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Y si al mayor Blanco de verdad lo comparaban con un perro bravo,
nada de malo había -pensó Toño Cuello- en comparar a un perro bravo
con un mayor furibundo. Y así, por simple asociación de ideas
"Cupido" acabó cambiando su romántico nombre por
el menos poético pero más apropiado de "Mayor
Blanco".
Regadas por el Valle la fama del "Mayor Blanco"
(el perro) de ser poco menos peligroso que el Mayor Blanco (el
oficial), un buen día de septiembre llegó don Pedro Canales a
visitar al doctor Pavajeau. Entre tinto y tinto salió a relucir en
la conversación la larga permanencia de Miguel en la montaña y la
preocupación que su progenitor mantenía. a causa de un enorme tigre
cebado que vivía merodeando por la finca. Oírlo el doctor Pavajeau
y ofrecerle el perro, fue un solo acto. Al fin de cuentas, ya
bastantes desagrados tenían en la casa con el gallinicidio
permanente que cometía el bendito animal. "Va a vé usté
don Pedro-decía Pavajeau- que con "el mayor
blanco" en la montaña no va a tené más problemas. Mande
por él cuando quiera. Pero eso sí, mande gente grande a buscarlo
porque ese es un perro tan fiero que no es cualquier muchachito el
que se lo puede llevá". Don Pedro se despidió
agradecidísimo de la generosidad del doctor Pavajeau y quedó en que
a fines de la semana siguiente, mandaría al propio Migue para que
viniera por el perro.
Y lo mandó.
Pero en lugar de tomar la carretera que de La Paz conduce directo a
Valledupar, Miguel, con varios rones entre pecho y espalda,
resolvió venirse de vereda en vereda por vuelta del camino a
Guacoche, a donde llegó un viernes por la noche en plena cumbiamba,
vísperas del 4 de octubre que son las fiestas de San Francisco de
Asís, patrono del lugar. Y ahí perdió la noción del tiempo. El
sábado a las ocho de la mañana, cuando José Tobías, el hijo mayor
de Evaristo, de sólo ocho años de edad, atravesaba el andén de la
casa de los Pavajeau para ir al colegio de las religiosas de la
Sagrada Familia donde hacía el Kinder, el "Mayor
Blanco", que acababa de soltarse, atravesó como un rayo el
traspatio, el patio, la antesala y la sala, y con la cadena
guindándole del cuello, entre gritos de espanto, llamadas de
atención y ayes de dolor, arremetió contra la pierna derecha de
José Tobías, a la que le arrancó un pedazo. Ahí mismo alcanzó el
parque, descuajaringó los setos de lilas y las macollas de lirios;
dejó una flor de sangre en el muslo de una hija del paisanito y
siguió en una loca carrera de ladridos y mordiscos hasta que
Evaristo, a punto de infarto por la ira que cargaba, lo levantó a
plomo en plena calle de la Estrella, donde el "Mayor
Blanco" en un charco de sangre, acabó su vida de
depredaciones y enchoyamientos caninos.
Apenas el lunes por la tarde, con un guayabo de espanto, apareció
Miguel Canales en la puerta de la casa de don Roberto, donde lo
esperaba el regaño de éste y la hilaridad de todo el vecindario. A
la semana siguiente, en una parranda que hizo época, Rafael
Escalona acompañado de Miguel Canales, Marcelo, Dagoberto López,
Jaime Molina, y el resto del combo de los primeros años del
Loperena, dejaba escuchar la magistral narración musical que cuenta
que:
De Patillal le vino un perro a Pavajeau (Pavayó)
que por rabioso le decían el Mayor Blanco
del patio de la casa desterró
los pollos, la gallina y hasta el gato
Tuvo noticias que un tigre lo amenazaba
y Pavajeau como es amigo de don Pedro,
le dijo le voy a mandar mi perro
pa que le cuide a Migue en la montaña.
