El giro de la política agropecuaria
José Antonio Ocampo y Santiago Perry

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Capítulo 9

DESARROLLOS DE LA POLÍTICA SECTORIAL Y PERSPECTIVAS DEL AGRO

     La tarea adelantada en el Ministerio puso su grano de arena en la gestación de una conciencia nacional relativa a la necesidad de otorgar al agro un tratamiento especial y privilegiado, consecuente con su importancia económica, social y política y con sus características particulares. Este logro recompensa, por sí solo, los esfuerzos realizados. Hoy en día, como se señaló, nadie duda de la importancia de contar con una política sectorial activa y con un contexto macroeconómico favorable a la actividad agropecuaria. Tampoco se desconoce que éste es un sector cuyo comportamiento y naturaleza son diferentes a los del resto de la economía. Los rasgos peculiares de esta actividad, de sus mercados internacionales, de sus políticas sectoriales, ya no son sólo del dominio de unos pocos iniciados. En consecuencia, su influjo debe ser duradero y debe coadyuvar a labrar un mejor futuro para el agro colombiano y ayudarle a afrontar mejor los retos que le esperan. A estos temas se hace referencia a continuación.

LA POLÍTICA AGRARIA EN LOS INICIOS DE LA ADMINISTRACIÓN SAMPER

     Los cambios de mentalidad y de percepción descritos se reflejaron en los lineamientos y en las prioridades establecidas por el gobierno que se posesionó el 7 de agosto de 1994. En muchos aspectos fortalecieron, enriquecieron o profundizaron la política diseñada y ejecutada desde el segundo trimestre del año anterior. El plan de desarrollo, por ejemplo, reivindicó la necesidad de la política sectorial, señaló la urgencia del apoyo estatal a la modernización agro pecuaria como requisito básico para el éxito de la internacionalización de la economía y elevó la participación del sector en la asignación de los recursos públicos. Puso, igualmente, un mayor énfasis en algunos temas que se venían trabajando y que son claves para el desarrollo sectorial, tales como el perfeccionamiento de las herramientas de defensa de la producción nacional frente a mercados internacionales altamente distorsionados, el fortalecimiento de las actividades de generación y transferencias de tecnología, el pleno desarrollo de los nuevos incentivos a la inversión rural —incluidos aquellos a la adecuación de tierras—, la búsqueda de instrumentos alternativos de crédito para pequeños productores y la adopción de mecanismos que compensen los mayores costos en que se incurre en esta actividad crediticia, la puesta en marcha de la nueva Ley de Reforma Agraria, la consolidación de otros instrumentos de la política de desarrollo rural campesino, y el desarrollo de un sistema de prevención de riesgos y de manejo de crisis en el sector 1 .

   El plan trajo a colación un elemento novedoso de la mayor importancia: los acuerdos sectoriales de competitividad. Con ellos se busca unificar esfuerzos entre el gobierno y los particulares involucrados en una determinada rama o actividad productiva alrededor de la superación de limitantes que impiden el mejoramiento de la competitividad, en especial de los considerados estratégicos para lograr el significativo incremento de ella. Dichos acuerdos han sido fundamentales en el desarrollo económico de los países asiáticos exitosos, y han contribuido decisivamente a crear sus ventajas competitivas. En Colombia, por el contrario, los sectores público y privado se han visto más como enemigos que como aliados en la lucha por el desarrollo. Los acuerdos alcanzados, cuando los ha habido, han tendido más a proteger determinados intereses particulares y coyunturales que a superar limitaciones de mediano plazo al desenvolvimiento económico y social del país. Otro tanto ha sucedido entre los agricultores y los industriales que procesan bienes agrícolas. Las peleas por la parte de ratón del negocio no les deja llegar a alianzas estratégicas que los proyecten internacionalmente, lo que es fundamental si se tiene en cuenta que ninguna rama agroindustrial exportadora se ha desarrollado en el mundo sobre la base de la importación de las materias primas o del estrangulamiento económico de alguno de los dos sectores, el agrícola o el industrial.

