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  Las estructuras familiares, con sus complejas y sutiles reglas de parentesco, cuya naturaleza y funciones sólo hasta nuestros días han sido exploradas a cabalidad por la Antropología, se vieron afectadas casi siempre por las nociones propias de la cultura española sobre una sucesión patrilineal. A su vez, el régimen de encomienda limitó reglas de endogamia y de residencia indispensables para la reproducción de las sociedades indígenas. En muchas ocasiones, el régimen de trabajo que se impuso a los indios sacaba de sus comunidades a hombres y mujeres precisamente en los períodos de mayor fertilidad. El servicio doméstico y la utilización de mujeres indígenas como nodrizas tuvieron efectos demográficos no desdeñables.

Es fácil comprender cómo la conquista alteró radicalmente las estructuras sociales y políticas de la sociedad sometida. La necesidad de canalizar excedentes de las economías indígenas en provecho de los conquistadores mantuvo por algún tiempo los rangos de poder intermedio en la sociedad aborigen pero no los elementos cohesionadores de la cúpula social. Social y políticamente las comunidades indígenas se vieron fragmentadas y la supresión de las castas de guerreros, sacerdotes y funcionarios anuló matices de diferenciación social.

Finalmente, habría que considerar el efecto producido por la supresión de todos aquellos elementos ideológicos que alimentaban el cuerpo social. Creencias religiosas y el acervo cultural de las instituciones (ritos, ceremonias, regulación de cosechas a cargo de un cuerpo sacerdotal, etc.), fueron suprimidos en la creencia de que se trataba de elementos de barbarie que se oponían a la acción bienhechora de obstinados evangelizadores. Ello produjo un verdadero desplome interior que se reflejaba en actitudes negativas hacia la procreación.

El resultado final de tantas presiones sobre la armadura social indígena explica la tragedia demográfica. Algunos investigadores se inclinan a aislar alguno de estos elementos para atribuirle una mayor importancia causal en el desplome demográfico de los indígenas americanos. Las preferencias no parecen justificarse puesto que resulta imposible jerarquizar la importancia del impacto de cada uno o saber en qué proporción contribuyó a la despoblación indígena.

Hemos dejado para el final la consideración de los factores económicos que podían tener una influencia en la demografía para hacerlo con un poco más de detalle.

LAS ESTRUCTURAS ECONÓMICAS DE LA CONQUISTA Los medios universitarios latinoamericanos vivieron enfrascados durante años en la discusión de cómo caracterizar el modo de producción de la sociedad posterior a la conquista. ¿Modo de producción feudal? ¿Modo de producción capitalista? Y todavía se agregaba una inquietud respecto al modo de producción indígena, aunque sobre éste fuera más fácil concluir que a todas luces debía tratarse de un modo de producción asiático.

Infortunadamente tan interesante discusión no era el instrumento más eficaz para impulsar investigaciones empíricas que permitieran comprender los trastornos experimentados por economías agrarias al pasar de un régimen de explotación a otro. Cualquier verificación documental se tachaba de “empirismo”, es decir, de conocimiento precario y en cierta manera inútil frente a las certidumbres absolutas de la “teoría”.

Algunas investigaciones recientes permiten modificar los términos del debate. Hoy sabemos, por ejemplo, que las economías agrarias de grupos indígenas que gozaban de una compleja organización social fueron suficientes para sustentar por más de una generación a los pequeños grupos urbanos de la sociedad conquistadora.

Es importante advertir también un rasgo económico dominante en el fenómeno de la conquista. Esta podría definirse como una empresa privada antes que como una empresa del Estado español. Obsérvese, por ejemplo, cómo a partir de la ocupación de la isla Española, la expansión de los conquistadores al resto de las Antillas y luego a Tierra Firme fue relativamente lenta. Sólo casi una generación después del Descubrimiento, en 1519, se completó el proceso de ocupación de algunas Antillas y apenas entre 1514 y 1519 se mantuvo una precaria colonia en Castilla del Oro que iba a servir de trampolín para la aventura del Perú. La morosidad obedecía al requerimiento básico de acumular recursos para la conquista. La financiación de tales empresas provenía de las ganancias acumuladas en empresas anteriores. Comerciantes de las Antillas operaban detrás de las huestes de los conquistadores como “aviadores” o financistas. Así, la Corona española no comprometía recursos de manera directa sino que se contentaba con estipular las condiciones en que autorizaba la entrada en nuevos territorios. Estas estipulaciones, conocidas con el nombre de capitulaciones, eran contratos en los que se fijaban los compromisos de las huestes a cambio de privilegios económicos y políticos en los nuevos territorios que se iban incorporando al dominio eminente de la Corona española.

Los recursos de los territorios conquistados se consideraban entonces como un premio a los esfuerzos de empresarios privados. Naturalmente, el premio no era idéntico para todos. El reparto de privilegios obedecía a la estructura misma de la hueste que diferenciaba entre oficiales (adelantados, sargentos mayores, capitanes) y soldados a pie y a caballo (rodeleros, arcabuceros, lanceros). A estos últimos cabía siempre una cuota menor en los beneficios. La preeminencia militar dependía a su vez de la capacidad de equipar una partida de hombres. La inversión en arreos militares, que en América alcanzaban precios astronómicos, debía reportar así una ganancia proporcional a su importancia.

