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Los viejos patriarcas estaban indignados y estupefactos; a las beatas que, en olor de santidad, atravesaban el parque o caminaban raudas por la calle de Santo Domingo para ir a la misa de cinco de la iglesia de la Concepción o al antiguo Convento, se las veía poseídas por una ira santa y una terrible opresión en el pecho que les impedía aceptar como posible siquiera lo que se comentaba en todos los aposentos, salas, corredores, tiendas, ventorillos y cantinas. Los padres de familia con hijas en edad de merecer, se encerraron con sus esposas a discutir la posibilidad de una apostasía colectiva si "las cosas seguían así". Las madres estaban nerviosas. Las muchachas se pusieron ariscas con la tajante prevención que les hicieron en sus casas en caso de que "él trate siquiera de agarrarles una mano" y no faltaron los que, iracundos por tanta vagabundería disfrazada de catequesis, volvieron a recargar los mohosos casquillos olorosos a cobre de las es copetas de chorro, esperando con deleite secreto nada más que una oportunidad, así fuera mínima para descerrajarle todos los tiros en la panza lasciva. Otros se inclinaban por dirigirse mejor al señor obispo del Vicariato o al arzobispo de la Diócesis o al Nuncio Apostólico y nombrar una comisión que fuera hasta Riohacha o a Bogotá, si era del caso, a poner en conocimiento de las autoridades eclesiásticas los estragos y depredaciones que entre las menores vírgenes y las mayores no vírgenes, estaba causando. Fue entonces cuando Escalona se enteró de todo.
De que en Atánquez había perjudicado a dos muchachitas en una sola noche de confesiones y penitencias; que a Patillal llegó por la mañana con el invento de una reunión de Hijas de María, pero don César Molina y don Lino Yanet no le aflojaron la cara ni dejaron siquiera que le prestaran las llaves de la Iglesia, que era donde se suponía llevaba a cabo sus fechorías; que ya había estado por Villanueva, Urumita, San Juan, El Molino, Barrancas, Fonseca y quién sabe dónde más haciendo de las suyas y dejando un reguero de vejaciones ocultas; que en alguno de estos lugares un buen amigo de Escalona (cuyo nombre se omite por razones de respeto) estuvo toda una noche, sin que se le moviera un solo músculo de la cara ni le parpadearan los ojos, cazándolo con un viejo pero efectivo Winchester entre las manos, a la espera no más de sentir el tenue rumor de la sotana para apretar el gatillo... En fin, que la cosa no eran simples comentarios sino graves y evidentes hechos y la atmósfera que los envolvía estaba en plena ebullición.
Siguió averiguando más y más detalles y sus amigas y todo el mundo se los suministraron con la preciosista minuciosidad de las tejedoras de encaje: que si fulanita había caído, que si menganita también; que de la hija de Perana se comentaba lo mismo y de la de Zutana parecido. Lo último que le informaron después de dos semanas de indagaciones fue que tanto el Arzobispado como el Vicariato habían sido enterados; y el último viernes, mucho antes de que saliera el sol, al cura de este cuento lo habían visto de Pueblo Bello hacia arriba, rumbo a Nabusímaque, confinado por tiempo indefinido a la yerta soledad de la Misión Capuchina en las estribaciones de la Sierra Nevada.
Antes de que se callaran por completo las lenguas y se secaran las lágrimas de tanta jovencita y tanta mujer madura que el paso por las armas, Escalona estrenó en la casa de citas de la época, que consideró el lugar apropiado, el extraordinario paseo EL GAVILÁN CEBADO que es, ajuicio de muchos, el canto más completo de su espléndida obra musical:
Allá en la Sierra vive un gavilán cebado
que es el terror y el control de las mujeres
le ponen trampas para matarlo
pero él es adivino y entonces no viene
Levanta el vuelo de madrugadita
cuanto todo el mundo se encuentra dormido
y amaneciendo regresa a su nido
pero en las uñas lleva una pollita
¡Ay! señores tengan cuidado
que aquí está el gavilán cebado
muchachas dejen la bulla
que llegó el gavilán sin plumas

