Caricaturista antioqueño (Rionegro, junio 11 de 1894 -
Bogotá, octubre 28 de'1931). Hijo de Ricardo A. Rendón y Julia Bravo, rcicardo Rendón
mostró desde pequeño su afición al dibujo y la pintura. En 1911 se trasladó a
Medellín, donde asistió al taller del pintor y escultor Francisco A. Cano, y cursó
estudios en la Escuela de Bellas Artes. Por la misma época se inició como colaborador de
publicaciones artísticas y literarias, entre las que sobresale Panida (1914), de la cual
fue dibujante único y en la que publicó algunos artículos y poemas bajo el seudónimo
de Daniel Zegri. Durante su permanencia en Medellín también trabajó como dibujante de
la Revista Semana, el suplemento literario de El Espectador, El Correo Liberal y El
Colombiano. Como ilustrador, pintor y diseñador publicitario elaboró doscientas
caricaturas para El Album de las Cajetillas y ejecutó la serie El Jardín Zoológico.
Deseoso de viajar a La Habana (Cuba), en 1918, se trasladó a Bogotá, donde finalmente se
estableció. En la capital vivió los últimos trece años de su vida, los más fecundos
en la historia de su producción. La Revista Cromos fue la primera publicación en
contratarlo, para ella produjo varias caricaturas sobre el tema de la guerra de 1914.
También El Tiempo, El Espectador, La República, El Gráfico y muchos otros diarios
capitalinos y de provincia contaron con sus colaboraciones. En 1923 se vinculó como
profesor a la Escuela de Bellas Artes de Bogotá. En 1930 la Revista Cromos editó un
álbum en dos volúmenes con una selección de sus mejores caricaturas, acompañadas de la
explicación de los acontecimientos que les dieron origen. Este álbum, el primero de su
género en Colombia, se compuso de 200 caricaturas, cuyos originales se quemaron luego.
Enigmático, infranqueable, bohemio y un tanto nihilista, una mañana de octubre, cuando
contaba 37 años de edad, Rendón puso fin a su vida de un balazo.
Temas, personajes y hechos
Los temas caricaturizados con más insistencia por la
mano de Ricardo Rendón, a lo largo de la década 1920-1930, fueron básicamente la
negligencia administrativa, los gobiernos de Pedro Nel Ospina y Miguel Abadía Méndez,
las pugnas entre Alfredo Vázquez Cobo y Guillermo Valencia, el imperialismo, la violencia
social, la crítica al clero, la opresión y el servilismo del pueblo, las actuaciones de
ministros como Ignacio Rengifo y Arturo Hernández, alias "Chichimoco", y sus
excesos dentro de la llamada "Rosca", el problema electoral, las palabras y
gestos de funcionarios públicos, el ascenso y el triunfo del liberalismo, la masonería y
la respuesta del gobierno a la subversión. Rendón se convirtió, rápidamente, en el
crítico más implacable del gobierno, a lo que contribuyó el desprestigio de éste y su
propia e incontenible popularidad. Pronto gozó del respeto y la admiración de sus
lectores y del temor de la clase política, contra la cual arremetió obstinadamente,
erigiéndose en una de las figuras notables del grupo de jóvenes que anhelaban participar
en el poder y las decisiones de la república de principios de siglo. Algunos de los
personajes públicos a los que sometió con más profusión al escarnio de su ironía
fueron, además de los ya mencionados, Esteban Jaramillo, José Antonio Montalvo, Ismael
Enrique Arciniegas, Sotero Peñuela, Jesús María Marulanda, José María González
Valencia ("Pepe Jaquecas"), Antonio José Restrepo ("Nito"), Antonio
José Uribe ("Tío Huevos"), Carlos Jaramillo Isaza ("El Chato
Jaramillo") y otros. Entre los hechos más sobresalientes hacia los cuales apuntó su
pluma y dejó constancia de historiador estuvieron, según Carlos Uribe ~ Celis, «la
construcción de oleoductos y el problema de los contratos petroleros, en particular el
Yates-Montalvo, el incidente del nuncio monseñor Brioschi, el censo de 1928, que arrojaba
cifras elevadísimas de población para Cali y de prostitución para Bogotá, los
episodios del af faire de "La Rosca", el triunfo de Olaya Herrera, los insultos
de Ospina a Vázquez Cobo, ambos conservadores, bajo la administración del primero, la
sumisión de Pedro Nel a la arrogancia del clero en relación con el incidente de
monseñor Vicentirü y el ministro de Instrucción Pública, Arroyo Díez».
