Agua
Tibia y San Bartolo. Los esclavos deben solamente sembrar
en Cauca desde el puente para arriba hasta los límites
con los indios y luego desde el Tablo hasta la orilla del
Cauca donde está la cerradura del potrero.” No había
permiso para criar sino cinco cabezas de ganado por familia
y estaba prohibido efectuar operaciones de compraventa sin
conocimiento del administrador. ¿Cuáles eran
las razones por las que los hacendados restringían
la producción de alimentos básicos producidos
por la hacienda? Parece ser que, en primer lugar, todos
los arrendatarios debían producir alimentos complementarios
al consumo interno de la hacienda y a los mercados locales
para evitar fenómenos de competencia por parte de
indios y negros. La hacienda imponía una especie
de división forzosa del trabajo al obligar a los
arrendatarios sembrar alimentos que a la hacienda no le
interesaba producir. Por ejemplo, la hacienda restringía
la producción de maíz y papa. Del maíz
se podía cultivar sólo el indispensable para
las raciones y para los animales y, de las papas, sólo
las que a las criadas de la casa les fuera posible cosechar.
|