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Capítulo I
INFANCIA Y ADOLESCENCIA

(Patillal y los amigos. Los Primeros Cantos. La marca de las mujeres. El Loperena y Poncho Cotes...)

 

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Carnet de estudiante del Liceo Celedón, de Santa Marta


Alguien que tiene por qué saberlo nos decía en alguna lejana ocasión, refiriéndose a Rafael Escalona, que no era simple casualidad el que éste hubiera llegado a ser un caso extraordinario dentro de la música vallenata; y agregaba, para satisfacer nuestra curiosidad ante sus palabras, que fue el amor propio, que en Escalona es profundo, el impulso definitivo para que naciera ese fenómeno de la música que, ignorando todo lo relativo a ella, había creado todo un estilo y cubierto una época completa dentro de la música folclórica colombiana.
"Cuando éramos niños allá en Patillal, nos decía nuestro informante, en la Escuela del señor Nicomedes Daza la vocación de Rafael era el dibujo. Dibujaba mucho y lo hacía bien. Atardeceres con arreboles, golondrinas volando, corazones heridos, rostros de los condiscípulos, figuras de Bolívar y Santander eran dibujadas por él y todos considerábamos que pintaba tan bien que le pedíamos ayuda en las tareas de ese género. Nadie sabía que tuviera capacidad de compositor. Pero un día tanto él como nosotros descubrimos que en eso de la pintura lo aventajaba sobradamente Jaime Molina y... como a Escalona nunca le ha gustado el papel de segundón, prudentemente guardó el pincel y tomó la lira. Una tarde en las vacaciones de diciembre, aproximadamente en 1943, el grupo de los amigos que nos habíamos vuelto a reunir en las sabanas de Patillal escuchamos de su propia voz los versos de EL CARRO FORD:
Como yo no tomo ron
como yo no tomo ron
quiero mi trago en moneda
pa comprarme un carro Ford
pa comprarme un carro Ford
que vuele en la carretera

