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INDICE
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Introducción
Por ahí como a las cinco de la tarde, cuando el sol se desdibujaba
sobre los tejados coloniales de las viejas casonas vallenatas, los
muchachos de la Calle Grande sacábamos los taburetes a la puerta de
la casa, los colocábamos sobré la mitad del sardinel y recostados
contra la pared nos acomodábamos en el ángulo que formaban los dos
pedazos de cuero templado del espaldar y el fondo. Comenzaban
entonces para nosotros, los menores del vecindario, las horas más
felices de aquellos días de felicidad interminable en la infancia
remota. Hacíamos una larga línea de taburetes uno tras otro y ahí
nos pasábamos largo tiempo echan do cuentos y de vez en cuando
atisbando para cercioramos de que aún los mayores no llegaban a
coger el fresco de la tardecita y a desalojarnos de nuestros
ilusorios tronos de cuero y madera, donde siempre había uno que
llevaba la voz cantante porque era el rey de la fantasía.
Una tarde de finales de enero de 1948 estábamos los de siempre
cuando llegó uno de mis hermanos mayores acompañado de un amigo a
desbaratarnos la fila y a ocupar esa porción de sardinel sagrado
donde, tarde a tarde, levantábamos los castillos de nuestros sueños
infantiles. Nos fuimos para el sardinel de las Monsalvo, al borde
del cual había sembrados dos arbolitos de una especie llamada
cedrón que echaba flores amarillas y de otro color para mí entonces
indefinible que años más tarde, en la adolescencia, vine a saber
que era color salmón. Ellos, los mayores, se sentaban al revés de
como lo hacíamos nosotros. Cogían los taburetes y los ponían
directamente sobre la calle de arena oscura, con el espaldar hacia
fuera, y se sentaban a horcajadas sobre el fondo, como si fuera una
silla de caballería y el espaldar les servía como baranda para
colocar los brazos.
Así estaban esa tarde de enero Jaime Araújo y Claudio Quintero
cuando llegó él, agarró otro taburete y se sentó.
Aunque no lo recuerdo con precisión, es probable que para mí en
esos momentos fuera mucho más importante el cuento de
Cambambaliquí-Cambambalicó que Icha nos iba echando de a pedacito
cada día para mantenernos interesados en su discurso, que la
llegada de él o de cualquiera otra persona a la ritual costumbre de
la sentada en la puerta de la calle. Pero cuando uno de los
hermanos mayores gritaba llamándolo a uno, había que dejar lo que
se estuviera haciendo y correr a atenderlo. Y eso fue lo que yo
hice.
El muchacho amigo y contemporáneo de mis hermanos, del que ellos
decían que hacía cantos y que en vacaciones se la pasaba entrando y
saliendo por todas las casas de Valledupar, quería que le
consiguieran unas hojas de papel y un lápiz.
-Es que el block lo tiene mi mamá con llave- dije, para no tener
que ir hasta el fondo de la larguísima casa a curucutearle el
escaparate a mi mamá.
-No importa, caramba, vaya y traiga un cuaderno. Lo que sea-dijo
él-, cuando ya iba yo corriendo hacia dentro, volando casi, para no
perderme una palabra de Cambambaliquí-Cambambalicó.
Regresé en un santiamén con lo primero que encontré a mano. Era un
cuaderno de hojas cuadriculadas donde otro de los hermanos menores
hacía los mapas de Geografía, y con un lápiz amarillo en el que,
por todas partes por donde uno le diera vueltas, siempre leía las
mismas palabras:
Eagle Mirado. Y le entregué ambas
cosas.
Al rato ya eran las seis de la tarde y nos llamaron para ir a
comer. Dentro de la casa se escuchaban las risas y la conversación
del trío de amigos que estaba en la puerta, y de vez en vez, un
silbido tenue o el tamborilear de los dedos de alguien sobre el
cuero del asiento ensayando una melodía.
Fue muchos años más tarde cuando descubrí que aquel cuaderno que
uno de mis hermanos usaba para las clases de Geografía del Colegio
Nariño, tenía escritos de su puño y letra en las hojas del centro
unos versos que cuarenta años después, son todo un
testamento:
Oye mi vidita si me voy en la mañana
no quiero que me llores, no vayas a llorar...
