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A los cuatro años de edad, el que se convertiría años después
en uno de los más importantes compositores de Colombia aprendió a tocar música
campesina en un viejo tiple prestado por los trabajadores, pero siempre con la vigilancia
de su padre, un hombre estricto que vivió como perseguido político en el Amazonas, en
donde las circunstancias lo convirtieron en un bravo cauchero. Pese a ser el consentido,
en 1939 el niño fue separado de su casa y enviado con su hermana Graciela a Neiva para
estudiar kínder y preparar la Primera Comunión. Dos años después los hermanos tomaron
rumbos diferentes porque ella fue internada en un establecimiento educativo de Bogotá y
él en el Colegio Antonio José de Sucre, en Garzón, en donde cursó segundo y tercero de
primaria. En 1943 Jorge tuvo un nuevo traslado al ser matricularlo por su papá en el
Colegio Antonio Nariño, de Bogotá, institución que lo promovió automáticamente a
primero de bachillerato.
A
finales de 1948 terminó la secundaria y al año siguiente, como homenaje al abuelo
médico, Timoteo Villamil Landínez, fue obligado por su padre a estudiar medicina en la
Universidad Javeriana. Allí se hizo evidente su pasión musical no solo por la nostalgia
de la tierra huilense sino por la afinidad que halló en otros jóvenes de provincia con
quienes organizó una tuna estudiantil en la que sobresalía por su alegre interpretación
de coplas sobre festejos campesinos, gentes de regiones ignotas y paisajes desconocidos.
Brota
la inspiración
En esos
años de vida universitaria surgieron sus primeras composiciones. Primero fue Sampedreando
(1949), un sanjuanero instrumental que nunca ha sido grabado, y luego La Zanquirrucia (1950),
un rajaleña que evoca a una campesina que participaba con desenfado en los festejos de El
Cedral. Mas adelante creó temas antológicos como Adiós al Huila, Por una
eternidad, Amor en sombras, Vuelves y Neiva, su primer porro. Al
terminar sus estudios de pregrado en 1954, Villamil Cordovez se inscribió como interno de
la Clínica de la Policía Nacional y simultáneamente decidió especializarse en
Ortopedia y Traumatología, aunque su diploma de médico cirujano sólo lo obtuvo en 1958.
Al
morir su padre, en 1958, El Cedral entró en decadencia debido a la notable baja de la
producción cafetera y al deterioro del orden público en el sur de Colombia,
especialmente por la evidente transformación de las guerrillas liberales. Por esos años
el médico-compositor se reencontró con Pedro Antonio Marín, un antiguo jornalero de El
Cedral que lideraba las cuadrillas de trabajadores reinsertados de la insurgencia y quien,
según el maestro, ya perfilaba un claro liderazgo antisistema. Décadas después -ese
hombre que se conocería como Manuel Marulanda
Vélez y Tirofijo- y
el músico, se volverían a encontrar varias veces para hablar sobre la reconciliación
nacional, aunque su relación más cercana se produjo por El
barcino (1969),
un sanjuanero que recuerda a un toro de la familia Villamil y en el que el guerrillero es
mencionado. Al período 1955-1958 corresponden cantos como Playas de San Andrés, La
trapichera, Acíbar en los labios, La mortaja, Campanas de Navidad,
Rajaleña No. 2,
Vieja Hacienda del Cedral y El retorno de José Dolores,
probablemente la primera canción del género social compuesta en Colombia.
Primeras
grabaciones y proyección nacional
En
1959, los famosos Emeterio y Felipe -Los Tolimenses-, descubrieron en Manizales algunas
composiciones del neivano y viajaron al Huila para conocerlo y pedir su autorización para
grabar obras como El retorno de José Dolores, Adiós al Huila y La
Zanquirrucia. Al tiempo con la composición, Jorge Augusto alternó sus actividades de
ortopedista y traumatólogo con su gestión como mediador de paz entre el gobierno de
Alberto Lleras Camargo y las guerrillas del sur del país y gracias a sus viajes por zonas
rurales se interesó en el estudio de las tradiciones populares. Su relación directa con
los campesinos, entre 1958 y 1962, le permitió hacer El matuno, El guacirqueño, La
vaquería, El betaniense y Los pescadores, entre otros temas, pero también lo
convenció de la necesidad de revivir a nivel popular las fiestas de San Juan y San Pedro.
