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Benjamín Herrera.
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Fotografía de la Colección José
Joaquín Herrera. Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.
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Jefe militar y político, nacido,
al parecer, en Cali, el 18 de octubre de 1853, muerto en Bogotá, el 29 de febrero de
1924. Hijo de Bernabé Herrera y de Margarita Cortés, Benjamín Herrera quedó huérfano
de madre desde temprana edad. Realizó estudios en la Universidad del Cauca, en Popayán,
y durante la guerra civil de 1876 inició una brillante carrera militar, al lado del
gobierno liberal del Estado Soberano del Cauca, presidido por Cesar Conto, cuyos
ejércitos repelieron con éxito la invasión de las fuerzas conservadoras de Antioquia.
Después del triunfo radical, Herrera permaneció en el ejército hasta 1885, año en que,
afiliado al bando radical, se incorporó a las huestes liberales revolucionarias.
Combatió en las campañas de Santander, Cartagena y Boyacá, descollando por su actividad
y desempeño; vencido el liberalismo, se estableció en Pamplona. No pudo participar en la
revolución liberal de 1895 por encontrarse purgando pena de prisión, impuesta por el
régimen a causa de sus ideas políticas. Salió de la cárcel convencido de que la única
posibilidad que tenía la sociedad colombiana para respirar libertad y tolerancia
política estaba en un cambio de dirigencia y que esa vía sólo la daba la guerra. Tal
convencimiento político no fue sólo suyo, sino de la mayoría de sus contemporáneos, de
los conservadores históricos y de los liberales radicales, excluidos del poder por el
partido nacional, confesional, intolerante y absolutista. Partió para el extranjero con
este convencimiento, y desde allí procuró canalizar y atraer recursos con el fin de
preparar la revolución de 1899. Su papel protagónico en la historia de Colombia empezó,
precisamente, durante esta guerra, la más devastadora de todas las contiendas bélicas de
la historia nacional. Allí Herrera se perfiló como uno de los más grandes conductores y
estrategas de la historia militar colombiana. De entre los revolucionarios liberales de la
guerra de los Mil Días emergieron dos figuras, que aunque subordinadas a una jefatura
única, indecisa y mediocre, colocada por debajo de las circunstancias, dieron mucho que
hablar: una de ellas fue Rafael Uribe Uribe, por su ímpetu político y por sus
desesperadas actuaciones heroicas; la otra figura de talla histórica fue el general
Benjamín Herrera, por sus altas dotes y calidad de militar de rigor. Habiendo efectuado
una carrera militar consistente con ascensos regulares, Herrera estaba dotado de genio
para concebir y ejecutar complicados despliegues, operaciones bélicas, de habilidad
especial para presentar batallas y concebir campañas. Su carácter de comandante
metódico, frío, ortodoxo y rígido; la conducción de las tropas mando; su organización
y disciplina en las batallas y en los campamentos; sus resonantes triunfos en Panamá y su
voluntad tesonera hicieron que aun en los Estados Unidos de Norteamérica se le reputara
como un los más notables estrategas suramericanos de todos los tiempos. Benjamin Herrera
y Uribe Uribe se repelieron desde el principio, como ocurre con los grandes hombres de un
partido cuando tienen poder e influencia pero parten de concepciones contrarias
combatieron juntos desde los toldos de la revolución, ello se debió mas bien a la
fidelidad y respeto por la idea liberal que a un entendimiento mutuo; siempre se mostraron
reciproca antipatía. Si de Uribe se llego a decir que constituyó el alma revolución, de
Herrera se pudo aseverar que fue el genio militar de la misma, por ser el general que
mostró mejores dotes castrenses de toda la guerra. Eduardo Rodríguez Piñeres consignó
un estupendo retrato de la personalidad del general Herrera: «Orgulloso y dominador,
sabía imponer la disciplina en todo su rigor, de muy clara visión, que en ocasión
oscurecía por los arrebatos propios de su genio, sólo por excepción admitía que lo
contradijeran. Herrera, en suma, era un jefe, y como tal habría sido adecuado para
dirigir la Revolución; pero no podía tener a nadie por encima ni compartiendo el mando
con él, y ni gozaba de la popularidad de Uribe Uribe, ni éste le habría dejado el mando
supremo».
