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CARATE


"Ya que las manos jaspeadas de nuestra ex-cocinera del Diluvio me han conducido a tratar de esta afección cutánea, diré de una vez lo que en Colombia, i tal vez, en toda la América se dice sobre el particular.
Primero, el vulgo dice que el caratoso larga afrecho: lo que en lenguaje científico siginifica que hai una constante desfoliación de la epidérmis. Esto es causa de que en la cama en q' ha dormido un caratoso se encuentren pelusas parecidas a afrecho o salvado de maíz, que han preocupado mucho la imajinación supersticiosa del pueblo que pretende que mesclada con cualquiera comida produce la enfermedad en el que la come. Es opinión mui jeneralizada de que las caratosas contajian así intencionalmente a aquel que les manifiesta asco...
Es mui probable que el carate no sea contajioso, i que solo se desarrolle en circunstancias idénticas, i éstas como en este caso, no pueden presentarse sino en los parajes infestados...
La afección no solo desfigura de una manera repugnante, sino que produce una atmósfera mui desagradable; es una exhalación sui jeneris que hace notable la presencia de un caratoso, hasta para un ciego...
Hemos tratado ya de la diferencia de efecto que produce el carate sobre los individuos según la raza a la cual pertenecen. Los de raza blanca resisten más, y puede sospecharse que son los únicos que pueden esperar salvación completa. Los indios claros í los mes tizos se llenan de chispitas azules para siempre; chispitas que se agrupan en mucha desigualdad en la cara. En los negros, la fisonomía se vuelve mui ingrata...
Entre los indios de la Nevada, los que son caratosos, han contraído la enfermedad por haber permanecido algún tiempo en las tierras bajas. No necesitan bajar mucho para ponerse en contacto con la plaga, pues hasta dos mil metros sobre el nivel del mar se encuentra el insecto. En las rejiones elevadas forma nubes mas densas que hacen esas partes casi inhabitables...
Es también prudente anotar que la plaga abunda más en la estación de las lluvias. En el verano hai puntos que se hallan libres de ese incómodo huésped por algunos meses. Ese es el estado normal; pero así como hai años de poca o ninguna plaga, hai otros en que hai con exceso...
Respecto de historia natural tambien nai algo que decir: los consabidos jejenes pueden dividirse en tres variedades. Los que existen en las playas saladas del lado de Cartagena, molestan tanto como los del Valle, pero no pintan; en las partes intermedias del Sinú y del San Jorje, los hai mui parecidos a los del Valle; estos sí pintan, pero como las manchas no son indelebles, no enjendran el carate que es desconocido entre los naturales de aquellas localidades. De modo pues, que el jejen que produce dicha afección es un sér diferente"...
Como se ve, no hay pues tal de que hayamos sido unas cuantas personas con ánimo de apropiarnos de la noche a la mañana de algo que en verdad siempre ha sido nuestro, los inventores del término vallenato para denominar los cantos y las melodías regionales en acordeón.
Todo lo contrario. Cuando el acordeón europeo atravesó el océano y llegó a Riohacha y de ahí se dispersó por todos los caminos de la Alta Guajira hasta llegar a la zona de Valledupar y seguir hacia adelante, ya la música, y concretamente la música autóctona de la región, como tal, existía, porque primero fueron las melodías y después los instrumentos. Lo que hicieron esos magníficos juglares que habían cantado aquí y en todas partes, siempre desde el fondo de sus almas y sus gargantas, fue coger el instrumento extraño que les llegó sin que lo estuvieran buscando, y adaptarlo a sus necesidades anímicas y rítmicas para expresar musicalmente los sentimientos de la vida y de la muerte, de las alegrías y los dolores, del amor y la frustración. A esa misma gente que desde las primeras tribus indígenas cantaba y siguió cantando en el mestizaje y después cantaría cada vez más en la nueva raza que se creó, un día la apodaron vallenata por las circunstancias arriba descritas. Y si a los que hacían los cantos los denominaron vallenatos porque tenían carate, no es desacertado pensar que vallenatos, por extensión, acabarían siendo denominados los ritmos, las estrofas, las canciones y la música que ellos y solamente ellos sacaban de sus acordeones.
