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CARTA DEL CAPITAN
ALONSO TURRILLO DE YEBRA
AL CONSEJO DE INDIAS
Señor:
En cumplimiento de la
orden de Vuestra Majestad, llegué a esta ciudad de Cartagena a los nueve del mes pasado,
donde ya había mucha noticia de la resolución que Vuestra Majestad ha tomado en el
consumo de la plata corriente y moneda que en su lugar mandó acuñar, cuya ejecución se
aguardaba con grandísimo gusto, por lo aborrecido que es el uso de esta plata corriente.
Y así fue mi venida muy grata a todos.
Presenté a Don García
Girón, gobernador y capitán general de esta ciudad, la cédula de Vuestra Majestad en
que manda no se aguarde parecer de la Real Audiencia de Santafé, sino que con solo el
suyo y oficiales Reales se haga en esta ciudad una oficina de la casa de moneda principal,
donde se fabrique la parte de moneda que toca a esta gobernación y sus adyacentes, con lo
cual se evitaban los grandes inconvenientes y
gastos que se seguían de esperar
aquí con cincuenta oficiales el parecer de la dicha Real Audiencia. Vio el gobernador la
Real cédula y no halló inconveniente en que la oficina se fabricase, como es cierto no
la tiene, antes es beneficio para la ciudad y de mucha comodidad a la ejecución de lo
que Vuestra Majestad manda.
Y con esta primera
visita tomé casa suficiente para el dicho efecto y previne las cosas necesarias para la
fábrica.
Pocos días después,
me pidió el dicho gobernador la orden que traigo de Vuestra Majestad para esta fundación
y nueva moneda. Y aunque la dicha orden viene para la Real Audiencia de Santafé, se la
mostré, pareciéndome no tenía inconveniente. Y habiéndola visto, me ordenó que se la
dejase; la cual he entendido comunicaron el gobernador y oficiales Reales con la ciudad,
sobre si conviene o no fabricar los cuartillos, no obstante que Vuestra Majestad por su
Real cédula no les remitió más de si tenía inconveniente el hacer la oficina, viniendo
lo demás resuelto.
De esta comunicación y
vista del despacho, resultó alguna mudanza de inclinación en algunos de los que la
tenían al principio que se fabricasen los cuartillos y consumiese la plata corriente. Y
esta mudanza no tuvo otro fundamento que haberse visto por las dichas Reales cédulas, que
la pérdida que hay en la plata corriente (por lo defraudada que está) había de ser por
cuenta de los en cuyo poder se hallase al tiempo de su provisión. Y sobre esta materia se
extendieron varios pareceres, mostrando en ellos sus autores más buen celo que acierto,
cuya relación omito de hacerlo por el imposible que en sí tienen, impracticables. Pues
el que más acertado pareció fue, que los cuartillos es moneda dañosa y que no conviene
que se haga, sino que de la misma plata corriente (en la ley que hoy se halla) se haga
moneda de peso vaciada, con que no se perdería nada en su consumo y cesaría el uso de
los pesos. Y el menor daño que este parecer tiene es, cesar el beneficio que se saca para
la Real hacienda, pues se sabe cuán dañosa cosa es moneda vaciada. Y a este tono ha
habido otros muchos pareceres, los cuales o parte de ellos se envían ahora a Vuestra
Majestad. Y aunque esta materia se resolvió con acuerdo del Real Consejo de Indias, donde
se vieron y repararon todos los inconvenientes que se podían ofrecer sin remitir a esta
ciudad ni aún a la Real Audiencia de Santafé cosa que tocase a mudanza de la
resolución, y se ve así por los despachos que traigo, bastó la resistencia que hizo la
ciudad y algunos que se hallaron con cantidad de plata corriente, para que el gobernador
estorbase la fábrica de los cuartillos, pareciéndole que la podía suspender (como lo ha
hecho).
