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Capítulo II
EL TORRENTE DESATADO

(Las parrandas con los grandes. Sus mejores cantos. El Hotel América. La Paz. Su primer empleo...)

 

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De izquierda a derecha: Gabriel García Márquez, Álvaro Cepeda Samudio, Quique Scopell, Rafael Escalona y Tito Fuenmayor. La fotografía fue tomada en Barranquilla, al parecer en el periódico El Heraldo.


Entre los alumnos del Loperena, que cada vez eran más numerosos, había muchos pacíficos, gentilicio de los jóvenes nacidos en La Paz, que en su permanencia en Valledupar buscaron el alero de la señora Mauricia López, que era la mujer del general Marín y que se vino de La Paz a instalar una pensión o posada en la casa de Chente Rincones. Ahí se reunían los pacíficos, y ahí Escalona, que para este año estudiaba externo, conoció a Mario Cotes, a Dagoberto López, que más tarde también se hizo compositor, a Marcelo Canales y a otros más. Una tarde de sábado, cuando Escalona llegó donde la señora Mauricia a visitar a sus amigos, Marcelo le presentó a su hermano Miguel que estaba de paso por el Valle haciéndole unas diligencias a su papá. Miguel era el mayor de todos y era también diferente a todos. En esa época los padres eran de una severidad espartana y don Pedro Canales no era la excepción. La seriedad, la probidad, el honor de la palabra empeñada, la intransigente concepción del deber más su peculiar sentido del humor, le habían granjeado el aprecio de todos en su pueblo y en Valledupar donde, pese a su campechanía y modestia, se codeaba con los más conspicuos miembros de la sociedad valduparense. Pero a Miguel, el mayorazgo, con sus gabelas e imposiciones le sabía a jabón. A él no le interesaban posiciones sociales, tierras, dineros ahorrados, palabras empeñadas ni ningún chorizo frito. Pese al rigor impuesto por don Pedro en la casa en cuanto a los deberes, Miguel cumplía con los suyos, pero no pedía permiso ni para entrar ni para salir; le atraían el ron y las mujeres y de uno y otras disfrutaba cuantas veces se lo pedía el cuerpo, que eran bastantes veces. Eso le gustó a Escalona, que de inmediato, se identificó con el recién presentado amigo, que lo invitó a La Paz. Y a La Paz se fue el domingo siguiente con Miguel Canales y allá, después de conocer y saludar a don Pedro, arrancó a parrandear con Migue y sólo el miércoles por la mañana vino a aparecer en las aulas del colegio, donde le esperaba una citación urgente en la rectoría.
"Con Migue me entendí bien desde el principio -dice Escalona-, nos gustaban las mismas cosas y hacíamos lo que nos gustaba. Le tomé cariño desde el primer momento y creo que yo también le caí bien y me apreció en seguida. Pero después de ese parrandón de tres días que me costó una fuerte llamada de atención del rector Joaquín Ribón, no volví a verlo durante mucho tiempo. El no volvió al Valle, y aunque yo seguí yendo a La Paz los fines de semana, no lograba encontrarlo por parte alguna. Una noche que venía de regreso para el Valle decidí ira la casa de don Pedro a preguntar por Migue y don Pedro me dijo: "Migue está en la Montaña". La Montaña era la finca que quedaba a 3 kilómetros del pueblo, junto al río Marquesote y adelante de un caserío que se llama Varas-Blancas. Antes de llegar a La Montaña había que cruzar cinco hectáreas de verdadera montaña virgen: algarrobillos, trupíos, ceibas, cañaguates corpulentos que hacían del sitio lugar propicio para toda clase de animales salvajes. Don Pedro insistió en que Miguel no quería salir de allá: "será que se va a meté a ermitaño", dijo.
"Yo me vine muy pendiente del amigo con quien me sentía tan identificado y seguí preguntando por él cuantas veces iba a la casa de la señora Mauricia a visitar a los pacíficos pero nadie daba razón. Sólo Marcelo, poco a poco, me iba dando detalles de la personalidad de Migue, de sus cosas, de sus actitudes y todo eso acentuaba mi afecto y mi interés por él. Un lunes después de Semana Santa, amanecí nostálgico por el amigo ausente y escribí, también en una hoja de cuaderno, el paseo MIGUEL CANALES.
Cuando viene de La Paz algún amigo
le pregunto si ha visto a Miguel Canales:
que me dicen que en la montaña está perdido,
que tiene mucho tiempo que no sale
¡ay! ¿que le estará pasando al pobre Migue
que tiene mucho tiempo que no sale...?

