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Capítulo III
APARECE "LA MAYE"

(Comienza a girar el carrusel. Mujeres y mujeres. Donde nace el contrabando. "La Monita de ojos verdes". El Liceo Celedón...)

 

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Escalona y García Márquez cantando y tamborileando un vallenato.


Todavía maniatado a la oficina de la Comisión de Aguas, a mitad de ese año ocurrió el otro suceso que iba darle a su vida un viraje de 180 grados. Comenzaban las vacaciones intermedias y en los pueblos se reunían los estudiantes que habían regresado a sus casas desde Santa Marta, Barranquilla y Valledupar. Esa tarde del 25 de julio, en una esquina cualquiera de La Paz se había formado un grupo de muchachas que salieron a la novelería de un payaso que andaba por las calles seguido por unos pelaos y unos cuantos perros, en medio de gran algarabía. Marina Arzuaga, Fidelina Moscote y Ana Clara Vence, alumnas de la Escuela Magdalena de Santa Marta, entre otras, se pusieron a ver las piruetas y malabarismos que el inesperado visitante hacía para llamar la atención de la gente, que en mayor número seguía amontonándose en las otras esquinas. "De pronto -recuerda Marina Arzuaga- sentí que un muchacho buen mozo, al que yo no conocía pero que andaba sacando pecho, se me acercó y sin más ni más me dijo:
- ¿Cómo está usted, linda?-
-Muy bien, gracias -le dije yo-.
- ¿Cuándo llegaste? -volvió a preguntar, esta vez tuteándome, y le respondí:
-Yo llegué antes de ayer-.
Las amigas que me acompañaban y presenciaron la escena, una vez que él se retiró, comenzaron a ponerme pereque:
- Flechaste a Rafael. Cuídate, mijita, que ese es un picaflor. Abrí el ojo, que ya no te lo vas a quitar más nunca de encima...
Yo pensaba que había hablado con Pachín, su hermano, por que cuando el se me estaba acercando lo vi exacto a Pachín. Pero mis amigas me dijeron que no era ningún Pachín, que era Rafael Escalona, el que hace cantos, el que tiene en cada puerto un amor. Yo me reía y él se fue y no lo volví a ver más".
El matrimonio Arzuaga Mejía era y es aún una de las familias más prestantes y adineradas de La Paz, en la cual la única mujer era Marina. Criada con mimos, halagos y cuidados excesivos por parte de sus padres y de sus tres hermanos: Luis Enrique, Claudino y Juan José, se convirtió en una niña consentida, acostumbrada a las cosas buenas y super protegida por su familia. Su padre, don Juan José, siguiendo una tendencia típica de la sociedad pacífica que acabó por convertirse en costumbre, consideraba que mientras más lejos fuera el sitio donde estudiaran los hijos tanto mayor sería su cultura y la importancia de sus conocimientos. Por eso a Marina no la matricularon en el Colegio de la Sagrada Familia que dirigían las religiosas Terciarias Capuchinas en Valledupar y donde estudiaba la flor y nata de esta ciudad, sino que la mandaron al prestigioso instituto Escuela Magdalena que en Santa Marta dirigía la señorita Isabel Segunda Gómez más conocida como "l a seño Chave". Y por eso también, dicho sea tangencialmente, hoy por hoy no es raro encontrar en La Paz prósperos ganaderos y poderosos hacendados tapados de plata que probablemente terminaron la primaria en Argentina o hicieron tres únicos años de secundaria en México o se graduaron de bachilleres en Chile o, a lo mejor, concluyeron profesiones que nunca han ejercido, en desconocidas universidades de Checoslovaquia o cuando menos del Paraguay. Era en esos tiempos como una moda; más aún, como un pugilato tácito para ver qué padre mandaba a estudiar su hijo más lejos de donde el otro había mandado al suyo. Y don Juan José no pensaba ser menos que los demás; a su hija, entonces, no la puso donde las monjas de Valledupar sino que la envió a la capital del departamento, por que así debía ser dentro del sui-géneris código social de La Paz.