Y habiendo dado oído a
algunas dificultades que se pusieron en esta nueva moneda y consumo de la dicha plata,
juntó [el gobernador] al contador Pedro Guiral y [a los]
oficiales Reales y a mí, para que les informase. A los cuales hallé persuadidos a
que los cuatro marcos de cobre que se ligan a uno de plata para los cuartillos, venían
todos cinco a tener el [mismo] valor que cinco marcos de plata fina,
ponderando mucho el inconveniente que se seguía de que con cinco marcos de pasta, que
tenían de gasto noventa reales, poco más o menos, se sacasen trescientos y veinticinco (13). Hice volver a leer la cédula de Vuestra Majestad,
donde se explica todo tan por menudo, que hasta los granos que ha de tener cada moneda
declara en ella, y díles a entender el engaño tan grande en que se hallaban, pues en los
cinco marcos a que atribuían trescientos y veinticinco reales no había sino ciento y
veinticinco, a razón de a veinticinco por marco. Díjeles también que este particular
venía mirado con mucho tiento y resuelto por Vuestra Majestad y que, pues no se les
remitía más que a fundación de la oficina, se tratase de ello solo.
Y después de haberme
oído y satisfecho sus dudas, criando otras de nuevo, respondieron que por ser negocio de
tanta importancia y que podía haber que advertir en él y que lo hiciese la Real
Audiencia de Santafé, se lo remitían, sin darme lugar a ejecutar nada, como consta por
la copia del auto incluso (14).
En esta y otras
ocasiones me he hallado afligido, porque desdice mucho lo que me sucede el haber salido de
esa Corte a esta fundación preso y de España compulso, asegurándome el Real Consejo de
Indias con cartas el cumplimiento de todo lo tratado conmigo. Y debajo de este seguro vine
gastando más de vinticuatro mil ducados. Y cuando entendí que bastaba la resolución de
Vuestra Majestad para poner en ejecución esta fábrica, hallo que se vuelve a mirar acá
de nuevo si conviene o no. Y menos mal fuera si las dificultades que ponen fueran capaces
de satisfacción, pero ninguna he oído de sustancia, si no es para dilatar el servicio de
Vuestra Majestad y ruina mía, porque si luego que llegué aquí me hubieran dejado labrar
esta moneda en la oficina que tengo hecha, pudiera enviar en estos galeones a Vuestra
Majestad más de veinte mil ducados que le tocan de la parte que aquí se ha de labrar y
yo no estuviera tan destruído, cargado de gasto con los oficiales que, por no darles en
qué entender, es fuerza sustentarlos y a sus familias.
Y no para aquí mi
daño, porque algunos de los dichos oficiales me tienen puesto pleito, pidiéndome la
pérdida que se les ha seguido por desacomodarse de sus tierras y casas para cosa que no
tiene efecto. Y si entendiera que no deservía a Vuestra Majestad, dejara los aprietos en
que me hallo, volviéndome a España en estos galeones; pero hasta tener su Real
beneplácito no me he atrevido a hacerlo, quedando muy cierto que Vuestra Majestad me
hará merced equivalente a este daño, pues me lo he hecho debajo de su Real palabra, que
de otra manera yo no me atreviera a venir, ni al gasto hecho, ni Vuestra Majestad me lo
mandara hacer si se pudiera presumir que cosa tan resuelta se me había de embarazar acá.
Y viendo que con la
respuesta que la junta de gobernador y oficiales Reales dieron (en cuanto a la
ejecución), quedaban los oficiales que he traído casi desesperados, volví a replicar,
poniendo en consideración que si se me iban algunos, el daño era el perder yo lo que
había gastado con traerlos, pues faltando, sería imposible poderlos volver a juntar y
ejecutar lo que Vuestra Majestad manda y de que tanto beneficio se sigue a Su Real
hacienda. Y habiéndome oído, se pronunció segundo auto al pie de mi petición, y la
copia va con esta, en que me permiten que haga la dicha oficina por no tener
inconveniente, y que labre en ella la moneda que traigo por orden, sin darme lugar a que
labre los cuartillos, siendo el fin principal para que he venido y se funda esta casa. Y
diciéndole yo al gobernador que se guardase el tenor de la Real cédula y se me dejase
labrar la dicha moneda, me respondió que la ciudad le había representado algunos
inconvenientes en la fábrica de los cuartillos, y que así era fuerza darle lugar a que
replicasen a Vuestra Majestad, como ahora lo hacen (15)
Y hallándome con
tantas dilaciones y que se escribía a la Real Audiencia de Santafé, haciendo la misma
réplica, me resolví a no pasar de aquí, porque la jornada con la gente y pertrechos que
traigo me costará más de otros cinco mil ducados, y con cualquier pequeña duda que
allá se me ofreciera, fuera quedar del todo arruinado, aunque lo estoy harto. Y así
envié el pliego de Vuestra Majestad a la Real Audiencia con un criado mío de
satisfacción, para que solicite y me traiga la respuesta; la cual quedo persuadido ha de
ser dificultando la dicha ejecución de cuartillos, porque esta materia de moneda nueva en
las Indias es mala de asentar y peor cuando llega a oídos de personas poco prácticas de
ella y que se deja en sus manos el poder variar.
