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INDICE
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Capítulo V
EL "PRIMO" DE ARACATACA
("Te garantizo que don Fidel...". Un
conflicto que crece. Parody se saca un clavo. El recuerdo de tu
voz. La Golondrina. El 24 de Marzo. Vienen los
cachacos...)
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En Valledupar, en la primera campaña presidencial de Alfonso
López Michelsen.
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Purificado -pensaba Escalona- de tentaciones inciertas y redimido
de sus veleidades románticas con este canto que lo congraciaba
plenamente con
La Maye y le aseguraba el discurrir
tranquilo de esas vacaciones, se dedicó más a los amigos de
Valledupar y de La Paz y disminuyó sus desplazamientos por los
otros contornos de la geografía provinciana. Había además un motivo
adicional: la invitación que el año pasado para estas mismas fechas
le formulara el hijo del presidente López Pumarejo, estaba
reconfirmada por don Oscarito Pupo, quien le manifestó que Alfonso
López Michelsen, con la niña Cecy y unas hermanas y amigas de ésta,
estarían llegando a Valledupar para seguir a El Diluvio en los
últimos días de noviembre. La sede de sus actividades en ese
penúltimo mes de 1948 quedó, pues, situada en ese paralelo
imaginario que, suspendido sobre los dos pueblos, lo mantenía más
tiempo en la mitad de la carretera yendo de aquí o regresando de
allá, que en alguna de las dos partes de modo concreto y
tangible.
La Maye estaba radiante por el triunfo de su
persistencia; y los estragos que en ella habían causado las
vigilias, los celos y las incertidumbres estaban conjurados por el
hechizo de LA CRECIENTE DEL CESAR, que la inundó de felicidad y
reverdeció sus esperanzas. Todo ello le permitió entender, con un
razonamiento que nunca antes se hubiera hecho, que era natural que
él a veces no viniera a verla, porque, claro, todos los días no son
iguales y uno a veces puede y a veces no. Además, como él tiene
tantos compromisos sociales y familiares, porque la gente siempre
lo está llamando y buscando, es lógico -le explicaba a Fidelina
Moscote, que había gastado tres años tratando de explicárselo a
ella- que él también tenga que atender a esa gente y estarse unos
días aquí y otros allá. Fíjate por ejemplo, Fide -seguía diciéndo
le con argumentos que eran más para ella misma que para la prima,
que los sabía desde siempre- el viernes éste, pasado mañana, llega
ese señor de Bogotá, el doctor López; pero no López, de los López
de Pablo y Juancito de aquí de La Paz, sino el hijo del
expresidente de la República López Pumarejo, que dicen que es primo
del señor Tobías Enrique... Bueno, él llega en el avión con la
señora y unos familiares y a Rafa le toca ir a recibirlos porque
está invitado a la finca de ellos...
La llegada de los distinguidos visitantes se cumplió el día fijado,
y esperándolos en el aeropuerto estaban la familia Pupo, Hernandito
Molina, el doctor Irusta, y Rafael Escalona que se hizo acompañar
por Fermín Pitre, un acordeonero de Fonseca que Alfonso Castro
Palmera cargaba de arriba para abajo por todos los recovecos del
barrio La Garita y al que secundaba en la caja, con dominio y
propiedad que después harían escuela, el cañaguatero Cirino
Castilla. La estancia donde don Oscar Pupo fue breve, y una vez
finalizado el almuerzo partieron en varios carros para
El
Diluvio donde la alegre comitiva permaneció cuatro días.
