Misionera antioqueña (Jericó, mayo 26 de 1874 -
Medellín, octubre 21 de 1949). Hija de Dolores Upegui y Juan de la Cruz Montoya, médico
y comerciante asesinado en Jericó, en diciembre de 1876, cuando Laura apenas tenía dos
años de edad, la muerte prematura y repentina de su padre sumió a la familia en la
pobreza. Su madre tuvo que arreglárselas con ayuda de sus parientes para criar a tres
hijos: Carmelina, Juan de la Cruz y Laura. La infancia de Laura Montoya no fue muy feliz.
Sus abuelos decidieron, de mala gana, llevársela a vivir con ellos a su finca cerca de
Amalfi, y allí, dentro de un ambiente un poco hostil, aprendió a gustar de su soledad.
Al poco tiempo, su abuelo enfermó y ella se encargó de cuidarlo hasta la muerte. La
familia decidió, entonces, que Laura, de 16 años, debía estudiar y graduarse de maestra
para ayudar al sustento de su madre y sus hermanos. Laura se trasladó a Medellín y se
alojó en un manicomio, donde antes trabajaba su tía, y asumió la dirección de la
institución; esta fue ocasión para manifestar su entereza y su carácter emprendedor.
Simultáneamente, consiguió una beca del gobierno y entró a estudiar al Instituto
Normal. En 1893 se graduó como maestra e inmediatamente empezó a trabajar en la Escuela
Superior de Amalfi. En 1895 fue trasladada a la Escuela Superior de Fredonia, y al año
siguiente, a Santo Domingo. En 1897 fue nombrada vicedirectora, encargada de la
disciplina, en un colegio de niñas ricas en Medellín. El colegio se hizo famoso y Laura
también. A los 30 años, un sacerdote amigo le propuso fundar un colegio en Jardín
(Antioquia). A1 principio ella se rehusó, pero luego se entusiasmó, cuando el mismo
sacerdote le contó que cerca del pueblo vivían los indios de Guapa, a los que ella
podría visitar y ayudar con educación, medicinas, telas y provisiones. Los indios fueron
catequizados y bautizados, y Laura decidió dedicar el resto de su vida al apostolado.
Ahí comenzaron las oposiciones y enfrentamientos con la sociedad y las autoridades
eclesiásticas. Nadie podía entender que una mujer se dedicara a ese tipo de labores. El
arzobispo consideraba que Laura era un «hervidero de ideas liberales» y trató por todos
los medios de impedir su empresa misionera con los indígenas de Antioquia. En 1910, Laura
recurrió al presidente Carlos E. Restrepo en busca de apoyo. Su padre había sido un gran
defensor de los indígenas; ella le explicó las razones de su decisión y él prometió
ayudarla. Preocupada por su ideal, acudió a varias comunidades religiosas tratando de
persuadir a las superioras para que aceptaran misiones entre los indígenas. Ante la
negativa, escribió una larga carta al pontífice, en la que le exponía la situación de
abandono y marginamiento social, político, económico e incluso religioso en que se
encontraban los indígenas latinoamericanos. La respuesta le llegó en la encíclica
Lacrimabili statu, en la cual el Papa pedía a los obispos americanos que velasen por el
bien material, moral y espiritual de sus indígenas. Inmediatamente, siguiendo el consejo
del jesuita guatemalteco Luis Javier Muñoz, Laura se puso en contacto con monseñor
Maximiliano Crespo Rivera, obispo de Antioquia, quien ofreció ayudarla en su misión con
dineros de la diócesis, e incluso con recursos personales.
El 4 de mayo de 1914, después de vencer muchas
dificultades, Laura emprendió, con 5 ayudantas, entre las que se encontraba su madre, un
viaje a Dabeiba (Antioquia). Allí, además de soportar calor, hambre y trabajos pesados,
enfrentó la oposición de los gamonales y caciques katíos, quienes no podían entender
la real intención de su obra. Más adelante, en reconocimiento a su labor, la
gobernación le ofreció un salario a ella y a una de sus compañeras, como maestras de
escuela de nativos; con estos ingresos mantuvieron la comunidad, ya constituida bajo el
nombre Congregación de Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Siena. Para
alcanzar su ideal y realizar su misión, la Madre Laura y sus compañeras tuvieron que
romper con todos los convencionalismos de la época; sólo así lograron abrir un espacio
a la mujer, permitiéndole realizar tareas que hasta entonces estaban reservadas a los
hombres. Las misioneras no sólo pretendían dar educación a los indígenas, sino
ayudarlos en las labores agrícolas y en la atención de los enfermos y desvalidos. En
1916, con el patrocinio de monseñor Crespo, la Santa Sede erigió a la comunidad de la
Madre Laura como Congregación Diocesana, reconocida como la primera congregación
misionera de Colombia, para difusión de la fe entre indígenas y no cristianos. En 1917,
la Madre Laura emprendió camino con sus misioneras hacia San Pedro de Uré, lugar
desconocido ubicado en medio de la selva. Allí permanecieron casi un año, hasta
consolidar su obra. Cuando regresaron a Dabeiba, hacía poco había sido constituida la
prefectura apostólica. Su primer prefecto fue el padre José Joaquín Arteaga, quien
quiso revisar y cambiar el carisma de la Madre Laura y sus misioneras para imponerles la
regla de su orden. El prefecto pensaba que las misioneras lauritas ya no eran necesarias y
que él proveería convenientemente el cuidado de los nativos. La Madre Laura acudió al
obispo para pedir su ayuda, pero éste le aconsejó abandonar todo y retirarse. En 1940
las misioneras lauritas se trasladaron a Medellín, y allí pasó sus últimos 9 años la
Madre Laura, casi siempre sentada en una silla de ruedas, sin poder visitar a sus
indígenas. Murió el 21 de octubre de 1949, a los 75 años de edad, sin alcanzar a ser
testigo de la aprobación canónica de su congregación. En 1953 la Madre Laura Montoya
recibió el decreto de Alabanza; en 1964 se inició la causa de su beatificación y en
1968 recibió la aprobación pontificia definitiva. En 1991, la Madre Laura fue declarada
Venerable. Actualmente, las misioneras de la congregación que ella fundó, se encuentran
en más de quince países de América, Europa y Africa.
CLAUDIA UMAÑA
Bibliografía
DELLAGIACOM, SOR GISELA. Madre Laura Montoya.
Quito, Editorial Misioneras Seculares, s.f. MESA, CARLOS E.M.F. La Madru Laura
(1874-1949). Trayectoria de su inquietud misionera. Colección Academia de Historia
Eclesiástica. Medellín, Editorial Zuluaga, s.f. MESA, CARLOS E., C.F.M. La Madre Laura.
Medellín, Secretaría de Educación y Cultura de Antioquia, 1986. MISIONERAS DE LA MADRE
LAURA. Laura Montoya. Pramotora de In educación popular. Bogotá, Servicio Colombiano de
Comunicación, 1992.
Esta biografía fue tomada de la Gran Enciclopedia de Colombia del Círculo de Lectores, tomo de biografías.