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  El régimen de conciertos o concertaje suponía un control por parte del Estado, siquiera mínimo, de la distribución de la mano de obra. A la larga, el control no podía ejercerse de una manera efectiva por la escasez de funcionarios o porque éstos, los corregidores de partido, tenían nexos más inmediatos con una casta de terratenientes locales que con un aparato burocrático impersonal. Los indios, presionados por el atraso en el pago de sus tributos, fueron refugiándose poco a poco en las haciendas, en las cuales podían esperar la protección de un terrateniente poderoso. De esta manera el concertaje se vio suplantado por la fijación de los indios a la tierra.

El rasgo de fijación de los indios a la tierra es el que ha servido para tipificar el régimen de la hacienda como feudal. En algunas regiones de Hispanoamérica revistió la forma de peonaje. El peonaje se originaba en las deudas contraídas por los trabajadores de la hacienda, quienes recibían adelantos, generalmente en especie, que debían pagar con su trabajo. En México el sistema estaba reforzado con la llamada tienda de raya, la cual suministraba a los trabajadores los productos de consumo más indispensables. Casi siempre la cuantía de los adelantos equivalía a los salarios de un período más bien largo y por esta razón se ha visto en ese endeudamiento una forma de coerción y de abuso.

En otras regiones el arreglo para asegurar la mano de obra consistía en dar acceso a los trabajadores al usufructo de una parcela a cambio de una cantidad variable de días de trabajo en el núcleo principal de la hacienda, que se compara con la demesne o reserva señorial de la época feudal europea.

Estos sistemas de organización del trabajo dieron lugar a un tipo de relación muy peculiar entre terratenientes y peones o aparceros. Pero en uno u otro caso el campesino indígena no quedaba privado por entero de movilidad. Aun en el sistema de peonaje por deudas, que prevalecía en la Audiencia de Quito y en la vecina región de Pasto, la capacidad de un hacendado para retener o acrecentar el número de indios asentados en su propiedad significaba el éxito de su empresa. Si ésta no satisfacía la demanda de adelantos, lo más probable era que los indios desertaran de la hacienda, endeudados o no. Los adelantos aparecen así bajo una nueva luz, no tanto como instrumentos de coerción sino como la manera de competir por una mano de obra renuente y escasa.

En la Nueva Granada no existió un sistema uniforme para asegurar la mano de obra. En algunas regiones el proceso acelerado de mestización creó una mano de obra libre, es decir, no sujeta a las cargas del tributo, a la que sólo podía subordinarse mediante la aparcería o el terraje. En los altiplanos del centro del país, dedicados a cultivos de pan coger, se impuso un sistema de agregados, denominación que cubre varias formas de colonato.

En otras regiones la forma original de sujeción del trabajo, la encomienda, había sido muy limitada, a veces inexistente. Allí predominó lo que un historiador ha llamado “latifundio de frontera”. El dominio sobre la tierra se establecía en función de la propiedad del ganado, generalmente cimarrón, que se “herraba” o marcaba ocasionalmente. Estas propiedades se valieron del trabajo libre de los mestizos y a veces de unos pocos esclavos. La hacienda propiamente esclavista se impuso como un derivado del tráfico de esclavos en la región de Cartagena o de las explotaciones mineras en el interior del país.

En la altiplanicie cundiboyacense, la más densamente poblada y, al parecer, la más apegada al régimen colonial, la movilidad campesina aumentó todavía más con la disolución de los resguardos, a finales del siglo XVIII. En algunos casos el destino final de los resguardos consistió en acrecentar los latifundios. Pese a esto, es innegable que en torno a los antiguos pueblos de indios surgieron comunidades campesinas mestizas que todavía en nuestros días se identifican como zonas de minifundio. Buena parte de los mestizos se estaban integrando también como “agregados” en los fundos de las laderas.