Pero ni así Miguel salió. Le mandó una razón a Escalona de que se encontrarían en La Paz para las fiestas de San Pedro y San Pablo que son en junio y que los pacíficos celebraban con unas famosas carreras de caballos, pero allá fue Escalona y Migue sólo llegó en la voz del cantante de la música de viento de Urumita que hizo sonar todo el día el paseo MIGUEL CANALES. Empero, el viaje no fue en balde y en La Paz se tropezó con Beltrán Orozco, con quien rememoró el encuentro aquel en Manaure en diciembre del año anterior y con quien se puso de acuerdo para repetirlo "allá, o aquí, o donde tú digas". Tomaron cervezas frías y anduvieron juntos, pero antes de despedirse Beltrán le clavó una espina: Emiliano Zuleta, el ídolo de ellos y héroe de Poncho Cotes, estaba mal. Tenía una extraña enfermedad de la que-aseguraban los curiosos que lo habían tratado- difícilmente se salvaría; Emiliano mismo había cantado dolientemente su situación en un paseo en que decía que lo había traído amarrao pecho e' paloma (con los brazos a los costados y las manos sobre el pecho) y que creía que esos eran sus últimos días.
"Eso -recuerda Escalona- me afectó mucho. No podía concebir que ese hombre al que yo, de tanto oírlo mencionar, su ponía como un volcán de melodías, como un surtidor de bellezas musicales, pudiera estar lanzando quejas de dolor. Regresé al Valle triste y preocupado y me encerré en mi alcoba. Tenía necesidad de expresar que sentía dolor, pesar; que tenía pena por el gran Emiliano, a quien no conocía, pero a quien ya quería de verlo querer tanto por Poncho Cotes y sus amigos. Entonces, no pudiendo hacer una carta porque no había cómo mandarla, hice el paseo que llamé LA ENFERMEDAD DE EMILIANO.
...a sus amigos les causa sentimiento
y a mí sin conocerlo me da pena y dolor
lo de Emiliano les juro que lo siento
me sale desde adentro del puro corazón
Yo quiero que sane, que siga su fama,
que vuelva a Manaure y alegre la sabana
Yo quiero que sane, que no viva solo
que vuelva a Manaure pá que toque El Zorro

Este paseo, que era la cuarta composición que hacía Escalona, atravesó rápidamente todos los lugares de la Provincia y se encaramó arriba de Manaure, en la serranía, en el pueblecito bonito y sano donde vivían la mamá de Emiliano, de Toño Salas y de María y donde se hallaba el enfermo en convalecencia.
Para ese año (1944) se encontraba acantonado en Valledupar el Batallón Bomboná. Era un contingente de militares del arma de infantería, que se instaló en las bellísimas edificaciones de estilo republicano construidas para el hospital en las afueras de la ciudad, en un paraje lleno de bosques, jardines de lilas moradas y cayenas fucsias y donde los domingos los padres nos llevaban a los niños a ver la perfecta formación de soldados haciendo el relevo de guardia o izando la bandera. Como comandante del Batallón estaba en ese entonces el coronel Agudelo Gómez quien, a raíz del golpe de Pasto contra López Pumarejo, fue llamado a calificar servicios en el mes de julio y remplazado por el mayor Luis María Blanco, natural de Bucaramanga. El mayor Blanco era un oficial estricto, honorable y cultísimo, que recitaba a León de Greiff, a Paul Verlaine, y se sabía de memoria trozos enteros de la Ilíada, pero que tenía un talante severo que con el tiempo se convirtió en un genio de los mil demonios en el cuartel y en la casa. La terrible iracundia que lo poseía se volvió famosa en toda la ciudad y no tardó mucho el ingenio vallenato en compararlo ni más ni menos que con un perro rabioso.
Los oficiales del Batallón Bomboná establecieron muy buenas relaciones con la sociedad vallenata, que les abrió sus puertas. En una parte de la casa de don Roberto Pavajeau que colindaba, tapia de por medio, con la de doña Genoveva Araújo de Gutiérrez, madre de Evaristo, se instaló a vivir el Teniente Londoño con su esposa Cecilia.
El mayor Blanco, con su linda esposa y sus hijitas muy pequeñas, tomó en arriendo la casa del doctor Pedro Castro Monsalvo y de su esposa Paulina Mejía que se había radicado en Santa Marta. Ambas residencias quedan en el marco de la Plaza Alfonso López.
En esos días, César Augusto Molina, desde Patillal, había enviado al Valle, para su cuñado Roberto Pavajeau, un perro rucio de la jauría que criaba y cuya valentía y nobleza eran comentario obligado entre los mejores cazadores de la región. El nombre real del perro era "Cupido", pero como desde que llegó a los patios del doctor Pavajeau demostró con gruñidos, ladridos, asaltos y tarascazos quién era el que mandaba en ese territorio, a José Antonio Cuello Sierra, un ameno y agudo contertulio de la casa de don Roberto, se le dio por decir que ese perro estaba "exactico al mayor Blanco: hecho un basilisco día y noche".

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