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Dos días después, en la casa de Carmen Núñez en Manaure, ante Escalona, Chaney Celedón, Crispín Villazón y delante de los inocentes Santa, Sofía y Fausto que no sabían de qué se trataba, su papá, guitarra al pecho, les cantaba a todo pulmón:
De las bonitas sabanas de Manaure,
de las sabrosas sabanas manaureras
se viene Poncho lunes por la mañana
llorando de nostalgia, por su querida tierra
¡Ay! tan alegre como sale,
hombe el pobre Poncho pa Manaure
pero los lunes se regresa hombe
todo lleno de tristeza
¡Ay! porque deja en la sabana
hombe tres monitos que lo llaman

El nombre verdadero de este canto es LAS VACACIONES, pero la voluntad popular lo modificó después por LA NOSTALGIA DE PONCHO, para acabar llamándolo definitivamente con el nombre de Los tres monitos. Que en realidad son pelinegros. Este primer son que le dedicó al amigo y a su mundo hogareño apretó más el nudo del afecto mutuo y se olvidó el un poco de los otros amigos, de la gente de Villanueva y puso la brújula hacia Manaure otra vez. De suerte Poncho -como dijo en el son- que ya noviembre vino/ y el Loperena pronto se vá a cerrá/ y en vacaciones con gallos y con amigos/ en tu pueblo querido te vas (por no decir nos vamos) a desquitar/.
Y comenzaron a desquitarse.
A veces era él el que subía al pueblecito, otras era Poncho el que bajaba hasta La Paz, pero cualquiera que fuera la modalidad, lo cierto es que 90 días de descanso escolar apenas fueron suficientes para que los dos amigos ensayaran las formas más refinadas y exquisitas de lo que, según ellos, era el desquite.
Mientras tanto, en La Paz, don Juan José Arzuaga y doña Concha Mejía enterados por el correo inalámbrico de los rumores sobre los "amores" de Marina con el muchacho ese hijo de don Clemente Escalona y doña Margarita Martínez que se la pasa es haciendo cantos y bebiendo con gente de todas las edades, habían redoblado la guardia en torno a la hija que recibieron en el Valle y embarcaron en la chiva del Chiche expresamente fletada para la ocasión a fin de que, si acaso Escalona aparecía en el momento preciso, no tuvieran tiempo ni de picarse el ojo. Pero él no iba a aparecer en ese noviembre ni en los días siguientes, atareado como estaba en sus "ocupaciones".
A mediados de diciembre de ese año 45, cuando organizó con Crispín un grupo de amigos vallenatos para "irnos a Manaure a visitar a Poncho Cotes", ya había adquirido un carrito de segunda mano, que fue la culminación de sus ansias incontenibles de viajar, porque ahí sí que fue verdad que no se le volvió a ver sino el celaje. Sin embargo, la expedición fracasó, Las fechas de Navidad y Año Nuevo que se avecinaban no eran las más propicias para salir de la ciudad, así que los amigos se fueron excusando. Crispín se largó para Pueblo Bello y, cuando todo estaba listo, le tocó a él arrancar solo. Llegó a La Paz, donde dio vueltas en el carro por todas partes, haciendo sonar el pito gangoso que semejaba el lamento de un chivato que estuvieran ahorcando; pasó por el Hotel América; embarcó a Miguel Canales en la cabina al lado de él y salió en gira automovilística por el vecindario. Ya cuando iban camino de Manaure, en medio de los ahogos del motor y los crujidos de la caja que traqueaba cuantas veces el conductor le metía un cambio, el carrito comenzó a dar brincos hasta que finalmente se detuvo.
-Migue, ¿tú sabes mecánica?-, le preguntó Escalona al acompañante, una vez se bajó y logró abrir la capota.
-No Rafa, no conozco a ninguna Argénida-, le dijo Canales, con la lengua entrapichada por efectos de la botellita de Ron Caña que iba de medio día para abajo.
-¡No seas pendejo, carajo! -Estamos varados aquí, en la mitad de un camino por donde no pasan ni las ánimas benditas y vienes a hacerte el gracioso-, le replicó Escalona, con ira.
-Pero bueno, Rafa -terció Miguel- ¿cuál es el problema?, tenemos más de dos años de estar subiendo a Manaure a pie y ahora no nos vamos a morir porque el carro no quiera subir. Vámonos nosotros y cuando este carro e'mierda quiera arrancá, que arranque...