Sin embargo, parece que esos dos primeros renglones no debieron
gustarle. O a lo mejor no rimaban bien con lo que tenía en mente
porque los tachó con una raya y ensayó otros dos:
Oye morenita yo me voy por la mañana
porque anoche me dijeron que debo regresar...
pero tampoco. Otra vez el rayón largo y tendido sobre la frase
completa y de nuevo otros versos escritos con la misma letra ancha,
clara y redonda que ha tenido siempre:
Oye morenita te vas a quedar muy sola
porque anoche dijo el radio que abrieron el Liceo
y enseguida, el trazo firme y espontáneo de los otros versos que
fueron fluyendo con perfecta continuidad:
Como es estudiante ya se va Escalona
pero de recuerdo te deja un paseo
que te habla de este inmenso amor
que llevo dentro del corazón
que dice todo lo que yo siento
que es pura pasión y sentimiento...
Hoy he tomado con delicadeza extrema esas dos hojitas testimoniales
que cuatro años después de haber sido utilizadas por él guardé, más
por la manía mía de almacenar recuerdos que porque verdaderamente
pensara que esas estrofas iban a darle la vuelta al mundo, o que
tres décadas más tarde él nos iba a poner a todos a reburujar
ansiosamente en los vericuetos de la memoria para encontrar, cada
uno, el momento preciso en que el afecto se desdobló en admiración
al descubrir que él había convertido en poesía y le había puesto
música a las cosas simples y elementales de la vida nuestra y de su
propia vida.
Cuarenta años han pasado desde entonces y la escena sigue nítida en
el recuerdo. Mucho más porque entre el claroscuro de la memoria el
contraste es fuerte con lo actual. Y es que ahora se le ha dado por
andar disfrazado de cachaco embutido en unos terribles vestidos
enteros con camisas de puño y cuello, saco, corbata y a veces hasta
chaleco, ¡Dios mío!, que sepultaron perpetuamente aquellos
pantalones de dril y camisas a cuadros, combinados con unas botas
tejanas llenas de estrellas y otros grabados, que eran la
vestimenta tradicional con que nos acostumbramos a verlo de arriba
para abajo por estas calles de Dios. Entonces, cuando se apartó de
los estudios y se casó y se radicó en este territorio extenso e
impreciso de la antigua provincia, la principal característica de
su singular atuendo era el sombrero de alas anchas y un
pistolononón 45 con cacha dorada y sus iniciales R. E. M. en la
cacha, que solía usar "escondida", con la
suficiente visibilidad, en la pretina del pantalón, sostenido por
un fajón de cuero de tres dedos de ancho.
Fueron esos los tiempos de "Jimena" y
"María la Bandida", nombres que alternadamente
lució la defensa de la camioneta Ford roja que le manejaba
Aristóbulo, un espécimen único dentro de un género humano especial,
mezcla de chofer-secretario-tesorero- amanuense-mandadero y
alcahuete, que colmaba plenamente su inveterada manía de estar
siempre dando órdenes, comentando algo en secreto, haciendo
compras, repartiendo regalos y enviando recados, papelitos y
razones a sus familiares, a sus amigos, sus compadres, sus novias y
a las dos o tres queridas que mantenía simultáneamente.
Aunque lo conozco de toda la vida, fue en esa época cuando mi
asombro por lo que el creaba con esa capacidad prodigiosa para
trocar en música lo más intrascendente, se convirtió en la
determinación de escribir este libro. Y comencé a escribirlo. Para
los años a que me refiero arriba, (1960-65) él ya tenía completa la
mayor y mejor parte de su obra musical. Y aunque también tenía fama
y renombre entre nosotros, en algunos lugares de la Costa Atlántica
y entre un selecto grupo de la élite intelectual bogotana que lo
había descubierto y apreciado de inmediato años atrás, la gloria
con sus derivados de vanidad y autosuficiencia no le había tendido
las pequeñas grandes trampas de la inmodestia y la arrogancia en
que ahora lucha por no caer.
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