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Nina S. de
Friedemann.
Fotografía de Oscar Monsalve
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Antropóloga nacida en
Bogotá, en 1935. Graduada del Instituto Colombiano de Antropología de Bogotá, del
Hunter College y de la Universidad de California, Nina S. de Friedemann se ha distinguido,
especialmente, en el campo de los estudios afroamericanos. El 27 de agosto de 1993, al
medio día y ante centenares de personas congregadas en la plaza Mosquera Garcés de
Quibdó, el presidente César Gaviria Trujillo sancionó la ley 70. Mediante ella, la
nueva nación que originó la Constitución de 1991, le reconoció a los descendientes de
los africanos esclavizados en la Nueva Granada, que la identidad forjada a lo largo de su
historia genera derechos territoriales y políticos. Terminado el acto, hubo celebraciones
en los barrios, allí fue recurrente oírle decir a los adalides comunitarios que sin los
trabajos de Nina S. de Friedemann, la lucha en favor de la ley habría carecido de muchos
de los argumentos etnohistóricos que ellos lograron esgrimir. El "Marco de
referencia histórico-cultural para la ley sobre derechos étnicos de las comunidades
negras en Colombia" recogió buena parte de esas tesis y fue publicado en el número
5 de América Negra, la revista que Friedemann fundó y dirige con el objetivo de ampliar
el espacio de los estudios afroamericanos. Pero esa publicación periódica no es el
único factor que explica el reconocimiento de los efectos que el trabajo de Friedemann ha
tenido sobre el fortalecimiento de la etnicidad en Colombia. También es necesario hablar
del celo con el cual ella ha combatido aquella tradición jurídica que ha insistido en
catalogar como "colonos en tierras baldías" a los campesinos, mineros y
agricultores que hoy ocupan franjas amplias de llanuras, riberas, selvas, esteros y
playas, después de que sus ancestros humanizaran esos territorios como medio de ejercer
la libertad, ya fuera al haberse convertido en cimarrones, subversores del régimen
esclavista o en automanumisos, que le compraron a sus amos las cartas que los acreditaban
como personas libres. Por otra parte, hay que resaltar el esfuerzo disciplinado de
Friedemann por innovar la presentación de los datos científicos, de manera tal que
trasciendan las bibliotecas académicas y le lleguen a los sujetos del trabajo
antropológico. Así, a finales del decenio de 1960 y durante los setenta, Friedemann
exploró la integración entre palabra e imagen mediante documentales que como La fiesta
del indio en Quibdó y Congos, se convirtieron en mojones del cine etnográfico
colombiano; y en la serie Zazacuabi, con cuadernos escritos por expertos sobre temas
antropológicos ilustrados mediante transparencias. No obstante la relevancia de estos
aportes, es al final de esa década que su experimento alcanza el punto climático, con la
publicación del libro Ma N'gombe: guerreros y ganaderos en Palenque. Su amalgama de la
estética fotográfica del ya desaparecido Richard Cross, con una etnografía no
convencional, desconocida hasta entonces, convirtieron la publicación en hito editorial.
En ella Friedemann rompió con esa ortodoxia que se ha referido a los negros como
"cargas" venidas de Africa o, en el mejor de los casos, que los ha contado como
otro "recurso" perteneciente a los amos de las haciendas del valle del Cauca o
de las minas del litoral selvático. En su reemplazo, sobresalen los pioneros de formas de
resistencia e insurgencia de largo aliento, quienes construyen cultura a partir de
memorias bantúes. Con este clásico, reeditado en 1987, se acentuaron dos de las metas
centrales de la obra de Friedemann: una, entronizar en las páginas referentes a la
formación nacional a quienes la historia oficial ignora o trata como antihéroes; la
otra, construir el puente que nos une con Africa.
El cimiento ético y político del
trabajo sobre Palenque enmarca el resto de los aportes de Friedemann, que trascendió el
ámbito de lo afroamericano con el volumen Herederos del jaguar y la anaconda, elaborado
en 1982 con Jaime Arocha. En este caso, la innovación del texto etnográfico se hizo más
penetrante, señalando el protagonismo de los antropólogos en sus enfoques y en los
lugares donde desarrollaron sus investigaciones de terreno, y mediante representaciones de
complejas teorías sobre el poblamiento de América, la ecología cultural y la
integración entre cotidianidad, moral, filosofía, religión y ciencia. Friedemann
profundizó esta opción hasta dar origen a lo que el poeta José Luis Díazgranados
denominó «cuentos sin ficción», en el prólogo que escribió para De sol a sol:
génesis, transformación y presencia de los negros en Colombia (1986). Dos de esos
cuentos, "Ngolas: una dinastía de reyes y reinas en Angola" y "Biviana
Vaz, una hija de la tierra" son pioneros en un campo que hoy ocupa máxima prioridad
entre los analistas de la diáspora africana: el estudio de los efectos de la trata
transatlántica sobre la estructura económica, demográfica, social, política y mental
de las sociedades víctimas de la captura. Pero todo este conjunto de aportes es
inseparable de otro de los factores que explican los efectos del ejercicio profesional de
Nina S. de Friedemann: la actitud crítica de sus enfoques sobre el Estado, la nación y
los círculos académicos colombianos. Nominada en 1987 por Colombia para el Premio
Interamericano Gabriela Mistral de la Organización de Estados Americanos (OEA),
Friedemann es actualmente miembro de la Expedición Humana de la Universidad Javeriana.
JAIME AROCHA
RODRÍGUEZ
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