El sistema de la hacienda coexistió siempre con comunidades campesinas y se alimentó de ellas. Entre uno y otro tipo de explotación ha existido una simbiosis que se explica por un intercambio de factores. La racionalidad del sistema puede verse en la propensión de los terratenientes a minimizar los gastos monetarios de su explotación, en condiciones de aislamiento y escasez de capital.

Recientemente se han introducido esquemas explicativos que se derivan de la sabiduría convencional de la teoría neoclásica. Según tales esquemas, tanto los terratenientes como los campesinos procedían de acuerdo con un cálculo racional, por cuanto unos y otros intercambiaban factores que, desde la perspectiva de cada uno, poseían un valor marginal menor que para el otro (costo de oportunidad). Así, el propietario disponía de tierras que prefería distribuir a cambio de trabajo en lugar de vender, y el campesino disponía de una fuerza de trabajo que podía cambiar por el usufructo de tierras a las que no hubiera tenido acceso de otro modo.
Históricamente el sistema de la hacienda ha probado ser un arreglo social que no se mantuvo exclusivamente por una capacidad excepcional de coacción por parte de los propietarios. Se trataba, como en el caso de las comunidades campesinas, de un sistema global de relaciones en el que jugaban estrategias tanto por parte del propietario como por parte de peones y arrendatarios, sin que pueda decirse que éstos carecieran de movilidad o de la capacidad para negociar ciertos arreglos.

En el caso de la Nueva Granada, retener mano de obra en las haciendas tradicionales debió de ser cada vez más difícil, por lo menos desde la segunda mitad del siglo XVIII. Entonces se inició una tendencia, que iba a ser masiva en el curso de la centuria siguiente, a desplazarse hacia las laderas y las regiones bajas. Por ejemplo, en el valle del Cauca, en donde predominaba una hacienda esclavista, una creciente población de blancos pobres, mestizos y mulatos fue capaz de constituir, frente a unidades tradicionales de explotación, comunidades campesinas y núcleos urbanos. La formación del campesinado en el valle del Magdalena y en la Costa es también un fenómeno relativamente reciente. Estas formaciones, mal estudiadas hasta ahora, señalan el verdadero fin de la colonia en la ocupación y en la roturación efectiva de tierras.

El problema agrario en Colombia no se deriva así de una supuesta “herencia colonial”, sino de la apertura de nuevas fronteras agrarias en el curso del siglo XIX. El examen del proceso muestra, por comparación, el agotamiento del sistema tradicional de las haciendas, incapaces de retener una mano de obra. Por esto no debe confundirse “latifundio improductivo” con “latifundio colonial”. El latifundio colonial podía constituir una unidad productiva, la hacienda, dentro de las limitaciones impuestas por una tecnología rudimentaria, la escasez de mano de obra y la ausencia de capital. El latifundio improductivo posterior surgió de concesiones de baldíos que se sustrajeron a la capacidad creativa de masas humanas desplazadas de las haciendas tradicionales. EL COMERCIO El rasgo más característico de la economía colonial consistió en su confinamiento en pequeños núcleos urbanos, cuya supervivencia dependía menos del tráfico comercial que de su capacidad de autoabastecimiento en ciertos recursos esenciales. Esporádicamente uno de tales núcleos podía romper el aislamiento y concentrar temporalmente un cierto grado de riqueza, como cuando se accedía a un rico yacimiento minero. El comercio interno estuvo así subordinado a las fluctuaciones y a los ritmos impuestos por la minería.

En el conjunto colonial hispanoamericano la minería neogranadina del oro significó también su aislamiento relativo. En una red de intercambios coloniales que gravitaba sobre los ejes de grandes centros mineros como Potosí, la presencia de la Nueva Granada fue marginal. Potosí pudo en efecto subordinar las actividades de un amplio espacio económico e imponer ciertas formas de especialización productiva regional. De esta manera surgieron los obrajes de Quito, el comercio de mulas en el noroeste del Río de la Plata o la comercialización de los cereales del valle Central de Chile.