Hasta aquí la anécdota de Hernando Molina. Lo demás es la historia que se fue haciendo sola a medida que el muchacho de pantaloncitos cortos iba creciendo y enfrentándose a la necesidad de convertir en estrofas y ponerle música a sus sentimientos y experiencias primero, y después a los incidentes y sucesos que les ocurrieran a los demás.
Hay, sin embargo, un testimonio fehaciente que va mucho más allá del CARRO FORD y es el de Justa Matilde, la mayor de los hijos de don Clemente Escalona y doña Margarita Martínez y hermana predilecta de Rafael. Ella dice que las que recuerda como sus primeras composiciones fueron unos versos sueltos que él hizo por ahí a los doce años de edad (1939) durante la visita que en unas pascuas hicieron a Patillal dos distinguidos caballeros de Valledupar, don Casimiro Raúl Maestre y el doctor Ciro Pupo Martínez.
Era la costumbre que el 25 de diciembre, después de la misa de gallo las gentes vallenatas de alcurnia se desplazaran con sus familias, bien a la hacienda La Vega de don Tobías Gutiérrez, bien al pueblo de Patillal, donde matrimonios como los de don César Molina y doña Magdalena Maestre y don Lino Yaneth y doña Trinidad Hinojosa, habían convertido sus casas en la posada obligada de sus parientes vallenatos.
Una vez llegaban los primeros jinetes, seguidos de la recua de bestias donde habían acomodado los corotos necesarios para una estadía que generalmente se prolongaba hasta el 29 o el 30 del mismo mes, los anfitriones ordenaban alistar los colgaderos para las docenas de hamacas que se instalaban en los enormes aposentos de paredes encaladas, techo de palma y piso de barro pisado, y que se abrieran las camas de tijera, discretamente colocadas detrás de un tabique, para las parejas de esposos. En la cocina el revuelo era mayor porque, a más de los cinco o seis chivos (carneros) y las gallinas que se mataban, había también que preparar una res entera, cuya carne, una vez destazada, era adobada y dejada tres días al sol y al sereno, tomando gusto y sazón para los tradicionales y ponderados sancochos de carne salá.
La mayoría de los visitantes tenían potreros y ganados en Patillal o sus alrededores y acostumbraban, el último día, devolver atenciones a los dueños de casa. Entonces, escogían una res de sus propias majadas y la mandaban matar. La mejor carne era para sus anfitriones y el resto para el pueblo. Don Casimiro Raúl siempre viajaba con su esposa doña Delfina Pavajeau y se hacían acompañar por Avelina, una muchacha criada por ellos que les servía en los oficios domésticos y que, por padecer una malformación en las caderas que le daba un aspecto disparejo y torcido era apodada "Avelina la quebrá". En Patillal, al servicio de don Lino Yaneth y su familia se encontraba un muchachón tímido, amanerado y silencioso, de nombre Cayetano, a quien todos conocían como Caye y del que se comentaba que era maricón. Y la gente de Patillal que se ha caracterizado por el humor burlón y las alusiones satíricas, resolvió inventar unos extraños amoríos entre Caye y Avelina, que eran la comidilla de todos cuando la última llegaba en diciembre al pueblo.
Saberlo Rafael y prestarse, con la irresponsabilidad y la gracia de su ingenio para decirlo con música, fue todo uno. El era apenas un adolescente pero ya, al igual que sus contemporáneos, había recorrido el sorprendente camino de los recursos apremiantes para la percepción directa y los conocimientos del sexo, que los muchachos en los pueblos de la Costa transitan desde muy temprano por propia intuición y por iniciativa propia, sin que ningún mayor se los enseñe. A "El Palacio", la finca de don Lino Yaneth, que quedaba detrás del cerro de las cabras, iba Escalona con sus amigos niños como él, a observar todas las formas eróticas que la naturaleza les iba despejando a través de la contemplación del sexo en los animales. Era apenas normal que, para la mente de él, los amores de Caye con Avelina tarde o temprano concluirían en lo mismo que ya él conocía. Y para hacer más jocoso el comentario de que en esa navidad Cayetano iba a proponerle matrimonio a "Avelina la quebrá". Escalona regó entre sus amigos unos versos que decían:
Cuando Caye la pidió
doña Fina no convino
y él se la llevó pal cerro
al "palacio" de don Lino
Detrás del cerro pasaron
la luna de miel con abeja
Cayetano que se va...
y Avelina no lo deja

En esos mismos días, regadas ya entre los muchachos del pueblo las eróticas estrofas que escandalizaron a los mayores sobre los extravagantes amores de una sirvienta malformada y un amanuense marica, se apresuró a hacerse perdonar con otras coplas en homenaje a don Casimiro Raúl ,quien, antes de regresar a Valledupar mandó matar la novilla de nombre Media Luna que repartió entre todas las familias patillaleras:
Don Casimiro Raúl
es un señor muy decente
que mató a la media luna
para darle a toa la gente

Sin embargo, lo más sorprendente de su insólita inspiración infantil es el tiempo comprendido entre los años 1938, 1939 cuando, a pesar de la enorme diferencia de edades, vivió enamorado de Rosa Elvira, una hija de Juana Arias que le llevaba fácilmente diez años a los doce que él iba a cumplir entonces; cosa que para Escalona no representaba ningún inconveniente para andar detrás de la espléndida muchacha acosándola a piropos de grueso calibre, cuando la distancia o los testigos no le permitían pellizcarle las nalgas, agarrarle las piernas y hacerle toda clase de insinuaciones y gestos desesperadamente obscenos.
Una nochecita de noviembre, en los ardores de la adolescencia y bajo el apremio del deseo, se acostó en la sabana mirando hacia la casa del señor Sebastián Tián Daza que era donde vivía Rosa Elvira. De pronto la luna inmensa que iluminaba el caserío se fue ocultando detrás del Cerro de la Falda y el cielo de Patillal se oscureció.

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