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Llegaron todos los que habían citado y después de explicar de qué se trataba y de haberle encargado a cada uno su correspondiente tarea, comenzaban a despedirse cuando apareció en la puerta la dama que meses más tarde iría a inspirarle a Escalona su célebre Testamento, Genoveva, para sus íntimos Vevita, Manjarrés Meza, llegó saludando de beso y abrazo a los conocidos, que eran la mayoría, y se sentó al borde del escritorio de Dilia Alza- mora, a enterarse de los pormenores de la organización. "Llegué tarde porque tenía mucho oficio", dijo. Alta, delgada, de cuerpo esbelto, con una esplendorosa mata de pelo negrísimo, de cejas espesas y ojos profundos, tenía un regio perfil y un rostro de gitana poderosamente atractivo; era, además, alegre, entusiasta y llenaba con su presencia cualquier reunión. Como nadie cayó en la cuenta de presentarlos, Escalona se replegó al último rincón de la oficina, desde donde se puso a detallar a esa esplendorosa y cimbreante morena que jamás había visto en su vida y que le hizo sentir la sensación de que era la primera vez que miraba una mujer en el mundo.
El sábado tempranito llegó a la pensión donde vivía Jaime Araújo a despertarlo para solicitarle toda la información posible sobre Vevita. Jaime se la suministró completa. Le dijo para empezar que ella era oriunda de San Juan del Cesar...
- ¿De San Juan del Cesar? -Preguntó Escalona, incrédulo.
- ¡Claro!-respondió Jaime- De donde mismo es la monita de ojos verdes. Escalona empezó a morderse las uñas y Jaime siguió contándole que el padre de ella se llamaba Nicolás Manjarrés Ariza y que era un Otelo de lo celoso: que la mamá se llamaba Ena Meza y era de Ciénaga y que ella, Vevita, estudiaba en la Escuela Magdalena...
- ¿En la Escuela Magdalena? -volvió a preguntar Escalona.
-Sí. Y si no me equivoco, en el mismo curso de Marina Arzuaga. Creo que las dos se sientan en el mismo pupitre -remató Jaime.
- ¡No seas vergajo! -alcanzó a decir Rafael antes de que Jaime saltara de la cama sacudido por sus propias carcajadas...
El domingo, durante el paseo a Taganga, que casi acaba en tragedia puesto que la lancha donde viajaba una parte del grupo estuvo un rato a la deriva por un daño en el motor, Escalona no apareció. Pero Vevita tampoco fue. Los que pensaron que ambos habían iniciado un entendimiento y se habían puesto de acuerdo para no ir al paseo, se equivocaron. La verdad era que a ella no le interesó de entrada ese muchacho; y si a él, ella le despertó con gran intensidad las mismas ansias que le despertaban todas, no sería sino mucho más adelante, al volver a encontrarse, cuando se producirían las circunstancias que convirtieron a Vevita en la responsable de una de las mejores y más famosas composiciones de Escalona. Entre tanto, Marina estaba casi de muerte. Su natural disposición al mimo y al consentimiento, sumada al silencio de Escalona, le habían producido una melancolía que llegó a extremos tales, que la seño Chave adelantó para ella las vacaciones y armó viaje por el resto de la Costa Norte que aún faltaba por conocer. Como Marina gozaba del privilegio de estudiar sólo las materias que más le gustaban, que no eran sino tres: Taquigrafía, Contabilidad y Mecanografía, los exámenes que debía presentar fueron adelantados para octubre a fin de que antes de que llegara noviembre ya, la pobre, hubiera acabado de padecer ese tormento intelectual que no la dejaba disfrutar a sus anchas del otro tormento sentimental, que era más sabroso y llevadero.
Arrancaron otra vez para Cartagena, Montería, Sincelejo, Lorica, y pueblos aledaños, en un intento de hacer una pequeña vuelta al mundo sabanero, y con el propósito -acordado entre los padres de Marina y la seño Chave- de que el periplo demorara lo suficiente para que la joven solo llegara a La Paz justo antes de las doce de la noche del 24 de diciembre y así, entre villancicos, pólvora multicolor y aguinaldos, se olvidara por fin, "del sinvergüenzazo ese que lo que ha venido es a intranquilizar a la muchacha".
Pero no sabía la adversidad con quién se las estaba viendo. Marina se buscó la manera de hacerles saber a los amigos de Escalona que se iba de viaje, posiblemente para nunca más volver, y que a lo mejor se quedaría estudiando en Medellín y, quién quita, de pronto hasta se enamoraría de algún antioqueño, que dicen que son buenos esposos; por lo menos, son más considerados que la gente de aquí y... uno nunca sabe. "Hay -remataba filosóficamente- que dejar que Dios se encargue de las cosas, porque El es el que sabe lo que más le conviene a cada cual"...