Pocos días después de ese primer encuentro con payaso al fondo, la chiva de Chiche Pimienta descargaba en las puertas del hotel de Macha Manjarrés en Valledupar, a Marina Arzuaga, que venía con una corte familiar integrada por su hermano Enrique, por su primo hermano Julio Araújo, por su prima Fidelina Moscote y por su amiga Matilde Monroy, oriunda de Codazzi, que tenían la misión de llevarla sana y salva hasta las puertas mismas de la Escuela Magdalena, en Santa Marta, donde la seño Chave en persona estaría esperándola.
"Nos estábamos bajando del carro -dice ella- cuando casualmente Rafael pasaba por ahí y nos vio. En seguida se acercó a saludarnos y cuando me dio la mano me dijo:
- ¡Ajá!, y se encontró con el tigre, ¿no?
Yo le pregunté: ¿y porqué me dice eso?-.
Porque usted me tiene miedo -respondió él abriéndome los ojos.
Y de verdad que yo sentí algo de miedo y me entré al hotel. Pero por la noche volvió. Estaba recién arreglado y oloroso a un perfume de moda que se llamaba Silencio en la Noche. Nos invitó a salir y mis hermanos accedieron porque íbamos las tres, y él nos llevó a ver una película que estaban presentando gratis en el teatro Victoria y que recuerdo muy bien que se llamaba "Los hijos de María Morales". Después fuimos a la heladería de don Víctor Cohen, paseamos por el parque y a las 10 de la noche nos acompañó al hotel y nos despedimos. A las 2 de la madrugada del día siguiente arrancamos para Santa Marta y no volví a acordarme de él".
El, por su parte, al otro día se encontró con Alfonso Murgas, quien le dijo que Poncho Cotes se retiraba como profesor de la Escuela de Artes y en el segundo semestre pasaba a enseñar Literatura en el Loperena.
Pero un día de septiembre una sobrina de Escalona que estudiaba en la Escuela Magdalena se acercó a Marina y le secreteó un mensaje en el oído: "Tengo en el bolsillo un papelito que te manda mi tío Rafa". Ella no se acordaba -asegura- pero buscó la forma de que se lo entregaran sin que la seño Chave se diera cuenta.
Acababan de comenzar en esos momentos, los capítulos finales de la soltería del más pernicioso, escurridizo y volátil soltero de las últimas décadas en toda la provincia.
Puesto en marcha el intrincado sistema de los amores por papelitos, recados, saludes, y otra serie de claves ocultas que sólo los enamorados pueden descifrar y en las cuales Escalona era experto, ella siguió los estudios y él su vida común y corriente. Tan corriente y tan común que ni cuenta se dio de que el año iba pasando, de que en Santa Marta había hecho florecer esperanzas a una jovencita de 18 años que comenzó a quererlo tanto como lo desconocía, y que él -tan sensitivo y agudo- no había percibido el cambio que se iba a producir en su vida. Siguió trabajando, viajando como el primer día, parrandeando como siempre y repartiendo el afecto entre sus amigos, sus familiares y sus enamoradas, las imprescindibles mujeres de su vida. Cuando comenzó noviembre, en lugar de pensar que era el mes en que regresaba Marina, apareció fue con un son doliente y quejumbroso que le dedicó a Poncho Cotes, que tenía hondo el camino entre el Valle y Manaure de tanto irse los sábados por la tarde a vera su mujer y a sus tres hijos y regresarse los lunes bien tempranito a cumplir con sus deberes de maestro.
Hay quienes aseguran que cuando Escalona, como ya era su costumbre, le llevó a Poncho los versos en un papel y la melodía en su voz para que ésta la vertiera a la guitarra, una vez comenzó a cantarlos ambos comenzaron a llorar, y el ensayo acabó convertido en un largo requiebro que duró tanto como la solemne borrachera que se metieron.

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