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Convencido de que ya nunca más sería -ni quería ser- otra cosa
que un cantor, Rafael siguió cantando, y en el transcurso de esa
etapa feliz en que parecía que todos los recursos líricos se habían
concentrado en su imaginación, creó LA GOLONDRINA y después le
cantó al general Dangond un merengue confianzudo y sabroso, aliñado
con la indispensable malicia que sólo era capaz de ponerle alguien
como Escalona que, por haberlos padecido tanto, estaba en capacidad
de entender plenamente tos sufrimientos del respetable y conspicuo
ex-oficial de la Guerra de los Mil Días, ahora desarmado, sitiado y
totalmente indefenso ante una viuda de El Molino.
En su automóvil resplandeciente,
de Villanueva para El Molino
va el general y regresa siempre
con esa viuda muy resentido.
Allá en Codazzi a mí me dijeron
los que conocen al general
que en la batalla no tuvo miedo
y en El Molino lo ven llorar...
Hasta este momento, nadie pudo nunca saber a ciencia cierta a
quién, realmente, le hizo Rafael Escalona el paseo LA GOLONDRINA.
Poncho Cotes que se supone conoce todos los
secretos de la vida del compositor, cree, después de muchas
disquisiciones ante quien esto escribe, que no hubo en verdad una
mujer determinada que lo inspirara. Que fueron todas reunidas,
maceradas por la nostalgia e idealizadas por la necesidad, las que
se convirtieron en una sola a la que él le canta con un nuevo
estilo literario y una nueva forma métrica que, a su vez, tiene un
acento musical de cadencias lánguidas que no se semeja a nada de lo
anteriormente hecho por él. Que son todas las mujeres de su vida y
ninguna en particular las que él desea dejar para seguir volando
libre como una golondrina. Que son de muchas y no de una sola las
lágrimas que lo enternecen y el mensaje que les deja. Que son todas
al tiempo y no una, aislada, las que sienten el amor de él como una
cruz sobre sus vidas y las que se quejan de los sufrimientos que
les impone.
Eso cree el amigo más estrechamente ligado a su vida y a su obra.
Pero nosotros no. El análisis que se desprende del seguimiento a su
tarea musical, tomando como base su personalidad y sus actuaciones,
nos lleva a la conclusión lógica de que solamente un amor que
hubiera tenido una fuerza eminencial y una entidad devastadora para
dejar huella profunda, tanto más honda cuanto más independiente fue
para no dejarse tiranizar por el compositor, podía llevarlo, como
lo llevó, a esos estados de gracia sentimental de donde surgió
HONDA HERIDA y meses más tarde LA GOLONDRINA. Y ese amor se dio y
tuvo nombre propio que no es otro que el de
la Monita de
Ojos Verdes. A ella, a la sanjuanera de formas perfectas
pero, además, de notable espiritualidad, de condiciones
intelectuales y cualidades materiales, como la de su voz hermosa
hecha para el canto, que es el único recuerdo que a él va a
quedarle en medio de la bruma de la soledad, tal como en el monte
uno escucha los trinos de las aves sin saber desde qué árbol están
cantando; a ella y no a ninguna otra, le cantó Escalona sus
encendidas protestas de amor y también LA GOLONDRINA.
Basta con repasar uno por uno los cantos que creó durante esas
relaciones, desde aquel insinuante REGALITO de fines del 48, cuando
en medio de la ternura del amor recién iniciado ya evidencia él la
pasión que va a consumirlo más tarde:
yo quiero dar te un
nenito / que diga papá y mamá / que abra los ojos y pestañe / y que
los vuelva a cerrá / le dice, sin miramiento alguno en su
forma poética de manifestarle su deseo de que ella le dé un hijo. O
EL MEDALLÓN donde le promete todo cuanto una mujer ambiciona para
engalanarse: collares de perlas auténticas, de esas de la Guajira,
que sirvieron durante muchos años para en joyar las coronas reales
de la España conquistadora; pendientes y medallones que usaron los
mismísimos piratas ingleses que asalta ron a Cartagena; joyas mucho
más delicadas y valiosas, como la colección de orquídeas del
Presidente de la República cuya casa también pone a los pies de
ella; y como si todo esto no fuera suficiente, algo que él y
únicamente él, como hombre de verdad, puede darle, mucho más allá
de las meras riquezas materiales. Eso que no se consigue con la
plata de don Fidel y que él, Escalona, tiene por montones: amor y
satisfacciones en todas sus formas y expresiones. Todo esto es el
camino que lo lleva a HONDA HERIDA -que, como su nombre lo indica
es ni más ni menos que la transfixión de Escalona- para continuar
con MALA SUERTE, que viene a ser responso del mismo novenario, con
EL MEJORAL, que sigue la misma línea, hasta llegar a LA
GOLONDRINA.