Las estrofas de este canto, que son más y que aparecen completas en la segunda parte de este libro vienen a ser no solo una muestra irrefutable de las virtudes y del talento de Escalona para relatar, sino fundamentalmente un ejemplo clásico de la buena narrativa que ha sido característica básica de la música vallenata.
Algunos investigadores nacionales y uno que otro extranjero, cuya superficialidad para el análisis resulta conmovedora, tanto más cuanto que sus sesudas investigaciones se remontan a una "antigüedad" máxima de 20 años a esta parte, han dado en la flor de afirmar con contundencia de academia, que no existe narrativa en la música vallenata.
Despropósito tan grande sólo es posible como resultado de la ignorancia de que el vallenato auténtico, ya sea de Escalona, de Chico Sarmiento, de José León Carrillo, de Chico Bolaños, de Eusebio Ayala, de Juan Muñoz, de Zuleta o de Morales, es básicamente la narración con música de hechos, sucesos, acontecimientos y situaciones vividas, ya directamente por el autor del canto, ya por terceras personas, amigas o no de quien la relata.
Una ojeada simple y desprevenida a cualquiera de las composiciones de nuestra música, desde los primeros cantos que se conocen, porque fueron transmitidos oralmente de generación en generación, lleva, sin mucho esfuerzo, a la conclusión inequívoca de que lo que se está escuchando no es otra cosa que una historia; un hecho real que ocurrió, un suceso acaecido cualquier día, en cualquier parte y en medio de cualesquiera circunstancias, que luego -y es aquí donde surge el prodigio- es retomado por el cantor, que lo adorna, lo exalta, lo engrandece, lo exagera o rebaja de acuerdo con su personal interés o capacidad al describirlo; pero que en su versión musical es un reflejo exacto del acontecimiento, que acabó enriquecido, embellecido, por la ternura o el ingenio y la exactitud de los versos.
¿Qué otra cosa que una narración, estupenda narración, son, entonces, los versos de José León Carrillo (1840) cuando, quejándose por el desaire que le hizo su medio hermano que además era su compadre, le manda un recado que le advierte:
Te comiste la pata e' la puerca
y no me diste ningún chicharrón
yo también, yo también haré lo mismo
cuando mate, cuando mate mi lechón
Me contaron anoche en el Valle
que estuviste de fiesta mayor
que botaste el festejo a la calle
pero a mí no me dieron razón
Me dijeron que tus hijas en la noche
con los ricos se pusieron a bailar
yo a las mías no les permito esos derroches
porque no me las van a perjudicar...?

¿Y qué nombre le ponemos a la habilidad o destreza para contar cosas, que es como se define la palabra narrativa que poseyeron todos esos rústicos heraldos del vallenato, que por la sola gracia de su ingenio extraordinario iban rimando, con asombrosa habilidad métrica y gramatical, los hechos comunes del diario vivir para convertirlos en todo esto que más que música es poesía musical?...
Que se adentren y buceen y esculquen la cronología de los cantos vallenatos, desde los que lograron rescatarse en la memoria colectiva hasta los de Escalona mismo -que es lo más antiguo que algunos conocen- para que digan o afirmen si no es narrativa MIGUEL CANALES y el PERRO DE PAVAYO, y EL GAVILÁN CEBADO, y las SABANAS DE MANAURE también llamada LOS TRES MONITOS, y LA VIEJA SARA y LA PATILLALERA y LA CUSTODIA DE BADILLO y decenas de títulos más de Escalona mismo y de los que no son Escalona.
Que escuchen a Leandro Díaz contando (que narración es contar) la historia de su vida desde cuando en la casa de Alto Pino/ se oyó la primera vez/ el leve llanto de un niño/ que acababa de nacer/. Ese niñito nació/ para alegrar la familia/ pero que grande dolor/ sintió su madre querida/. Dicen que el niño la suerte/ no sabe donde la tiene/ y aquel que menos se quiere/ resulta ser el más fuerte/. Que paren el oído para que se enteren de lo que le pasó a Emiliano una tarde en Villanueva/ en que se quiso Toño lucir conmigo/ y yo a veces me imagino/ que esa es la gente que lo aconseja/ resulta que, estaban Maximiliano/ y José Bolívar en la parranda/ ensalzando a Toño Salas/ y dementando al pobre Emiliano/ y a mí no me importa/ que Toño me quiera/ si de todas maneras/ se arreglan las cosas...
Ojalá se arreglen, previo un seguimiento a fondo de la música vallenata por parte de sus casuales críticos; se arreglen, decimos, estas equivocadas apreciaciones que, antes que causarle daño al vallenato, ponen en ridículo a quienes las afirman públicamente con dogmatismo sólo comparable a su audacia. Otra cosa es que se le quiera exigir al vallenato un relato épico o narraciones heroicas sobre guerras civiles o epopeyas que no se han dado, un poco a la manera del corrido mejicano, que al fin de cuentas parece ser el modelo único que citan los críticos para afirmar paladinamente que no hay narrativa en el vallenato.
Pero sigamos con Escalona.
El viajeteo permanente con el doctor Delgado Barreneche lo alejó un poco de los amigos, de las amanecidas en el Hotel América, de las tertulias musicales en la primera casa donde coincidieran tres o cuatro y también del ambiente familiar donde pese a los frecuentes discursos de don Cleme y a una que otra llamada de atención de Aló, sus hermanos y hermanas lo seguían protegiendo y pechichando con una solidaridad rayana en la compinchería. Ello era lo que le permitía estar fuera de la casa de lunes a viernes por razones del trabajo y de sábado a domingo por razones de su callejeo constante cuando salía a buscar a Poncho Cotes, a Jaime, a Dagoberto López, a Miguel Canales o al primero con quien se tropezara, para recomenzar la fiesta perenne de la amistad.

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