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Era que aún no se le había dado por asumir su papel de personaje, no obstante ser todo un personaje cuya grandeza estaba en la sencillez y la humildad con que discurría su importancia; el modo tranquilo y discreto como fluía su talento; esa forma espontánea y simple como pasaba de una situación a la otra como quien pasa de un patio a otro, de esta casa a la del vecino, deambulando por la vasta geografía de nuestro afecto y admiración, en un vagabundaje sentimental para el que no requería más equipaje que lo que llevaba en el alma, ni más condición que su propia condición humana.
Lejos estábamos de la comercialización de su música y de la de los demás compositores vallenatos. Y más todavía, de ésta moda en que ahora anda metido medio mundo de opinar, discutir, escribir, sentar cátedra y crear dogmas sobre Escalona y sobre el vallenato. Pero fue precisamente esa afortunada distancia entre los comienzos y la consagración, entre el prestigio pueblerino y la gloria mundana, lo que durante varias décadas nos permitió mantener a salvo de modernismo y adulteraciones la autenticidad y belleza del vallenato de Escalona y regodeamos a solas, entre nosotros mismos, con el goce y disfrute pleno de su mensaje.
Era que entonces solo cantaba para él y para los amigos, y sus cantos surgidos de las cosas de la vida misma hacían de hilo conductor de sensaciones y sentimientos comunes. Por todo ello, sólo nosotros los del ámbito provinciano sabíamos, sin necesidad de que él lo dijera, quién era el personaje cuya avilantez amatoria no respetó órdenes sacras y dio lugar para que él lo "sancionara" con aquellos formidables versos del Gavilán Cebao: en los caminos se ven las trampas/ que la gente pone para el gavilán/ Y cuando lo buscaban en Barrancas/el estaba tranquilo durmiendo en San Juan/. En Urumita quisieron cazarlo/ con una linda polla envenenada/y el muy astuto se pasó volando/y siguió de largo sin hacerle nada.
Y conocíamos a quién se refería y por qué, cuando se quejaba de las lenguas sanjuaneras, y para sacarse el clavo de algunos comentarios críticos, sentenciaba: en esas lenguas malas yo vivo pensando/ si no se corrigen se condenarán/ por eso el Cesar se ha secado/ no quiere llover en San Juan. Y entendíamos perfectamente su melancolía y perplejidad cuando aquella mañana de octubre de 1951 nos contó, cantando que allá en la Guajira arriba/ donde nace el contrabando/ el almirante Padilla barrió a Puerto López/ y lo dejó arruinado... Y tomamos como cosa propia la expresión de ira e impotencia del Tite Socarras cuando, con los puños al aire, juraba: barco pirata bandido/ que Santo Tomás me crea/ una fiesta le he ofrecido/ cuando un submarino te voltee en Corea...
Nadie mejor que nosotros reconocía al "ratero honrado" que después de las fiestas de Badillo, cargó con la custodia linda muy grande y pesada que estaba bien segura en la casa de Gregorio; ni en parte alguna entendían tan cabalmente como aquí se entendió, que él tomara como suyos los sentimientos y la ansiedad del viejo amigo y los interpretara fielmente, cuando le hizo una notificación musical al intransigente padre de Thelma Ovalle, la muchacha por la que se desvelaba Poncho Cotes: en la ceiba e Villanueva/ canta un gavilán bajito/y es diciendo que se lleva/ a una hija de Ovallito/. Yo le propuse una cosa/ y no quiso su mamá/ ahora me la voa a llevá/ para taparle la boca...
Y aquí, primero que en cualquier otro lugar, no quedó quien no gozara a carcajada limpia con el griterío que Juana Arias le armó al doctor Molina en su despacho de Juez Promiscuo para quejarse porque en una madrugada de fines de marzo, cuando comienza la primavera y las sabanas de Patillal se esteran con las florecitas de los abrojos, Luis Manuel Hinojosa, un patillalero de nariz respingada, dueño de un camión, resolvió llevarse a Carmen Ramona La nieta que más quería, la pechichona, la consentía... Y advertíamos los motivos de aquellos mensajes cifrados que la Maye le mandaba y que él interpretaba musicalmente, explicando, sin que se lo averiguara ninguno, que Maye me mandó a llamá/ como que me quiere vé/ acabo e vení de allá/ y ya me mandó a llamó otra ve/; y la carga de ironía que llevaba su queja por la carencia del grado de bachiller en un pueblo como éste que no tenía muchos letrados: como yo no tengo diploma de bachiller/en el Valle dicen que no puedo enamorar/ mira como aprecian las mujeres el papel/ y tanto de sobra que se ve en el basural/.
