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INDICE
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El problema de la demografía
indígena americana fue durante mucho tiempo el centro
de apasionados debates ideológicos. A partir de la
difusión de los escritos del padre Las Casas, el
debate constituía una oportunidad para enjuiciar
moralmente la conquista y la colonización españolas.
En el clima de las luchas religiosas del siglo XVII y de
la competencia entre potencias europeas por la supremacía
marítima y comercial en el siglo XVIII, la |leyenda
negra era un arma política contra el primer imperio
trasatlántico de la época moderna. A fines
del siglo XIX repuntó en muchos países hispanoamericanos
un hispanismo que defendía no menos obstinadamente
el carácter cristiano y civilizador de la conquista.
Hoy, el debate se ha despojado del tono moral ejemplarizante.
La empresa española no podría juzgarse ya
simplemente como la imposición victoriosa de valores
ético-religiosos superiores. El problema queda reducido
entonces a la observación desapasionada de cómo
pudo producirse una catástrofe demográfica
sin precedentes en la historia humana. El punto de partida
documental para la reconstrucción de la población
original americana y para el estudio de su posterior derrumbe
lo constituyen los recuentos contenidos en las llamadas
|tasas de tributos. Se trata de un documento con
fines fiscales que se originaba en las llamadas |visitas
de la tierra. En la Nueva Granada, a partir de 1550,
un funcionario, generalmente un oidor de la Audiencia, visitaba
periódicamente las comunidades indígenas,
sometidas entonces al régimen de la encomienda, para
establecer el tributo que los indios debían pagar
a su encomendero y calcular la parte proporcional que correspondía
a la Corona, o sea, el llamado |quinto real. Los
registros de tales visitas no sólo proporcionan un
material numérico importante sobre las tendencias
demográficas de cada comunidad indígena, sino
también una información muy rica, contenida
en interrogatorios que debían responder los indios,
sus curas y sus encomenderos, sobre las más diversas
materias de la vida económica y social de las comunidades:
el régimen de sus cultivos, detalles sobre su organización
social y el impacto de la conquista y de las nuevas instituciones
sobre esta organización, el tipo de relaciones que
sostenían con los curas doctrineros y con los encomenderos,
el proceso de su “conversión”, etcétera. Los
recuentos de las visitas sólo incluyen por lo general
a los llamados “tributarios”, es decir, los varones adultos
entre los 17 y los 55 años. Las cifras de sucesivos
recuentos de tributarios dan una imagen aproximada
del proceso fatal de extinción experimentado por
la población indígena. Entre una visita y
otra, separadas por diez años más o menos,
se pueden comprobar índices de disminución
anual que fluctúan entre el dos y el cinco por ciento.
En términos generales, la proporción más
baja corresponde a las regiones altas y la más alta
a los valles cálidos. Los cálculos sobre tributarios
reflejan apenas lo que ocurría con los varones adultos
sometidos a una carga fiscal. Sólo ocasionalmente
se hacía un recuento de la población entera.
Al comparar un tipo de recuento con otro podemos aproximarnos
a diversos problemas demográficos, como el del tamaño
relativo de la familia indígena o la manera como
la despoblación afectaba a capas diferentes de la
población, distribuida por sexos o por edades. Hay
que tener en cuenta también que los recuentos de
indígenas, con propósitos fiscales, sólo
pudieron verificarse con la organización política
y administrativa de la colonia, es decir, una o dos generaciones
después de iniciada la conquista, cuando debe suponerse
que la extinción de la población indígena
estaba ya muy avanzada. Es muy probable que el impacto inicial
haya sido mucho más catastrófico que el señalado
por los índices de disminución de un período
posterior. Cuando contamos con varias visitas, la frecuencia
de los recuentos autoriza extrapolar las cifras para hacerse
a una idea de cuál sería la población
original. Al adicionar las cifras que se conocen de visitas
practicadas en las mesetas andinas de Santa Fe-Tunja, Pasto-Popayán,
algunas regiones de los valles interandinos y de la Costa
Atlántica, puede avanzarse muy conservadoramente,
al momento del arribo de los españoles, una cifra
de cerca de tres millones de indígenas para el territorio
de lo que hoy es Colombia. La cifra se basa en el supuesto
de que los recuentos que poseemos corresponden efectivamente
a las regiones más pobladas. Algunos investigadores
asociados verbalmente con las causas indígenas prefieren
suponer que las regiones más pobladas eran aquellas
de las que no poseemos información alguna. Pero cualquiera
que sea la cifra inicial más verosímil, de
lo que no cabe duda es del tremendo impacto causado por
la conquista y por la dominación españolas.
