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El giro de la política agropecuaria
José Antonio Ocampo y Santiago Perry
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Además las
motivaciones de carácter estratégico, tales como la paz, la soberanía sobre el
territorio y la seguridad alimentaria, se esgrimen en favor del establecimiento de una
política preferencial para el agro. En efecto, secularmente las zonas rurales han sido el
escenario predilecto de la violencia, tanto en Colombia como en otros países en
desarrollo
2
. En el campo colombiano,
específicamente, se han presentado diversos tipos de conflictos y de conflagraciones
desde fines del siglo XVIII, con carácter recurrente y en diversas ocasiones con
particular intensidad. Aunque recientemente la violencia urbana ha aumentado en el país,
las áreas rurales continúan registrando muy altos índices al respecto. En los ochenta,
los costos para el sector agropecuario asociados con la violencia, y los diversos
problemas que ella genera, se estima que equivalieron a cerca del 16% del PIB sectorial
3
. A principios de los noventa los índices de
violencia rural aumentaron notoriamente. En no pocas oportunidades tan dramática
situación de orden público se ha explicado, al menos en parte, por la escasa presencia
del Estado en el campo, o por una pérdida de la credibilidad de los pobladores rurales en
las instituciones y en los propósitos gubernamentales.
De igual manera,
esa presencia deficiente del Estado, o su virtual inexistencia, en vastas regiones del
territorio nacional determina que los labriegos y colonos colombianos son los únicos que
lo están ocupando físicamente y, por lo tanto, son el único factor de soberanía en
ellas. Esta es la realidad de la casi totalidad de las zonas fronterizas colombianas
en las regiones de la Amazonía y la Orinoquía, en la Guajira, en parte de Norte de
Santander y en todo el límite con Panamá, las cuales, con contadas excepciones,
han sido olvidadas por la acción gubernamental y viven en condiciones de miseria y
marginamiento alarmantes. La seguridad alimentaria, por su parte, ha sido un concepto
bastante discutido
4
. Sus definiciones van desde
quienes la entienden como el más completo autoabastecimiento de alimentos para la
población de un país, hasta quienes consideran que es un problema exclusivamente de
ingresos y capacidad de compra de los sectores más pobres. Al parecer, su definición
más adecuada no está en ninguno de estos dos extremos. La seguridad alimentaría de la
nación, entendida como la garantía de disponer de alimentos suficientes para los
moradores de un país, depende de la producción interna de alimentos, de la
disponibilidad de divisas, de las facilidades físicas para importar y de la posibilidad
de encontrarlos en los mercados externos. Diversas fórmulas se han inventado para
medirla. En cualquier caso, sin embargo, todos los países la asocian con algún grado de
auto abastecimiento, hasta el punto de que así tuvo que consignarlo el acuerdo final de
la Ronda Uruguay del GATT. La seguridad alimentaria de los individuos, por su parte, no
depende tan sólo de la disponibilidad de alimentos, sino que está mayormente asociada
con la distribución del ingreso y con la consiguiente capacidad de compra de los
pobladores más pobres. Empero, tanto la seguridad alimentaria nacional como la individual
requieren, para alcanzarlas, de la intervención del Estado y del establecimiento de
políticas específicas, tal y como lo ha
demostrado la experiencia internacional.
De manera que razones económicas asociadas principalmente con las distorsiones
prevalecientes en los mercados internacional e interno, sociales relativas a
la lucha contra la pobreza y estratégicas vinculadas con la paz, la
soberanía territorial y la seguridad alimentaria demandan la presencia del Estado y
la ejecución de una política sectorial activa.
OBJETIVOS
FUNDAMENTALES DE LA POLÍTICA SECTORIAL
La política sectorial diseñada y desarrollada en 1993 y
1994 tenía cinco objetivos fundamentales. Ellos eran la reactivación del sector, el
mejoramiento de su competitividad, una mayor equidad en su desenvolvimiento, la
sostenibilidad en su desarrollo y el incremento de la eficiencia en la labor de las
entidades gubernamentales agropecuarias. El primero de ellos, de corto plazo, se
consideraba básico para alcanzar los otros cuatro en el mediano plazo. En efecto, la
superación del clima de crisis y de desesperanza que se vivía en el agro en 1992 y
principios de 1993, y la consecuente reactivación de su producción, era prerrequisito
sine qua non para poner en marcha planes ambiciosos que buscaran resolver problemas de
fondo del sector y que tendieran a enrutarlo por una senda de crecimiento sostenido. Sin
lugar a dudas, tales planes exigen inversiones y compromisos de los sectores público y
privado que sólo se dan en un ambiente propicio al desarrollo sectorial, el cual estaba
lejos de primar cuando se inició el diseño de la política que nos ocupa.