A Escalona -que recuerda la anécdota como si fuera ayer- no le quedó más remedio que sentarse en el suelo a reírse de los desplantes de Miguel Canales ya esperar, con lo que aún quedaba de la botella, a que alguien que supiera de carros pasara y los ayudara. Tuvieron la buena suerte de que al rato se aproximara una arria de mulas conducidas por trabajadores de don Erasmo Arzuaga, de San Diego, que ayudaron al carrito a subir empujado y luego, con ellos dos dentro, lo mandaron camino abajo hasta que el motor volvió a arrancar. Pero no iba a ser ese el único trastorno. Más adelante, ya cayendo la noche, después de una curva pronunciada, iba Escalona a apretar el acelerador cuando lo encandilaron dos punticos fosforescentes que, a regular altura del suelo, se movieron en la oscuridad.
-Mira Migue: ¿será una culebra? -preguntó Escalona.
-Ni que estuviera de pie -contestó Canales.
Y esta vez sí le dio tal rabieta a Escalona, que frenó el carro en seco y se bajó, dispuesto a que, o Miguel Canales lo respetaba y se dejaba de estarle mamando gallo con esas contestaciones o no seguía de acompañante suyo dentro del carro que "al fin de cuentas es mío y yo meto aquí al que me da la gana".
Así es Rafa -le respondió Miguel- y como la botella es mía, yo me meto solo lo que queda de ella.
Y comenzó a bajarse del carro, dispuesto a regresarse a La Paz a pie pero como las luces seguían encendidas, los dos punticos luminosos seguían también suspendidos en el aire moviéndose de aquí para allá. A los dos amigos se les pasó la juma y los invadió la intriga: "¿Qué será esto, Dios mío?... ¿De esta vida o de la otra?..." pensaban entre sí. -Vamos a dispararle, Migue, porque a lo que sea le tiene que entrá un balazo -dijo Escalona-, echan do mano a la pretina del pantalón.
-Espérate Rafa, -susurró Miguel- mejor vamos a acercar nos un poco más, no vaya y sea un perro o un gato que haya caído en una trampa.
-Pero si fuera un perro estaría aullando, Migue -replicaba Escalona-. Solamente que lo hayan ahorcado y esté agonizando...
-Eso es. Debe ser un gato o un perro que han guindado de la nuca -remató Canales.
Decidieron acercarse y entonces lo vieron: era un armadillo, era un jerre-jerre, como los llaman por aquí, que paradito en sus patas traseras y con el rabo maltratado por una cortadura de la que manaba sangre, alzaba las manos, se movía balanceándose trabajosamente y emitía tenues chillidos. Los dos amigos quedaron conmovidos y no sabían qué hacer; si intentar ayudarlo o simplemente pegarle el tiro para que acabara su sufrimiento. Cuando decidieron lo primero, el armadillo, gruñendo más fuerte, puso las manos en el suelo y bambaleándose más de lo usual, atravesó la carretera, hizo un esfuerzo, dio un carrerón y alcanzó el monte y se perdió. Al final del camino casi llegando a Manaure, Escalona y Miguel Canales seguían impresionados.
-Caramba, Rafa, silo único que le faltaba era hablá -decía Miguel, pensando en el armadillito.
-Si, hombe Migue. Este es un animalito muy inteligente y muy sufrido -respondió Escalona-, y comenzó a dictarle una cátedra completa de lo que su fantástica imaginación suponía sabían los armadillos. Antes de que concluyera su prolija disertación, los ronquidos de Miguel Canales, doblada la cabeza sobre el pecho, le cortaron el chorro.
De esa experiencia, que todavía recuerda con la misma ternura que le han inspirado los animales de toda clase y tamaño, Escalona hizo el paseo llamado EL JERRE-JERRE, que es el primero de los dos que llevan ese nombre, pero que son diferentes en letra y música. Este, cuyos antecedentes acabamos de referir, está íntegramente dedicado al armadillito que se les atravesó en la carretera esa tarde en que iban a visitar a Poncho Cotes y que Escalona, fiel a su fantasía, convirtió de animalito asustado en fiera amenazante.
Iba pa Manaure pero quise devolverme
me salió una fiera con figura amenazante
era un armadillo, era un jerre-jerre
que pa metéme miedo me flequeteaba alante...
El otro Jerre-Jerre cantado años después, iba a ocasionarle largos y resonantes quebraderos de cabeza.

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