A finales del siglo XVI, regiones que a mediados del siglo,
cuando se hicieron los primeros recuentos, contaban con
medio millón de habitantes, como en el caso del área
chibcha, ahora mostraban solamente la tercera parte de esa
cifra. El ciclo de la pauperización demográfica
alcanzó el nivel mínimo a mediados del siglo
XVII, cuando en muchas partes apenas sobrevivía el
diez por ciento de la población indígena original.
El cuadro se torna complejo si se toma región por
región. En algunas partes el impacto de la conquista
fue más temprano y mortífero que en otras.
En la provincia de Cartagena, cuyo territorio abarcaba el
de los actuales departamentos del Atlántico, Bolívar,
Sucre y Córdoba, se calcula que habitaban unos cien
mil indígenas hacia 1530. Esta no puede ser en modo
alguno la cifra original de su población. La historia
de los 25 años precedentes estuvo repleta de violencias
ejercidas contra los indígenas y de expediciones
destinadas a esclavizarlos. Tales contactos debieron ser
suficientes para introducir también epidemias hasta
entonces desconocidas. Lo mismo debió ocurrir en
la vecina provincia de Santa Marta, más poblada,
y en el Darién. Pero aun descontando los efectos
de los esporádicos choques iniciales, entre 1530
y 1610 los cien mil indígenas que quedaban fueron
diezmados en un 95%. La evolución demográfica
de otras regiones tales como las de Santa Fe, Tunja, Vélez,
Pamplona, Cartago, Pasto y Popayán es mejor conocida.
En dichas zonas existían poblaciones sedentarias
que habían alcanzado niveles altos de cohesión
y organización tribal, lo cual permitió una
fácil sujeción al régimen de la encomienda.
Pero confinando con esos grupos existían otros que
conservaban los rasgos de sociedades bandales. Estos opusieron
una efectiva resistencia a la dominación española
y muy raras veces pudo sujetárseles a la servidumbre
de la encomienda o de cualquier otro tipo de organización
del trabajo. A comienzos del siglo XVII el tránsito
entre Santa Fe y Popayán estaba lleno de peligros
debido a las incursiones de indios indómitos que
se habían refugiado en la cordillera y se volcaban
sobre uno u otro de los dos grandes valles. Hasta finales
del siglo XVIII hubo guerras de “pacificación” destinadas
a asentar excedentes de población o a despejar una
zona utilizada regularmente para el tráfico comercial.
Los grupos que mantuvieron una guerra secular con los españoles
estuvieron mejor preservados que los que sufrieron una explotación
rutinaria. La confrontación abierta mantuvo su identidad
cultural y evitó la extinción, física
y cultural, que el mestizaje estaba propiciando entre pueblos
más sedentarios. Las características básicas
de la organización social de los grupos indígenas
estimularon o impusieron limitaciones al poblamiento español
inicial. Aquellas regiones en donde la resistencia indígena
o el temprano aniquilamiento impidieron la implantación
de la encomienda pasaron a convertirse en una frontera agraria
que aislaba todavía más los claustros dispersos
del poblamiento español. La sujeción tardía
de algunos grupos indígenas rebeldes o la introducción
de mano de obra esclava permitió en algunas de esas
regiones la aparición de hatos ganaderos y de algunos
trapiches que conformaron lo que un historiador ha llamado
|latifundios de frontera. El impacto de la conquista
sobre las poblaciones indígenas tuvo así consecuencias
duraderas, pues determinó durante mucho tiempo, a
veces hasta nuestros días, el carácter de
una región.
