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INDICE
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De San Diego concurría Andrés Becerra, que ocasionalmente
llevaba a Juan Muñoz,
el Negro Calde, Ovidio
Ovalle, Hugo Araújo; y la representación de Valledupar estaba,
naturalmente, a cargo de Rafael Escalona, que llegaba acompañado de
Poncho Cotes, que vivía en la Escuela de Artes, de
Alfonso Murgas, Jaime Molina y de los otros ya mencionados.
En ese ecuménico recipiente musical fue donde don Humberto Costa,
un viejo y eminente patriarca pacífico que se convirtió en el más
furibundo partidario de Escalona, descubrió una mañana de abril a
Leandro Díaz, el cantor ciego que iba a asombrar al mundo con la
luminosidad de su palabra y de su poesía: Allí tu vieron lugar más
de dos lances de mentiras inofensivas y verdades peligrosas que
pusieron en jaque la entereza y reciedumbre de aquellos hombres,
para quienes la vida sólo tenía el significado justo de la amistad
y del honor. Por sus alcobas se enredaron y desenredaron tormentos
y secretos de amoríos imposibles y de aspiraciones irrealizables
que sólo encontraron alivio en las cuerdas de las guitarras que sus
mismas dolientes víctimas hacían gemir.
Lo único que nunca tuvo ni padeció el hotel fue un muerto. Sus
asiduos visitantes se morían a cada rato de la juma o del guayabo,
de la alegría o de la nostalgia, de la preocupación por el negocio
que no se concretaba o de la euforia por el buen resultado del que
se había llevado a cabo. Se morían de amor y de desespero, de
hondas emociones líricas o de situaciones jocosas, pero cada mañana
resucitaban con más ganas de vivir para seguirse muriendo tan
sabrosamente como lo hacían. Pero una noche casi hay un muerto de
verdad. En medio de tragos y canciones departían los de San Juan,
que habían llegado ese viernes en la mañana, con los de La Paz y
con algunos del Valle, cuando el jefe del resguardo en la
población, un cachaco rubicundo y de aspecto repelente pero buena
persona, en el clímax de la emoción desenfundó el revólver e hizo
un disparo al aire. Un muchacho de San Juan, novato, que andaba en
el grupo, tan pronto sonó el disparo salió a las carreras a
perderse en el traspatio, aterrorizado de que aquello fuera el
principio de un abaleo colectivo. En la oscuridad de la fuga
tropezó con un arrume de láminas de zinc que estaban en el suelo, y
la punta de una le hizo un tajo profundo en la pierna izquierda,
que enseguida se le bañó en sangre. Cuando se palpó herido sin
saber cómo, casi se desmaya, y alcanzó a gritar pidiendo auxilio a
los demás compañeros que, molestos pero tranquilos, habían
presenciado la inoportuna escena del cachaco disparando al aire.
Estos corrieron al patio, trajeron al joven a la luz de la bombilla
y cuando lo vieron lívido, tembleque y con la pierna ensangrentada
pensaron al unísono que el tiro lo había herido. ¡Y quien dijo
miedo! Al instante un ramillete de Colts y Smith & Wesson
de todos los calibres blandió en el aire la resolución colérica de
matar "a ese cachaco hijueputa que ha venido es a herirnos
al pelao, carajo".
La cosa se puso fea. Improperios, gritos, insultos, ayes del
jovencito, más asustado entonces que al principio, y el pobre jefe
del resguardo paralizado de pánico, porque el bendito tiro con que
quiso sumarse al jolgorio y expresar su adhesión al grupo feliz,
iba era a costarle nada menos que la vida.
La situación se salvó únicamente por la ecuanimidad y ponderación
de
Pacho Mendoza quien, tan pronto entendió que
eran las láminas de zinc las causantes del
"balazo" que tenía en la pierna el joven,
escondió al cachaco en su alcoba matrimonial, donde no se le
hubiera ocurrido penetrar a nadie, y con explicaciones lógicas
comenzó a aplacar los exaltados ánimos de los sanjuaneros.
Finalizado el incidente, la parranda siguió con un motivo
adicional: esperar que al muchacho le hicieran una buena curación y
celebrar que "menos mal que no fue nada". El
lunes bien temprano, antes de que saliera el sol, vieron al pobre
jefe del resguardo del Valle, marchar hacia arriba rumbo a Santa
Marta a pedir su traslado.
Igual al anterior en intensidad y duración pero por motivos y con
resultados bien diferentes a ese, hubo otro renombrado encuentro
que ocurrió en el hotel y de cuyos ecos todavía hay memoria.
Estaban un medio día de sábado tomando cerveza en el Hotel América,
Poncho Cotes, Goyo Manjarrés, Rafael Escalona,
Monche González y el oferente que era
Pacho Mendoza; de pronto oyeron la voz de Emiliano
Zuleta que acercándoseles por la espalda muy despacio, les dijo en
voz bien alta: ¡jepa amigos!