En contraste, el espacio económico de la Nueva Granada aparece desarticulado y sometido a los azares de una frontera minera cambiante. El auge y la decadencia de algunas ciudades estuvieron asociados directamente con la aparición súbita y la desaparición no menos rápida de reales de minas. En el siglo XVI, por ejemplo, Pamplona se benefició con el descubrimiento de los yacimientos de Vetas, la Montuosa y Río del Oro. Después de un corto período de prosperidad y de extravagancia en los consumos que le valieron el nombre de “Pamplonita la loca”, la ciudad entró en un período de larga decadencia. Poblados como Vitoria o Guamocó podían desaparecer sin dejar rastro o convertirse en sombras. Durante el siglo XVIII ciudades como Popayán, Medellín y Rionegro hicieron su fortuna con la internación de mercancías en los reales de minas del Chocó, Rionegro y Santa Rosa.

El auge minero estuvo asociado con consumos conspicuos entre una capa ínfima de la población. La satisfacción de tales consumos dio un prestigio desmesurado al ejercicio del comercio de las llamadas ropas de Castilla, es decir, de géneros importados que podían proceder de muchos centros manufactureros europeos de artículos de lujo. El comercio más lucrativo fue, con todo, el de los esclavos negros.

Como se ha visto, en este comercio intervenían rivalidades de las grandes potencias europeas. El comercio de esclavos, o trata, trajo consigo también la introducción ilícita de otras mercancías. La extracción de oro en polvo favorecía especialmente el contrabando, tanto de esclavos como de mercancías. Ello condujo a prohibiciones rigurosas de navegación en los ríos Atrato y San Juan y al establecimiento de un engorroso sistema de guías y contraguías que los comerciantes debían exhibir en Mompox, Honda, Nare y las ciudades en donde debían expender sus mercancías. El deseo de preservar la colonia del contrabando y la influencia extranjera condujo también a la creación del virreinato de la Nueva Granada en 1719 y de nuevo en 1740.

Los mercaderes de la carrera se ocupaban del comercio al por mayor, en contacto directo con factores de las casas sevillanas o gaditanas que operaban en Cartagena, y sus operaciones individuales podían alcanzar el monto de una mediana fortuna. Muchas veces se trataba de criollos o de inmigrantes españoles que podían convertirse con el tiempo en terratenientes o financiar empresas mineras. Al lado de tan prestigiosos comerciantes figuraban también pequeños tratantes o comerciantes al por menor, que por lo común tomaban mercancías a crédito y las distribuían, igualmente a crédito, en centros de consumo como los reales de minas o villas y pueblos de indios. Por debajo de ambos estratos reconocidos de comerciantes actuaba una masa heteróclita de intermediarios, principalmente pulperos y contrabandistas de tabaco y aguardiente.

Durante los siglos XVI y XVII el comercio estuvo limitado por la circulación restringida de signos monetarios. Aun si los indígenas fueron obligados en alguna medida o monetizar ciertas relaciones sociales básicas, la coerción sobre el trabajo los privaba de un acceso a la moneda. Semejante situación preservó las formas tradicionales de los intercambios indígenas. Este tipo de relación debió de extenderse incluso a la masa creciente de mestizos que se iban incrustando en los resguardos indígenas. En el curso del siglo XVIII, sin embargo, blancos pobres, mestizos y mulatos encontraron una oportunidad en la comercialización de productos como el tabaco, la miel y el aguardiente. Después de 1740 la Corona emprendió la tarea de estancar estos productos de un amplio consumo. Ello dio origen a conflictos sociales esporádicos y a la aparición de contrabandistas como un tipo social. La implantación definitiva de los estancos iba a producir una conmoción de proporciones todavía mayores. Pero esto abre un nuevo tema, que se inicia con la consideración de las llamadas reformas borbónicas.

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