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Fue mucho después, cuando Poncho lo relacionó con Emilianito Zuleta y con Toño Salas, cuando los cantos de Escalona comenzaron a ser interpretados en acordeón y en este instrumento alcanzaron su más alta expresión, gracias a la disposición innata de un jovencito tímido, callado y humilde que por los años de 1957 hasta 1975 anduvo con un acordeón entre los brazos convertido prácticamente en la sombra de Rafael Escalona. Era Nicolás " Colacho" Mendoza, el más grande e idóneo intérprete del compositor.
Pero fueron la voz y las agallas de Alberto Fernández las que lograron introducir esos mismos cantos en las boites y cabarets de la Argentina acompañado por el trío de guitarras de Bovea y sus Vallenatos, cuando todavía aquí en Colombia, aparte de su región de origen, nadie le prestaba mucha atención.
Pero quizás exagero un poco en esto último. Ni siquiera aquí mismo la unanimidad era total alrededor de él y de sus composiciones musicales. Un grupo de sus más cercanos allegados y amigos parranderos, que llenaron con su desorbitada manera de vivir buena parte de la bohemia de la Vieja Provincia Vallenata, estimulaba, defendía, transmitía y rodeaba de cariño su obra musical. El resto, que era la gran mayoría, compuesto por vallenatos clasistas y por nuevos ricos, cuya cultura musical en lo clásico se inclinaba cuando mucho hacia los valses de Strauss y en ritmos populares hacia el mambo, la guaracha o cualquier otro aire extranjero, y por socios del Club Valledupar que respaldaron con su silencio la resolución estatutaria que proscribió de los salones del Club la música de acordeón, lo ignoraban por completo.
Pero Escalona acabó imponiéndose solo.
Y cuando en 1966 se llevaron a cabo aquellas agotadoras jornadas por la creación del departamento de El Cesar, los paseos, sones y merengues de Escalona ejecutados por Colacho, fueron la clave mágica que nos abrió las puertas de la aceptación oficial en Bogotá para que el Congreso de la República terminara aprobando esa vieja aspiración.
Hoy, aquellos que hace 25 años nunca lo tuvieron en cuenta para nada y no hubieran contratado un conjunto de acordeón para amenizar sus fiestas, lo buscan y le adulan, lo agasajan y reclaman y lo utilizan como lo mejor para mostrar dentro del recinto de las relaciones sociales.
Escalona es consciente de todo esto y sonríe, porque sabe que ahora las cosas han cambiado.
Y en verdad que sí. Después de muchos años de seguimiento constante a su vida y a su obra no sé si han cambiado para bien o para mal, pero es evidente el cambio.
Ya, para empezar, ni siquiera vive aquí en el Valle ni en San Juan ni en Urumita ni en Patillal ni en Manaure ni por las desérticas tierras de la Guajira ni en ninguna de las muchas y nunca definidas partes por donde siempre vivió sin permanecer nunca en el mismo sitio. Tampoco es ya el anfitrión espléndido ni el manda más, cansón pero generoso, de los sancochos al lado de Poncho Cotes, Andrés Becerra, el viejo Emiliano, Beltrán Orozco y Toño Salas, cuando desde la Sierra veían las luces que alumbraban El Plan. Es difícil que hoy, bajo el sombrío de los palos de mango en los patios vallenatos, sea el epicentro de parrandas como las de aquellos tiempos en que Jaime Molina, irrumpía de pronto para hacer callar las notas de CARMEN GÓMEZ y dejarse venir con un poema de Jorge Robledo Ortiz...
La ciudad y los cargos burocráticos, para los que no nació ya los que nunca debió sucumbir, se tragaron al cantor, al soñador impenitente, al compañero generoso y cordial que siempre anduvo con una larga cola de protegidos, generalmente de posición más baja que la suya, a los que llevaba a todas partes y metía por todas las puertas y para los que esperaba y exigía atenciones y delicadezas semejantes a las que a él se le brindaban; al desconcertante compositor que sin conocer una sola nota del pentagrama, ni saber de música, ni de ritmo, ni de melodía, ni de métrica, pero sin tener mucho oído siquiera, concibió las mejores páginas de un género musical que le está dando la vuelta al mundo.
A veces pienso que una toma de conciencia tardía sobre su propia importancia, que nunca le había importado mayor cosa, o el descubrimiento extemporáneo de su inmenso valor, fue lo que acabó marchitando al vallenato auténtico de pantalones de caqui y camisas de colorinches para dar paso a un acartonado ciudadano que, entre Barranquilla y Bogotá, anda embutido en unos imposibles vestidos enteros con saco, corbata y chaleco que, de solo verlo en estos solares de 38 y 4º grados a la sombra, le ponen a uno a sudar el corazón y a llorar el alma. Naturalmente, tampoco usa aquel pistolononón 45 de cacha recubierta de oro donde esplendían sus iniciales y con el cual, machista al fin y al cabo, afianzaba, creo yo, un recóndito deseo de parecerse a Jorge Negrete o de que Jorge Negrete se pareciera a Escalona.
Pero sigue siendo grande.
El más grande de todos. El que resiste todos los análisis que se le quieran hacer a sus cantos y el que aguanta todas las críticas que haya que formularle a su persona.
El que soporta impasible el paso del tiempo y los embates de la gigantesca ola de nuevos compositores, porque está sereno y afianzado en la rotundidad de su magnífica obra musical y el que, en fin, o necesita hacer más nada de lo ya hecho para permanecer en la alta cumbre del vallenato, a donde solamente él ha llegado.
Por eso y por muchas otras razones que irán siendo evidentes al hojear este libro, a Escalona hay que tomarlo como es, sin pretender analizarlo únicamente dentro del contexto de lo que es: un compositor de vallenatos, tal vez el más grande que el Valle haya tenido, (para utilizar una frase que él mismo le adjudicó a un personaje de El Cesar). Para desmenuzarlo y comprenderlo hay que acercarse al ser humano con su carga de cualidades y defectos, de vicios y virtudes, de negaciones y gracias que florecieron y se desarrollaron en un entorno propicio, pero sin separarlo del magistral hacedor de cantos, de crónicas musicales que, nacidas hace más de cuarenta años de su propia inspiración como una fuerza innata y arrolladora, pasaron, por sí mismas, a ser la parte más notable del inmenso acervo musical de la tierra vallenata.
Este es, ni más ni menos, y pese al tono quejumbroso de esta larga introducción un relato lo más fiel posible sobre el Escalona de carne y hueso y el Escalona de lirismo y sentimiento. El que está hecho de barro y el que está lleno de poesía. El de verdad y el de mentiras.
Rafael Escalona, el Hombre y el Mito...

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