Nos cayó como mandado del cielo -cuenta
Poncho-
porque ya las cervecitas nos empezaban a entusiasmar y de ahí en
adelante uno nunca responde por lo que pueda suceder. No bien había
jalado Emiliano el acordeón a desgranar notas, cuando en la puerta
frenó un carro, del que se bajó Lorenzo Morales, que casualmente
paraba ahí en el América de regreso de un viaje a, Fonseca. Y,
parece cosa de mentira, pero de esto hay por lo menos diez testigos
vivos, -aseguran Poncho y Escalona- cuando el
dime-tú-que-yo-te-diré musical estaba en su apogeo, se presentó
nada menos que Chico Bolaños. Nosotros nos pusimos roncos de tanto
gritar de la emoción que nos embargó a todos. Estábamos que no
salíamos de nuestro asombro y no dábamos abasto para congraciamos
con nuestra buena suerte. Tener ahí junticos, a la mano, reunidos
por obra y gracia de los dioses tutelares de los buenos
parranderos, a los tres más grandes juglares del vallenato, era
algo que sobrepasaba nuestras propias posibilidades de
organizadores y colmaba plenamente el más exigente deseo del mejor
de los nuestros. Fueron dos días de parranda histórica que pienso
que nunca más se volvió a repetir con tales protagonistas y que, en
honor a la verdad, fue el primer y único encuentro frente a frente
y acordeón contra acordeón que tuvieron en la vida Lorenzo Mora les
y Emiliano Zuleta", remata sentenciosamente
Poncho Cotes. Lo demás -decimos nosotros- no
pasaron de ser citas que ninguno de los dos cumplió; desafíos que
jamás se realizaron y que acaba ron dando origen a la célebre
"Gota fría" de Emiliano y a la menos célebre pero
contundente "Respuesta" que le mandó
Morales.
En medio de esa barahúnda vivencial, desligado ya de la férula
paterna puesto que ya no era estudiante, Escalona descubrió que el
dinero, que nunca le había importado para nada, a lo mejor servía
para muchas cosas y no se encontraba en la mitad de la calle. Un
buen día,
Chente Ustáriz, que lo apreciaba mucho,
lo llevó a las oficinas de la llamada Comisión de Aguas, cuyo jefe
era el doctor Delgado Barreneche, que era un hombre alto, enteco y
de modales refinados, pero de carácter recio y de pocas palabras.
Sin embargo, como inevitablemente ocurría siempre, Escalona le cayó
en gracia y de la conversación entre los tres resultó este último
como "auxiliar" del doctor Delgado en su trabajo.
Nunca hubo resolución, nombramiento escrito, ni contrato, ni papel
sellado ni sin sellar, ni firma de nadie sobre ningún documento,
pero a partir de ese momento, bajo el inapelable mandato de su
palabra de honor, Delgado Barreneche iba adelante con Escalona
detrás por todos los puntos geográficos de la región donde la
Comisión de Aguas tuviera trabajo. Y es evidente que esa fue la
primera "corbata" que Escalona lució en su vida
antes deque nos acostumbrara a verlo con las otras.
Este insólito aspecto de "empleado" en la
burocracia oficial le hizo gracia a sus amigos, que cuidaron bien
de que el mismo no se prolongara demasiado. Por su parte, el propio
Rafael se gastaba lo que se ganaba con la misma facilidad
desconcertante que todavía emplea; no como lo había planeado, en
atender sus necesidades de ropa o sus urgencias físicas, sino
comprando cuanta carabina y cuanto revólver y cuanta munición se le
pusiera delante de los ojos, en lo que fue el principio de su casi
desconocida afición por las armas de las que tiene una colección
respetable.
Con Delgado Barreneche anduvo de la Ceca a la Meca y hasta a
Barranquilla fue a templar una noche, después de un viaje agotador.
Para los amigos su ausencia fue una incógnita, y cuando regresó a
los días, convertido en un perfecto camaján, con botas de cañita de
color grisáceo -color que nunca jamás se le hubiera ocurrido a
ningún vallenato lucir en un par de zapatos- con un pantalón de
lino color crema y una camisa
nomeplanche azulita, Jaime
Molina salió corriendo a buscar a Alfredo Araújo, a Juancho Castro
y a Dámaso Villazón que se encontraban escondidos jugando póker en
los últimos aposentos del Almacén Colombia de Carlos Pérez, y les
dijo perplejo e irónico: "salgan pa' que aguaiten al
Rafael que acaba de llegá de Barranquilla. Vengan pa' que lo vean.
Ahora sí que está de remate". Y todos salieron para
encontrarse en el mismísimo sardinel del almacén con la nueva y
estrafalaria estampa de "ejecutivo
barranquillero" que acaba de adquirir el cantor, por obra
y gracia de su "trabajo" en la Comisión de Aguas.
Poco rato después de haber llegado se enteró de que Valledupar
estaba convertido en el ojo del huracán de un rumor tenebroso y
espeluznante que había bajado como susurros gélidos de la
cordillera y se había extendido como llamas en potreros de verano a
todo lo ancho y largo de la provincia.
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