Allí Escalona departió y compartió con el grupo de amigas que
trajeron los López Caballero y al cabo de los días le fue llamando
la atención la cachaquita menuda, graciosa y parlanchina que
destacaba entre todas. Se llamaba Esperanza
nosequé, y a
medida que más la trataba, más le atraía esa nueva clase de mujer,
para él totalmente desconocida, que tenía la insólita costumbre de
tratarlo de usted y de solicitarlo todo diciendo que le hicieran el
favor y pidiendo perdón y dando las gracias. Le gustó también la
cara sonrosada y esa piel de porcelana blanca que se ponía como una
brasa al rojo vivo cuando el sol de las dos de la tarde caía como
un chorro de plomo derretido sobre el zinc de los techos. No
alcanzó a enamorarse. No. Ni más faltaba que él tan circunspecto y
medido como lo imaginaban las bogotanas, fuera a tomarse esas
libertades y a echarle barro a su poética imagen de hombre
romántico, sí, pero respetuoso, que sólo vivía para su único amor
que lo era Marina Arzuaga. Dejó entonces que el aleteo se le
apaciguara en el mismo sitio donde había comenzado y sólo como una
muestra de caballerosidad y galantería para con ese ramillete de
flores de las sabanas cachacas, improvisó unos versos sueltos que
días más tarde, en un trasnocho de la inspiración, acomodó en un
canto completo que se llamó ESPERANZA:
Vi que pasó una mariposa blanca
y se ha posado en un ramo de claveles.
Yo pensé que era Esperanza,
pero la esperanza es verde...
Las cachacas estaban dichosas por esa maravilla increíble y
fantástica y divina y regia, ala, completamente regia, de esa
belleza de canto tan pero tan lindo, ¿no?, que en un instantico no
más, había compuesto ese príncipe que es Rafael, ala. Y él,
avanzado su prestigio en un territorio que le era desconocido como
ese de las damas del altiplano, se dio por satisfecho y quedó en
paz con su vanidad.
Pero no eran de su índole las actuaciones convencionales dentro de
un protocolo social sin ningún resultado práctico diferente al que
dijeran más tarde que cómo era de querido y fino ese muchacho
Escalona, el que hace cantos. Dentro de su lineal concepción de la
vida, las mujeres, salvo las de la familia, habían sido hechas por
Dios únicamente para el goce exclusivo del hombre. Por algo fue
-filosofaba a solas- que el Señor, que creyó que todo estaba bien
hecho sin estarlo, admitió la imperfección de su obra y resolvió
poner a dormir a Adán y extraerle una costilla para convertirla en
otro ser igual pero diferente que lo pechichara, lo consintiera, lo
atendiera, le lavara la ropa y le soportara su mal genio y se
acostara con él a darse gusto cuantas veces él quisiera. Y si Dios
así lo había dispuesto, ¿por qué iba nadie a torcer esa norma? Por
lo menos él, Escalona, no iba a intentarlo. Se despidió, pues, de
sus anfitriones, y se trajo a Hernandito Molina que estaba
entusiasmado cantándole a los cachacos el merengue de Lorenzo
Morales para Carmen Ramona Bracho:
Carmen Bracho no sabe la pena,
Carmen Bracho no sabe el dolor,
si supiera la acobardaría
la negra tristeza de mi corazón...
Al llegar al Valle, su débil propósito de buen comportamiento con
La Maye se vio abruptamente interrumpido por un
par de ebúrneas pantorrillas que él había visto muchas veces
moverse ágiles en las canchas de básquet de la Normal de Santa
Marta y que ahora cruzaban parsimoniosamente por la esquina de la
calle grande con la calle del Cesar, golpeadas suavemente por el
tafetán rosado de una falda que caía más arriba de las rodillas.
Las hubiera distinguido a una legua de distancia y sabía
perfectamente que sobre ellas sólo podía continuar aquel cuerpo
macizo y cimbreante de caderas llenas y senos túrgidos de
la Monita de Ojos Verdes. Desde la estrecha cabina
del jeep que los traía de El Diluvio, las vio muy bien afincarse
seguras sobre los tacones de las zapatillas blancas en el altísimo
sardinel de la tienda de doña Paulina Maestre de Socarrás, a la
vuelta de la cual desaparecieron.
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