Hasta aquí he dicho
los lances que me han pasado y aprieto en que quedo. Y ahora diré el estado y uso de la
plata corriente y modo que se podrá tomar para su consumo y el gran beneficio que de ello
se seguirá. La plata corriente [con] que hoy se comercia en esta
gobernación, es de la forma que Vuestra Majestad verá por los pedazos que envío con
esta. En los cuales no hay peso ni valor conocido, por cuya causa es menester comerciar
(aunque sea partida de medio real) con el peso en la mano, de donde se puede bien entender
la gran confusión en que se vive. Y el mayor inconveniente no es este, sino las muchas
almas que se condenan en el tal uso, porque no hay peso de a diez reales (de los que se
distribuyen por menudo en las tiendas, que llaman pulperías), que no se disminuya por lo
menos un real, quedando perdidoso de él el comprador y aumento del pulpero. Y esto sin
poderlo excusar, porque como es forzoso el comprar menudencias, es imposible ajustar el
peso con (sic) tantas veces, y lo que le faltare para ajustarse, jamás lo da el
pulpero al comprador, sino lo aplica para sí. Y está este engaño tan conocido en esta
tierra, que los conventos y personas que tienen en su casa gasto de consideración, dan a
sus compradores a cinco y a seis por ciento para las mermas. Y como en estas pulperías se
vende lo más del sustento, es inexcusable el ir a parar a sus manos la mayor parte de
esta plata. Y la grande ganancia (llamada de ellos así) que hay en este trato es causa
que haya en esta ciudad casi tantos pulperos como la tercia parte de vecinos, y en ellos
hay algunos que se alaban diciendo que nadie sabe la ganancia de los pesillos de
Cartagena, sino quien los ha usado. Y confesor me ha dicho, que ha llegado pulpero a sus
pies con ocho mil reales a cargo en un año, en solo pesar plata. Y este es de los que
hacen escrúpulos, que de los confesores mismos he sabido que son muy pocos los que lo
hacen de recibir el peso largo y entregarlo corto. Y por las causas dichas, no hay vecino
en este lugar que no esté deseando ver quitado este mal uso, y yo me contentara, para
ayuda de costa, con la mitad del donativo que me atreviera a sacar de los dichos vecinos,
por ver consumida la dicha plata.
Otro modo de interés
ha introducido el demonio para sí con el uso de esta plata corriente y es, que algunos
juntan cantidad de ella y la prestan a razón de a once y a doce por ciento de interés. Y
el necesitado que la busca para trocarla en reales [de plata] para los
contratos, pierde otra parte, y cuando llega el tiempo de los registros, que es el plazo
en que ha de pagar a su acreedor, si no se halla con el dinero, hace otra... (ilegible)
(16), con otra nueva pérdida; y esto lo llaman aquí
comodidad los que lo usan por ganancia. Y estos, como son hombres adinerados y poderosos,
han tenido mucha parte en el embarazo del consumo de la plata corriente y fábrica de los
cuartillos.
