INDICE




Fue esa la época en que toda la región parecía una gigantesca esponja que por donde se pisara rezumaba humedad. Todo estaba enchungado y los campos y las calles no eran sino unas inmensas lagunas debido al invierno que se desencadenó desde octubre y que aún en esos primeros días de noviembre estaba en su apogeo. Había tanta agua por todas partes que ya la gente estaba pensando seriamente en acudir al expediente de una rogativa celestial y volver a sacar el Santo Ecce Homo tal como lo sacaron en aquel marzo de fuego, cuando sobre la tierra calcinada caían uno tras de otro los semovientes con la jeta cuarteada y los pulmones resecos, y los potreros ardían solos, convertidos en extensos territorios en llamas. Un grupo de ciudadanos notables se alistaba para ir a visitar al reverendo padre Vicente de Valencia, párroco de Valledupar y rector moral de todos los contornos, a fin de exponerle el novedoso propósito de ahora de invertir la petición y volver a sacar al milagroso Santo para implorarle pública y masivamente que aplacara ese agobiante invierno, que había hecho salir de madre los ríos, borrando linderos de posesiones y cambiándole el curso a los caminos. El primero de noviembre, por ejemplo, durante las siete horas que estuvo lloviendo, nadie dudó de que los pacíficos iban a ser borrados de la faz de la tierra una vez el río Cesar comenzara a hincharse con las aguas del Guatapurí y a desparramarse incontenible por los playones cercanos. El puente Salguero, juraban los más viejos, no existiría al día siguiente cuando escampara, si era que escampaba ese diluvio. Al fin, al cabo de unos días, las lluvias fueron amainando sin necesidad de la rogativa, a la que no convino el padre Vicente con el argumento, lúcido y severo, de que:
-"Vosotros nunca estáis satisfechos con nada, ¿eh? -les dijo. Queréis un Dios de bolsillo del cual podáis echar mano cuando hay verano para que os mande la lluvia y cuando llueve mucho para que os haga salir el sol, ¿eh?... Pues saberos que la imagen del Santo Ecce Horno no sale de la Iglesia, así amanezcamos todos ahogados. ¡Sabedlo! Y ahora, iros, iros" -concluyó-, mientras les daba la espalda y tomaba el breviario que leía todas las tardes antes del rezo del Santo Rosario.
Y difundida por todas partes la versión de que el padre Vicente no dejó sacar al santo, la gente se dedicó mejor a buscar fórmulas caseras para los sabañones, a inventarse otros remedios más efectivos que la quema de hojas y bruscos secos para espantar la zancudera que se adueñó de los aposentos, y las mamás a cocinar y preparar emplastos calientes de tripas de totumo y jarabe de rábano para los bronquios congestionados de los muchachitos. La tanda de gripa que cundió en la ciudad fue terrible y Escalona no demoró en caer tumbado por la fiebre y la tos persistente. Dos semanas estuvo así y un medio día de sol esplendoroso se sintió mejor y se dio un baño de matarratón y de hojas de eucalipto que, traídas desde la misma sabana de Bogotá, vendía el cachaco Benavides en su farmacia. El cielo estaba despejado y desde cualquier punto de la ciudad se podían ver con nitidez los dos picos más altos de la Nevada, que se recortaba azul con su gorro blanco sobre el horizonte.
Se alistó para ir a La Paz a ver a Marina y salió en busca del doctor Leonardo Maya para que lo llevara en su carro, en el que recogerían unas compras para la despensa de la finca Palmarito, donde pernoctarían. Pero no bien habían embarcado todo en el flamante Chevrolet negro del médico, cuando comenzó a oscurecer el tiempo y los cerros que bordean a Valledupar empezaron a desaparecer tapados por los densos nubarrones.
-Hasta aquí llegó el viaje, Rafa, porque yo con la lluvia no meto mi carro en esos lodazales -le dijo el doctor Maya.
-No, hombre, médico, si todavía no ha caído ni una gota, vámonos, vámonos rápido, -insistía Escalona.
-No, Rafa, no. Mira, -respondía Maya- antes de que lleguemos a la esquina de la bomba se habrá desgajado un aguacerazo igual al del primero de noviembre, observa cómo está la Nevada: relampagueando seguido.
Efectivamente, el espectáculo telúrico de la tremenda tempestad que se desataba sobre la cordillera se observaba con claridad desde el andén de la tienda de "Los Barranquilleros", donde hacían las compras. Alcanzaron a meterse al carro antes de que una llovizna fina comenzara a caer sobre la ciudad, y con el comistrajo fueron a dar a la media-agua de "El Toco", un sitio donde Luis Tiberio Araújo -un hombrecito flaco y menudo que hacía vida marital con una corpulenta mezzo-soprano negra del Valle del Cauca de nombre Lola- había instalado una especie de club-bar muy privado y exclusivo para parranderos de alto vuelo intelectual y exquisitos modales, como el doctor Maya Brugés.
Setenta y dos horas más tarde, cuando ya había escampado en la ciudad pero aún seguía "lloviendo" buen whisky en los gaznates de los dos amigos, nacía LA CRECIENTE DEL CESAR, un paseo dedicado a la Maye que tiene entre sus doce estrofas ésta que por sí sola bastaría para consagrar a su autor como maestro indiscutible de la fascinante narrativa del vallenato y hacedor privilegiado de esas metáforas que, de pronto, fulguran en su obra:
Está lloviendo en la Nevada
y en el Valle va a llové,
el relámpago se ve
como vela que se apaga...

En seguida del cual viene un chorro de cuartetas imperiales de indiscutible belleza lírica y gramatical.
LA CRECIENTE DEL CESAR es la ratificación inequívoca de la predisposición innata de Escalona para la rima certera, exacta, fluida y transparente que, a salvo, por su propia gracia, del facilismo chabacano y ramplón de otros estilos, le confiere prestancia a los versos de su obra sobre la cual, en esos momentos, ya nadie discute calidades ni maestría.
El protagonismo que el vive durante esa época traspasa el ámbito de sus incoherencias sentimentales y trasciende su tarea musical, sobre la cual comienzan a edificarse las primeras bases del mito. En Ciénaga, Santa Marta, Barranquilla y en pequeños pero importantes círculos de Bogotá -para no mencionar la totalidad de la Provincia que se extiende monolítica desde los playones de Caracolicito hasta los confines de Barrancas-, en Riohacha y en la Alta Guajira y en apartados sectores de la Guajira Venezolana, se habla de sus cantos y se cantan sus canciones. Cada juglar es un mensajero y cada amigo un divulgador de sus relatos musicales, que van haciendo camino y dejando huella hasta en los fríos salones capitalinos, donde un grupo de jóvenes y condiscípulos del barrio La Magdalena presididos por Alfonso López Michelsen, forman espontáneamente la primera cofradía de amantes y defensores del vallenato de Escalona. A ellos, los magdalenos, como se les conocía entre la juventud bogotana de esa época, se les debe en gran parte el que hoy, cuarenta años más tarde, el vallenato auténtico, en Bogotá, no haya sido definitivamente apabullado por la avalancha de versos cursis y música estridente que con el nombre de tales pululan en emisoras y sitios de diversión.

anterior | índice | siguiente