   La puesta en marcha de los mencionados acuerdos debe estimular la adopción de una cultura de la competitividad y del trabajo colaborativo entre Estado y particulares, e internamente dentro de estos últimos, que contribuya al mejoramiento continuo de la actividad productiva. Coincide, también, con la nueva tendencia a que el sector privado participe más activamente de los asuntos públicos y a que la concertación sustituya a la confrontación. Un primer paso hacia el desarrollo de esta cultura de concertación se había dado en los albores del nuevo gobierno con el impulso que se le dio a los convenios de absorción de las cosechas, los cuales se habían desarrollado tímidamente en la anterior administración únicamente para dos productos —el trigo y la cebada—.

   En efecto, a los diez días de iniciado el gobierno, el CONPES aprobó un documento que estableció las orientaciones de la política sectorial 2 . En él se definió el fortalecimiento presupuestal de algunos programas en curso, la complementación de otros y la formulación de nuevas iniciativas. Entre estas últimas, a la que mayores esfuerzos dedicó el nuevo gobierno en su etapa inicial fue a la concreción de convenios en las diversas ramas agroindustriales que garantizaran la adquisición de las cosechas y que comenzaran a debatir posibles planes de mediano plazo para la mejora de la competitividad. Aunque este último aspecto se trabajó de manera incipiente y tangencial, el sólo hecho de sentar a industriales y agricultores, con el concurso de los funcionarios públicos, a acercar posiciones y a trabajar mancomunadamente por un subsector, creó un precedente significativo para el posterior desarrollo de acuerdos de más largo aliento y con objetivos de mayor proyección.

     El marco general para dichos acuerdos fue desarrollado en forma mucho más amplia en junio de 1995, cuando el CONPES aprobó la política de competitividad agropecuaria y pesquera 3 . Esta política detalla las bases de la reconversión del sector y sus instrumentos de apoyo, incluida la reorientación de las actividades de ciencia y tecnología, la capacitación de recursos humanos, los incentivos a la inversión privada en el agro, los apoyos que la política de infraestructura ofrece a la actividad agropecuaria, la política de comercialización y de regulación de mercados y el diseño de normas de calidad. Este ambicioso marco de política debe permitir, en el contexto de los acuerdos sectoriales de competitividad, que las labores del Ministerio y del sector privado se concentren, por fin, en la solución de los problemas estructurales del sector en un contexto de internacionalización, más que en el desgastador conflicto diario sobre el mercadeo de las cosechas, la competencia de las importaciones o emergencias de uno u otro tipo 4 .

En el campo de las acciones tendientes a mejorar la competitividad sectorial, conviene resaltar la ampliación del incentivo a la capitalización rural —tanto a través del incremento de los montos de los incentivos como de su extensión a la compra de maquinaria y equipo—, la consolidación de los incentivos a la adecuación de tierras y el estímulo a la participación del sector privado en la construcción de infraestructura de riego, drenaje y control de inundaciones. Como se mencionó, la acción del Estado ha sido muy lenta y costosa en esta actividad; por este motivo, el cumplimiento de las metas que se han planteado en esta área exige el concurso del sector privado. En consecuencia, el régimen de concesiones privadas para la construcción de distritos, acompañado del programa de subsidios y estímulos directos para que los productores acometan la construcción de los proyectos, debe coadyuvar a propulsar la adecuación de tierras aptas para la producción agropecuaria intensiva.