Estos rasgos marcaron desde el principio la diferenciación social entre los conquistadores. Existía sin embargo la posibilidad de que la audacia y el coraje físicos se vieran señalados como factores determinantes en el ascenso dentro de los rangos militares de la hueste y por lo tanto en el monto de la recompensa ulterior. Los valores ético-sociales predominantes eran de carácter heroico. Aunque los comerciantes podían asegurarse una buena tajada de las ganancias debido a que los soldados les habían empeñado su recompensa antes de emprender la aventura, sobre los comerciantes no podía recaer una recompensa honrosa como la de las encomiendas o los puestos políticos de las ciudades. Lo mismo ocurría con los notarios o quienes ejercían funciones meramente meniales sin participar en las batallas.

En el momento de los repartimientos podían actuar también factores de descontento que servían de estímulo para iniciar otras conquistas en búsqueda de una recompensa mayor. Esto explica que proliferaran las ciudades en un lapso muy breve, y que con ello se ocupara un enorme territorio. En la Nueva Granada, la fundación de ciudades fue extendiéndose como las ramificaciones de un árbol tanto en el occidente (Pasto, Almaguer, Timaná, La Plata, Popayán, Cali, Anserma, Cartago, Santa Fe de Antioquia, etc.), como en el oriente (Santa Fe, Tunja, Vélez, Mariquita, Tocaima, Málaga, Pamplona, etc.). Una recompensa insuficiente o un territorio relativamente pobre en indígenas y en otros recursos relanzaban la hueste conquistadora en la búsqueda de nuevos dorados.

¿En qué consistían las recompensas? Fundamentalmente en el acaparamiento de los excedentes de las economías indígenas. Desde muy temprano este acaparamiento se institucionalizó mediante el mecanismo de la encomienda. Al capitular con la Corona el reparto de los beneficios de la conquista, el jefe de la hueste adquiría el privilegio de repartir no sólo el botín inmediato de la conquista (el oro y las gemas que la leyenda asocia a la codicia de los aventureros), sino también recursos permanentes, que eran los que permitían el asentamiento duradero de los españoles. Por eso el recurso más codiciado era el dominio sobre los hombres. A cada uno de los que habían contribuido en la conquista se repartía un número variable de indígenas. El repartimiento significaba para su beneficiario el privilegio de recibir un tributo de los indios pero no incluía el dominio sobre las tierras u otros recursos. Estos eran repartimientos de otro tipo que recibían distintas denominaciones y estaban sometidos a un régimen jurídico diferente. Tal era el caso de las mercedes de tierras o el de los derechos de estaca.

La encomienda era una institución compleja que comportaba simultáneamente aspectos políticos, jurídicos y económicos. Como instrumento político, la encomienda sirvió para sustituir el poder de las jerarquías aborígenes por el de los conquistadores europeos. Como el tributo era un símbolo de sujeción o de reconocimiento de las jerarquías, al pasar de los caciques a los conquistadores éstos recibían una forma de homenaje reservado a los mandatarios.

En rigor, el reconocimiento debía haber pasado exclusivamente al Estado español o a su monarquía, pero en virtud de las capitulaciones de la Corona con los conquistadores este atributo de la soberanía del Estado se había privatizado. Si inicialmente la privatización se impuso como una necesidad para estimular la ocupación de vastos territorios que se convertían en posesiones de la Corona, a la larga fue una fuente de conflictos entre los conquistadores o sus descendientes, que se aferraban a sus privilegios, y la Corona, que pugnaba por recuperar uno de sus atributos.

Todos los intentos de la Monarquía por limitar o atenuar los abusos que se originaban en el cobro de tributos a los indígenas por parte de los encomenderos fueron inútiles en el curso del siglo XVI. La Corona quiso evitar que la encomienda se convirtiera en una fuente de poder señorial con una base rural y por eso prohibió la residencia de los encomenderos en los pueblos de indios y les impuso la obligación de tener casa poblada en un centro urbano. Así mismo, impuso la limitación de dos generaciones para el goce de una encomienda, al cabo de las cuales el privilegio debía revertir a la Corona. Finalmente, se esforzó para evitar la conversión de la obligación tributaria en una exacción de trabajo gratuito (prohibición de los servicios personales). Pese a tales prohibiciones, los encomenderos establecieron aposentos en el sitio mismo de sus encomiendas, se las arreglaron para perpetuar a sus familias en el goce de los privilegios y en general cambiaron la obligación contenida en las tasaciones de los visitadores (casi siempre fijada en moneda o en especies) por la de que los indios trabajaran sus tierras.

Políticamente la casta de los encomenderos se atrincheró en sus privilegios y los aseguró para sus descendientes hasta por lo menos el fin del siglo XVI. A partir de entonces la declinación demográfica de las comunidades indígenas debilitó de tal manera la encomienda, que este grupo privilegiado dejó de constituir una amenaza política.

Desde un punto de vista jurídico, la encomienda era una institución que imponía obligaciones recíprocas tanto a los indios como a los encomenderos.

En compensación por la protección y la evangelización que el encomendero debía prestar a los indígenas, éstos debían reconocerle un tributo. En la mayoría de los casos la protección de los encomenderos significó simplemente que sólo ellos tenían la oportunidad de abusar de los indios. En cuanto a la evangelización, ésta era impartida por curas doctrineros que el encomendero debía pagar con parte de los tributos que recibía. En su conjunto, la institución regulaba así los aspectos más fundamentales de la nueva relación entre dominadores y dominados. Era el encauzamiento institucional de la conquista, nacido de circunstancias peculiares.

Desde un punto de vista puramente económico, la encomienda puede verse como un mecanismo de redistribución de excedentes. El tributo que los indios pagaban a sus encomenderos servía no sólo para sustentarlos sino también para mantener allegados o clientes que realzaban su prestigio y poder. Los abusos cometidos contra los indios se originaban en exigencias de los encomenderos para que pagaran mucho más de lo que razonablemente podían, dadas las características de su sistema productivo.

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