No es válido entonces hacer intrincados análisis semánticos para encontrar el origen del vocablo que enantes fue un peyorativo con el que nos querían acallar a los alumnos provincianos en los colegios de Santa Marta y Ciénaga, pero que ahora es timbre de orgullo; ni tampoco caer en el facilismo, que pretende ser acusador, de que la autora de este libro y su personaje, hace apenas veinte años y a raíz de los festivales de la Leyenda Vallenata, nos inventamos esa palabra para calificar los ritmos regionales, con el ánimo pendenciero de darle únicamente a Valledupar el título de ser la fuente y el epicentro de estos aires musicales.
Piénsese no más que el paseo "Compae Chipuco" que el doctor José María Chema Gómez Daza compuso antes de 1947 -cuando todavía Escalona no era Escalona- es nada más ni nada me nos que toda una salutación, un himno de simpatía para ese juglar simple, elemental, humilde y corroncho si se quiere, que para esa época lo único que estaba haciendo era continuar la tradición de ir cantando de pueblo en pueblo, noche a noche, sin más medios musicales que su voz y su ya domeñado acordeón y sin más orgullo que el de ser vallenato de verdá que tengo las patas (por pies) bien pintás (manchadas por el carate) con mi sombrero bien alón y pa remate bebiendo ron... Dos estrofas de este paseo que para el caso es muy ilustrativo dicen así:
Viajando para Fonseca, yo me detuve en Valledupar
y con un viejito me encontré que caminaba a medio lao
y al rompe le pregunté:
¿oiga compae, cómo se llama usted?
Me llaman compae Chipuco
y vivo a orillas del río Cesar
soy vallenato de verdá
tengo las patas bien pintás
tengo el sombrero bien alón
y pa remate yo bebo ron...

El canto de Gómez Daza, que es oriundo de Fonseca y como tal eminentemente guajiro, corrobora el hecho indiscutible de que el término vallenato como sinónimo de una clase, un estrato, o lo que se quiera, existía desde muchísimo tiempo antes de su propia composición musical. Y la composición musical revela que, unidos indisolublemente hombre y música en la misma proporción y con la misma fuerza con que se ha unido siempre el hombre y su entorno sentimental, las canciones que ese elemento humano iba creando acabaron adoptando el mismo calificativo que a él, como sujeto, se le daba.
Caso semejante a este se dio en la música mejicana hoy mundialmente conocida como música ranchera; no porque a algún avispado empresario de la publicidad se le ocurriera llamarla ranchera porque sí, sino porque, nacida entre la brega diaria de los peones, caporales y personal de las haciendas de Méjico, que allá se denominan ranchos, acabó también llamándose ranchera por extensión del denominativo aplicado a los que vivían en los ranchos, que no era otro que rancheros.
Obsérvese lo dicho anteriormente, en este viejo corrido mejicano:
Allá en el Rancho Grande
allá donde vivía
había una rancherita
que alegre me decía
que alegre me decía...
Te voy a hacer unos calzones
como los que usa el ranchero
te los comienzo de lana
y los termino de cuero

Aquí las palabras rancherita y ranchero se las aplican a una mujer y a un hombre que vivían ambos en el rancho o sea en la hacienda, la finca, "Rancho Grande"; y fue en otras muchas posesiones mejores o peores o similares al "Rancho Grande" donde nacieron las canciones mejicanas que con el nombre genérico de rancheras se conocen en todo el mundo.
Pero la discusión sobre este tema daría para otro volumen, así que mejor continuemos en lo que íbamos sobre la población de La Paz también conocida como Robles. Puesto que el paludismo y el jobero eran fáciles de adquirir en Valledupar, los ingenieros Atehortúa y Dangond Daza decidieron situar sus residencias en La Paz. Las oficinas de la Zona de Carreteras quedaron funcionando en Valledupar, en la esquina de la casa de don Carlos Murgas, y los almacenes en unos cuartos que les alquiló don José Calixto Mejía en su casona de la última manzana de la Calle Grande. Como la distancia era un brinco, los profesionales que tenían a su cargo el trazado de las carreteras en la administración López Pumarejo, iban y venían fácilmente a través del famoso puente Salguero. Esto produjo un permanente movimiento y flujo de personas y vehículos en La Paz, que acabó consolidándose como punto de partida del comercio ganadero que, al sesgo de la ley, se estableció con Maracaibo y otras ciudades venezolanas desde el año de 1937, cuando el doctor Silvestre Dangond Daza, en un verdadero alarde de ingeniería moderna que ha terminado desafiando el paso del tiempo, construyó, con rudimentarios elementos y una técnica atrevida, el puente sobre la ancha y sinuosa franja de aguas cobrizas y espesas del río Cesar que separaba a Robles de Valledupar.
