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Gabriel García
Márquez.
Fotografía de Richard Avedan.
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Escritor costeño (Aracataca,
Magdalena, marzo 6 de 1927). Nacido en la casa de sus abuelos maternos, el coronel
Nicolás Márquez, veterano de la guerra de los Mil Días, y Tranquilina Iguarán, Gabriel
García Márquez, el primer hijo de Luisa Santiaga Márquez y el telegrafista Gabriel
Eligio García, vivió sus primeros ocho años con los abuelos. Las vivencias de esta
primera infancia en Aracataca, entre una multitud de tíos y primos sobre la que reinaba
el anciano coronel, quien había sido, entre otras cosas, testigo indirecto del colapso de
la United Fruit Company y de los hechos que condujeron a la matanza de las bananeras en
1928, aderezadas con los relatos hiperbólicos y tremendistas de la cegatona abuela
Tranquilina y la no menos ciega determinación de su tía Francisca, que tejió su propio
sudario para dar fin a su vida, imprimieron una marca indeleble en su memoria, y
acabarían formando parte de Cien años de soledad, novela que constituye un hito en la
literatura latinoamericana del siglo XX. García Márquez asistió al Colegio Montessori
de Aracataca hasta la muerte de su abuelo el coronel, en 1936, cuando fue enviado al
puerto fluvial de Sucre, en el departamento del mismo nombre, con sus padres, quienes
decidieron matricularlo como interno en el Colegio San José, de Barranquilla, donde a la
edad de 10 años ya escribía versos humorísticos, actividad que continuó luego en el
colegio de los jesuitas de la misma ciudad. En 1940, gracias a una beca, ingresó al
internado del Liceo Nacional de Zipaquirá. La lectura de los clásicos de la literatura
lo consolaba, en su soledad, de un cambio de clima y entorno que le resultó traumático.
Obtuvo el grado de bachiller en 1946 y regresó a Sucre, donde sus padres lo persuadieron
para seguir la carrera de Derecho. Plegándose a la voluntad paterna, se inscribió en la
Universidad Nacional en Bogotá al año siguiente. Entre sus profesores figuraba Alfonso
López Michelsen, y entre sus condiscípulos Camilo Torres, "el cura
guerrillero", con quien trabó amistad. El estudio de las leyes lo aburría, mientras
que su vocación de escritor se consolidaba día a día; hacía tiempo venía trabajando
en una extensa narración titulada "La casa", y Eduardo Zalamea Borda, editor
literario del periódico El Espectador, publicó su cuento "La tercera
resignación", saludando en su autor al nuevo genio de las letras colombianas. El
asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948, y el
subsecuente "Bogotazo" determinaron un nuevo cambio de rumbo en su vida. La
mayoría de sus libros y manuscritos se perdió en el incendio de la pensión donde
vivía, y el cierre indefinido de la Universidad Nacional lo obligó a gestionar su
transferencia a la Universidad de Cartagena, donde siguió siendo un alumno irregular. No
llegó a graduarse. En Cartagena, el escritor Manuel Zapata Olivella le consiguió una
columna diaria en el recién fundado periódico El Universal, en la que trató temas tan
distantes entre sí como el acordeón y el helicóptero, la astrología y los mellizos,
Joe Louis y los loros. A lo largo de su vida, García Márquez habría de distinguirse
como excelente columnista.
El grupo de Barranquilla. Años de
vagabundeo
Por esos tiempos García Márquez
anduvo con los escritores del Grupo de Barranquilla, entre los que se contaban Alvaro
Cepeda Samudio, Alfonso Fuenmayor y Germán Vargas.