La materia de que esta
plata corriente es compuesta, es muy diferente de la plata como suena. Porque está ligada
con otros metales en tal manera, que de ocho marcos que se funden, quedan tres de plata, y
no de toda ley. Y el origen de la vileza de esta plata ha sido entendido de pocos, y es
este: pareciéndome cosa rigurosa que Vuestra Majestad hubiese permitido (como me decían)
que corriese un pedazo de plata que no tiene de valor intrínseco más que tres pesos por
ocho, sin haber llevado el crecimiento o parte, hice [la] diligencia y
hallé que a los principios hubo permisión para que se comerciase con plata corriente, la
cual fue de toda ley, sacada de las minas de Mariquita, sin más marca que la de haber
sido quintada. Y así halló la malicia entrada para sacarla y meter en su lugar la plata
baja que hoy corre; la cual se sacaba de unas minas marcasitosas de Quito, y por no
poderse afinar, la quintaban por de dos pesos y medio el marco. Y como se sabía que en
Cartagena valía el marco de plata corriente con que se comerciaba, ocho pesos, traían
cantidad de aquella plata baja y sacaban la buena, de que se les seguía más de ciento y
treinta por ciento de ganancia. También he averiguado que muchos, con esta codicia, han
ligado la buena plata con otros metales, bajándola mucho de ley y subiéndola de peso. Y
no solo han sacado la buena plata corriente en su lugar, sino reales de a ocho, dando
grueso interés. Y esto lo han podido hacer y pueden hoy muy a su salvo, porque como corre
sin sello y no hay otro examen que el peso, nadie atiende a la calidad sino a la cantidad.
Y esto es tan cierto, que hasta que yo vine e hice algunos ensayes, no se sabía la ley
que tenía. Supuesto lo cual, esta plata corriente, que se llama moneda, żen qué se
diferencia de moneda falsa? A mi parecer es lo mismo que hacer reales falsos y trocarlos
por los verdaderos. Y cuando este caso se llega a descubrir, el menor daño que le puede
venir al en cuyo poder se hallare la tal plata o moneda, es que la pierda. Y como en esta
plata corriente hay tanta pérdida, la temen y resisten su consumo los que se hallan con
cantidad, persuadiéndose unos a otros a que Vuestra Majestad se la pagará con la
ganancia que aplica a su Real hacienda de la fábrica de los cuartillos. Y habiendo visto
yo que [el] fundamento de sus dificultades no es más que por huír de
la pérdida y que Vuestra Majestad no se la debe satisfacer, por no haber sido la causa de
ella sino la malicia de unos y descuido de otros, les propuse un medio para que la
pérdida fuese menos sensible y es la siguiente:
Supuesto que la plata
corriente que hay en este lugar, ha muchos años que se comercia con ella, claro está que
la habrán poseído no solo los que hoy se hallan con mucha cantidad sino los que se
hallan sin ninguna, y que con alguna razón sentirá el que se hallare el día del consumo
con ocho mil pesos (ejecutándose en el rigor de la ley) el perder más de la mitad, y que
el que se hallare con solos ciento, habiendo tenido el día antes los dichos ocho mil,
pierda solos cincuenta; y pues el descuido o malicia de venir esta plata a estado en que
hoy se halla ha sido general, y lo ha de ser también el beneficio que se sigue de
desterrar de esta república cosa tan dañosa para el comercio y para las almas, puesto en
razón será que participen todos de la pérdida (que se puede reputar por ganancia), pues
con la parte que a cada uno tocare por una vez, ataja la polilla que de ordinario le va
desmoronando el caudal. Y para hacer este repartimiento (respecto de la cantidad de cada
uno), divido seiscientos vecinos que tiene Cartagena en tres cáñamas, mayor, mediana y
menor, a las que les reparto veinte mil pesos, que es la pérdida que habrá en cuarenta
mil pesos que se presume hay en esta gobernación. Y porque los caudales de las cáñamas
son diferentes, reparten a la cáñama mayor, doblado que a la mediana, y a la mediana,
doblado que a la menor. Y habiendo... (roto) al que más le toca son sesenta pesos,
y al que menos, quince. Y aunque estas partes se cuadrupliquen, no habrá nadie en el
lugar que deje de pagarlo de muy buena gana, porque redimen con esto el ordinario censo
que pagan por el menoscabo en la distribución de la plata corriente, que por lo menos
[es] cada año lo que les tocará por este camino por una vez.