Método, recursos y estilo
El historiador Germán Colmenares, en su estudio sobre
el caricaturista Ricardo Rendón. Una fuente para la historia de la opinión pública,
dice: «Si en muchos casos una frase del editorial del periódico o de un columnista
resulta ser la clave de su asunto, el tratamiento de Rendón nos ofrece el efecto de ese
comentario tal como se reflejaba en la mentalidad colectiva, las asociaciones que evocaba
de inmediato en un repertorio de imágenes, muchas de ellas acuñadas por el mismo
Rendón. Cuando el motivo provenía de algún gesto o de cierta frase de un personaje
público, podemos visualizar de manera inmediata la resonancia que ese gesto o que esa
frase tenía en el ámbito de los cafés y de los corrillos callejeros (...] En algunos
casos el caricaturista seguía día tras día los ecos de una indignación pública que no
se aplacaba tan fácilmente. En otros la insistencia era un mero recurso retórico, de la
especie que se emplea en toda campaña política. Pero aun en estos casos, que son los
más frecuentes, debe verse a Rendón como un espejo de las pasiones políticas que
agitaban a la muchedumbre. Se trataba casi siempre de una visión que se ofrecía al
público como una interpretación de sus propias reacciones. La anécdota iba punteando
así un proceso mucho más general en cuanto era capaz de ilustrar cambios profundos en
las percepciones colectivas. Lo que sorprendía en las caricaturas de Rendón a sus
contemporáneos tal vez no fuera un valor estético permanente (piénsese que Rendón
estaba produciendo al mismo tiempo que Grosz y los expresionistas alemanes!) sino su
fidelidad al reproducir estas reacciones colectivas. Era un proceso recíproco, en el que
una naciente opinión pública se veía reflejada pero se iba formando también con los
apuntes del caricaturista. Los temas de sus caricaturas políticas poseen un tono moral un
poco grandilocuente [...], mucho menos feroz de lo que se cree, pero en el que una masa
urbana creciente podía reconocer sus propios agravios. Estos temas, que fustigaban el
fanatismo, la corrupción y la intolerancia, traducían el divorcio político profundo que
traían consigo los atisbos de modernidad de los años veinte. La cualidad de intérprete
de testimonios que de otra manera nos serían inaccesibles no debe sin embargo anular la
apreciación sobre la obra de Rendón como creadora de opinión pública. Todavía hoy se
repiten juicios inapelables sobre personas e incidentes, juicios que tuvieron su origen en
algún apunte de Ricardo Rendón. Sus contemporáneos lo justipreciaban tal vez
excesivamente (no son raras las comparaciones con Gavarny o con Daumier) pero en ese
juicio iba englobada la admiración por su efectividad política como creador de opinión
pública. Todos conocían su poder de síntesis y la cualidad de reducir a unos pocos
trazos los rasgos más íntimos del carácter de un personaje. Esa secreta y misteriosa
cualidad que se atribuía al maestro reposa en recursos más bien simples pero ingeniosos.
El más obvio consiste en la iteración de algún rasgo o inclusive de un incidente que
podía asociarse al carácter de un personaje. En el caso del presidente Ospina, por
ejemplo, al que se acusaba de autoritario y arrogante y que se suponía ser un hombre de
impulsos súbitos y de un gran dinamismo, la asociación consiste en dibujarlo muy
frecuentemente a caballo. Una caída del caballo real iba a completar esa imagen que,
frente a cualquier conflicto del gobierno, aparecía invariable y violentamente
desmontada. Abadía Méndez, político sigiloso y marrullero, tenía aflción por la caza.
Las caricaturas de Rendón lo persiguen muchas veces al acecho de una presa, sea la
presidencial o un tratado internacional. En cuanto al general Vázquez Cobo, el recurso
consiste en hacer hincapié en sus sucesivos intentos frustrados por obtener la
candidatura de su partido y la presidencia. Por eso aparece repetidas veces ofreciendo su
propia cabeza en una bandeja (Rendón abusaba aquí de los rasgos físicos del general) a
su contendor».
Según Carlos Uribe Celis, «el efecto de la caricatura
rendoniana radica en que apela a una porción amplia de la facultad intelectiva y
emocional del hombre, pulsando una vasta gama de semtimientos y emociones sin agotarse en
simplismos o esquematismos o lugares comunes del oficio. Naturalmente, la caricatura de
Rendón está hecha para la Colombia de los años 20, y ciertos recursos que son
profundamente eficaces para aquel tiempo no lo serían hoy, verbigracia: el frecuente uso
de la versificación en las leyendas de la caricatura. En un país y en una época en que
la poesía tenía tanto prestigio, estos efectos de versificación encontraban una
resonancia y un atractivo indudables [...] Pero Rendón es multifacético como todo gran
artista; así, en algunas de sus caricaturas se muestra cáustico [...], y en otras se
muestra implacable y casi feroz en su ataque [...] Es ilustrado y ágil cuando combina la
poesía con el folklore y con las máximas de los sabios para ilustrar hechos cotidianos.