Su papel en ese entonces fue decisivo en la creación del Festival Nacional del Bambuco.
Hacia
1962, debido a una decepción amorosa, se inspiró en un paseo al río Magdalena y compuso
Espumas, el romántico pasillo que lo convertiría en un hombre famoso en América
hasta el punto que el mexicano Javier Solís, uno de los más importantes vocalistas de
habla hispana en los años 60, lo grabó como bolero ranchero. De esta canción, según el
compositor, existen más de 80 versiones en todo el mundo, aunque en Colombia la mejor
interpretación corresponde a Garzón y Collazos, a quienes el músico recuerda como sus
más grandes impulsadores.
En 1964
Villamil se consolidó como gran cronista musical al componer El embajador, un
jocoso sanjuanero que relata las peripecias de un avivato que engañó a la alta sociedad
neivana presentándose como representante diplomático de la India. Desde entonces se
dedicó a hacer canciones humorísticas sobre hechos reales del Huila o de Colombia. Entre
otras se destacan El tigre de Zalamea, Afánate Afanador, El barbasco
y El detenido.
Siendo
un médico prestigioso y un artista galardonado internacionalmente, también hizo, en
menos de cinco años, casi una decena de melodías de gran belleza como Noches de La
Plata, Sabor de mejorana, Noche de azahares y Amor de hiedra. Igualmente,
empezó a hacerles canciones a diferentes regiones, caracterizadas por una precisa
descripción del paisaje y por referencias a personajes significativos. La primera fue Mirando
el Valle del Cauca y luego siguieron, en diferentes épocas, Señor de Monserrate,
Si pasas por San Gil, Balcón de la Sierra, Portón de la Frontera, Aguas mansas, Al sur,
Popayán, Luna roja, Ibagué primaveral, Quindío es un paraíso, La Mestiza, Alma
chitarera, Estás en Cartagena y
muchas más.
Su paso
por México
A
mediados de 1965 se trasladó a Bogotá y se vinculó al Instituto Colombiano de Seguros
Sociales que tres años más tarde lo envió a México para ampliar su especialización
médica. En Ciudad de México prevaleció, nuevamente, la música y la medicina fue
relegada a un segundo plano, aunque nunca dejó de atender a sus pacientes del Centro
Cuauthémoc. Allí se volvió amigo de famosas figuras del espectáculo como José Alfredo
Jiménez, Pedro Vargas, Mario Moreno Cantinflas, Marco Antonio Muñiz, Los
Panchos, Consuelo Velásquez, Armando Manzanero, Lola Beltrán, Amalia Mendoza La
Tariácuri, Estela Núñez, Tony Aguilar y Vicente Fernández. Durante su permanencia
de año y medio en tierras mexicanas hizo unas 20 canciones, siendo las más notables El
barcino, Entre cadenas, Ocasos, Oropel, Penas al viento, Sólo recuerdos, Soñar contigo y
Soy cobarde.
De
nuevo en su país impulsó a nuevos artistas como Silva y Villalba a quienes entregó
buena parte del material compuesto en México, circunstancia que le ocasionó serios
reparos de sus viejos amigos Garzón y Collazos, quienes, al igual que Los Tolimenses, le
siguieron grabando algunos temas que por fortuna también fueron exitosos. Las buenas
relaciones con los mexicanos también le sirvieron para fortalecer sus criterios sobre los
derechos de autores y compositores de música y poco después de su regreso a Colombia, le
propuso a algunos colegas modernizar a Sayco, tarea en la que lo acompañaron, en los
años 70, personajes prestigiosos como José A. Morales, Rafael Escalona, Lucho Bermúdez
y José Barros.
Renuncia
a la medicina
En
1976, siendo médico en ejercicio, colono de tierras selváticas y alto ejecutivo de
Sayco, Villamil fue detenido y acusado de auxiliar a las guerrillas de las Farc. El
incidente se originó en su mediación para lograr la liberación del holandés Erick
Leupin, secuestrado en el Cauca. Luego de su detención de una semana e invocando el
Juramento Hipocrático, fue dejado en libertad por un juez. Ese año, convencido de que su
vida estaba en la música, renunció para siempre a la medicina, argumentando que
«médicos hay muchos, pero compositores muy pocos».