Este medio pareció a
propósito y estuvo tan cerca de elegirse, que se me trató, si gustaría de tomar la
dicha plata por mi cuenta, dándome tanto por ciento por la pérdida, y estuviera asentado
si a este tiempo no hubieran salido algunos pareceres de personas no prácticas en materia
de moneda, condenando los cuartillos por moneda dañosa, diciendo más, que en caso que se
hubiesen de labrar, era cierto les pagaría Vuestra Majestad con la ganancia el daño. Y
como el gobernador y oficiales Reales no ayudaron mucho, mi plática cesó, dejando de
cuarenta partes de vecinos, las treinta y nueve pesarosas de que no se quitase la plata. Y
entre estos que lo han contradicho han hecho la réplica e información que se envía a
Vuestra Majestad, de la cual consta cuán conveniente es, como se verá en mis anotaciones
en la margen de sus apuntamientos (17).
Sirviéndose
Vuestra Majestad de hacer merced a esta ciudad de pagarles el daño de esta plata, no
ganando nada en la fábrica de los cuartillos, no habrá que buscar otro medio para la
ejecución de lo que ha mandado, porque es cierto que no teniendo pérdida, no habrá
réplica. Y en caso que no les haga esta merced y mande que se continúe lo resuelto,
será muy necesario y aún forzoso enviarme comisión amplia y exenta, para que lo ejecute
sin que haya intervención de nadie más que la de los oficiales Reales, y esta para solo
que cobren la parte que tocare a Vuestra Majestad, porque si queda camino para que los que
gobiernan puedan dificultar, en cualquier ocasión que les parezca embarcarán la
ejecución. Y en el ínter que aguardare respuesta de Vuestra Majestad de cualquier duda,
se le perderá mucho tiempo y a mí se me seguirá gran daño. Y teniendo yo comisión sin
depender de nadie, ejecutaré la orden que tengo de Vuestra Majestad, y si alguna
dificultad se le ofreciere a la ciudad, viendo que tengo yo la comisión y que ha de parar
aquí su réplica, la facilitaremos entre todos con suavidad, y yo me prefiero a hacerlo
de manera que no solo no queden quejosos sino con mucho gusto, y sin que el interés que
se sigue a la hacienda de Vuestra Majestad cese.
Y en tener yo esta
comisión hallo poco inconveniente, porque en ella no se puede ofrecer cosa ni hacerse que
no sea muy del servicio de Vuestra Majestad, y cuando hubiere muchas ocasiones de lo
contrario, la satisfacción que Vuestra Majestad debe tener de mí en los años y
ocasiones que le he servido, podía asegurar mí proceder. Y lo que hace más conveniente
que esté esto a solo mi cuidado, es la inteligencia que tengo de ello, y que no hay mucha
en las personas, y a mano está el dificultar y embarazar. Y el día que esto no se
asentare así, puedo asegurar a Vuestra Majestad que ha de haber mil tropiezos y que se ha
de acabar tarde esta fundación. Y cuando en los principios no se viere mucho gusto en la
ciudad, puesto en ejecución el servicio de Vuestra Majestad y beneficio en Su Real
hacienda, que todas tres cosas ofrezco y aseguro, podrá elegir otro medio.
[A]
D.
Antonio de Vega, persona práctica que vino conmigo a esta fundación, envío con este
aviso con este despacho, para que, demás de la relación que hago, lo diga a boca.
Suplico a Vuestra Majestad mande que con toda brevedad se despache, para que se venga con
la respuesta en primer aviso, pues se ve la poca dilación que sufre la respuesta; que,
aunque he hecho la oficina y en ella se labrará alguna plata y oro, será muy poco, y
solo lo haré por quitar a los oficiales la desconfianza en que están de que no se ha de
hacer moneda. Guarde Dios a Vuestra Majestad, como la cristiandad ha menester. Cartagena,
primero de agosto de 1621.
(Firma:) Alonso
Turrillo de Yebra.
Alonso
Turrillo de Yebra.