Don Chepe Romero, fundador y primer propietario del Hotel, fue un hombre industrioso e incansable. Un día alquiló la casa de al lado que tenía por patio un solar ilímite por donde deambulaban manadas de cochinos, burros y caballos. Compró los cochinos y los mandó para Venezuela; castró los burros y los puso a recoger agua en latas para venderla en el pueblo; engordó los caballos y les buscó ocupación y cercó el solar con paredes de ladrillo, y contra la pared del fondo hizo enterrar dos gruesos listones de carreto sobre los cuales extendió varios metros de popelina blanca bien templada sobre la que comenzó a proyectar cine en jornada continua desde los ocho hasta las doce de la noche, cuando los pacíficos, con el ojo claro y las expectativas intactas, salían zurumbáticos a recostarse en sus camas pendientes de las 24 horas que aún hacían falta para volver al solar y constatar si al fin Tantor, el elefante sobre el cual se desplazaba Tarzán en la selva, lograba alzar a Yéin con la trompa en el momento preciso en que ese tigre enorme iba a devorarla.
Pero no fue solamente el cine. También organizó veladas de teatro y hasta un afortunadamente fallido intento que tenía el desabrido propósito de introducir la música andina entre la gente de La Paz.
Cuando ese gran señor que fue don Francisco Pacho Mendoza y su esposa América Egurrola adquirieron el hotel, ya este tenía, pues, su aureola propia como polo de atracción comercial, social y cultural. La otra característica de lugar predilecto de los grandes parranderos la iba a adquirir gracias, en parte, a su dueño y en parte también a que Ramón Monche González y Gregorio Goyo Majarrés, se instalaron a vivir ahí y se dedica ron a secundar entusiastamente las iniciativas festivas del propietario y de los que allí llegaban.
Las convocatorias permanentes en torno a la música y a esa etapa dorada del folclor que estaba produciéndose en esos tiempos, sin que ninguno de sus protagonistas se percatara siquiera de la trascendencia de ese suceso, tenían lugar en el Hotel América, que terminó convertido en una noria musical, a cuyo alrededor giraban los grandes de la época. En un modesto corredor presuntuosamente llamado bar se reunía un día sí y otro también la barra de Villanueva ya descrita a la que se acababa de sumar un nuevo integrante que iría a dejar una huella imborrable en la vida de Escalona y de su obra: Silvestre El tite Socarrás, a quien conoció en un burdel en el Valle, en medio de una gresca fenomenal en la que el fornido muchacho villanuevero repartía trompadas a diestra y siniestra, dejando un reguero de policías y clientes descalabrados y de muchachas marchitas dispersas por las calles en paños menores. También iba la barra de San Juan, que la formaban Enrique Luis Egurrola, que disfrutaba del privilegio adicional de ser cuñado de Pacho, lo que le daba derecho a pernoctar en el hotel sin pagar un centavo cuantas veces le provocara, Lucho Rois, Juan Brugés, que era un verdadero ángel con la guitarra, César Checha Urbina, Santos Giovanetti, Arturo Molina, Rodrigo Lacouture y un contertulio especial, dotado de un chorro de voz limpia y argentada que le permitía medírsele con propiedad a lo que fuera: corridos mejicanos, boleros de Cuba, tangos, pasodobles de España, romanzas de Italia y hasta a las arias de las óperas que habían embelesado a la Europa de la preguerra y que también se escuchaban por estas tierras de Dios. Tal era el timbre y el ritmo de sus prodigiosas cuerdas bucales, que los amigos y entendidos le dieron el sobrenombre de "jilguero de oro". Se llamaba Fernando Daza pero todos le decían cariñosamente Tatica.

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