Es didáctico y proselitista al querer inculcar en el pueblo una idea, al dejar una
consigna, transmitir un mensaje. Es intelectual y hasta sofisticado en varias ocasiones
[...] Su poder de síntesis, mediante el uso de símbolos es admirable [...] Es un maestro
del dibujo, complejo y abundante en varias de sus caricaturas, en tanto que es simple en
otras. Su dibujo es realista, correcto y académico en buena medida. No distorsiona
arbitrariamente las figuras [... ] Sólo exagera ciertos rasgos, pero, como si dijéramos,
"respetando siempre las reglas" del dibujo realista. Es difícil precisar hasta
qué punto el estilo caricaturesco de Rendón es original. Hay quienes han señalado
influjos españoles y° franceses [...] De todos modos, su estilo parece ser el
predominante en los años 20 en Norteamérica. Un estilo "severo, económico, en el
que los caracteres lucen como la gente real". No es sólo la composición gráfica de
la caricatura sino su brillante manejo del idioma, su habilidad para el juego de palabras
y el calambur, al que los bogotanos son tan dados, lo que se distingue en Rendón».
La leyenda
El suicidio de Rendón tuvo lugar en el café La Gran
Vía, sitio obligado para la tertulia bogotana de entonces. Semejante desenlace en una
figura de su talla y en un lugar provinciano y fácilmente escandalizable como la Bogotá
de 1931, no podía menos que producir una leyenda, despertar un mito. Por años la figura
de Rendón se recordó más por su manera de morir que por el decurso de su vida. Sin
embargo, la calidad de su obra y la trascendencia de su labor tanto en el campo
iconográfico y artístico, como historiográfico, terminaron por imponerse al escándalo
pasajero, e incluso la pregunta por las razones que pudieron haberlo conducido a tal
decisión parece no sólo incontestable sino cada vez más inútil. Como anota Armando
Solano, contemporáneo del artista: «żLlegó Rendón al suicidio por súbita
desesperación, en un momento en que perdió el control de sus actos, o como culminación
de un lento y fatal proceso de inadaptación? Esas preguntas, siempre audaces y simples,
pretenden violentar el misterio y reciben el castigo adecuado. No tienen respuesta».
Contemporáneos o no, todos cuantos han escrito sobre Rendón no han podido sustraerse a
la tentación de hacer uso irrestricto de adjetivos y alabanzas. El tono grandilocuente y
ampuloso parece perseguir sin tregua la figura del caricaturista colombiano. Lo cierto es
que entre más se le quiere aprehender, más se escabulle, arrastrando tras de sí figuras
igualmente notables del arte de la caricatura que deben padecer un eclipse inmerecido.
Paradójicamente los datos menores, cotidianos y personales que enmarcaron su vida son
increíblemente escasos. Según Elkin Obregón, «como hombre, fue secreto y silencioso, y
pasó por incontables noches de cafetín en medio del aprecio y el desconocimiento de los
hombres. Los testimonios póstumos de gentes que le fueron próximas, o creyeron serlo
(Edmundo Rico, César Uribe Piedrahita, José Mar, Jaime Barrera Parra), demuestran con
patética elocuencia cuán lejana y hermética fue su vida, y cuán inexplicable (a pesar
de muchas conjeturas y teorías), fue y seguirá siendo su muerte. En un artículo
publicado en 1976, dice de él Alberto Lleras: "...Yo tuve una amistad estrecha con
Rendón y tal vez de los miembros de mi generación pocos estuvieron tan cerca de ese
espíritu enigmático y callado que, por razón de nuestro oficio, tenía que estar en
contacto conmigo, cuando emergía de su misterio. Jamás pretendí y estoy seguro de no
haberlo intentado, aproximarme a su secreto a su personalidad: íntima, a su vida, como lo
hubiera hecho y lo hice con todos mis compañeros. Le respeté su reserva infranqueable, y
jamás le pregunté a él, o a alguien, a dónde iba este ser que se desvanecía en la
oscuridad hacia un sitio desconocido, del cual emergía con su trabajo completo, sin
rastros de haberlo rehecho o corregido, uno o dos días después. No supe con quién ni
cómo vivió, y hoy, pasado tanto tiempo, me maravillo de no haberlo sabido. Sé quiénes
fueron sus amigos, pero ninguno debió saber de Rendón más de lo que yo supe. Y el
disparo que sonó en la mañana brumosa de La Gran Vía me produjo tanto dolor como
sorpresa infinita"».
MARTHA SEGURA
Bibliografía
ACOSTA, PEDRO. "Rendón". Revista La
Tadeo, N-° 10 (diciembre 1984). COLMENARES, GERMAN. Ricardo Rendón. Una fuente para la
historia de la opinión pública. Bogotá, Fondo Cultural Cafetero, 1984. OBREGON, ELKIN.
"Ricardo Rendón. Retratista y caricaturista impecable". Credencial Historia,
N°- 10 (octubre 1990). RUBIANO CABALLERO, GERMAN. "La figuración política".
En: Historia del arte colombiano, Bogotá, Salvat, 1977, tomo 7, pp. 1563-1584. SOLANO,
ARMANDO. Glosas y ensayos. Bogotá, Colcultura, 1980. URIBE, CELIS, CARLOS. Los años
veinte en Colombia. Ideología y cultura. Bogotá, Ediciones Aurora, 1985.
Esta biografía fue tomada de la Gran Enciclopedia de Colombia del Círculo de Lectores, tomo de biografías.