       Los documentos señalados consolidaron igualmente la nueva filosofía de la acción del IDEMA, al establecer que se convertirá progresivamente en una entidad administradora de incentivos y subsidios a la comercialización, de manera que intervenga en el mercado sin recurrir a la adquisición directa de las cosechas. Esta última forma de intervención sólo tendrá lugar en las zonas rurales y urbanas marginales, o como alternativa de última instancia. Para este efecto, se propuso revivir una idea que finalmente no se puso en marcha en el anterior gobierno, la de negociar en bolsa los certificados de depósito de mercancías agropecuarias, los cuales serían adquiridos por el Instituto únicamente en el caso de que el agricultor no encuentre un mejor comprador en el mercado. El desarrollo de esta nueva política de comercialización ha avanzado, sin embargo a un ritmo lento y debe ser, por lo tanto, objeto de atención prioritaria en el futuro inmediato. Por su parte, aunque la creación de PROMAGRO, bajo el impulso de la Corporación Colombia Internacional, ha representado un avance importante de la política de comercialización internacional, éste es apenas el punto de partida para el desarrollo de iniciativas orientadas a dinamizar nuevos renglones agroindustriales de exportación.

       El nuevo gobierno decidió, igualmente, perfeccionar y culminar la reforma del ICA. El postulado de especializar a este Instituto en las labores de prevención sanitaria, control de insumos y registro de obtenciones vegetales, y que el Ministerio retome el liderazgo en el diseño de la política de investigación, la cual debe ser ejecutada por las corporaciones mixtas y otras entidades, tiende a superar los problemas que subsisten como rémoras del viejo esquema y que no permitieron resolver las limitadas facultades otorgadas por la Constitución del 1991 al Ejecutivo. La especialización debe resultar en fortalecimiento y beneficio de ambas actividades, tanto de las de generación y transferencia de tecnología, como de las de prevención y control, unas y otras vitales en un proceso de internacionalización de la economía.

       En materia de desarrollo rural, la política diseñada por el nuevo gobierno 5   incluyó la ampliación considerable de las acciones de reforma agraria y del programa de vivienda rural, así como medidas agresivas orientadas a solucionar los problemas de crédito de los pequeños productores. En materia de reforma agraria, el desarrollo pleno de la nueva ley servirá para cumplir el programa más ambicioso que en esta materia se haya formulado en la historia del país. Las metas fijadas en vivienda rural triplican, a su vez, los resultados de la administración anterior, respondiendo, así, a la inmensa popularidad de este nuevo esquema de apoyo al bienestar campesino. Por su parte, la nueva refinanciación de deudas puesta en marcha a partir de abril de 1995 contiene para los pequeños productores condonaciones implícitas de más del 40%, las cuales deben facilitar una solución definitiva al problema de los pasivos acumulados durante los años de la crisis. El gobierno ha propuesto, además, mecanismos novedosos para vincular a nuevos intermediarios financieros al otorgamiento de crédito a los campesinos. En este último tema, se viene diseñando un mecanismo para compensar a los intermediarios los mayores costos que les representa llevar crédito a los pequeños productores, y modificar las normas que impiden a las cooperativas y a otras entidades redescontar sus operaciones en FINAGRO.

       Todas estas acciones están acompañadas de un sólido compromiso presupuestal. En los primeros meses, el gobierno aumentó los recursos destinados en 1994 para algunos programas rurales prioritarios —vivienda rural, reforma agraria, generación de empleo, transferencia de tecnología y compra de cosechas en zonas de desastre—. En el Plan de Desarrollo se incluyeron recursos para el sector por $2.4 billones (expresados en pesos de 1994), cuya composición se detalla en el Cuadro 9.1. Aunque los recursos destinados al desarrollo campesino —en especial a los programas de reforma agraria, vivienda rural y fomento al crédito campesino— reciben el mayor impulso relativo, también se amplían aquellos orientados al desarrollo científico y tecnológico del sector, incluida la transferencia de tecnología, y aquellos orientados al fomento de la inversión rural, tanto a través de el incentivo a la capitalización rural como de los programas de adecuación de tierras. Con las inversiones estimadas, se espera que el gasto público en el sector supere un 5% del PIB agropecuario a partir de 1996 , un nivel sustancialmente más alto que el promedio histórico y que los registros ya elevados de dicha inversión en 1994 y 1995 (Véase Cuadro 9.1).