Al principio viajaba desde Cartagena cada
vez que podía, regresando a la vera del padre espiritual del Grupo, Ramón Vinyes,
erudito librero catalán y a su vez escritor y dramaturgo. Luego, gracias a una neumonía
que lo obligó a recluirse en Sucre, cambió su trabajo en El Universal por una columna
diaria, muy semejante, en El Heraldo de Barranquilla. A partir de enero de 1950, bajo el
encabezado "La girafa", firmada por Septimus, en homenaje al introvertido
personaje de La señora Dalloway, de Virginia Woolf, apareció la columna que le sirvió
de pretexto para, a deshoras, escribir La Hojarasca (1955). Pasaba buena parte de las
noches en el Japi Bar con los del Grupo y solía terminar en el Rascacielos, edificio de
cuatro pisos ubicado en la Calle del Crimen [sic] que alojaba un prostíbulo, donde
García Márquez -Gabo, como lo llaman sus amigos- tenía permiso de los propietarios para
dormir un poco. La columna de El Heraldo duró hasta finales de 1952, cuando se pi~rde,
por algo menos de un año, la `pista de García Márquez. Críticos como Jacques Gilard
sostienen que durante este lapso Gabo vendió enciclopedias en la Guajira, junto con
Alvaro Cepeda. Más tarde, ese mismo año, reapareció trabajando en El Nacional de
Barranquilla. En febrero de 1954 García Márquez volvió a Bogotá como reportero de
planta de El Espectador, donde realizó, entre otras cosas, reseñas cinematográficas que
lo convirtieron en el primer columnista de cine del periodismo colombiano, y el memorable
reportaje a Luis Alejandro Velasco, un marinero colombiano que sobrevivió a un naufragio
en alta mar; el producto de esta entrevista fue un reportaje por entregas que apasionó al
país y que luego tomó forma de libro bajo el título Relato de un náufrago (1970). Con
todo, su publicación suscitó la animadversión de los censores del régimen del general
Gustavo Rojas Pinilla, por lo que las directivas del periódico decidieron que García
Márquez saliera del país rumbo a Ginebra para cubrir la conferencia de los Cuatro
Grandes, y luego a Roma, donde el papa Pío XII aparentemente agonizaba. En la capital
italiana asistió, por unas semanas, al Centro Sperimentale di Cinema. Enseguida viajó
por Polonia y Hungría. En enero de 1956 se trasladó a París, donde, para su sorpresa,
descubrió que Rojas Pinilla había ordenado el cierre de El Espectador. En su reemplazo
se lanzó en febrero El Independiente, con García Márquez aún en la nómina, pero dos
meses más tarde el nuevo periódico corrió la misma suerte. En una buhardilla de la Rue
de Cujas, en el Barrio Latino, debiendo el alquiler de varios meses, empezó a trabajar en
La mala hora (1962). La situación desesperada del escritor, paradójicamente, contribuyó
en gran parte a dar forma a El coronel no tiene quién le escriba (1958), concluida en
enero de 1957, originalmente un capítulo de La mala hora que adquirió vida propia.
Entretanto, gracias a su amigo Plinio Apuleyo Mendoza, García Márquez publicó varias
colaboraciones en la revista caraqueña Elite. Mendoza se le uniría a mediados de 1957 en
un viaje por la República Democrática Alemana, Checoslovaquia y la Unión Soviética.
Los apuntes de aquel recorrido, publicados dos años después por la revista Cromos,
constituyen un pormenorizado retrato de la vida cotidiana detrás de la "Cortina de
hierro". En noviembre del mismo año pasó por Londres, donde esperaba pulir su
inglés. Pero una carta de Plinio Mendoza, ahora editor ejecutivo de la revista Momento,
cambió sus planes: le esperaban en Venezuela y tenía el tiquete aéreo en sus manos.
Llegó a Caracas en Navidad, justo a tiempo para ser testigo de los últimos días de la
dictadura del general Marcos Pérez Jiménez, sobre los que publicó varios artículos
luego de la fuga del dictador, el 21 de enero de 1958. En marzo, García Márquez viajó a
Barranquilla para contraer matrimonio con su novia de toda la vida, Mercedes Barcha.
Irónicamente, dos meses después tuvo que renunciar, junto con Mendoza, a su trabajo en
Momento, y asumir un extenuante cargo en Venezuela Gráfica, con poco tiempo para
escribir.