Estaba finalizando ese prolífico 1944 en que, con solo 17 años de
edad, había escrito musicalmente cinco de las mejores páginas del
vallenato y aún no se conocía con Emiliano. Este le había mandado
varias razones en que le hacía saber su gratitud por el paseo tan
sentido que le había compuesto y cuán grande era su admiración por
su inteligencia. Recados venían y razones iban pero no se ponían de
acuerdo en la fecha, la hora y el lugar; Escalona era aún un
estudiante y en ese tercero de bachillerato, que tantas
contrariedades le produjo a sus padres y profesores, los exámenes
finales se acercaban y debía tener la cabeza fresca y la mente en
su puesto si no quería exponerse a una soberana rajada. Las
matemáticas, por ejemplo, eran y siguen siendo su gran problema, y
las notas anteriores eran malas, tirando a pésimas. Sabía, pues,
que si no hacía un alto en el febril torbellino músico sentimental
en que se había metido, no sólo se iba a tirar el año sino que las
catilinarias del coronel Escalona harían trinar las paredes de
Valledupar y le perforarían los tímpanos.
Los comentarios elogiosos sobre sus cantos, el cariño inmenso que
lo rodeaba donde quiera llegara y una especial protección y
debilidad que algunos patriarcas vallenatos sentían hacia él, lo
habían alzado y convertido en un jequecito de primera. Pero en el
Loperena eso valía un comino y el que no estudiaba se rajaba, por
muy Rafael Escalona que fuera. Así que echó a un lado tentaciones
inmediatas, le fue dando largas al encuentro con Emiliano y se puso
a estudiar a fondo para concluir correctamente ese bendito tercero
que se le atravesó en la vida, cuando a él le daba lo mismo que
Darío fuera un rey de Persia o un poeta nicaragüense o que Atanasio
Girardot hubiera descubierto la Teoría de la Relatividad y que a
Einstein lo hubieran asesinado en Bárbula, porque él lo único que
deseaba y quería y necesitaba con todas las fuerzas de su alma era
su libertad absoluta para andar como andaba: de aquí para allá con
sus amigos, cantando, bebiendo, enamorando, haciendo sancochos, y
exprimiéndole sus mejores jugos a la vida.
Se acabó, gracias a Dios, el año escolar ya Dios gracias lo pasó.
Con el boletín de calificaciones en la mano a manera de trofeo se
presentó donde
Aló y le dijo: "Ahí tienen pa que
vean; muéstraselo a mi papá. Vuelvo más tardecito". Y
salió a buscar a Andrés Becerra, a Jaime Molina, a Marcelo Canales,
a los amigos del jolgorio permanente y arrancaron para Manaure
donde los esperaba la otra barra de parranderos que encabezaba
Poncho Cotes. En la casa de Juana Vásquez había un
gentío a la expectativa. Los mismos de la vez pasada y otros nuevos
que se habían reunido a la voz de que "Escalona y unos
muchachos del Valle llegan hoy", aguardaban a los
visitantes. A la llegada,
Poncho le presentó a
Chaney Celedón y a su mujer a quien llamaban
"
La Quique" y que era una señora
muy alegre, atenta y servicial. Luego lo tomó por un brazo, lo
llevó hasta el rincón del tinajero y deleitándose en la confidencia
le dijo: "Hoy viene Emiliano". Y por la
tardecita, con el acordeón entre los brazos apareció Emiliano
Zuleta Baquero.
"No fue necesario que nos presentaran -recuerda Escalona-.
Nos dimos un abrazo interminable, emocionados y contentos. Y todo
lo que había ahí en la parranda no fue sino el pretexto para
celebrar el encuentro tanto tiempo aplazado. El me dijo que había
escuchado todo lo que yo había compuesto y que yo era muy
inteligente; que el paseo que yo le había hecho era magnífico y yo
le respondí que me gustaban los cantos que de él había oído y que
me gustaría oírlo toda la vida. Comenzamos a cantar las cosas de él
y las cosas mías, y no recuerdo cuánto tiempo estuvimos allí porque
como ya se había acabado el colegio yo no tenía que pensar en más
nada".
