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INDICE
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En medio de los altibajos de los amores que a ratos marchaban
sobre rieles -y en veces los rieles se trababan- se va acercando la
hora en que ella debe alistarse para regresar a la Escuela
Magdalena, que abre clases en el mes de febrero. Entonces los
enamorados hablan a solas largo y tendido y ella lo convence de que
debe seguir estudiando y que el mejor lugar para hacerlo es, claro,
el Liceo Celedón de Santa Marta.
A él la idea le parece estupenda. Tal vez porque realmente
considere que vale la pena terminar el bachillerato y continuar una
carrera; tal vez simplemente porque la perspectiva de un viaje,
cualquier viaje, así sea para algo tan inesperado y lejano de su
ritmo de vida como es comenzar estudios, lo entusiasma lo
suficiente para decidirse a emprenderlo, o quizá porque piensa que
es ésta la ocasión de poner en su puesto a todas las pretensiosas
que le han echado en cara que no es bachiller y se lo han
restregado varias veces como el gran impedimento para que él pueda
enamorarlas. Total, que en Valledupar habla con sus padres y les
comunica su decisión de seguir estudios y se devuelve a La Paz y a
todos los pueblos de la región a comentarles a los amigos que va a
seguir estudiando y que en dos semanas a lo sumo, parte para la
capital del departamento a buscar cupo y a matricularse en el Liceo
Celedón. Antes, les recoge el guante a los que lo han criticado y
les responde musicalmente en un paseo cargado de ironía que se
llama precisamente, EL BACHILLER:
Como yo no tengo diploma de bachiller
en el Valle dicen que no puedo enamorar.
Mira cómo aprecian las mujeres el papel
y tanto de sobra que se ve en el basural.
La despedida que a fines de enero le hacen sus colegas de
andanzas es de tal magnitud que provoca la protesta de los vecinos
de La Paz, que a la semana de ruidosos festejos recogen firmas en
un memorial dirigido al alcalde, en el cual invocan la Constitución
Nacional y solicitan que él, como primera autoridad, le ponga final
al canturreteo de
Tatica y
Poncho
Cotes, a los pring, pring, pring, prang de las guitarras de Juan
Brugés y Juancho Rois y Lácides Daza, al tun turran tan tan de la
caja de Pichocho, a los quejidos del acordeón de Juan Muñoz y al
vozarrón de Andrés Becerra y a todo ese infernal bullicio que han
instalado en el Hotel América con el insólito pretexto del viaje de
alguien que toda su vida se la ha pasado es viajando.
Una madrugada imprecisa, después de ese adiós interminable y sin
haber cruzado aún el abismo del guayabo descomunal, Escalona llega
a la ventana de
La Maye para darle LA DESPEDIDA y
notificarla musicalmente de algo que ella sabe mejor que nadie
puesto que es, en gran medida, la autora de esa situación:
Yo vengo a darte mi despedida
con este merengue sentimental,
para que sepas Maye querida
que yo me voy de Valledupar...
La composición es un merengue y es la primera que le hace a Marina.
En ella aprovecha para despedirse y para pedirle que no lo llore;
para decirle que ojalá, antes de que él se vaya, se vuelva a poner
el trajecito aquel de flores pintadas que ella se ponía en las
largas horas de expectativa, esperando que él apareciera; pero
también sirve para advertirle que suprima esos celos terribles que
en
La Maye se van a volver crónicos, porque
"los celos te van a matar y si tú te mueres entonces tengo
que buscarme otra". Semejante alarde de ingenio para
disculparse culpando, para defenderse con un ataque y para ensayar
una perfecta coartada sentimental, sólo se le ocurre a alguien que
como Escalona está dispuesto a todo por Marina, pero que quiere
dejar claramente sentado que ese todo no incluye, ni jamás
incluirá, la renuncia a su desenfrenada pasión por todas las
mujeres del mundo. Y no admite que esto se llame así, sino que le
pone el nombre de celos, para no aceptar que es él el culpable de
que algo pase, sino ella la responsable por ser tan celosa.