CUADRO 9.1 : Plan de inversiones 1995-1998
                        Sector agropecuario, forestal y pesquero

 

DESARROLLO DE LA POLÍTICA SECTORIAL ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE EL FUTURO DEL AGRO COLOMBIANO

       La creación de una conciencia nacional sobre la importancia y sobre las peculiaridades del agro y el diseño de una política sectorial activa y moderna han despejado en gran parte el futuro del sector. Sin embargo, existen numerosos escollos e imponderables, tanto en el frente externo como en el interno, que deben ser objeto de atención detallada.

       No sobra recordar, en primer término, que las tendencias proteccionistas en el comercio internacional están lejos de ser derrotadas. Pese a los avances globales alcanzados en la Ronda Uruguay del GATT, las prácticas proteccionistas tradicionales continúan en boga. La utilización de amenazas y retaliaciones bilaterales en el campo comercial también está al orden del día. Prueba de las primeras ha sido el régimen bananero de la Unión Europea o las decisiones norteamericanas contra las exportaciones de flores de Colombia. Muestra de las segundas han sido las amenazas del Congreso estadounidense de proceder contra las exportaciones colombianas si el país no satisface las calificaciones unilaterales que dicho organismo establece de la lucha contra el narcotráfico, o las amenazas de retaliación que ha hecho el mismo país si Colombia no renuncia al sistema ya de cuotas de exportación de banano a la Unión Europea. Estos son algunos de los numerosos ejemplos que se podrían dar para ilustrar el comportamiento del denominado nuevo proteccionismo.

       A estas tendencias, se agrega el parco acuerdo agrícola incorporado al Acta Final de la Ronda Uruguay, firmada en Marrakech. Las diversas simulaciones han concluido que el impacto de dicho acuerdo sobre los precios internacionales de productos agrícolas será muy modesto. La pérdida de mercados de los países industrializados que subsidian a su agro será, igualmente, gradual y poco significativa, ya que podrán mantener innumerables subvenciones internas que distorsionan las condiciones de competencia y abrir sólo en forma limitada sus mercados internos.

       De esta manera, los mercados internacionales no ofrecerán oportunidades ilimitadas y generalizadas al agro colombiano, sino unas muy localizadas y específicas. Entre estas últimas, además de las existentes en los mayores mercados del mundo donde, de contera, Colombia cuenta con acceso preferencial para numerosos bienes agrícolas, son dignas de atención las que se pueden presentar con los países socios en procesos de integración o en acuerdos de libre comercio. La superación de los inconvenientes que aún subsisten en estos pactos determinará la mayor o menor importancia que ellos puedan tener para las exportaciones agropecuarias colombianas.

       Por otra parte, a la competencia de los bienes subsidiados en los mercados interno, regional y mundial se viene sumando la de países que con base en una tierra o en una mano de obra baratas han irrumpido en la arena internacional. Algunas naciones asiáticas y unas cuantas latinoamericanas se encuentran entre ellos. Colombia no cuenta con la primera ventaja, aunque podría lograrla si se civilizan, con tecnología adecuada y con inversiones en infraestructura, las límites llanuras orientales y algunos extensos y feraces territorios de las costas Atlántica y Pacífica hoy subaprovechados, y si logra controlar factores que han distorsionado en forma considerable el precio de la tierra en nuestro país, entre los que se destaca el narcotráfico y la inflación especulativa de activos inmobiliarios que experimentó el país en los últimos años. La segunda es una dudosa ventaja comparativa, que es incompatible con un modelo de desarrollo con equidad. Por el contrario, el mejoramiento de la remuneración al trabajo y de la calidad de vida de toda la población rural —ambas aún muy deficientes en Colombia, pero menos que en algunos de sus competidores— debe ser un objetivo explícito de la política de desarrollo.