"Así nació esa amistad y así ha seguido a través de los
años. A ella se fueron anudando nuevos sentimientos y nuevos
afectos y nacieron otras amistades. Por él conocí y aprendí a
querer a mucha gente buena, sencilla y rústica, yen el panorama de
nuestro mutuo cariño irrumpió la figura de la Vieja Sara. Y es que
la Vieja Sara no sólo era la mamá de Emiliano. Era la máma de
toítos nosotros. Los que teníamos nuestras madres vivas veíamos en
ella el reflejo exacto de las mismas; y los que tenían la madre
muerta veían en la Vieja Sara una mamá viva. Con ella y por ella
vivimos toda una época que difícilmente vuelve a repetirse. Ella
fue un centinela de nuestras experiencias y el objeto de nuestras
predilecciones. Ir a El Plan era para nosotros algo prioritario y
especial que no admitía otra opción ni nos dejaba pensar en más
nada. Además, no necesitábamos nada más de lo que allá había: un
clima delicioso que nunca nos dejó padecer guayabos, una roza bien
cuidada con plátano, malanga, guineos, arracacha y cuanta cosa de
comer se produce en clima frío; un pequeño cafetalito, rojo de los
granos; frutas, flores, animales y una casa de bahareque con techo
de paja llena de hamacas por todas partes donde nos la pasábamos
tomando, comiendo y oyendo a Emiliano o a Toño Salas o a Simón
Salas tocando sus acordeones cuando no a Poncho rasgando su
guitarra; y, en medio de todo eso, la Vieja Sara de un lado para el
otro deslizándose, mejor que caminando, sobre unos zapaticos de
cordobán, en un permanente revuelo de pollerines atendiéndonos y
queriéndonos a todos. ¿Qué más íbamos a necesitar ni a
pedir?".
La finalización de esa parte de los estudios en el Loperena, que
sólo tenía aprobado hasta tercero de bachillerato, y el comienzo de
1945 fue para él el derrumbe de una talanquera que lo tenía frenado
y el comienzo de una nueva etapa. En ese momento no se había
detenido a pensar qué era realmente lo que quería hacer con su
vida, pero de una cosa sí estaba consciente: hiciera lo que hiciera
o estuviera donde le tocara estar, la formidable carga sentimental
que llevaba dentro tenía necesariamente que manifestarse, que salir
a flote, para que él mismo no acabara sucumbiendo bajo su propio
peso.
La evidencia de que era un romántico y sensitivo irredimible,
invalidaba las decisiones heroicas que a ratos tomaba de irse
cualquier día bien lejos a buscarles acotejo a sus ansiedades. A lo
mejor al ejército, o bien a otro país donde nadie lo conociera.
Pero esos arranques se esfumaban por los resquicios de la realidad
circundante. Le conmovían y afectaban las cosas que para los demás
no tenían importancia alguna: la alegría, la tristeza, la alacridad
o la melancolía eran sentimientos que podían agarrarlo de un
momento a otro y de hecho lo agarraban por causas tan disparejas
como el triunfo, en la gallera, del mejor gallo de la cuerda de un
amigo aunque a él mismo jamás le han gustado los gallos; la
contemplación de decenas de periquitos guarumeros muertos en los
caminos del río por culpa de las hondas de los muchachos; o la
imposibilidad de conquistarse a la muchacha esa, hermana de su
mejor amigo, a la que, por esa misma razón, no debía manifestarle
su interés.
A veces, por las noches, cuando su tendencia congénita al viajeteo
permanente se encontraba adormecida y él descansaba sobre la
hamaca, recordaba la época de la infancia patillalera, los amigos
que allá se quedaron, las cosas que hicieron en las sabanas y
detrás de los cerros, el gusto del café tinto endulzado con panela
y el sabor incomparable de la carne molida revuelta con masa de
maíz, que era un plato exquisito de la cocina pueblerina; y,
acosado por la urgencia de los recuerdos, al día siguiente bien
tempranito organizaba viaje para Patillal cargado de regalos de
toda clase que incluían desde revistas "Para Ti",
"Vanidades", "Familia", viejas,
periódicos atrasados, láminas brillantes de las escenas de
películas que mostraban a Gloria Marín en apasionado beso con Jorge
Negrete o los entonces tentadores muslos de María Antonieta Pons en
algún pase de sus célebres rumbas cubanas, papeletas de café,
polvos Riorita, frasquitos de brillantina Glostora para el cabello,
un costoso perfume Maderas de Oriente que había sacado
tranquilamente del escaparate de su hermana Magola, hasta el último
libro de Gabriel D'Annunzio o unos tiros de escopeta marca U.
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