INDICE





A manera de presentación

Desmitificación del hormbre y humanización del mito

Introducción

Capítulo I

Infancia y adolescencia

Capítulo II

El torrente desatado

Lo que es el Valle de Upar

Carate

Capítulo III

Aparece La Maye

Capítulo IV

Un testamento musical

Capítulo V

El primo de Aracataca

Capítulo VI

Primera vez en la vida

Capítulo VII

Una década y una obra

Capítulo VIII

El hombre y...el mito

Era señal segura de que el aguacero se vendría en cuestión de minutos y, por lo tanto, no sólo Rosa Elvira se iba a quedar dentro de su casa, sino que él mismo tendría que tomar el camino de la suya sin verla a ella siquiera de lejos. Y así fue. Con los primeros goterones -cuenta su hermana Justa Matilde- llegó corriendo a la casa y se sentó en una banqueta al pie de la mesa del comedor, y a la luz de una lámpara de petróleo, en una hoja del cuaderno escribió unas estrofas que después siguió silbando y cantando bajito, mientras se mecía acostado en su hamaca:
Las estrellas no iluminan
porque tienen nubarrón
dáte cuenta Rosa Elvira
de este pobre corazón.
Las estrellas no iluminan
porque el cielo está nublado
si supieras Rosa Elvira
lo que a mí me está pasando.

Y es partir de este momento crucial de su adolescencia cuando la vida de Rafael Escalona Martínez y la que años después sería su obra musical, comienzan a ser marcadas por la que va a ser, para siempre, la gran determinante y la influencia definitiva en todo cuanto haga, diga, piense, desee y produzca: la mujer.
La mujer en sí misma y en todas sus formas, modelos y situaciones. Como meta o como medio, principio y fin de todo su universo. La mujer como madre o como hermana, o esposa, o querida, o amante circunstancial o simplemente como amiga y causa de un placer estético; la mujer angustia y desvelo de sus amigos del alma o la mujer-niña que el mismo engendró y a la que el primer regalo que le hace es un canto vallenato... Ahí está, latente en toda su obra, la presencia femenina, bien como causa de sus afectos, bien como víctima de sus desprecios y reclamos.
Desde las primeras precoces estrofas que le inspiró una Rosa Elvira que bien podía ser su hermana mayor, pasando por EL CAZADOR, LAS LENGUAS SANJUANERAS, CARMEN GÓMEZ, EL CHEVROLITO, EL COPETE, EL BACHILLER, EL TRAJECITO, SALVADORA, LA VIEJA SARA, EL TESTAMENTO, LA MOLINERA, LA CRECIENTE DEL CESAR, ESPERANZA, EL REGALITO, LA PLATEÑA de los prolíficos años cuarenta; sin olvidar EL MEDALLÓN, HONDA HERIDA, MALA SUERTE, EL MEJORAL, EL GAVILÁN RASTRERO, LA HISTORIA, LAS DOS HERMANAS, LA GOLONDRINA, EL GENERAL DANGOND, JUANA ARIAS, EL HOMBRE CASADO, EL POBRE JUAN; contando también, claro, ADA LUZ y MARIPOSA URUMITERA, EL COMPADRE TOMÁS, y EL MANANTIAL que hizo brotar para que se bañara únicamente su hija Rosamaría. Además de LOS CELOS DE LA MAYE, EL DESTIERRO DE SIMÓN, ESPERANZA DE TAXADER, NAVIDAD, LA BRASILERA, LA RESENTIDA, LA MONA DEL CAÑAGUATE, EL PIRATA DEL LOPERENA, EL MATRIMONIO DE COLACHO, MARIA TERE, DINA LUZ, su actual compañera a la que también le ha dedicado ARCO IRIS y LA ESTRELLA DE PATILLAL; hasta LA ÚLTIMA AVENTURA que es como él ve el matrimonio de Alfonso de la Espriella, y CONSUELO que no tiene nada que ver con quien esto escribe, de mujeres y mujeres se ha nutrido la inspiración del cantor.
Pero esta debilidad y afición por el sexo opuesto no la recoge Escalona del suelo. Antes bien, le viene de casta. Nacido el 27 de mayo de 1927 en el hogar de don Clemente Escalona Labarcés y doña Margarita Martínez Celedón, Rafael y sus siete hermanos debieron crecer lo suficiente para que ante ellos se pronunciara la palabra viudez que entonces tenía connotaciones misteriosas; y para que les explicaran que antes de llegar de Ciénaga a Valledupar el apuesto coronel de la guerra de los Mil Días que era su padre, había estado casado con doña Sixta Tulia Bravo, dama cienaguera que ya había fallecido. Era, pues, un reincidente en el sacramento cuando desposó a Margarita Martínez, mujer de extraordinaria belleza y porte de reina a la que todos cariñosamente llamaban Aló y por la que el recién llegado oficial del Viejo Magdalena Grande perdió el seso tan pronto pisó tierras vallenatas y fue, un día cualquiera, a conocer a Patillal.
A la familia de Aló no le llamaba mucho la atención este pretendiente de gesto adusto y modales parsimoniosos que más parecía un daguerrotipo de enciclopedia que un ser de carne y hueso; pero el Coronel Escalona empeñó todos los esfuerzos y la tenacidad propia de los buenos combatientes y acabó conquistan do a la esplendorosa Margarita Martínez con quien se desposó en la penumbra de la madrugada el 4 de enero de 1913 en la iglesita de Patillal. Justa Matilde, Nelson, Abigaíl, Clemente, Magola, Rafael Calixto, Jorge y Blanca nacieron, en ese mismo orden, en Patillal y allá permanecieron hasta la adolescencia de los mayores; pero a partir de 1935 comenzaron a trasladarse a Valledupar en busca de colegios para hacer la secundaria. Fue aquí donde se enteraron de que por los lados de Ciénaga tenían un hermano medio, hijo del primer matrimonio de su papá de nombre Julio Escalona.
Por el lado de la familia materna, el abuelo Sebastián Martínez y sus tíos Nelson y Beltrán, no fueron precisamente modelos de castidad ni de fidelidad a una sola mujer. Y si de sus hermanos se trata, Nelson, más conocido como Papá Necho, y Clemente, al que le dicen Pachín tampoco han sido ningunos angelitos en asuntos de amores y de mujeres. Así pues que no hay que cargarle la mano al solo Escalona, quien, por lo demás, se defiende muy bien de las acechanzas de su afición con la fórmula de un Mejoral musical que se inventó para no sucumbir del todo ante ellas:
en asuntos de mujeres
tengo una ley muy bien aprendida
yo quiero a la que me quiere
y olvido a la que me olvida