       En consecuencia, la competencia en los mercados internacionales no será fácil para los productores nacionales. El incremento de la productividad y la competitividad es, por lo tanto, un imperativo. En este frente se yerguen, a su vez, diversas dificultades y amenazas, de las cuales tal vez la más analizada ha sido la del peligro revaluacionista. La bonanza petrolera en ciernes ha alertado sobre el riesgo de que los ingresos adicionales de divisas puedan llevar al país a una enfermedad holandesa, cuyos efectos serían nefastos para las actividades exportadoras y competitivas con las importaciones, dentro de las cuales se incluye el grueso de la producción agropecuaria, así como para la diversificación de la estructura económica nacional. Algunos trabajos han estudiado y estimado el impacto negativo que tal situación tendría sobre el agro y sobre los ingresos rurales 6 .   La conclusión parece clara: la mejor política sectorial sería impotente ante un inadecuado manejo cambiario 7 .

     Otro de los factores que conspira contra el mejoramiento de la productividad y la competitividad sectoriales es la situación de orden público en el campo. Muchos agricultores no pueden ir a sus fincas, lo que dificulta enormemente un manejo gerencial de las explotaciones y la tecnificación de los procesos productivo y de comercialización. A no pocos, de los más variados estratos sociales, les toca pagar por su seguridad, sea que sufragen la llamada vacuna o que tengan que contratar su propia seguridad, con lo que incurren en un costo que no tienen sus competidores de otras latitudes. Numerosos productores han visto mermado su capital y debilitado su ánimo por el flagelo del secuestro. Y todos han sido víctimas de la zozobra y de la incertidumbre que genera la delicada situación que se vive en las zonas rurales, aún las más cercanas a las urbes, teóricamente las más seguras, cuyos precios se han elevado enormemente por cuenta de su presunta tranquilidad.

      El atraso que registra la infraestructura en el país también atenta contra el mejoramiento competitivo del agro colombiano 8 . Los sobrecostos ocasionados por la deficiente red de transporte y de comunicaciones, las dificultades causadas por la precaria prestación de servicios públicos en las zonas rurales y las pérdidas generadas por la falta de facilidades de almacenamiento y de refrigeración, son, entre otros, impedimentos para el desempeño competitivo de la agricultura del país. Los avances alcanzados en este terreno han buscado más vincular a los centros de consumo con los mercados internacionales que integrarlos con las zonas productoras, lo que le otorga ventajas a los bienes extranjeros sobre los nacionales incluso en los mercados domésticos. Llegar a los internacionales es, para muchos productos agropecuarios, una verdadera proeza que conlleva elevados costos y desventajas.

      El Plan de Desarrollo de la nueva Administración ha establecido como una de sus prioridades el desarrollo de la infraestructura vial. Como parte de dicha política, se han incrementado en forma notoria los recursos destinados a la red secundaria y terciaria, que tiene una incidencia decisiva para el desarrollo agropecuario, ya que es precisamente la que une las zonas agrícolas con las ciudades y las vías troncales. El proceso de descentralización vial en curso, mediante el cual dichas redes pasarían a ser administradas por las entidades territoriales, deberá ser objeto de seguimiento especial, para garantizar que las mayores inversiones redunden en un mejoramiento de la infraestructura vial más crítica para el agro. La reestructuración del Fondo Nacional de Caminos Vecinales —ordenada por la Ley 188 de 1995, por la cual se expidió el Plan Nacional de Desarrollo—, debería servir para establecer mecanismos de coordinación entre el Ministerio de Transporte, el de Agricultura y Desarrollo Rural y el Departamento Nacional de Planeación para la orientación de las inversiones viales de mayor impacto relativo en el desarrollo rural.