Sus estrofas, dos de las cuales reproducimos, y su música legítima,
la auténtica con que fue creada (no esa estridencia vertiginosa de
"pases" "pitos" y
"arreglos" que a troche y moche se les ha dado
por utilizar ahora en las grabaciones discográficas) nos llevan a
afirmar lo anterior sin perjuicio, claro, de que el Maestro que es
quien sabe por donde le entra el agua al molino, diga otra
cosa:
Muchas lágrimas salieron
cuando yo le dije así:
me duele porque te quiero hombe,
pero yo me voy de aquí
porque como aquí no puede estar
iré vagando por la vida
lo mismo que la golondrina
que nadie sabe a donde va
A donde va...
A donde va...
Arriba de las estrellas,
donde está el reino de Dios,
allá quisiera estar yo
¡ay! para no sufrir por ella
pero como no estoy allá
sigo vagando por la vida
como la errante golondrina
que nadie sabe a donde va
A donde va...
A donde va...
LA GOLONDRINA y EL GENERAL DANGOND que fueron hechos en ese mismo
orden durante los meses de mayo y junio de ese año (1950),
antecedieron a un largo período de ausencia, cuando regresó a San
Juan y a Urumita para seguir viajando, unas veces con
Tatica y otras con
Caviche
Aponte, que estaba llevando café a Aruba en compañía de Tony
Fernández. Convertido, a fuerza de cicatrices, en lo que él mismo
definió como un hombre completo, se metió de frente en el negocio
del comercio fronterizo, ahora endurecido por la competencia y de
donde habían desertado muchos de los pioneros ante la presión de
los recién llegados que, mejor organizados y con más dinero,
sacaban la mejor tajada. Los meses finales de ese año se sumergió
de cabeza en el frenesí viajero que iba a acompañarlo siempre; y
yendo y viniendo de la Provincia a la frontera y de la frontera a
cualquier lugar de la Provincia, pasó la mayor parte del tiempo
entre julio y parte de noviembre. Hasta cuando tuvo que suspender
sus inopinados desplazamientos porque Hernandito Molina, desde
Bogotá, le mandó a avisar con Alfonso Araújo Cotes, que antes del
10 de diciembre estaría llegando a Valledupar con Rafael Rivas
Posada, con Francisco
Pacho Herrera, con Jaime
García Parra, con Pedro
El Pibe Torres y con
Miguel Santamaría Dávila, parte del grupo de Bogotá conocidos como
"Los Magdalenos", que ya habían dispuesto todo
para venir a pasarse unas vacaciones aquí a conocer a Escalona, a
Morales, a Emiliano, a Juan Muñoz, a Juan López, a Luis Enrique
Martínez y a todos esos juglares cuyos sones ellos estaban cantando
desde por lo menos tres años atrás.
Los cachacos vinieron.
Y la estridencia de su estada en Valledupar sacudió los cimientos
de una ciudad tranquila que durante más de tres semanas vio una
agrupación febril de muchachos, con la piel roja como camarones
muertos y estrenando euforia, desplazarse por las casas de don
Oscar Pupo, de don Roberto Pavajeau, de su paisano don Rigoberto
Benavides y por pueblos y veredas cercanos siguiendo el rumbo
trazado por Escalona al ritmo de los acordeoneros, hasta caer
rendidos de cansancio y repletos de alegría en las hamacas
dispuestas para ellos en los amplios aposentos de la casona
solariega y venerable del doctor Molina. A principios de enero
(1951) cuando se fueron los huéspedes de Molina, las relaciones de
Escalona con
la Maye se habían restablecido por
obra y gracia de la parranda que el grupo llevó a cabo en La Paz en
casa de los López, y la cual acabó convertida en una serenata
masiva que más de treinta personas, que no sabían donde estaban
paradas, fueron a llevar a las ventanas de la casa de los
Arzuaga.
Comenzaban, para Rafael Calixto los últimos capítulos de una
soltería tan deliciosamente transcurrida y tan bien administrada
que, de hecho, pareció que nunca la hubiese perdido.
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