Únicamente nosotros compartimos su pesar cuando supimos adoloridos que la vieja Sara había botado a Simón de El Plan, y lloramos cuando las personas que lo vieron partir nos contaron que salió del pueblo loco de la decepción y que por allá en algún lugar del camino entre las ramas de un peralejo se quedó enganchado su sombrero como testigo mudo de que, a partir de ese momento, su presencia comenzaba a ser sustituida por la tristeza.
Y éramos solidarios con la solidaridad que él le demostraba a sus amigos, para los que cantaba angustias y desesperanzas de ellos mismos como hizo con Jaime Orozco Gámez, para quien compuso el desgarrador testimonio sentimental que el propio Jaime estaba viviendo: es una historia que/ es una historia que/ me duele referir porque es sentimental/ todo mi corazón se lo entregué/ y ella se complació en tratarlo mal... O con Fernando Daza, más conocido como Tatica para el que cantó EL CHEVROLITO en el que se iba a Maracaibo a negociá, sin olvidarse, claro, de la Yiya Zuleta, la muchacha de la que Tatica andaba enamorado y con la que esperaba compartir un cupito alante además de la amable porción de una hamaca que es bien grande y caben dos...
Y así, por cada suceso que ocurría y cada situación que se iba presentando dentro del territorio material y espiritual por donde se ensanchaban los límites de nuestro mundo, fue surgiendo el verso preciso y la estrofa que perpetuaba el canto. Y él, sin proponérselo y sin darse cuenta de ello, se convirtió en el gran relator, en el notario de nuestra vida hecha historia musical gracias únicamente a su talento.
Eran otros tiempos, claro, y, él mismo, también era otro. El otro que conocimos en su exacta dimensión humana y en toda su grandeza espiritual y a quien aprendimos a querer y a admirar y de cuya vida y obras musicales nos ocupamos en estas páginas.
MIGUEL CANALES, EL PERRO DE PAVAJEAU, BUSCANDO A MORALES, LAS VACACIONES, EL JERREJERRE No. 1, por que son dos los paseos con este mismo nombre, LAS ARRUGAS DE BENAVIDES, PARAGUACHON, EL COPETE, LA DESPEDIDA, EL TESTAMENTO, LA VIEJA SARA, EL HAMBRE DEL LICEO, LA MOLINERA, LA CRECIENTE DEL CESAR, EL MEJORAL y otros títulos más que estaban entonces a mucha distancia de ser descubiertos y explotados como el rico filón económico que son actualmente, existían desde 1944 cuando él, con sólo 17 años de edad y como una especie de Rey Midas musical comenzó a transformar en melodías perdurables la cotidianidad de la vida provinciana.
Entonces esos paseos y merengues sólo se escuchaban aquí entre grupos pequeños que, a través de los estudiantes y profesores del Colegio Loperena primero, y del Liceo Celedón más tarde, se fueron regando por Ciénaga, Santa Marta, la Zona Bananera y algunos sitios de Barranquilla. Hay que reconocer sí, que fue Guillermo Buitrago, un cienaguero que los interpretaba muy bien en su guitarra, uno de los más destacados difusores de los cantos de Escalona en la época comprendida entre 1947 y 1950; pero también hay que decir que las primeras interpretaciones de la música de Escalona las hizo Buitrago, cuidando mucho de no mencionar el nombre de su legítimo autor, dando con ello lugar a que muchos creyeran que las mismas eran de la inspiración del propio Buitrago. Tal es el caso de EL CAZADOR, EL COPETE y EL REGALITO, que a algunos de los jóvenes vallenatos que más tarde llegaron a estudiar al Liceo les correspondió defender ardorosamente, en acaloradas discusiones o a las físicas trompadas, de quienes aseguraban que las mismas habían sido escritas y musicalizadas por el guitarrista cienaguero.
Hoy, analizando la participación de la guitarra en la obra de Escalona vemos que no es descabellado ni coincidencial el hecho de que Guillermo Buitrago se hubiera convertido en un buen intérprete de sus canciones, ya que la verdad histórica es la de que fue en la guitarra de Alfonso Cotes Queruz -Poncho Cotes-, el amigo y confidente, el apoyo y compañero de la misma ruta, donde las composiciones musicales de Escalona encontraron el tono y el ritmo exacto con que más tarde echaron a andar por el mundo.
La cuestión era simple. Escalona hacía el canto memorizando la letra y guardándose la melodía en la cabeza ya que no sabe escribir música, y salía para donde Poncho a cantárselo; éste escuchaba atentamente la melodía que transmitía aquella voz ronca, apagada y sin medida de Escalona y luego la vertía en las cuerdas de su guitarra para dejar lista la obra musical.

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