      Si bien es cierto que los aspectos precedentes, cuya influencia sobre la competitividad sectorial es innegable, están por fuera de la órbita directa de competencia del Ministerio de Agricultura, existen elementos de la política agropecuaria que tienen un papel igualmente decisivo. Los diversos estudios sobre competitividad sectorial que se encuentran en curso deben permitir la formulación de proyectos específicos que contribuyan a mejorar la competitividad de determinadas actividades agropecuarias en zonas específicas del territorio nacional, y a establecer si la política diseñada cuenta con las herramientas apropiadas para resolver los problemas que se identifiquen, de manera que se pueda completar, corregir o adaptar mejor a las necesidades reales de los productores de las diversas comarcas rurales del país. Ellos deben permitir, además, definir las nuevas necesidades de investigación y transferencia de tecnología, entre las cuales se cuentan, sin duda, aquellas relacionadas con el manejo de los ecosistemas tropicales, la producción de bienes comercializables orientados a mercados dinámicos y las tecnologías de manejo post-cosecha.

      En este terreno —el del mejoramiento de la competitividad— urge un decidido compromiso de los gremios de la producción. Su papel ya no puede limitarse al contestatario que han ejercido, con mayor o menor fortuna, en el pasado. El nuevo rol que está llamada a jugar la sociedad civil en el mundo actual los obliga a asumir responsabilidades de trabajo conjunto, serio y ponderado con las autoridades gubernamentales en procura de la modernización del agro y del mejoramiento de la calidad de vida de sus moradores, participando activamente en la formulación de propuestas que tiendan a tales fines, en la elaboración de programas y proyectos y en la promoción de su ejecución. El fortalecimiento de los fondos parafiscales y los acuerdos sectoriales de competitividad deben servir de marco para una nueva fase de desarrollo gremial, en la cual hagan definitivamente el tránsito de críticos a socios del gobierno en la tarea de construir un sector agropecuario más competitivo.

      La política sectorial debe experimentar, como es obvio, desarrollos y ajustes que permitan acrecentar su eficacia en la nueva etapa del desarrollo agropecuario del país. Este proceso debe ser, en primer término, el resultado de la experiencia que se vaya acumulando en el manejo de los nuevos instrumentos de política, en especial del nuevo esquema institucional de investigación y transferencia de tecnología y de los incentivos a la capitalización rural y a la adecuación de tierras. La puesta en marcha de la nueva política de comercialización y la definición de mecanismos que permita al Ministerio de Agricultura participar en el diseño de la política de infraestructura vial son elementos adicionales a los cuales ya hemos hecho alusión. A ellos quisiéramos agregar tres temas que no han sido todavía objeto de desarrollos de política: el desarrollo de una legislación antimonopolio y de promoción de la competencia en los mercados agrícolas; el impulso a la adopción de tecnologías y procedimientos de preparación de los productos en finca para su posterior mercadeo; y el diseño y puesta en marcha de un plan de construcción de infraestructura de almacenamiento.

      Sobre el primer tema, vale la pena señalar que en los mercados agropecuarios se presenta con inusual frecuencia el ejercicio de posiciones dominantes de mercado, principalmente por los transformadores de las materias primas de origen agropecuario, las cuales ocurren en detrimento y perjuicio de productores rurales y consumidores, ambos considerablemente dispersos y con escasa capacidad negociadora. Las imperfecciones de estos mercados, antes mencionadas, las posibilitan, y la puesta en marcha de un modelo de apertura y desregulación económica, que da mayor libertad a los mercados, las facilitan. Por eso, la expedición de una legislación práctica y adecuada a las características y necesidades del sector agropecuario es fundamental para evitar tales abusos cuando un modelo de desarrollo como el implantado en Colombia se pone en marcha, tal y como lo demuestra la experiencia internacional en la materia.

