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El paseo de Gustavo, que en seguida evidenció la calidad del nuevo compositor, hizo carrera rápidamente y en unos días no se encontraba en la ciudad quien no se lo supiera y cantara. Escalona, en cambio, seguía callado y no faltaron los arúspices del mal agüero que juraran que ese silencio cada vez más prolongado del Maestro, sumado a la feliz irrupción que había hecho Gutiérrez Cabello, significaba ni más ni menos que el entierro del primero y el surgimiento del segundo. Lejos estaban de entender que ni Gustavo andaba en plan de enterrar a nadie, ni Escalona dispuesto a dejarse enterrar. El simplemente cantaba cuando le diera la gana, espontánea y voluntariamente, tal como lo había hecho siempre, por el deseo de hacerlo, a impulsos casi, sin que le preocupara si los demás estaban esperando o haciendo conjeturas sobre si era o no era el momento para cantar. Por el contrario, celebró con los amigos el paseo de Gustavo Gutiérrez y con él se emborracharon y lloraron muchas veces la ausencia definitiva del malogrado personaje. Pero continuó en silencio.
Una tarde del 1º de agosto, en medio de una gran fiesta, se presentó enfundado en un vestido de dacrón azul tornasolado, con saco y corbata. Se celebraba un cumpleaños y después de las coplas alusivas y del repaso obligado a sus cantos, a los de Gustavo y a los de Freddy Molina, que ya daba sus primeros pasos en la composición, Escalona le pidió a Colacho que le diera al acordeón ese tono especial que sólo Colacho sabe darle para acompañar su voz, y en medio de un silencio expectante se puso de pie y cantó:
De lejos, muy lejos, venía un vallenato,
venía tocando su triste acordeón
y cantaba con dolor, la muerte de Pedro Castro
y cantaba con dolor, la muerte de Pedro Castro...
El era famoso, se llamaba Pedro
el hombre más grande que el Valle ha tenido;
en el Jardín del Recuerdo
quedó su cuerpo tendido...

Cuando terminó, con la voz apagada por la emoción, una salva de aplausos y un rumor de abrazos festejaron el nuevo son de Escalona y la tácita ratificación de algo que sus amigos teníamos muy seguro en el corazón: la hora de su silencio no había llegado todavía.
En septiembre de 1967 vino a Valledupar una delegación enorme acompañando al Compañero Jefe, López Michelsen, al que se le tributaba un homenaje de reconocimiento y gratitud por su decisiva participación y ayuda en la creación del departamento del Cesar, del que aseguraban, sería su primer gobernador. Gabriel García Márquez -a quien la Editorial Suramericana le acababa de publicar su novela "Cien Años de Soledad"-, Álvaro Cepeda Samudio, Juan B. Fernández, Alfonso Fuenmayor, Juancho Jinete, que eran la pesada de la Costa; Rafael Rivas Posada, José "el Mono" Salgar y Iáder Giraldo de El Espectador; Daniel Samper, Luis Carlos Galán, Gloria Moanack, Carlos Caicedo y otro reportero gráfico de apellido Díaz, de El Tiempo; que eran los más destacados integrantes de la comitiva, acabaron haciendo huelga contra el saco y la corbata impuestos para el homenaje en el Club Valledupar y decidieron mejor quedarse esa noche escuchando a Escalona y sus cantos vallenatos en casa de Hernando Molina, donde se formó un parrandón que se prolongó por tres días.
El 20 de diciembre era víspera de la gran fecha y la ciudad estaba expectante porque al día siguiente llegaría el presidente Lleras Restrepo a inaugurar oficialmente El Cesar. El doctor López Michelsen y la niña Ceci ya se encontraban aquí en la ciudad, instalados en casa de doña Paulina Mejía de Castro Monsalvo, quien la cedió para vivienda de la pareja. A las seis de la tarde una multitud feliz se apretujaba en la Plaza Alfonso López, donde comenzó a organizarse "El Pilón", que es nuestro baile tradicional. Íbamos saliendo a la esquina de la calle Santodomingo (hoy calle 15) en jubilosas y ordenadas filas, cuando ocurrió un suceso que puso de presente una de las facetas de la personalidad de Escalona: el carácter y valor civil.
Resulta que en medio de ese gentío que danzaba al compás de las coplas del Pilón y dentro del cual prácticamente no cabía una aguja, apareció de pronto por la esquina de la carrera 6ª. con calle 15 un automóvil modernísimo conducido por un jovencito de la nueva clase rica que ya se daba en Valledupar, quien, sin respetar música ni danzarines, empezó a introducir el vehículo por entre la multitud. Los que estaban más cerca lo reconvinieron y le pidieron que respetara "El Pilón", que es una danza pública de mucha tradición y belleza que no permite en su coreografía nada diferente a las parejas, tantas cuantas quieran, que van bailándolo por las calles. El joven ni se inmutó y antes bien siguió haciendo avanzar el carro y alcanzó a desplazar la gente de un largo tramo de la calle. Cuando los que iban bien adelante, acompañando al doctor López y a los miembros de la Junta pro-creación del departamento se enteraron, se devolvieron y se acercaron al automóvil a decirle lo mismo al conductor, pero por toda respuesta obtuvieron unos sonoros bocinazos repetidos que con su estridente ta-ta-ta acallaban los conjuntos musicales que iban en el desfile.
