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INDICE
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producir los resultados
que se le atribuyen. La imagen de inmovilidad y de pesantez
paquidérmica no se originaba en el exceso de controles
y cargas fiscales sino en la inmovilidad de los factores
económicos, la cual hemos tratado de describir. Naturalmente,
a dicha inmovilidad contribuían las instituciones
que regulaban el crédito |(censos, capellanías),
el acceso a la fuerza de trabajo |(encomienda, mita,
concierto), a la tierra o a otros recursos |(mercedes
de tierras, resguardos, ejidos, derechos de estaca)
tanto como las estructuras familiares y sociales. Esta es
la razón por la cual la economía colonial
no puede examinarse independientemente de los factores institucionales
y sociales como si se tratara de un libre juego de fuerzas,
en las que sólo el mercado pudiera servir como mecanismo
regulador. Este sistema de relaciones en el que motivos
religiosos, instituciones políticas de dominación
o estructuras familiares recubrían actos económicos
o se mezclaban con ellos de manera indisoluble, señala
las limitaciones de aquellos modelos explicativos que se
construyen a partir de factores económicos aislados
en toda su pureza. Cuando se trata de conocer los mecanismos
de una economía precapitalista hay necesidad de familiarizarse
con el clima de las relaciones sociales en las cuales se
desenvolvía. Además, la escala y las formas
restringidas de circulación de los bienes estaban
enmarcadas por instituciones rígidas cuya naturaleza,
muchas veces insuficientemente comprendida, se presta para
introducir conceptos inadecuados como el de “mercado de
tierras” o “mercado de trabajo” o algunos otros prestados
del marxismo como los de “renta de la tierra” o “acumulación
de capital”. El espacio y los hombres El orden
de magnitudes esencial para la comprensión de una
economía precapitalista o de |antiguo régimen
es el de la simple ecuación entre el número
de hombres y el espacio roturado para la agricultura. El
anacronismo más frecuente en el que incurren aquellos
que comienzan a interesarse por la “cuestión agraria”
consiste en omitir los datos factuales elementales respecto
a ambas magnitudes. Sobre todo cuando los rasgos más
chocantes de desigualdad en la distribución de la
tierra se atribuyen a una “herencia colonial”, la presunción
parece ser la de que se está hablando del mismo espacio
y casi que del mismo número de hombres, cuando en
realidad han mediado dos o tres siglos de alteraciones esenciales
en los órdenes de magnitud, considerados tanto en
sí mismos como en su relación mutua. La consideración
abstracta de los problemas agrarios tiende a olvidar que
el espacio efectivamente explotado en el transcurso de la
vida colonial era muy pequeño. Generalmente se trataba
de las tierras más inmediatas a los núcleos
urbanos. Estos, por su parte, no solían ser otra
cosa que unas cuantas manzanas congregadas en torno de una
plaza mayor. Los |términos (es decir, la
jurisdicción política y administrativa) de
una ciudad importante, de unos cinco mil a quince mil habitantes,
le servían a ésta para asegurar el monopolio
de los recursos contenidos dentro de los límites
político-administrativos, pero al mismo tiempo señalaban
su aislamiento de otros núcleos urbanos. La deficiencia
de los caminos y sistemas de transporte multiplicaban el
efecto distanciador de la escasez de población y
de los espacios yermos. Cuando se examinan con cuidado las
escasas transacciones sobre tierras que se protocolizaron
ante los escribanos de las ciudades durante los tres siglos
de dominación española, advertimos que las
posesiones más distantes confinaban con tierras baldías,
en ocasiones enormes extensiones que separaban las esferas
de influencia de dos núcleos urbanos contiguos. Inicialmente,
cuando se hicieron las primeras |mercedes de tierras
o se fijaron los límites de los |términos
de un poblamiento, los linderos y límites se expresaban
en forma muy vaga. Ello obedecía al hecho de que
el privilegio se otorgaba de oídas, sin tener una
idea aproximada de sus magnitudes. Naturalmente, lo anterior
se prestaba para que surgieran conflictos, tanto entre individuos
a propósito de linderos, como entre ciudades por
los límites de su jurisdicción. Todavía
en el siglo XVIII podía ocurrir que un terrateniente
ni siquiera hubiese recorrido su predio en toda su extensión.