A1 colapso casi simultáneo de los
regímenes de Pérez Jiménez en Venezuela y de Rojas Pinilla en Colombia, sucedió la
caída de Fulgencio Batista y el triunfo de la Revolución Cubana. Su líder, Fidel
Castro, organizó la campaña "Operación Verdad", invitando a periodistas
extranjeros a la isla para contrarrestar la mala propaganda de las agencias noticiosas
norteamericanas; Gabo estaba entre los invitados. Fue el comienzo de una importante
relación con Cuba y de su amistad personal con Castro. Para entonces los planes de
García Márquez incluían la fundación de una escuela de cine en Barranquilla. Sin
embargo, el gobierno cubano había decidido abrir su propia agencia de noticias, Prensa
Latina, bajo la dirección del argentino Jorge Masetti. García Márquez llegó a Bogotá
con su esposa embarazada en mayo de 1959, para manejar, junto con su amigo Mendoza, la
oficina de la agencia en Colombia. Rodrigo, su hijo, nació el 24 de agosto y fue
bautizado por Camilo Torres. En 1960 estuvo seis meses en Cuba, y a comienzos de 1961 fue
trasladado a la oficina de Prensa Latina en Nueva York. Cubanos emigrados lo amenazaban
por teléfono, y alguna vez llegaron a apuntarle con un arma mientras se dirigía en
automóvil a su casa en Queens. A mediados del año reventó una crisis entre facciones
políticas divergentes del gobierno cubano, en la que Masetti cayó en desgracia. En un
gesto de solidaridad con él, García Márquez renunció a su cargo y, con su esposa e
hijo, hizo un largo recorrido por el sur de los Estados Unidos que William Faulkner
inmortalizara en sus novelas. Su periplo había de conducirlo hasta Ciudad de México,
donde esperaba vivir de la redacción de guiones cinematográficos. En cambio, terminó
trabajando por dos años en las revistas Sucesos y La Familia, del inversionista Gustavo
Alatriste, como editor en jefe. En 1962, La mala hora recibió el Premio Esso de novela
colombiana, aunque no vio forma de libro hasta 1966. El dinero del premio, sin embargo,
sirvió para costear los gastos del nacimiento de su segundo hijo, Gonzalo, nacido el 16
de abril de 1962. Ese mismo año apareció el volumen de cuentos Los funerales de la Mama
Grande. García Márquez renunció en octubre de 1963 para trabajar con la filial mexicana
de J. Walter Thompson y, luego de unos meses, con la agencia publicitaria Stanton. Hizo
amistad con el escritor mexicano Carlos Fuentes, y en compañía suya elaboró una docena
de guiones para filmes a lo largo de dos años.
Cien años de soledad
Todo parece indicar que luego de
concluir La mala hora, García Márquez sufrió un serio bloqueo de sus facultades
literarias. Hasta 1964 otros asuntos le impidieron dedicarse a la creación de literatura.
El bloqueo terminó durante el trayecto de Ciudad de México a Acapulco, cuando, al
volante de su Opel, tuvo la repentina visión de la novela que hacía tiempo se estaba
gestando en su interior. La historia de las generaciones de los Buendía en el mundo
mágico de Macondo, desde la fundación del pueblo hasta la completa extinción de la
estirpe, constituiría un rescate de la historia por la conciencia mítica colectiva, y
una extensa alegoría de la condición humana, del significado del tiempo y de la
escritura como alquimia. De regreso en el Distrito Federal, escribiendo ocho y más horas
diarias, mientras Mercedes se ocupaba de sostener el hogar, a lo largo de dieciocho meses
en los que acumuló grandes deudas, García Márquez dio forma a Cien años de soledad
(1967), que habría de significarle un éxito tan inmediato cuanto insospechado, con
premios en Francia e Italia y récords de ventas en el mundo entero. El acoso de
periodistas y editores no se hizo esperar, mostrándole a Gabo las hieles de la fama.
Como resultaba imposible vivir en esas
condiciones, en octubre de 1967 partió con su familia para Barcelona, donde esperaba
vivir de incógnito y preparar una novela acerca de un dictador latinoamericano. Barcelona
era un núcleo no sólo cultural, sino de oposición intelectual al régimen franquista.
