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Ratos después, Poncho Cotes en su guitarra, le hacía el montaje
musical a EL PROFESOR CASTAÑEDA, acompañó a Escalona cantando EL
CARRO FORD y siguió cantando "El Zorro",
"Carmen Díaz", "Los Malos Años"
y muchos otros cantos de Emiliano Zuleta mientras bebían cerveza
caliente y celebraban, en la misma forma sonora y torrencial como
iban a vivir el resto de su juventud, aquel encuentro
memorable.
"Encontrar a
Poncho Cotes ha sido una de
las cosas más grandes que me han ocurrido en la vida -dice Escalona
ahora sin preocuparse de evitar las lágrimas que fluyen fácilmente
mientras va hablando-. El monopolizó mi vida afectiva y amarró mis
sentimientos a las cuerdas de su guitarra donde mis cantos
encontraron la medida y el tono preciso. En el momento que lo
conocí sentí como si me hubieran completado, como si hubiera
encontrado la parte de mí mismo que andaba buscando. Nos
compenetramos de inmediato y nos hemos entendido perfectamente bien
desde entonces. El es como es y yo soy como soy, pero difícilmente
se pueden encontrar dos personas con tantas y tan hondas
similitudes como las que hay entre él y yo. Es, corno ya lo dije en
un canto, un pedazo, y bien grande, de mi propia
alma".
En efecto, ninguno que conozca la vida y la obra de Escalona y la
injerencia espiritual que en ella ha tenido Alfonso Cotes, duda un
solo instante de que esto es así. Más aún, algunos creemos que es a
partir de su amistad con
Poncho cuando arranca con
fuerza incontenible su obra musical. No porque Cotes le ayudara
materialmente a realizarla, no, sino porque fue en él en quien
Escalona encontró el mejor receptáculo y el más atento oidor a sus
sentimientos vueltos canciones.
Poncho es el amigo
pero también el crítico: el hermano y confidente pero igualmente el
contradictor; el compinche de amoríos y alcahuete de romances, y a
la vez el estímulo permanente;
Poncho es el que
primero se entusiasma con la composición recién hecha y corre a
buscar la guitarra para darle vida a ese sonsonete incoloro que él
le va tarareando como música; es el que lo acompaña a todas partes
y le sigue todas sus parrandas: el que no oculta su admiración y
simpatía por el talento del joven compositor; el que se desgañita
gritando sus excelencias cuando nadie le toma en serio y el que, en
definitiva, lo comprende mejor y por comprenderlo tanto lo acepta
como es sin haber querido cambiarlo nunca.
Agotados todos los bultos de cerveza caliente que había en el
pueblo, la parranda del encuentro se acabó por física consunsión. A
los tres días llegaron Escalona y Becerra a La Paz. Becerra tomó el
camino de San Diego y Escalona regresó al Valle, porque se
avecinaba Navidad y el 25 de diciembre en la mañanita, después de
la misa de gallo, toda su gente salía rumbo a Patillal.
Pasadas la Pascua y el Año Nuevo, a mediados de enero de 1944,
cuando regresó a Valledupar a reanudar estudios, venía sacando
pecho y dándoselas de hombre mundano, a pesar de que sólo iba a
cumplir los 17 años. Pero el haber compuesto dos cantos y escuchar
que todos los condiscípulos los cantaran, que en Patillal lo
festejaran, que los mayores comenzaran a hablar de él como
"un muchacho muy inteligente, caramba, muy
inteligente" y hasta le permitieran permanecer con ellos
en las parrandas subrepticias que organizaban en el Valle; pero,
por encima de todo eso, haber ingresado a ese mundo maravilloso de
Poncho Cotes, lo entendió como el privilegio
especial que le había sido adjudicado, y de inmediato, por ahí
derecho, sin treguas ni concesiones a nada ni a nadie, por los
fueros de su talento magistral para el relato musical, se soltó el
caudal de su inspiración que no se detendría nunca más.
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