Por tal razón contrabandistas de tabaco podían
mantener rozas y encontrar un refugio permanente en las
tierras de Quintero y de la Bolsa, propiedad de la familia
Arboleda de Popayán, sin que los propietarios llegaran
a advertir su presencia. La ecuación entre el número
de hombres y las tierras roturadas ayuda a comprender fenómenos
económicos importantes. Entre otros, el de la desarticulación
del espacio económico o el de las estructuras de
tenencia de la tierra. Además, si nos atenemos a
las magnitudes del espacio efectivamente explotado durante
la dominación española o, todavía más,
a las del espacio susceptible de apropiación privada
por estar incluido dentro de los |términos
de un núcleo urbano, podemos darnos cuenta fácilmente
de que, a comienzos del siglo XIX, apenas se había
iniciado un verdadero proceso colonizador del territorio
colombiano. Este hecho tiene importancia capital para comprender
la evolución futura del país. Durante la época
colonial los núcleos urbanos tendían al autoabastecimiento.
Los mercados más distantes pero más lucrativos
eran los centros mineros adonde podía llevarse ganado
o aguardiente. Una empresa tan aventurada como la de llevar
ganado desde la provincia de Popayán hasta la de
Quito era algo excepcional. Cartagena, que se proveyó
por algún tiempo de harinas del interior del país,
pronto cambió su fuente de abastecimientos, pues
las harinas de las colonias inglesas le resultaban más
baratas y le llegaban en mejor estado. Por eso la ampliación
de la frontera agraria en el curso del siglo XIX y la incorporación
de tierras aptas para cultivos comerciales marcan un agudo
contraste con la actividad económica colonial, hasta
el punto de que la hacienda más tradicional se identifica
casi con la unidad productiva dedicada a cultivos de pan
coger, con un radio de mercado muy corto. A diferencia de
los enclaves y colonias de las otras potencias europeas
en el Brasil y las Antillas, algunas colonias españolas
sólo tardíamente desarrollaron una economía
de plantación. En el caso de la Nueva Granada, la
frontera agraria constituida por tierras bajas y de vertiente
permaneció intacta. Si se accedió a ellas
en época tempranera, la razón debe buscarse
en la presencia de yacimientos mineros. Los movimientos
colonizadores del siglo XIX significaron un desplazamiento
violento de los antiguos ejes económicos coloniales.
Tal fenómeno acompañaba la integración
de un mercado por fuera de la influencia y el control inmediatos
de los viejos centros urbanos. Estos tenían que competir
a veces con la influencia de algún centro internacional
que estimulaba la comercialización de la agricultura.
La tensión que se creó ha tenido consecuencias
duraderas en el tipo de formación nacional, en las
estructuras sociales y en los desarrollos políticos
de Colombia. La demografía indígena
En el proceso de ocupación del país los conquistadores
españoles buscaron ante todo procurarse excedentes
económicos que les permitieran un asentamiento estable.
Así se explica por qué los núcleos
coloniales urbanos más importantes, no sólo
en la Nueva Granada sino en las demás colonias, se
emplazaron en los antiguos asientos de las grandes culturas
americanas. Un número considerable de indígenas
y la complejidad de su organización sociopolítica
garantizaban que los excedentes que generaba su economía
pudieran canalizarse en provecho de los conquistadores.
Puede afirmarse, en términos generales, que el espacio
colonial no excedió sino en raras ocasiones el espacio
ya roturado por dichas civilizaciones. Es más probable
que la mayoría de las veces se haya estrechado. Por
lo menos ésta es la conclusión que se impone
cuando se reflexiona sobre las cifras demográficas
anteriores a la conquista. |