Curiosamente,
ninguno de los tres duetos colombianos que lo llevaron a la fama lo llevó al plano
universal. Ese mérito le correspondió a la caleña Isadora quien al grabar Llamarada le
dio un nuevo aire cuando muchos pensaban que su vena compositiva se había agotado. Por
esa versión,
Villamil ganó en 1978 el Premio ACE como Compositor del Año, un
galardón conferido por la Asociación de Cronistas del Espectáculo de Nueva York. Desde
entonces se le llama Compositor de las Américas y el mundo hispano. Aquel fue un
año de subidas y bajadas para el maestro. Por un lado, se consagró en otros países y se
le reconoció en el campo nacional al recibir codiciadas condecoraciones como la Cruz de
Boyacá, y por otro, perdió en un absurdo accidente doméstico en Bogotá a su esposa
Olga Lucía Ospina, de quien ya estaba separado.
Entre
1980 y 2000, se dedicó a liderar el remozamiento de Sayco y junto con destacados artistas
buscó ante el Gobierno y el Congreso de la República la aprobación de nuevas leyes que
dignificaran a los compositores. Al mismo tiempo, visitó muchas regiones de Colombia para
participar en eventos artísticos y folclóricos que también le sirvieron de motivación
para nuevas obras. En este período compuso Insidia, Que sea un motivo, Ciudad
de los Puentes, Cruz sin nombre, Recordando a Popayán, Cantemos a la paz, Tierra grata
(un reto musical a Rafael Escalona), Sol de invierno, Rucio moro, La estampida, El
nariñense, Bogotá es para todos, Los aserríos, El ñeque ñeque, Abandonada, Palmares
de Casanare, Fantasía sabanera, Ciudad de torres blancas, Tepeyac y unas 15 canciones
más.
Desglose
de su obra
El
cancionero de Jorge Villamil Cordovez es complejo debido a la variedad de ritmos y
temáticas que ha manejado. Según el periodista Vicente Silva Vargas, autor de la
biografía Las huellas de Villamil, sus canciones se pueden estudiar en seis
grandes apartados: clásicas (Oropel), románticas (Acuérdate
de
mi),
descriptivas (Portón de la Frontera), crónicas (Llano Grande),
folclóricas (Llegó el San Pedro) y las elaboradas con otros autores.
En el
libro, publicado a finales de 2002, se afirma que Villamil también es el compositor
colombiano que ha cultivado el mayor número de ritmos nativos y algunos de carácter
internacional. Las 172 melodías que oficialmente tiene registradas como autor y
compositor se dividen, rítmicamente, así: 31 valses, 24 pasillos, 24 sanjuaneros, 23
bambucos, 17 boleros, 15 rajaleñas, 8 pasajes, 5 guabinas, 5 bambucos fiesteros, 4
cañas, 4 porros, 3 paseos, 2 cumbias, 2 baladas, 2 boleros morunos, 1 bolero ranchero, 1
calipso y 1 pasodoble.
El
colombiano más cantado
Jorge
es el compositor colombiano más cantado en su país y el exterior. Empezando por los
duetos, el listado de sus intérpretes sobrepasa los 180: Emeterio y Felipe, Garzón y
Collazos, Silva y Villalba, los Hermanos Martínez, Arteaga y Rosero, el Dueto de Antaño,
los Hermanos Calero y Lucho y Nilhem. Lo mismo sucede con tríos y grupos: los
Románticos, Cantoral y Martino, de Colombia; las Shy Girls y los Tres Caudillos, de
México; Las Dominicas, de Cuba, y los Chalchaleros, de Argentina. Son reconocidas, en el
campo de las versiones orquestales, las de Paul Mauriat, Ramón Lefebvre, Frank Pourcel y
Jean Michel Caravelli, de Francia; las sinfónicas de Moscú, Tokio y Colombia, y la
Orquesta Venezolana de Aldemaro Romero. También se destacan las agrupaciones de Raúl
Rosero, Quique Fernández, Manuel J. Bernal y la Sinfónica de Vientos del Huila; el
conjunto típico argentino de Roberto Mancini y Juan Carlos Godoy; el Mariachi Vargas de
Tecalitlán, la orquesta Tijuana Brass, de Estados Unidos y los Wara Wara, de Bolivia.