En una tarde de febrero, después de 8 horas de viaje por una ruta
que él mismo va a inmortalizar un año más tarde, llega a Santa
Marta y se presenta al plantel. El Liceo Celedón es un mundo
completamente diferente al que él había vivido hasta pisar sus
aulas. Allá no hay parranderos ni tertulias musicales ni viajes;
sus habitantes son gente de estudio, dirigidos por profesores
severos e ilustrados que no se andan por las ramas en cuestiones de
exigencias y deberes. El prestigio de que goza el plantel en la
Costa Norte no se lo han regalado y sus directivas hacen valer este
fuero ganado a través de años de excelencia académica. Conque
Escalona es un alumno más cuyos paseos y merengues y sones si bien
concitan el entusiasmo de sus condiscípulos y paisanos, nada le
agregan ni le quitan a su condición de simple estudiante que tiene
que estudiar y cumplir estrictamente las normas establecidas.
Mal que bien se somete sin chistar a las reglas estudiantiles, y
consciente de que allá no tendrá a quién acudir en los momentos
críticos, se decide a hacer las cosas bien hechas y acaba echando
mano de los innumerables recursos de su memoria y su inteligencia
para no quedarse atrás en rendimiento. Cuenta además con la
afectuosa solidaridad de sus paisanos y condiscípulos, que lo
ayudan mucho; en parte porque realmente le tienen cariño y en parte
porque se les da por pensar que el honor de los provincianos queda
a salvo en la medida en que Escalona -que es el símbolo del orgullo
regional- sea un buen alumno. Pero el internado es una auténtica
tortura. No es el encerramiento. No es el horario estricto. No es
el hecho de que no pongan una botellita de whisky como refresco en
el almuerzo, ni tampoco que no les den cerveza en lugar de agua. Es
la comida, la ridícula comida que les ponen a él y a todos sus
paisanos como si en lugar de hombres de pelo en pecho fueran
pajaritos. Es ese pan minúsculo que "más parecería para
comulgar que para desayunar"; esa ñizclita de mantequilla
que le pasan por encima; ese muy ocasional huevo frito solitario en
medio de un enorme plato grasiento y esa taza de café con leche,
helada casi, que colocaban ahí en el puesto de cada uno para
comenzar el día. Eran esos cuatro granitos de arroz acompañados de
unas cuantas hilachas de carne que les daban dizque de almuerzo y
comida lo que lo estaba matando de física hambre y lo mantenía
malgeniado e inconforme.
Pronto descubre
La Maye que su idea de
entusiasmarlo para que se fuera a continuar estudios -quién sabe si
con el recóndito propósito de tenerlo cerca y poder controlarlo más
fácilmente- no se tradujo, como ella esperaba, en mejores
oportunidades para verlo y estar juntos. Todo lo contrario.
Enterada de que ahora el peligro, como lo llamaba, estaba
ad
portas,
la seño Chave redobló la vigilancia y
sembró de alarmas los más impensados recovecos de la oportunidad
por donde pudiera filtrarse la astucia de Rafael Escalona.
Los sábados, las internas de la Escuela Magdalena y de los otros
colegios salían a pasear por
el camellón, que era una
larga avenida de cemento al pie de la playa, convertido en sitio
obligado de reuniones y encuentros de la gente de Santa Marta. Allí
todo el mundo se encontraba con todo el mundo y se formaban las
tertulias políticas, sociales, intelectuales, familiares y
sentimentales de los samarios y de quienes vivían en la ciudad.
Pero esas horas de esos días que
La Maye esperaba
con ansias, sólo servían para que
la seño Chave se
le convirtiera en estampilla humana de tal modo adherida a ella que
no le permitía ni un resuello. Los fugaces raticos en que Marina se
desprendía de esa pegadura para conversar con Matilde Monroy o con
Fidelina Moscote o Ana Clara Vence, que le transmitían razones de
Escalona, eran interrumpidos por el consabido "Marina,
venga para acá" que le soltaba la directora del plantel
cuando, a la distancia, lograba entrever la silueta inconfundible
de Escalona allá al final del camellón.