Si a todo esto que es congénito se agrega la influencia de un ambiente eminentemente machista, en el que secularmente se consideró que el hombre sólo demostraba su hombría con el uso y el abuso de la hembra, es fácil entender que Escalona, por ser Escalona, no iba a ser diferente a los demás. Al contrario. Su misma condición de romántico narrador de las cosas y de los personajes de su tierra le colocó como un privilegiado ante quien difícilmente se resistió ninguna mujer.
Hoy, la relación de su vida sentimental, formada por un tropel de sentimientos memorables, llenaría ella sola, un tomo de muchas páginas, si se contara aventura por aventura y suceso tras suceso. Empero, bastante exhausta ahora su capacidad de tenorio, y amansado por los años sus ímpetus de otras épocas, hay que reconocer que el amor más noble y grande se lo prodigó La Maye, la novia de los años 45 y madre de sus hijos Adaluz, Rosamaría, Rafael Clemente, Margarita, Juan José y Perla Marina aunque ahora, en el apaciguamiento otoñal, Dina Luz, la muchacha villanuevera cuyo recuerdo casi lo enloquece allá en Leticia, allá en la frontera, sea realmente la golondrina que le saca las espinas que le han enterrado la fama y la gloria.
Su proverbial afición a las mujeres le ha ocasionado situaciones insólitas en las que, contra su voluntad, se ha visto envuelto. Una de ellas es el hecho de que si bien él no ha escatimado oportunidad para la conquista, veces hubo en que no tuvo más remedio que aceptar la inversión de papeles, ceder ante el asedio y acabar conquistado por alguna audaz desesperada atraída por su fama de amante espléndido. En casos así ha sido discreto, pero desordenado. Por eso los bolsillos de sus camisas fueron durante un tiempo el archivo en el cual se encontraban fácilmente dos o más cartas perfumadas de distinguidas damas del alto mundo social bogotano, que entre reclamos, quejas, lamentaciones, pro mesas, requiebros y pétalos secos, aspiraron todas a convertirse en la musa secreta, capaz de hacerle producir algo tan grande como EL TESTAMENTO, HONDA HERIDA o LA HISTORIA, o alguno de esos hermosos paseos que él en su época de oro le compuso a La Maye o las muchas otras que antecedieron, siguieron o compitieron con La Maye.
Infortunadamente para esas enamoradas y afortunadamente para el folclor musical vallenato, las motivaciones de Escalona, igual que las de los grandes compositores de este género, no se suscitan por medio de misivas apasionadas enviadas por la aspirante de turno. No. En la música vallenata, y de manera especial en la música de Escalona, el canto surge espontáneo, fresco y directo, movido solo por su propia dinámica interior. Y para que esa dinámica se ponga en movimiento no se requiere la tenencia de un amor de lentejuelas, de salones elegantísimos, con damas de cartas perfumadas; casi me atrevería a decir que no sólo no se requiere, sino que todo eso: el oropel y las fanfarrias que preceden el paso de estas señoras, son obstáculo para que nazca la obra musical de hondo contenido y expresión. De allí que las protagonistas de sus más célebres composiciones no han sido jamás las estrellas refulgentes de la farándula y de la alta sociedad del país, sino muchachas simples y sencillas, mujeres de provincia, de costumbres sanas y ennoblecidas por sus valores espirituales, de rostros hermosos y corazones limpios, a las que cantó sorprendido y emocionado cuando las encontró a su paso. Ahí están, como ejemplo, las estrofas impecables con que saludó a los fonsequeros cuando descubrió a CARMEN GÓMEZ o los versos perfectos de LA VIEJA SARA.

anterior | índice | siguiente