      En relación con el segundo asunto, no sobra recordar que la falta de preparación de los bienes agropecuarios en finca, o en zona de producción, determina que se incurra en cuantiosas pérdidas y sobrecostos en el proceso de mercadeo y que se afecte gravemente su calidad y su presentación, como ya se mencionó. La estrategia de promover empresas de comercialización de propiedad de los productores agropecuarios debe contribuir a solucionar este problema. No obstante, ella, por si sola, no es suficiente. Se requiere realizar campañas educativas al respecto, como la que puso en marcha el Ministerio en 1993 sobre productos perecederos; identificar y transferir tecnologías sencillas de secamiento, enfriamiento, selección y embalaje en finca, y establecer incentivos para quienes adopten tales técnicas. Esto es, incluso, más importante cuando se piensa incursionar en los mercados externos, caso en el cual se requiere también facilitar los procedimientos de revisión aduanera de los contenederos en finca, o en puertos secos en zonas de producción, de forma que se evite abrirlos para su revisión en los puertos o aeropuertos de exportación.

      El diseño y puesta en marcha de un plan de construcción de infraestructura de comercialización y almacenamiento, por su parte, es básico para superar los déficit que se presentan en la de granos, especialmente en las nuevas regiones cultivadoras, y para salir del absoluto atraso que en materia de enfriamiento y otras prácticas de conservación registra el país. La creación del Fondo EMPRENDER y del incentivo a la capitalización rural, y la autorización dada por la Ley Agraria al IDEMA para construir, o cofinanciar dicha infraestructura, deben contribuir a resolver esta dificultad. Pero se requiere, en todo caso, la elaboración de un plan detallado que establezca la infraestructura que hace falta, la que debe construir el Instituto, la que debe cofinanciar y la que debe dejar en su totalidad al sector privado, en el cual se definan las prioridades y las fuentes de financiamiento.

      En lo relativo a la política de desarrollo rural, la experiencia que se vaya acumulando con el uso de los sistemas de negociación voluntaria y subsidios directos a la compra de tierra desarrollados en la nueva Ley de Reforma Agraria darán lugar, sin lugar a dudas, a ajustes que permitan consolidar estos novedosos esquemas. En diversos apartes de esta obra hemos hecho alusión, además, a la necesidad de promover la vinculación de nuevos intermediarios financieros al otorgamiento de crédito a los campesinos, en especial del sector solidario y de permitirles el acceso al redescuento en FINAGRO. Entre los mecanismos sugeridos se encuentra el reconocimiento, a cualquier intermediario financiero, de los mayores costos de otorgar crédito a pequeños productores o de operar en zonas rurales apartadas. Se espera finalmente, que tanto un esquema de esta naturaleza como el acceso directo de las cooperativas de ahorro y crédito al redescuento de FINAGRO, entren a funcionar plenamente en 1996, una vez despejados, en este último caso, los obstáculos de carácter legal.

      Una de las mayores frustraciones de la política de desarrollo campesino ha sido la lentitud de los resultados del programa de modernización y diversificación de cultivos para productos de economía campesina particularmente críticos —cebada, trigo, tabaco y fique—. Ello obedece, como lo hemos señalado, a las escasas alternativas que tienen muchos de estos productores, debido a la baja calidad de los suelos y la escasez de agua en las zonas donde cultiva, así como a otras dificultades propias de los procesos de reconversión en el agro asociadas a la lentitud de la transferencia de tecnología y la dificultad para desarrollar nuevas redes de comercialización. Por este motivo, es necesario desarrollar un programa mucho más ambicioso en este frente, que combine la experiencia acumulada con subsidios directos a los productores para que modernicen sus actividades agropecuarias, cambien sus productos tradicionales e incluso se relocalicen en zonas más aptas para la producción de cultivos alternativos.

      Un elemento de esta política que, sin embargo, debe ser objeto de la política de desarrollo campesino es la adopción de esquemas sencillos y baratos de recolección de aguas lluvia para irrigación de los pequeños productores rurales. Definitivamente el ritmo que ha mostrado el HIMAT —hoy INAT— de construcción de obras que le lleven agua a estos labriegos es desconsolador. La disminución de la disponibilidad de aguas en numerosas zonas campesinas es dramática, lo que está coartando día a día sus posibilidades de reconversión y diversificación. La ejecución de un plan masivo —y rápido— de dotación de agua a esos campesinos para riego suplementario, con base en modelos y técnicas innovativas y en la participación de varios ejecutores, es impostergable.