Rafael Escalona fue de los que se acercaron, y ya fuera de sí ante tanta ordinariez, se fue en palabras con el joven, que acabó sacando una pistola. Escalona desenfundó rápidamente la suya y con agilidad increíble abrió la puerta del vehículo y convidó al insolente a que se bajara para que, lejos de allí, se entendieran de hombre a hombre. El griterío y el corre-corre que se formó en el pedacito ese atrajo a la policía, que ya había sido avisada del enchoyamiento del jovencito rico y lo detuvo y lo condujo a sus dependencias donde hubo de pagar 72 horas de arresto por perturbar el orden público.
Meses más tarde, cuando ya el departamento estaba funcionando bajo la gobernación de Alfonso López Michelsen, el joven del cuento, que había alimentado su rencor a medida que pasaban los días y su familia conseguía más plata, divisó a "María la Bandida", la camioneta Ford de Escalona, parqueada en una zona de las famosas Cinco Esquinas. El joven se le fue en gavilla con un grupo de acólitos que cargaba dentro de su carro, todos ellos con armas en la mano. Escalona, que en ese instante se iba a embarcar en su camioneta, vio venir la cosa y en un abrir y cerrar de ojos echó abajo el espaldar del asiento de la Ford, extrajo un M-1 que cargaba dentro, lo engatilló y se les paró a distancia a los peligrosos y petulantes jovencitos que pensaban cobrarle los tres días de cárcel del jefe de la pandilla.
No obstante que lo aventajaban en número, ninguno se atrevió a disparar. Lanzaron improperios que Escalona les respondió invitándolos a que dieran un paso al frente, uno solo, "para barrerlos a toítos, parranda de atarvanes y sinvergüenzas que creen que se van a poner el Valle de ruana". Pero tampoco lo dieron. Apaciguado el compositor por los amigos y vecinos que se percataron del incidente y que salieron a respaldarlo, los muchachos del automóvil del cuento se fueron del lugar. Tiempos después, consecuentes con un estilo propio del vallenato, amigos y conocidos de las partes intervinieron para amistar a Escalona y al joven. Hoy, parece que mantienen buenas relaciones pero aquella parada en raya sirvió de mucho a los engreídos para que nunca se les olvidara que había un límite en la ciudad que no podían traspasar. Y que no han traspasado pese a todo el dinero que han acumulado y a la ostentación que hacen del mismo.
En enero de 1968 el gobernador López Michelsen expide el decreto por medio del cual nombra ad-honorem a Rafael Escalona Martínez Jefe de Relaciones Públicas del departamento; en febrero comenzamos a organizar y en abril se realiza el primer Festival de la Leyenda Vallenata. El día 4 de junio tras cinco largos meses de padecimientos físicos, doña Margarita Martínez de Escalona, cariñosamente conocida por todos con el sobrenombre de Aló, muere en esta ciudad, minutos después de la llegada de Rafael, quien se encontraba en Bogotá y había sido llamado urgentemente por la familia y los amigos ante la inminencia del desenlace.
La muerte de la madre, que para él fue venero de comprensión y de ternura, golpeó duramente su sensibilidad y le sobrevino tal pesadumbre que se volvió taciturno y malgeniado durante algún tiempo. El era el hijo predilecto de Aló y en ella encontró siempre un apoyo excepcional en todos los tambaleos de su vida; empero, el canto que todos esperaban que le hiciera, jamás se produjo y él excusó mil veces su elaboración con el respetable argumento de que hablar de las madres sin caer en lo cursi es casi imposible. Mitigada su tristeza con el ajetreo de los días, siguió ejerciendo sus funciones de relacionista del Cesar, en desarrollo de las cuales se la pasó promoviendo el departamento en cuanto reinado, feria, congreso, simposio, concurso o convite se dio a lo ancho y largo de todo el territorio nacional. Cuando no estaba viajando, estaba atendiendo gente importante que llegaba al Cesar invitada por el gobernador López Michelsen o por él mismo; y durante las otras gestiones administrativas que siguieron a la del primer gobernador, Escalona mantuvo su colaboración con igual eficiencia y el mismo desprendimiento. Nada de lo cual fue obstáculo para que entre relaciones públicas y propagandísticas del Cesar se enamorara y mudara a Eva, una muchacha que criaron donde Hernando Molina, y se enredara con Sol María Bolaños una hija de Bolañitos que años más tarde, en 1971, le causó una tremenda herida, menos romántica pero más certera que la que le produjo la Monita de Ojos Verdes en San Juan 18 años atrás.

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