En
Colombia son memorables las versiones de Carlos Julio Ramírez, Víctor Hugo Ayala, Jaime
Mora, Billy Pontoni, Alci Acosta, Lucho Ramírez, Julio César Alzate, Régulo Ramírez,
Eugenio Arellano, Óscar Javier, Juan Carlos Coronel, Eddy Guerra y Raúl Brito con el
acordeón de Egidio Cuadrado. En el campo femenino las grabaciones más conocidas las
hicieron Matilde Díaz, Berenice Chávez, Helenita Vargas, Isadora, Carmenza Duque,
Claudia de Colombia, Vicky y Beatriz Arellano.
A
Villamil le han grabado solistas internacionales de gran fama como Javier Solís, Tony
Aguilar, Vicente Fernández, Alejandro Fernández, Manolo Muñoz, Lucha Villa, Amalia
Mendoza, Lola Beltrán, Flor Silvestre, María Elena Sandoval y Chavela Vargas, de
México; Emilio José, Lorenzo Santamaría y Juan Erasmo Mochi, de España; Soraya, de
Estados Unidos; Olimpo Cárdenas, Julio Jaramillo y Patricia González, de Ecuador; Manuel
J. La Roche y Felipe Pirela, de Venezuela; Jerónimo y Leo Marini, de Argentina; Olga
Guillot y René Cabell, de Cuba; Daniel Santos, de Puerto Rico; Tito Ypanqui, de Bolivia;
Palmenia Pizarro, de Chile; Teresita Velázquez, de Perú; Eddy Herrera, de Estados
Unidos; Lindomar Castilho, de Brasil y Salvatore Castagna, de Italia.
También
figura como autor de temas centrales o melodías integradas a las bandas sonoras de las
películas La víbora, El río de las tumbas, Un ángel de la calle, Los dos rivales,
Canaguaro, Caminos de gloria y El embajador de la India.
Todos
los honores
En
Colombia ha recibido las más importantes distinciones, desde la Cruz de Boyacá, la Cruz
de Comendador del Congreso de la República, la Orden de la Democracia de la Cámara de
Representantes y la Orden al Mérito de la Presidencia de la República, hasta
entrañables reconocimientos de pueblos y ciudades. En el campo musical cuenta con cinco
discos de oro otorgados por Sonolux, un disco de platino entregado por el sello Musart de
México, la Estrella de Oro de Phillips, la Orquídea de Plata Phillips, el Premio Mejor
Compositor de 1975 conferido por El
Tiempo y el Premio Aplauso 1998, máxima
condecoración en el mundo de las bellas artes en Colombia.
Internacionalmente
fue distinguido como Compositor del Año 1978 (Compositor de las Américas y el mundo
hispano), en Nueva York; La Palma de Oro, en Hollywood; el Gallo de Oro, en Brasil; la
Placa de Oro de la Asociación Columbia Spirits Inc., de New Jersey. A los anteriores
reconocimientos se agregan el homenaje rendido por la Organización de Naciones Unidas,
ONU, en 1985; la Placa Valores Humanos de América, en New York; el título de Huésped
Distinguido de la URSS y las condecoraciones de los gobiernos de Argentina, Chile,
México, Puerto Rico, Panamá y Venezuela.
Su
legado
Villamil
Cordovez está radicado en Bogotá y pese a las dolencias ocasionadas por una diabetes que
le fue diagnosticada en 1975, conserva la plenitud de sus facultades intelectuales y por
eso, de buen humor y silbando como siempre que se le aparece la musa, sigue componiendo
con gran finura, como en sus primeros días de inspiración. A manera de herencia para las
nuevas generaciones, aparte de la inmensidad de su obra, el maestro tiene lista la
publicación para el primer semestre de 2003 de un álbum de cuatro compactos con sus
mejores composiciones folclóricas. Además, anunció la donación de sus más preciados
efectos personales -muebles, cuadros, discos, casetes, fotografías, recortes de prensa,
diplomas y condecoraciones- para que sean exhibidos en forma permanente en un museo que
funcionará en Neiva.
Contrario
a lo que dice en su legendario bambuco Vieja Hacienda del Cedral, no quiere que lo
sepulten en la que fuera la casa paterna porque la construcción de cedro negro fue
derruida y el predio ya no pertenece a su familia. Por eso desea ser cremado y que sus
cenizas se esparzan por el Magdalena, el río que le sirvió de inspiración a tantas de
sus canciones, aunque pide que el día de su partida la gente no lo llore ni esté triste
y que cante Espumas y El barcino con mucha alegría, tome aguardiente Doble
Anís y lance voladores al aire.
Síntesis del libro de Vicente Silva
Vargas Las huellas de Villamil 2002 ®
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