     La superación de las dificultades que enfrenta el sistema nacional de cofinanciación y la adecuada puesta en práctica de la opción de cofinanciación directa a las comunidades rurales y a las organizaciones campesinas, prevista en la Ley 101 y ya reglamentada, es prerrequisito para la consecución de los objetivos propuestos por la política de desarrollo rural. Sin ellos, la gestación de procesos auto-sostenidos y autónomos de desarrollo de las comarcas campesinas, que transformen a sus integrantes en verdaderos empresarios y que eleven su calidad de vida, seguirá siendo una lejana utopía.

     De similar trascendencia es la elevación del nivel educativo en el campo, la mejora en la formación de profesionales y técnicos relacionados con el desenvolvimiento del sector y la adecuada capacitación y actualización de todas las personas que se dedican a los quehaceres agrícolas. En cualquier sociedad, incluidas las rurales, el grado de educación y de capacitación de sus integrantes es, cada día más, la principal, o una de las principales, ventajas competitivas. La adquisición de un nivel de vida digno y el logro de una sociedad democrática y tolerante también dependen críticamente de aquel. Estos temas, deben ser objeto de atención prioritaria por parte del Ministerio de Agricultura, el cual, valga la verdad, nunca se ha preocupado por este tema, como si el hecho de que no sea de su jurisdicción no lo hiciera vital para alcanzar el desarrollo del sector y el mejoramiento de la calidad de vida rural.

     Por último, la asignación de recursos presupuestales adecuados y la decisión política de continuar y profundizar la ejecución de una estrategia coherente, integral y comprensiva de superación de la pobreza y de las inequidades en las áreas rurales y de desarrollo sostenible y sostenido del agro, como la que se diseñó y ha continuado, bajo renovado ímpetu, bajo la actual Administración, son esenciales para conseguir los objetivos esbozados. Los programas y los subsidios selectivos y focalizados para combatir la miseria y las carencias, las estrategias y los estímulos para aumentar la competitividad —actuando en especial en los; temas tecnológico, de adecuación de tierras y de modernización de la comercialización— y las políticas para generar un ambiente propicio para el crecimiento del sector —principalmente en materia macroeconómica, de orden público, de infraestructura y de educación— podrán enriquecerse, modificarse o profundizarse, pero sin ellas el futuro del agro, y el del país, no serían claros. Por el contrario, sus acertadas elaboración y ejecución permitirán sacar provecho de la riqueza natural y genética de los variados y hermosos ecosistemas que conforman la geografía nacional.

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1. Ver Departamento Nacional de Planeación (1995), pp. 199-208; Departamento Nacional de Planeación y Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural (1994b, 1994c y 1995).(Regresar)

2. Departamento Nacional de Planeación y Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural (1994b).(Regresar)

3. Departamento Nacional de Planeación y Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural (1995).(Regresar)

4. Hasta mediados de 1995, el Ministerio había firmado las bases del acuerdo de competitividad de acuicultura y estaba promoviendo el del banano. Participó igualmente en el desarrollo del acuerdo de la cadena textil-confecciones. Sin embargo, no se había avanzado en el desarrollo de acuerdos para las cadenas agroalimentarias más complejas: cereales - concentrados - actividades pecuarias intensivas, de oleaginosas y de productos lácteos.(Regresar)

5. Departamento Nacional de Planeación y Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural (1991994c).(Regresar)

6.Ver, por ejemplo, Lora y Herrera (1994) y Banco Mundial (1994b).(Regresar)

7. Además de los anteriores, ver el discurso de José Antonio Ocampo en la instalación del Foro Nacional Agropecuario, en Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural (1994d), pp. 19-30 y en Ocampo (1994), Anexo III.(Regresar)

8. Sobre este tema, ver los capítulos respectivos en González y Jaramillo (1994).(Regresar)



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