No obstante,
dicha política no perseguía tan solo una recuperación pasajera de la actividad
agropecuaria, sino que aspiraba a sentar las bases para resolver los problemas centrales
que podrían comprometer en el futuro el buen desempeño sectorial. En tal sentido, la
posibilidad de que el sector sobreviviera y creciera en un mundo cada vez más
interdependiente, y de que contribuyera al crecimiento de la economía nacional y al mejor
estar de la población, dependía críticamente de mejorar su competitividad. Sin ella,
las fuentes de crecimiento del sector tanto en el mercado doméstico, como en los
externos se agotarían y se retornaría a la situación de crisis. Por lo tanto, a
promover una mayor competitividad del agro se encaminaron los mejores esfuerzos de la
política implantada, y el componente de mediano plazo del Plan de Reactivación puesto en
marcha.
La reactivación
y la mejora de la competitividad sectorial debían favorecer a todos los productores
rurales, independientemente de su tamaño y actividad. Sin embargo, ellas no eran
suficientes para combatir la pobreza y las desigualdades sociales, ni para ofrecer un
nivel de vida digno a los moradores del campo. Para esto se requería otorgar una
atención preferencial a los sectores más deprimidos de la población, en especial a los
pequeños productores, a los pescadores artesanales y a los jornaleros rurales, a través
de una estrategia coherente que tendiera a superar las tradicionales carencias que los han
mantenido en esa situación de marginalidad. Este fue el cometido del Programa de
Desarrollo Rural Campesino que se diseñó y se puso en ejecución. De su éxito y de la
resolución de tales problemas dependía que el desarrollo agropecuario propugnado fuera
viable, o sostenible, socialmente.
Además de la factibilidad económica y social del
desarrollo promovido, era indispensable asegurar su sostenibilidad ambiental. Tal vez el
futuro de ninguna actividad productiva depende tan dramáticamente de la preservación y
del adecuado aprovechamiento de los recursos naturales renovables como la agropecuaria,
entendida esta en su sentido más amplio. Y tal vez ninguna otra puede aprovechar la
megadiversidad presente en la heterogénea geografía colombiana como ella. La
conservación de esta ventaja comparativa, el mantenimiento y mejoramiento de la
productividad y de la competitividad de los diversos agroecosistemas e, incluso, la
posibilidad de acceso futuro de los bienes del agro colombiano a los mercados
internacionales más dinámicos y exigentes, están asociados con la puesta en marcha de
una estrategia de desarrollo sostenible como la que conformó el tercer plan, o línea de
acción, definido por el Ministerio de Agricultura.
Finalmente, para
que la política y las estrategias esbozadas tuvieran el impacto deseado era indispensable
hacer más eficiente al sector público agropecuario, adecuarlo a los nuevos
requerimientos que al Estado le impone el modelo de desarrollo implantado y, en especial,
prepararlo para relacionarse con una sociedad civil más actuante, exigente y
deliberativa. El cuarto gran campo de trabajo del Ministerio se ocupó de este tópico, no
sólo con base en el impulso a los procesos de modernización, o de reestructuración, del
Ministerio y de sus entidades adscritas y vinculadas, sino apoyados en un conjunto de
medidas y de actividades tendientes a abrir espacios de participación y de concertación
y a modificar la cultura institucional de dichas entidades. Los cuatro programas
mencionados, complementados con una cuantiosa legislación expedida por el Congreso en
1993 y 1994, que le dio viabilidad jurídica a varias de las propuestas e inquietudes del
Ministerio y de los gremios, conformaron el núcleo de la política sectorial puesta en
práctica en procura de los cinco objetivos antes citados.
________
2. El fenómeno de que las áreas rurales han sido escenario
favorito de la violencia en numerosos países ha sido ilustrado por numerosos
investigadores sociales, entre los que se destacan Eric Wolf y Eric Hobsbawm. Los
conflictos agrarios, o rurales, en Colombia han sido objeto, igualmente, de una abundante
literatura. Para una síntesis de ellos ver, entre otros, Perry (1994c) y los diversos
artículos publicados en Ministerio de Agricultura (1994a).(Regresar)
3. Ver
Misión de Estudios del Sector Agropecuario (1990).(Regresar)
4.
Sobre el tema de la seguridad alimentaria ver, entre otros, Perry (1994b) y lo relativo al
tema en el informe de la Misión de Estudios del Sector Agropecuario.(Regresar)
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