El patético mensaje, dicho así con la rotunda seguridad que da el despecho, produjo sus resultados. Pensando Escalona que no era improbable que La Maye acabara convertida en una rubicunda matrona antioqueña de camándula en mano y decenas de muchachitos agarrados del pollerín, armó viaje para Cartagena, dispuesto a hablar con ella y a que supiera de una vez por todas "que si tiene amores conmigo los va tener como yo diga y no como digan su papá, su mamá, sus profesores, sus amigas y ella misma".
Era, como ha sido siempre, su orgullo, vanidad y autosuficiencia lo que lo motivaba. Para él en ese momento lo que contaba no era la joven que le gustaba y que lo quería intensa y desesperadamente y a la que él también, a su modo, quería, sino por encima de eso, su ego monumental, su autoestimación; y no estaba dispuesto a permitir que nadie interviniera en sus cosas y en su modo de hacerlas. En un bus salió la seño Chave con Marina Arzuaga y otras parientas para Cartagena y en otro siguió Rafael. Ella llegó en la nochecita y él en la madrugada, pero no se vieron ni de lejos. Al fin de cuentas no sabía dónde encontrarla, porque no tuvo el cuidado de averiguar en qué sitio se alojaría. Al medio día despertó en el cuarto de un hotel, bajo el zumbido de un ventilador de techo que botaba un aire caliente por la habitación. Vio en la mesita de noche un teléfono y descubrió que levantando el auricular una voz femenina y dulce decía:
-Operadora, a la orden-. Y él le respondió en seguida:
- ¿Cómo está usted, linda?
-Operadora, a la orden -Volvió a decir más fuerte la voz.
-Sí... muchas gracias, linda, ¿cómo está usted?
-Por favor -insistió la voz perdiendo algo de su dulzura- soy la operadora del hotel. Si usted desea comunicarse con alguien le ruego darme el número.
-Bueno -dijo Escalona- yo me quiero comunicar contigo. Entonces la que tienes que dármelo eres tú...
¡Clic! Fue la respuesta que obtuvo.
Se quedó desconcertado, pero en seguida volvió a levantar el auricular y antes de que la voz dijera "operadora a la..." él se le fue encima con un largo discurso de regaños, amenazas de quejas a la gerencia, cátedra sobre urbanidad y buenas maneras y averiguaciones sobre su nombre, edad, estatura, sitio donde vivía y horas de salida, etcétera, que la pobre operadora, sorprendida pero entusiasmada con semejante vaciada que más parecía un volcán de pasión eructando avalanchas de piropos revueltos con advertencias, e insinuaciones entrelazadas con amenazas de hacerla despedir, no le quedó más remedio que escuchar y aceptar el incontenible monólogo de ese extraño interlocutor que, sin haber le respondido siquiera la fórmula convencional del saludo telefónico, se le vino con toda clase de regaños, propuestas e invitaciones "para que nos veamos esta noche cuando salgas de aquí. ¿Te parece bien?"...
Concertada esta extravagante cita propia de sus actitudes en su desaforado seguimiento a todas las mujeres que se le pusieron en el camino, Escalona salió a vagar por los alrededores del hotel y a meterse en cuanto almacén viera abierto, esperando que fueran las seis de la tarde hora en que debía recoger en un taxi a su desconocida conquista.
Ya hemos descrito la innata tendencia de Escalona por comprar regalos y adquirir cuanta chuchería y curiosidad tropiezan sus ojos. De Venezuela, en la época del contrabando, traía frascos de encurtidos ingleses y exóticos perfumes de Francia; laticas de sardinas; cajas de dátiles secos, paquetes de chocolates envueltos en papelitos dorados, y en todo eso invertía buena parte del dinero que se ganaba en el negocio. De Leticia llegó una vez a Valledupar con cientos de pirañas disecadas, caracolitos de colores, collares de cuentas indígenas y canastos típicos que luego repartió entre sus amistades. Porque él nunca ha comprado nada especial para alguien determinado, sino que primero adquiere el regalo y luego es que piensa, o sale a buscar, a quién dárselo. Aún hoy, no es raro verlo descender del avión de Bogotá o de Barranquilla trayendo apretadas debajo del brazo varias cajas de brevas con arequipe, algún envoltorio de los quesitos que venden en El dorado, aparte de otros tantos paquetes con toda suerte de cacharritos y comestibles.

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