Aunque en algunas regiones americanas la población
indígena comenzó a recuperarse durante el
siglo XVIII, en la Nueva Granada la estabilización
—es difícil pensar en una recuperación franca—
debió operarse solamente en grupos marginales. La
razón estriba en que, a diferencia de México,
Perú, Ecuador o Bolivia, los elementos originales
de las culturas indígenas desaparecieron casi por
completo en el caso de los grupos culturalmente importantes.
La mestización, fuera biológica o cultural,
fue en la Nueva Granada el fenómeno dominante. Pero
este mismo proceso, en una escala muy vasta, iba a ser a
la larga el origen de la recuperación de espacios
vírgenes mediante colonizaciones más o menos
espontáneas que comenzaron en la segunda mitad del
siglo XVIII. Como se ha dicho, el examen del proceso demográfico
indígena no debe constituir un juicio moral. Sería
ingenuo atribuir la desaparición de millones de personas
y de civilizaciones enteras a la mera violencia física
o a dudosas hercúleas hazañas de los conquistadores.
Los argumentos hispanizantes tienden a crear tal confusión
al insistir en el carácter heroico de la conquista.
Pero el proceso global de disminución física
de índices de natalidad y fertilidad, o la mera consunción
física de los habitantes originales, son hechos demasiado
complejos como para atribuirlos a un acto consciente o a
una política deliberada de exterminio. En realidad
muy pocos hombres de la época tuvieron la lucidez
del padre Las Casas para advertir siquiera lo que estaba
pasando. Cuando los recuentos sucesivos de las visitas hicieron
evidente la caída demográfica, la Corona española
adoptó una política de poblamientos encaminada
a incrementar la población indígena. Para
aproximarse a la comprensión del fenómeno,
que tuvo consecuencias a muy largo plazo en la ecuación
del número de hombres con respecto al espacio, podemos
partir de un esquema global de la sociedad indígena.
Si concebimos una superposición de niveles en la
que, a partir de una base biológica que sirve de
apoyo o de cimiento a los otros niveles, vamos ascendiendo
a estructuras cada vez más conscientes de organización
social, obtenemos un esquema elemental de lo que sería
la |totalidad social indígena. Sobre todas
y cada una de estas estructuras reposaba la existencia física
de tales sociedades. Cabe preguntarse qué ocurriría
si todos y cada uno de los niveles resultara afectado simultáneamente
por la conquista y la colonización españolas.
La respuesta, que está dada por el fenómeno
histórico de un desplome total, con pavorosos índices
de decrecimiento de dos a cinco por ciento anuales, no parece
entonces inverosímil. Con respecto al nivel biológico
cabe apuntar algunos hechos básicos. Uno de ellos
consistió en la introducción de ganado mayor
y menor allí donde el equilibrio biológico
estaba basado anteriormente en el consumo de proteínas
de origen vegetal. A partir de la conquista el ganado compitió
ventajosamente con los indios por el espacio que los mismos
indios habían roturado con técnicas que implicaban
un empleo considerable de energía humana y la ausencia
de tracción animal. Las quejas más frecuentes
de las comunidades indígenas durante el siglo XVI
se referían precisamente al hecho de que los ganados
de los españoles destruían sus sementeras.
Pero no sólo el ganado redujo el espacio vital de
las comunidades indígenas. La sustitución
de cultivos como el maíz, de elevados rendimientos
por grano y por hectárea, por los de otros cereales
(trigo, cebada, centeno) propios de la dieta de los europeos,
contribuyó también a esa reducción.
Debe mencionarse también el hecho de que los aborígenes
no poseían defensas inmunológicas contra enfermedades
virales y bacterianas que los europeos y, más aún,
los africanos, habían venido desarrollando durante
milenios. Una simple enfermedad eruptiva, para no hablar
de la viruela, diezmaba terriblemente a las poblaciones
indígenas. A los efectos de tales epidemias se sumaban
los de afecciones pulmonares ocasionadas por migraciones
masivas destinadas a asegurar el trabajo en las minas o
en la agricultura. Los españoles advirtieron muy
pronto la relación entre los dos fenómenos
y por eso la prohibición más frecuente contenida
en cédulas y reales rescriptos solía ser la
de que no debía sacarse a los indios de “su natural”.
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