Entre los muchos escritores expatriados residentes en la ciudad estaba el peruano Mario
Vargas Llosa, con quien entretuvo amistad hasta su ruptura personal e ideológica en 1975.
Con todo, el nuevo proyecto novelístico se fue prolongando; la composición de El otoño
del Patriarca (1975), que habría de vender más de medio millón de ejemplares en los
días que siguieron a su publicación, le tomó, en realidad, siete años. Hacia la mitad
del trabajo, García Márquez decidió recorrer de cabo a rabo el Caribe, para
complementar su documentación. Entretanto, en 1972 le fueron concedidos el Premio Rómulo
Gallegos de novela y el Premio Neustadt, con sumas que donó, respectivamente, al
venezolano MAS (Movimiento al Socialismo) y al Comité de Solidaridad con los Presos
Políticos. García Márquez era miembro activo del Tribunal Bertrand Russell y, como
diplomático independiente, en los años que siguieron abogó, al lado de Omar Torrijos,
por el reintegro del Canal de Panamá a los panameños, y luego por la causa de los
revolucionarios sandinistas en Nicaragua, junto con su amigo el novelista argentino Julio
Cortázar. También se lanzó, junto a Felipe López Caballero, en la aventura de publicar
la revista Alternativa, de corte socialista, que soportó las presiones de los sectores
políticos tradicionales durante poco más de cinco años, hasta su cierre en 1980. Dos
volúmenes de cuentos aparecieron en este período: La increíble y triste historia de La
Cándida Eréndira y su abuela desalmada (1973) y Ojos de perro azul (1974).
La consagración
A principios de 1981 García Márquez
estaba viviendo de nuevo en Colombia, cuando apareció su breve Crónica de una muerte
anunciada. El 26 de marzo, tras lo que parecía ser una velada persecución de las fuerzas
militares del gobierno de Julio César Turbay Ayala, solicitó el asilo político del
gobierno mexicano. Meses más tarde recibió de manos del recién electo presidente de
Francia, François Mitterrand, la medalla de la Legión de Honor. En el ínterin había
comenzado a trabajar en «una historia de amor», que no estaría lista hasta 1985. El
Premio Nobel de Literatura de 1982 lo encontró desprevenido. A sus cincuenta y cuatro
años, era el laureado más joven desde Albert Camus. Vestido de liquiliqui, a la usanza
del Caribe continental, recibió el premió y leyó una ponencia de marcados acentos
ideológicos. El gobierno de Belisario Betancur lo respaldó con una vistosa delegación
folclórica. En Colombia, la editorial Oveja Negra publicó la retrospectiva de su obra
escrita, literaria y periodística. La redacción de su nueva novela se vio interferida
por el alud de compromisos que sobrevino al Nobel, obligando a García Márquez a buscar
refugio en Cartagena, donde vivían sus padres, de febrero hasta septiembre de 1984.
Regresó enseguida a México, y allí cambió la máquina de escribir por el computador.
Sólo hasta el 5 de diciembre de 1985 apareció El amor en los tiempos del cólera. En
1989 García Márquez, entonces director de la escuela de cine de San Antonio de los
Baños en Cuba, publicó El general en su laberinto, crónica novelada de los últimos
días de Simón Bolívar. Se suscitó un pequeño escándalo cuando su secretario cubano
se asiló en los Estados Unidos. El 30 de julio de 1992 aparecieron sus Doce cuentos
peregrinos. En 1993, a raíz de la impresión ilegal de ejemplares de sus obras en
Colombia, García Márquez inició una campaña en favor del respeto a los derechos de
autor. El 23 de marzo de 1994 apareció el monólogo Diatriba de amor contra un hombre
sentado, y un mes después, la novela Del amor y otros demonios. [Ver tomo 4, Literatura,
pp. 283-287; y tomo 5, Cultura, p. 212j.
MATEO CARDONA VALLEJO
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Bogotá, Oveja Negra, 1982, pp. 89-122. GARCIA MARQUEZ, GABRIEL. Obra periodística, 4
Vols. Recopilación y prólogo, Jacques Gilard. Bogotá, Oveja Negra, 1981-1983. GIACOMAN,
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