Definitivamente la señorita Isabel Segunda Gómez no gustaba de
Escalona. Ella compartía plenamente la misma apreciación de Luis
Enrique, el hermano mayor de Marina, de que "ese no es el
hombre para ella". Marina, en cambio, no sólo consideraba
que ese sí era el hombre sino que, además, estaba dispuesta a
enfrentarse a los mismísimos ejércitos celestiales, si era el caso,
para defender su determinación. Por su parte Rafael, ajeno a la
batalla interna que estaban librando entre sí
la seño
Chave y
La Maye, seguía enviándole sus
papelitos a ella en la Escuela y recados a la
Monita en la Normal. Marina sabía de esto último y
estaba que se consumía de los celos;
la seño Chave
se consumía de nervios de verla tan flaca y consumida, y Rafael,
aparte la consunción por la exigüedad de los alimentos, se consumía
del gusto dándole gusto a lo que más le gustaba: estar enamorado de
varias y andar detrás de todas las mujeres.
La situación llegó a su punto culminante una tarde en que Marina,
aprovechando que había llegado una prima suya a visitarla al
internado, solicitó un permiso especial "para salir a
acompañarla a hacer unas diligencias, porque ella no conoce bien a
Santa Marta". La directora le dio el permiso siempre y
cuando la acompañara Pura Moscote, "que es tan
seria". Salieron y fueron a la Normal a buscar a Fidelina,
que estudiaba allá, y la primera diligencia que comenzaron a hacer
fue irse para la heladería "El Páramo", donde
casi se caen de para atrás cuando se tropezaron con Rafael Escalona
que, muy acomodado en una mesita ante sendas copas de helados,
estaba también haciendo su propia diligencia acompañado de
la Monita y de otras amigas. A
la
Maye los nervios le produjeron un ataque de risa. A
la Mona la risa que tenía se le convirtió en
llanto y a Escalona el susto le produjo una tremenda ira que tuvo
que intervenir Manuel Moscote Tico que para aliviar la tensión del
momento. Las inesperadas- ¿o deliberadas?- visitantes no alcanzaron
a sentarse y las que estaban sentadas se levantaron y salieron
precipitadamente. Lo habían cogido con las manos en la masa y eso
era algo que él no iba a aceptar nunca. Así que, pese al
desconcierto, se levantó todo digno, fulminó con una mirada a las
intromisas y salió, pasando por encima de
la Maye,
de sus primas y del Ticoque, que no hallaba qué hacer para
disimular la desapacible situación en que se vieron envueltos
todos.
A partir de ese día se cortaron abruptamente los recados, los
papelitos llenos de corazones y golondrinas y las relaciones con la
Maye se congelaron. Cuando llegó el mes de julio
la seño
Chave ya tenía lista la consabida gira para llevarse a
Marina a conocer a Colombia poco a poco, y el novel liceísta partió
para Valledupar, a donde llegó cantando y contando sus peripecias
alimenticias de estudiante provinciano en el internado samario y
más entusiasmado que nunca con la sanjuanera monita de ojos verdes.
EL HAMBRE DEL LICEO, paseo-son en el que se perfiló definitivamente
ese magistral estilo de narración descriptiva propio de Escalona:
irónico, gracioso, directo y con una fascinante simpleza que lo
mismo relata un itinerario de rutina:
Desde Santa Marta cojo
tren en la estación /paso por la zona/a tierra e los platanales/ y
al llegar a Fundación / cojo un carro para el Valle / ; que se
la menta y burla de su esquelética situación de estudiante voraz
sometido a las estrecheces culinarias de un internado en la capital
del departamento:
Con esta noticia le fueron a mi mamá / que yo
de lo flaco ya me parecía un fideo / ¡ay! es el hambre del Liceo /
que no deja engordá / ... fue la segunda composición que hizo
ese año de 1947. En ella se volvió a apartar de los temas
románticos y retomó el estilo de sus mejores relatos musicales,
para contarle a todo el mundo, con su gracia y mordacidad, por qué
estaba tan delgado y cuáles eran los tormentos del apetito que
sufría un estudiante provinciano acostumbrado a las exorbitantes
porciones de carne gorda de novillo empotrerao, a los suculentos
sancochos caseros, a la yuca-harina de nuestra provincia, al queso
fresco jugoso de suero; que inesperadamente es sometido a un
régimen alimenticio más apto para infligir castigo que para
alimentar internos.
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