Cuando Herrera, invicto, ostentaba los
títulos de director de la guerra y general en jefe del Ejército Unido Liberal en
operaciones sobre Cauca y Panamá, se informó de la situación real del istmo y del grave
peligro éste corría ante las intenciones del gobierno norteamericano, y pudo mas en él
su nacionalismo que las ansias de victoria personal. Ante la presencia de tropas
estadounidenses en Panamá, con violación flagrante de la integridad territorial nacional
y la anuencia del gobierno colombiano, Herrera resolvió romper su espada, pactando la paz
en el acorazado Wisconsin, el 21 de noviembre de 1902, en la bahía de Panamá, colocando
«la Patria por encima de los partidos». De esta manera pudo llegar a su fin la guerra de
los Mil Días, que en realidad duró 1128 días, desde el 18 de octubre de 1899 hasta la
fecha del tratado de Wisconsin. Después de la guerra, Herrera se constituyó, al lado de
su émulo Uribe Uribe, en una de las máximas autoridades del partido liberal. Fue
diputado y vicepresidente en 1905 de la Asamblea Nacional Constituyente y Legislativa;
senador de la República desde 1909 por Santander y Cundinamarca; representante a la
Cámara por el Cauca en 1923; ministro de Agricultura y Comercio de la administración de
José Vicente Concha. A partir de 1914 se erigió en jefe supremo e indiscutido del
partido liberal, que bajo su orientación se mostró unido y compacto. Fue fundador de la
Universidad Libre, sitio de formación intelectual y política de los cuadros liberales;
adquirió El Diario Nacional como órgano de la dirección de su partido; y actuó como
empresario bananero en la región de Aracataca (Magdalena). Benjamín Herrera fue uno de
los forjadores del "Republicanismo"; coordinó a 16 liberales y a 6
conservadores para darle el triunfo a Carlos E. Restrepo en las elecciones presidenciales,
en una reñida votación en la Asamblea Constituyente de 1910. Para el cuatrienio
1918-1922 apoyó al poeta Guillermo Valencia, contra la candidatura de Marco Fidel
Suárez, porque miraba con recelo el acercamiento a los Estados Unidos de Norteamérica.
Para las elecciones presidenciales de 1922 el liberalismo, cansado de verificar con los
conservadores coaliciones que luego no cumplían enteramente, decidió acudir al debate
con candidato propio, escogiendo el nombre del general Herrera. Obtuvo una votación muy
por encima de la que en realidad contó el régimen conservador, en el poder desde 1886.
Ante lo que se consideró un fraude electoral, que le dio la victoria a Pedro Nel Ospina,
el liberalismo casi volvió a sumirse en una nueva revolución, pues la mayoría pedía la
guerra. En la Convención Nacional Liberal, reunida en Ibagué, el general Herrera se
opuso rotundamente a las ideas belicistas de los liberales de espada, diciendo: «Jamás!
Ustedes olvidan que yo he sido el candidato y que no puedo imponerle al país una guerra
que pudiera interpretarse como fruto de ambiciones mías de mando. El liberalismo tiene
que reconocer el triunfo de Ospina». Los liberales optaron, entonces, por la abstención
integral de toda colaboración con el partido conservador, política que dio sus frutos en
1930.
LUIS OCIEL CASTAÑO
ZULUAGA
Bibliografía
LUNA CÁRDENAS, ALBERTO. Un año y otros
días con el general Benjamín Herrera en las bananeras de Aracataca. Medellín, Bedout,
1960. Rodríguez Piñeres, Eduardo. Diez años de política liberal: 1892-1902. Bogotá,
Editorial Incunables, 1985. Rodríguez, Gustavo Humberto. Benjamín Herrera, en la guerra
y en la paz. Bogotá, Universidad Libre de Colombia, 1973.
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